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11 de Julio
SAN BENITO, abad, patrón de Europa
(ca. 480-547)


1. Nota Histórico-litúrgica
La fiesta de san Benito, de quien Gregorio Magno en el libro II de sus "Diálogos" no menciona el día de la muerte, ocurrida hacia el año 547 en Montecassino, adonde había ido para librarse de una vengativa persecución en el año 529, se celebra ahora en la fecha del más antiguo formulario litúrgico de los países francos, el 11 de julio. Ésta corresponde a la fecha de la supuesta traslación de las reliquias en el siglo VII, de Montecassino a Fleury, en las riberas del Loira (hoy Saint-Bénoit-sur Loire), en lugar de la fecha del "transitus" (muerte), el 21 de marzo, pero que cae en cuaresma. La memoria obligatoria para la Iglesia universal es celebrada ahora con el grado de fiesta, después de que Pablo VI, en 1966, lo proclamara patrón de Europa; hoy junto con los santos eslavos Cirilo y Metodio.
Nacido en Nursia hacia el año 480, de la romana gente Anicia, sesenta años después del saqueo de Roma a manos de los visigodos de Alarico y cuatro años antes de que Odoacro, rey de los hérulos, muerto el último emperador romano, proclamara el ocaso de la civilización occidental, sumergida por el aluvión bárbaro (especialmente por los godos de Totila), el joven Benito abandonó el mundo de Roma donde había estudiado, para hacer una singular experiencia monástica. En efecto, experimentó varias formas de vida monástica, después de haber ido a Subiaco en los montes Sibilinos, y permanecer allí tres años: la casi soledad en Enfide (la actual Affile) como primera experiencia; la completa vida de anacoreta junto al río Aniene; que sólo conocía al monje que le llevaba la comida; luego, después de haber instruido a rudos pastores, la primera expresión comunitaria en Vicobaro, donde los monjes, aunque lo quisieron como superior, intentaron incluso envenenarlo; por fin, la forma casi cenovítica de Subiaco, donde asumió la dirección de esta "escuela al servicio del Señor".
En los cuarenta y un cuadritos hagiográficos de la "Vida", que comprende los sesenta y siete años de Benito, este fallido senador romano, que se hizo campesino, nos viene presentado por Gregorio Magno como aquel que toma por lema "Ora et labora" y por divisa un arado y una cruz. En efecto, fue el defensor de la civilización romana cuando, afrontando al gran azote de Dios, el rey Totila, que había llegado hasta las puertas de Roma, profetizó: "Reinarás nueve años, y al décimo morirás". Benito, próximo a su muerte, transportado a la iglesia, "con las manos levantadas, entregó el espíritu con palabras de plegaria"


2. Mensaje y actualidad
Las nuevas oraciones de la misa delinean la fisonomía de este "padre del monaquismo occidental", que había cambiado el laticlavio por la túnica monástica, después de un itinerario de búsqueda que Gregorio Magno resume con la frase del responsorio del oficio de lectura: "Sabiamente e indocto, consciente de su ignorancia"
a) La colecta se refiere a la Regla, cuando se dirige a "Dios..., que hiciste del abad san Benito un esclarecido maestro en la escuela del divino servicio, concédenos, por su intercesión, que, prefiriendo tu amor a todas las cosas, avancemos por la senda de tus mandamientos con libertad de corazón". El significado de esta Regla monástica consiste en armonizar la experiencia ascética oriental y la prudencia romana con la discreción evangélica, de modo que se convierte en una especie de ordenamiento de la nueva ciudad que es el monasterio. Aquí el abad encarna la autoridad paterna de Dios, porque se construye en la paz la civilización del mundo antiguo, no con la cadena de hierro, sino con la cadena de Cristo, pues se afirma la preeminencia del amor sobre la ley, aunque en la fidelidad a los mandamientos. En efecto, la Regla sólo se recomienda para los comienzos de la vida ascética. En el oficio de lectura, la página de la Regla menciona dos temas: "no anteponer nada al amor de Cristo" y "correr generosamente por la vía de los preceptos". Éstos son modelos de vida constitutivos del servicio de Dios, no sólo válidos para el monacato, sino también para todos los cristianos, porque pueden, como Benito, "apartarse con sabiduría en la ignorancia y con sapiencia en la insipiencia".
b) Una segunda línea de este espíritu benedictino, recordado en la "oración después de la comunión", deriva asimismo del capítulo 72 de la "Regla": "Cumplir fielmente el servicio de Dios significa amar a los hermanos con caridad sincera". Las ciudadelas monásticas benedictinas tratan de realizar en la tierra el reino de la caridad fraterna; es decir, el ambiente donde domina la centralidad del hombre completo en la valorización del trabajo incluso manual y de la hospitalidad, donde la cruz y el arado se convierten en medios de cultura no sólo espiritual, sino también humana.
c) Por fin, en la "oración sobre las ofrendas", que se inspira en la constitución apostólica de Pablo VI, se ponen en evidencia, en el servicio de Dios y de los hermanos, los dones de la unidad y de la paz. El enfrentamiento victorioso entre el cristianismo romano y la barbarie representada por el rey Totila se convierte en símbolo de la unidad recuperada en profundidad, de la cual nacerá espontáneamente la comunión con los hermanos. Es la reconstrucción de los valores humanos y cristianos, que han salvado en el tiempo la cultura europea de la subversión total, mientras fracasaron tanto el emperador Justiniano, con sus guerras crueles e interminables, como el senador Casiodoro, que creía que podría sobrevivir la cultura romana y filosófica. Con el himno de las vísperas de Pedro el Venerable, se anuncia que Benito "enseña ahora que todos los pueblos deben someterse a las leyes y a los deseos de Cristo". Para nosotros es un mensaje válido también hoy: el cristocentrismo benedictino es siempre un humanismo auténtico, porque concilia la trascendencia de la oración (Ora) con la actividad del hombre en la conquista del mundo (et labora). El ideal de la perfecta "transformación" monástica es aún hoy de gran interés. Gregorio Magno, que escribió su biografía históricamente fundada, por haberlo hecho sólo cincuenta años después de su muerte, resume así su carácter: "Él rebosó verdaderamente del espíritu de todos los justos".


Prefacio
En efecto iluminaste singularmente con tu gracia
el alma de san Benito,
que nada antepuso al amor de Cristo,
y quiso entregarse, a sí mismo y a sus hijos, a tu servicio.
Tú lo hiciste ilustre por la santidad e insigne por los milagros,
así como maestro eminente de la vida monástica,
y lo propusiste como doctor de sabiduría espiritual
en el amor a la plegaria y al trabajo.
Fúlgido guía de pueblos a la luz del evangelio,
y elevado al cielo por una vía luminosa,
enseña a los hombres de todos los tiempos
a buscarte a ti, oh Padre, por el recto sendero,
y las riquezas eternas preparadas por ti.

 

 

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