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21 de Junio
SAN LUIS GONZAGA, religioso
( 1568 - 1591 )


1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Luis, muerto en Roma el 21 de junio de 1591 y canonizado en 1726, nos remite a los primeros años posteriores al concilio de Trento y a la corte de un príncipe del Sacro Imperio Romano. En Castiglio delle Stiviere, entre Brescia y Mantua, nació en 1568 el heredero del primer marqués de Castiglione, almirante de Fernando I, saludado con salvas por la artillería de la roca. En 1573 el padre soñaba con hacer de él un fuerte soldado y un sabio príncipe; por ello se lo llevó consigo a Casalmaggiore, donde se preparaba la expedición a Túnez contra los piratas que habían escapado de la derrota de Lepanto. Convertido en paje, donde pudo comprobar la corrupción de la corte, Luis reaccionó consagrándose a Dios con el voto de virginidad, a los diez años apenas, en la iglesia de la Anunciación, donde un tatarabuelo suyo había contribuido un siglo antes a la construcción del ábside.
A los doce años recibió la primera comunión de manos de san Carlos Borromeo. En 1579 se trasladó a la corte del duque de Mantua, oponiéndose a la vida mundana. En la estancia en España de 1581 a 1584, donde pronunció un elegante discurso en latín de saludo a Felipe II como paje del infante don Diego, se sintió inspirado, mientras rezaba ante la Virgen del Buen Consejo, a hacerse jesuita. Pese a la resistencia paterna, logró firmar la renuncia al marquesado a favor de su hermano Rodolfo, para entrar en el noviciado romano de la Compañía de Jesús. Aquí vivió seis años, teniendo por padre espiritual a san Roberto Belarmino. Recibidas las órdenes menores en San Juan de Letrán, mientras se preparaba para el presbiterado, soñaba con las misiones y el martirio. Pero tras el estallido de la peste (tabardillo) en 1591, en la que fue el primero que se ofreció a curar a los enfermos, fue atacado por la enfermedad mientras transportaba a un apestado al hospital de la Consolación, detrás del Capitolio. Murió en la enfermería del Colegio Romano a la temprana edad de veintitrés años.


2. Mensaje y actualidad
Las oraciones de la misa, retocadas ahora, delinean tres rasgos de la vida de este príncipe, novicio jesuita, que ya Pío XI en 1926 había confirmado como patrono de los jóvenes.
En la colecta se evidencia que “Dios, dispensador de los dones celestiales, ha querido juntar en san Luis Gonzaga una admirable inocencia de vida y un austero espíritu de penitencia”; y en la intercesión se invoca a Dios para “que, si no hemos sabido imitarle en su vida inocente, sigamos fielmente sus ejemplos en la penitencia”. El joven Luis lamentaba su vida de pecado antes de la conversión; pero en realidad él no había manchado jamás su inocencia, porque siempre, tras la decisión de hacerse jesuita, se sintió influido por las meditaciones cotidianas de san Pedro Canisio y por las cartas de los misioneros de la India. Se dedicó siempre a una vida de austeridad y mortificación, incluso desobedeciendo las órdenes paternas, como cuando estuvo en la corte de Madrid o cuando visitó las cortes de Mantua, Ferrara, Parma y Turín. Una vez que entró en la Compañía de Jesús, su vida se hizo aún más austera, porque no sólo le gustaba tratar preferentemente a los hermanos coadjutores, renegando de su noble origen, sino que prefería salir vestido con ropas burdas y un saco a la espalda para recoger limosnas. Su decisión de hacer casar a su hermano que ejercía el concubinato, fue signo de coherencia de vida.
En la oración sobre las ofrendas, el texto modificado nos invita a acercarnos siempre al banquete del Señor “con la vestidura nupcial, como san Luis Gonzaga”. El hábito nupcial de este novicio, que antes de morir por servir a los apestados había querido tomar el sayo de los sepultureros, era el de la caridad, que lo hizo pobre por Cristo, pero rico en dones celestiales.
En la oración después de la comunión, tras evocar el pan de los ángeles, se pide que podamos servir a Dios “con una vida pura” y que “vivamos en continua acción de gracias”.
En la antífona de entrada y en la colecta, las precedentes alusiones al carácter angélico del santo han sido eliminadas para no falsear su imagen, que, en cambio, ha sido resituada en un contexto de humanidad rica y emprendedora, y no ingenuamente inocente: con veinte años apenas desempeñó una feliz mediación ante el duque de Mantua. No obstante, la referencia al pan de los ángeles, retomado también en la antífona de comunión, no puede menos de recordarnos aquellas meditaciones que él escribió, en 1585, en el noviciado de Sant´Andrea al Quirinale, y que llevan por título Tratado de los ángeles, tal vez presagio profético de su experiencia mística, inspirada en la eucaristía. En efecto, tras los meses del contagio de la peste, se enteró de que moriría el día de la octava del Corpus Dómini, y por ello pidió el viático, aunque en aquellos momentos no se hallara en punto de muerte. La carta de su madre, en el oficio de lectura, escrita el 10 de junio de 1591 para anunciarle la dicha de la muerte próxima, es como el último testimonio de este modelo de austeridad y renuncia y de caridad, así como de esperanza escatológica: “Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo...”

Prefacio
Nuestro Señor Jesucristo
flor purísima nacida de la virgen María,
con su palabra y su vida
exaltó el estado virginal
como expectación del mundo futuro,
signo y primicia de tu reino eterno.
Abrazó libremente en todo tu voluntad
y, haciéndose obediente hasta la muerte,
se ofreció por nosotros en sacrificio perfecto de tu agrado.
Él consagró al servicio de tu gloria
a aquellos que abandonan todo por tu amor,
prometiéndoles un tesoro inestimable en el cielo.

 

 

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