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19 de Junio
SAN ROMUALDO, abad
( 951/2 - 1027 )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Romualdo, muerto en el eremitorio de Val di
Castro (cerca de Fabriano) el 18 de junio de 1027, se celebra ahora en su
dies natalis ( y no un día de su traslación a Fabriano, el 7 de febrero de
1481 ).
Nacido en Rávena hacia el año 952, de la noble familia ducal de los Onesti
de Rávena, se vio envuelto en la pena de un homicidio cometido por su padre,
del que fue testigo en un duelo. Este acontecimiento le indujo a retirarse
al monasterio benedictino de Sant´Apollinare in Classe para hacer cuarenta
días de penitencia. Aquí profesó por tres años la regla de san Bernardo;
luego se fue a la frontera del Véneto, con el eremita Marino, ejercitándose
en las austeridades; hacia el 978 acompañó a san Pedro Orseolo, dux de
Venecia, que iba a hacerse religioso en el monasterio catalán de San Miguel
de Cuxa, donde consolidó su orientación hacia la vida eremítica. En el año
944 volvió a Rávena para persuadir a su padre, Sergio, a que perseverara en
la vida religiosa; después se dedicó a fundar y reformar varios monasterios,
y sobre todo el de Classe, apremiado por el emperador Otón III. En 1004
erigió en Val di Castro un eremitorio, que abandonó posteriormente. Por fin
decidió realizar su fundación en el valle, otorgando según la leyenda por el
señor de Maldoli (Camaldoli), en los alrededores de Arezzo en el 1023, que
se convirtió en la casa madre de la Orden Camaldulense. Del emperador
Enrique II recibió como regalo el monasterio de Monte Amiata para implantar
en él a sus monjes. Próximo a la muerte, volvió al monasterio de Val di
Castro, donde terminó sus días en 1028 en una celda eremítica. En 1797
Clemente VIII fijó la fiesta para la traslación de su cuerpo a Fabriano.
2. Mensaje y actualidad
La colecta de la misa nos presenta ante todo la misión de Romualdo en el
contexto del siglo XI, en el cual los Otones tuvieron tanta importancia en
la historia del pontificado. Por ello se invoca a “Dios, que ha renovado en
su Iglesia la vida eremítica por medio del abad san Romualdo”. En efecto,
Romualdo adaptó la regla de san Benito de modo que, además de la plegaria
litúrgica y el trabajo (“ora et labora”), quedara espacio para la soledad
con Dios, a imitación de Cristo. En su proyecto, dos eran las categorías de
religiosos: los eremitas y los reclusos. Los primeros, permaneciendo en
celdas separadas, tienen que ir, sin embargo, al oratorio para el oficio a
las horas establecidas; los reclusos, en cambio, no podían salir de su
eremitorio. La severidad de los ayunos cuaresmales y del silencio
caracterizaban aquella vida del eremitismo atenuado, que fue aprobado por el
papa Alejandro II en 1072, y posteriormente recibió mitigaciones en la
austeridad de la disciplina. Romualdo fue un verdadero ermitaño en el
espíritu, sin dejar por ello de interesarse por los problemas de la Iglesia
de su tiempo, aceptando la solicitud imperial de que sus monjes fueran a
evangelizar Polonia, Bohemia y Rusia, sin demasiado éxito, todo hay que
decirlo. También él mismo pidió permiso al papa para ir a predicar la fe en
Hungría, aunque nunca consiguió, por intervención extraordinaria, entrar en
ese país.
En la intercesión de la colecta se pide que, “negándonos a nosotros mismos
para seguir a Cristo, merezcamos llegar fielmente al reino de los cielos”.
San Romualdo sufrió muchas tribulaciones interiores a causa de la lucha
contra el maligno, que trató de apartarlo de su austero régimen de vida,
hasta el punto de gritar un día: “Dulcísimo Jesús mío, ¿es que me habéis
entregado por entero en poder de mis enemigos? Pero la invocación del nombre
de Jesús sirvió para alejar para siempre el paroxismo de estas tentaciones.
Además sufrió varias amenazas de muerte por parte de los monjes relajados,
que se oponían a su reforma, y la penitencia de verse privado de celebrar la
misa por parte de los religiosos que habían creído en una calumnia infame de
un joven señor en Sassoferrato, a quien Romualdo había intentado convertir
inútilmente. La frase final evoca la subida no sólo escatológica, sino
también quizá histórica de la elección de Camaldoli, por sugerencia de la
visión de una escala que subía de la tierra al cielo, como en el escarpado
monte camaldulense, sobre la cual vio a sus religiosos vestidos de hábitos
blancos.
De su Vida, escrita por san Pedro Damián, que encontramos en el oficio de
lectura, emerge un aspecto más de la vida penitente y perseguida de Romualdo:
él, que ya había quebrantado su salud permaneciendo en los insalubres valles
de Comacchio en régimen eremítico, y que había sido expulsado de su
monasterio de Bagno di Romagna a bastonazos, se opuso siempre a aceptar
cargos eclesiásticos, que podían convertirse en instrumento de poder más
bien que en signo de servicio. Así actuó en el caso de la resignación de su
autoridad abacial de Sant´Apostolinare in Classe en manos del arzobispo de
Rávena Gerberto (luego el papa Silvestre II) y del emperador que asediaba a
Tíboli, a quien impuso también una penitencia por haber faltado a la fe
jurada al jefe de los rebeldes. Supo, en efecto, unir contemplación y
acción: recorrió tierras pantanosas y cimas solitarias, creando casas para
la vida común del clero; indujo a ricos, penitentes a distribuir sus bienes
entre los pobres; amonestó a los clérigos simoníacos a abandonar el oficio
adquirido; y por fin exhortó a obispos corrompidos para inducirles a
mantener las promesas que le habían hecho. Este modelo de reformador de la
vida monástica del siglo XI se nos propone también hoy como estímulo e
intercesor para alcanzar aquella contemplación con que fue gratificado,
penetrando los misterios del Antiguo o Nuevo Testamente, como nos cuenta su
santo biógrafo.
Prefacio
En tu benevolencia
has colmado de la dicha de sublime contemplación
a san Romualdo, padre y maestro de monjes y eremitas;
lo has enriquecido con luz profética
y los inflamado de celo apostólico;
de modo que ha encauzado por el camino de la salvación
a muchos mediante el silencio de la lengua
y la elocuencia de la vida.
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