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13 de Junio
SAN ANTONIO DE PADUA, presbítero y doctor de la Iglesia
( 1195 - 1231 )


1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Antonio, muerto el 13 de junio de 1231 en L´Arcella (suburbio de Padua), a la temprana edad de treinta y seis años, y canonizado en Pentecostés del año siguiente por Gregorio IX en la catedral de Spoleto, retoma un culto ya difundido después de su muerte, en el que ya se le honraba por parte de la Orden franciscana con el título de doctor, declarado luego oficialmente por Pío XII con el apelativo de “doctor evangelicus” (1946).
Nacido alrededor de 1195 en Lisboa de familia guerrera con ascendientes cruzados, fue bautizado con el nombre de Fernando (de Bulloês Taveira de Azevedo). Entró primero en la colegiata de los canónigos regulares de san Agustín, en Lisboa; luego, después de dos años, permaneció entre los agustinos de Coimbra por un período de nueve años. Impresionado por la vista de los cuerpos de los cinco protomártires franciscanos llegados de una misión entre los moros de Marruecos y por el encuentro de los hermanos mendicantes de un pequeño convento, sintió gran deseo de sufrir el martirio. Por ello entró en el convento franciscano de San Antonio de Coimbra, asumiendo el nombre del patrono y santo abad (Antonio Olivares).
Se embarcó algunas semanas más tarde para aquella tierra africana, de la cual hubo de volver, a causa de una enfermedad, anclando, tras un viaje azaroso, en Sicilia. Participó en el capítulo general de la Porciúncula en 1221, donde pudo ver a san Francisco. Admitido en la provincia franciscana de Romagna, donde recibió, en Forlí, la ordenación presbiteral, los superiores descubrieron en él dotes de predicador. Predicó en Italia septentrional contra los herejes, en Rímini (bastión de los herejes) y en Bolonia; luego, en el sur de Francia (Montpellier y Tolosa), contra los albigenses; y, por último, en Padua, en la cuaresma del año 1231. Fue el primer que enseñó teología a los franciscanos en Bolonia. El mismo san Francisco le nombró lector de teología. Su muerte, a los treinta y seis años, fue seguido por el triunfo de los funerales en la ciudad de Padua, donde se había establecido desde 1230. Aquí se le sigue venerando en su célebre basílica.


2. Mensaje y actualidad
La nueva colecta de la misa destaca los dotes de la fisonomía de Antonio. Ante todo, las dotes de “predicador insigne” que Dios ha dado a su pueblo en la persona de Antonio. Mientras estaba retirado en el eremitorio de San Pablo, junto a Forlí, fue llamado para sustituir a un predicador, revelándose como gran orador. En sus discursos – los sermones generales y festivos, ordenados entre 1228 y 1231 – se citan nada menos que doscientas cincuenta obras de noventa y seis autores. En ellos revela Antonio un espíritu auténticamente franciscano, es decir, de fidelidad al evangelio “sine glossa”. Aunque el lenguaje es florido, según el uso oratorio de la época, a veces es también dramático y al mismo tiempo lleno de ternura, como cuando se dirige al obispo de Tolosa, Simón de Sully: “Y ahora te hablaré a ti, mitrado”. Fue llamado con toda justicia por Gregorio IX y Tomás de Vercelli “arca del Testamento” por su método exegético, y también martillo de los herejes. Fue considerado eximio teólogo y peritísimo exegeta, así como perfecto hermano menor, porque en un momento de grave crisis de la Orden hizo de la predicación una especie de cátedra itinerante, concibiendo la prédica como una lección de teología.
Como dice la lectura del oficio, que se adecua perfectamente a los días sucesivos a Pentecostés, los distintos modos de hablar son los diferentes testimonios de Cristo; y, según otro sermón: “El fuego del Espíritu Santo, que todo lo domina con su vigor, es un misterio que sólo deberíamos dejar arder libremente en nosotros”. La predicación efectuada en Francia en los años 1225-1227, especialmente en el Limousin, suscitó un profundo movimiento de conversión.
La segunda nota de la colecta es la súplica hecha a Dios de “seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades”. El título de protector, reconocido por la piedad popular, que hace de Antonio el amigo de los oprimidos, no es ficticio, como lo demuestra la ley sobre los deudores firmada en Padua en 1231 para dispensar de la pérdida de la libertad personal a quien no podía pagar multas y cargas financieras (que lleva su nombre); y, según confirma también su mediación, desgraciadamente infructuosa, tras haber lanzado anatemas e impetrado piedad de los tiranos, ente Ezzelino Romano, que tenía prisionero al paduano Rizzardo di San Bonifacio. También en Lombardía predicó Antonio contra la usura y contra la prisión reservada a los deudores, con frecuencia pobres. En esta labor se prescinde del mito de Antonio, creado por la piedad popular con los relatos de visiones, milagros, bilocaciones, don de lenguas y conversiones en masa de herejes; pero en la intercesión de tal socorro, la colecta no puede hacernos olvidar el pan de san Antonio, que es el pan de los pobres, porque ese pan sigue distribuyéndose, en su nombre, en todas las iglesias franciscanas del mundo.
Fieles a la verdad histórica de las fuentes, somos invitados a imitar al santo, a quien san Francisco ya llamaba “santo obispo”, por aquel su amor a la Escritura que lo hacía no sólo hábil para argumentar, sino también eficaz a la hora de persuadir, ya que sabía dar asimismo testimonio con su conducta. La iconografía, que lo representa con un libro, hace referencia a este sólido conocimiento de la Escritura, como la llama y el corazón son los símbolos de su ardor al predicar; y, por fin, con la imagen de Antonio llevando en brazos a Jesús niño se quiere recordar la divina visita acaecida en uno de sus frecuentes éxtasis. Para nosotros la actualidad del santo consiste en imitar a este ideal de fidelidad evangélica y su celo en el diálogo con los descarriados que él desarrolló en su breve vida.

 

 

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