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2 de Junio
SAN MARCELINO Y SAN PEDRO, mártires
(+ 303?)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de estos mártires en su "dies natalis", introducida
por el papa Vigilio en el canon romano y atestiguada por el martirologio
jeronimiano y por todas las fuentes litúrgicas del siglo VIII, nos remite a
la terrible persecución de Diocleciano, en el año 303, cuando el sacerdote
Marcelino y el exorcista Pedro fueron decapitados, después de habérseles
obligado a cavar su propia fosa en un lugar ocultado por un bosque. Según la
"passio" simplificada del siglo VI, tras su milagroso hallazgo, los cuerpos
fueron llevados Ad duas lauros en la vía Labicana, donde la madre de
Constantino, Santa Elena, hizo construir una basílica. El lugar del
sepulcro, destruido por los godos, fue restaurado por el papa Vigilio. Sus
reliquias son mencionadas en el año 827 en Seligenstadt sobre el Meno.
2. Mensaje y actualidad
La nueva colecta nos invita a sentirnos herederos de la tradición gloriosa
de nuestros orígenes, expresada por estos dos mártires romanos, que fueron
de los más honrados en el tiempo del papa Dámaso. En efecto, invoca: "Señor,
tú has hecho del glorioso testimonio de tus mártires... nuestra protección y
defensa". El testimonio del papa Dámaso, que "cuando aún era joven" escuchó
los recuerdos de su verdugo, que se había convertido, influyó sin duda para
hacer de la iglesia de ambos santos, en Roma, una iglesia estacional, al
noroeste de San Juan de Letrán, entre el Celio y el Esquilino, en el segundo
sábado de cuaresma. En la "Exhortación al martirio", de Orígenes, escrita
setenta años antes de la pasión de Marcelino y Pedro, la lectura del oficio
se expresa así: "Jesús dió su vida por nosotros; demos también nuestra vida,
no digo por él, sino por nosotros mismos, me atrevería a decirlo, por
aquellos que van a sentirse alentados por nuestro martirio". La imitación de
la firmeza de su fe, también para nosotros hoy en que ya no existen
persecuciones cruentas, consiste en luchar "no contra hombres de carne y
hueso, sino contra las fuerzas del mal", como advierte san Pablo en el
oficio de lectura.
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