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27 de Mayo
SAN AGUSTÍN DE CANTERBURY, obispo
(ca. 604)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa del obispo de Caterbury, muerto en esta ciudad el 26
de mayo del año 604 (o 605) e introducido tardíamente en el calendario
romano en 1882 después de un culto local, es celebrado el día sucesivo más
libre. El nombre de Agustín era invocado ya en las letanías de los santos
tras el de Gregorio, por orden del concilio de Cloveshoe en el 747; por eso,
justamente después de la restauración de la jerarquía católica en Inglaterra
en el 1850, el nombre del primer evangelizador de la isla vuelve al culto de
la Iglesia universal. Antes del año 596, cuando era prior del monasterio de
San Andrés, en Roma (fundado por Gregorio Magno en su casa del Celio), no
sabemos nada de Agustín. En el año 597 fue enviado por el papa, al mando de
unos cuarenta monjes, a evangelizar la Inglaterra suboriental, donde el
cristianismo de los orígenes, como testifican Cipriano y Orígenes, había
sido subsumido por el paganismo de los invasores sajones en los siglos V-VII
y se había refugiado con sus primeros habitantes, los bretones, en el oeste
(Gales y Cornualles).
Ordenado obispo, Agustín fue acogido por el mismo rey de Kent, Etelberto, y
se asentó junto a la iglesia de San Martín de Canterbury, mandada construir
por la reina Berta, que era cristiana. Tuvo la dicha de ver al mismo rey
entre los numerosos convertidos, que fueron bautizados en la noche de
navidad y que llegaban a unos diez mil. Tras su segunda misión de monjes en
el año 601, Agustín recibió el palio de primer arzobispo de Inglaterra, con
la asignación de dos sedes sufragáneas a la metrópoli de Canterbury, la una
en Londres y la otra en Rochester. El cuerpo del santo fue sepultado en la
iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Canterbury (hoy San Agustín), hecha
construir por el rey junto al monasterio de los misioneros.
2. Mensaje y actualidad
La nueva colecta expresa mejor la importancia de "la predicación del obispo
san Agustín de Canterbury", por la que Dios "llevó a los pueblos de
Inglaterra a la luz del evangelio", pidiendo que "el fruto de su trabajo
apostólico perdure en la Iglesia con perenne fecundidad". En efecto, la
misión de Agustín ante los celtas que vivían en el oeste de Inglaterra,
estuvo marcada por notables dificultades, dado que el clero bretón y los
monjes del país occidental tenían diferentes usos litúrgicos de los
reformados por Gregorio Magno y un cálculo distinto de la fecha de la
pascua. La reunión de estos británicos junto a "la encina de Agustín"
resultó infructuosa. La carta de Gregorio Magno a Agustín, que se lee en el
oficio, alude a los milagros exteriores que acompañaban la gracia de la
conversión interior, hasta el punto de recomendar que no se enorgulleciera
el ánimo débil con los signos que se realizaban. Estos éxitos no carecen de
dificultades, provocadas por la misma amargura de los vencidos (los
bretones) ante los sajones, cuyo obispo era Agustín; y parecen justificar la
petición de que también hoy los frutos de la nueva evangelización de
Inglaterra, tras la fractura del anglicanismo, puedan llevar a la unidad con
la Iglesia madre de Roma, a la que tiende la búsqueda ecuménica amenazada
por las mismas divisiones internas en la comunión anglicana. Si Agustín sólo
puso los cimientos de la Iglesia inglesa, también hoy la confianza ecuménica
descansa sobre las bases de esta Iglesia, que resultaron óptimas para su
sucesor, Lorenzo.
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