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25 de Mayo
SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZI, virgen
( 1566 - 1607 )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria de esta santa florentina, nacida en 1566 y profesa carmelita en
el convento de Santa María de los Ángeles de Florencia, nos remite a un
tiempo en el que Italia atravesaba una profunda crisis religiosa por la
difusión de la cultura neopagana del renacimiento y por la influencia de la
reforma luterana. La lucha entre las familias nobles y poderosas había
implicado también a la familia de Catalina de Pizzi, que, menos de un siglo
antes de su nacimiento, había perpetrado el horrible sacrilegio de matar a
un rival de la familia de los Médici en la iglesia durante la misa solemne.
Después de su primera comunión a una edad prematura para aquellos tiempos
(doce años) y del voto de virginidad a la misma edad, contra el parecer de
sus padres entró a los dieciséis años en el monasterio de Santa María de los
Ángeles, regido por la regla carmelitana, pero excepcionalmente autónomo y
jamás reformado a causa de su estricta observancia (existía la insólita
costumbre de comulgar diariamente), el mismo año (1582) en que moría Teresa
de Ávila. Con el nombre religioso de María Magdalena hizo la profesión
religiosa a los dieciocho años, y fue elegida subpriora en 1604. Después de
pruebas excepcionales, tanto físicas como espirituales, murió santamente a
los cuarenta y un años, el 25 de mayo de 1607, mientras sus cohermanas
recitaban el Símbolo de Atanasio, que la había hecho estática desde los
primeros años de su vida (1578-1580); sólo en 1585 se le imprimieron en el
alma los estigmas invisibles. Fue canonizada en 1669, junto con san Pedro de
Alcántara, colaborador de santa Teresa en la reforma del Carmelo.
2. Mensaje y actualidad
La “colecta” expresa en pocos rasgos las notas de esta mística: "Señor Dios,
tú que amas la virginidad, has enriquecido con dones celestiales a tu virgen
santa María Magdalena de Pazzi". El recuerdo inicial de la virginidad es una
invitación a seguir este don, tan precoz en la monja preadolescente. Pero
sobre todo la referencia a los dones celestiales evoca sus experiencias de
purificaciones pasivas y activas, que sufrió en los cinco años en que Sixto
V hacía radicales reformas. Inmersa en las tinieblas y en la oscuridad, se
preparó para la nueva fase, inaugurada en pentecostés en 1590. El don de una
continua unión con Dios iba unido en ella con la más fiel observancia de las
prescripciones de la regla, aun sufriendo durante quince años hasta la
muerte la oscuridad del temor de no salvarse. En la última fase de esta
extraordinaria vida mística, desde 1604 en adelante, en tres años de
sufrimientos (tras su elección a vicepriora), torturada por dolores tanto
físicos como espirituales, hizo el voto de renunciar a todo goce espiritual.
Por ello se le ha atribuido el lema: "Padecer, pero no morir.
El fruto de esta intercesión, solicitada a Dios, está resumido en las dos
expresiones de la oración: "concede a cuantos celebramos hoy su fiesta
imitar los ejemplos de su caridad y su pureza". Ante todo, el ejemplo de su
caridad nos viene de su valentía en el cumplimiento de la misión que le
impuso el Señor, a los veinte años (1586), de escribir cartas con
advertencias a los cardenales, a los obispos y al mismo papa para
recordarles las graves ofensas inferidas a Dios y la reforma de las
costumbres. Tales demandas encontraron misteriosamente respuesta en las
radicales reformas de Sixto V en el colegio cardinalicio, el estatuto
eclesiástico y la inspección de comunidades monásticas, si bien, por la
oposición de sus superiores, estos escritos no recibieron nunca respuesta o
tal vez no llegaran nunca a su destino. Y, por fin, el ejemplo de la pureza
se puede encontrar en sus "Revelaciones" dictadas a sus cohermanas, de las
que el oficio de lectura nos ofrece una prueba. En ella, con un sublime
invocación al Espíritu, se expresa así: "Ven, tú, alimento de los
pensamientos castos, fuente de toda misericordia, cúmulo de toda pureza".
La actualidad de este ejemplo de amor ardiente a la Iglesia, en tan
difíciles condiciones históricas, asociado a una vida interior de gran
profundidad, es para nosotros un acicate ejemplar a dar a nuestra devoción
eclesial el tono más genuino y desinteresado.
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