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25 de Mayo
SAN GREGORIO VII, papa
(ca. 1020-1085)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa del papa san Gregorio VII, muerto en Salerno el 25 de
mayo de 1085 mientras las tropas de Enrique IV y de Roberto el Guiscardo se
enfrentaban en Roma, enlaza con un culto incluido en el calendario romano
sólo en 1728, tras su canonización en 1606.
Nacido en Toscana (Tuscia) hacia el 1020, Hildebrando de Soana entró al
monasterio de los benedictinos de Santa María sull´Aventino y luego fue abad
en San Pablo de Roma, reformando su monasterio con tal éxito que fue enviado
por el papa León IX como legado a Francia para luchar contra la simonía
(venta de las dignidades eclesiásticas) y el nicolaísmo (desorden moral del
clero). Como archidiácono, ejerció un notable influjo en la curia romana,
por lo que fue aclamado sucesor de Alejandro II (1073), tomando el nombre
del primer papa benedictino (Gregorio Magno). Su actividad, después de haber
sucedido nada menos que a seis papas que pasaron por la cátedra romana en un
cuarto de siglo, puede simbolizarse en la gran obra reformadora denominada
"reforma gregoriana"; esto es, la prosecución de aquellas tareas para las
que había sido enviado a Francia en calidad de legado (lucha contra la
simonía y el nicolaísmo). Pero él se proponía también acabar con el cisma de
Oriente (1054) y preparar una cruzada para apoderarse de Jerusalén, que
estaba en manos de los turcos (1070).
En el ámbito de la cristiandad, obtuvo la reconciliación de Berengario en
los concilios romanos de 1078-1079, con la retractación de su error
(negación de la presencia real en la eucaristía); favoreció también la
conquista de Inglaterra por Guillermo el Conquistador, normando (1066),
esperando que fuera una cruzada contra la simonía. Por fin inspiró y
patrocinó las colecciones canónicas del derecho eclesiástico emprendidas por
Pedro Damián, Anselmo de Lucca y Deudedit. Por su oposición a Enrique IV de
Alemania, a causa de la investidura de las sede episcopal de Milán (era el
epílogo de la lucha entre sacerdocio e imperio) y de la disputa sobre las
investiduras de los obispos por parte de los laicos, el papa reaccionó
contra el decreto de negación de obediencia a Worms e instigados por el
emperador, con la excomunión de Enrique IV y la dispensa de los súbditos del
juramento de fidelidad.
Tras el acto de sumisión en Canossa y la elevación a rey de Rodolfo de
Suecia, Enrique hizo elegir a Guilberto de Rávena como antipapa (Clemente
XIII) y se apoderó de la ciudad leonina en Roma, haciéndose coronar como el
antipapa. Mientras, Gregorio, después de refugiarse en Castel Sant´Angelo y
ser liberado por Roberto el Guiscardo, pudo huir a Salerno, donde murió en
1805 solo y abandonado, y donde fue sepultado. Su carácter "áspero como el
viento del norte", le impidió quizá la reconciliación con el rey excomulgado
por segunda vez, que habría ahorrado a la ciudad de Roma las calamidades de
los años 1083/84.
2. Mensaje y actualidad
La nueva colecta del misal hace referencia las últimas palabras del gran
defensor de la libertad de la Iglesia, tomadas del Sal 44,8: "Delexi
iustitiam et odivi inquilatatem, propterea morior in exilio". En efecto,
pide que Dios conceda a su Iglesia "el espíritu de fortaleza y la sed de
justicia con que ha esclarecido al papa san Gregorio". Este espíritu de
fortaleza se reveló en la reforma del clero, gracias a la centralización de
los legados papales, a quienes confió la reforma de la Iglesia, y en la
energía para oponerse ante todo al clero corrompido, reduciendo a dignidades
puramente honoríficas las funciones primaciales que se emancipaban en
sentido nacionalista, inhabilitando los cargos eclesiásticos obtenidos con
simonía y prohibiendo las celebraciones litúrgicas a los ministros
concubinos. En segundo lugar, luchó con justicia contra el poder temporal,
que con la jerarquía feudal quería entrometerse en la investidura de los
beneficios eclesiásticos. En este sentido, la segunda parte de la oración
implora: "sepa tu Iglesia rechazar siempre el mal y ejercer con entera
libertad su misión salvadora en el mundo". Gregorio, en un tiempo histórico
en el que los emperadores germánicos se habían convertido en árbitros de la
tiara pontificia, opone el derecho del sucesor de Pedro de destituir a los
soberanos y de desligar a los súbditos del juramento de fidelidad,
fundándose en el texto de Mt 16,18-19.
En el oficio de lectura, que deriva de las Cartas del papa, encontramos esta
reivindicación sin ambages: "Todos los que en el mundo entero llevan el
nombre de cristianos y conocen verdaderamente la fe cristiana saben y creen
que san Pedro, príncipe de los apóstoles, es el padre de todos los
cristianos y el primer pastor después de Cristo, y que la santa Iglesia
romana es madre y maestra de todas las Iglesias". El responsorio a esta
lectura recuerda también que "el Señor lo mostró poderoso ante el rey, lo
mandó a su pueblo". Si en el medioevo era inconcebible la separación entre
Iglesia y Estado, porque se postulaba su unión, aunque necesariamente
desigual, en beneficio del emperador o del papa frente al poder real, hasta
reivindicar un poder paralelo, no fue erigida jamás por Gregorio VII en
sistema de poder absoluto, como harán, por desgracia, sus sucesores,
Inocencio III y Bonifacio VIII, con la teoría del "resplandor de la luna
derivado del resplandor del sol". Por tanto, no se puede imputar ningún
compromiso a este luchador, que defendía la doctrina de los poderes en el
cuerpo de la Iglesia (papa y emperador) como los dos ojos en el cuerpo
humano. Su ideal político, inspirado en miras sobrenaturales, aunque
sufriera no pocos reveses durante su pontificado, se convirtió, tras las
correcciones de Ivo de Chartres y las adaptaciones de santo Tomás, en la
"magna charta" de la cristiandad medieval. Por encima de las contingencias
históricas, es para nosotros un estímulo a la hora de usar nuestra plena
libertad al servicio del bien. La defensa de las prerrogativas del papado no
le impidió amar a su enemigo. La sistematización de las relaciones entre "regimen"
y "sacerdotium", que le hizo propender teóricamente hacia la supremacía del
Papa al juzgar no sólo a los fieles, sino también los malvados, no es aún
aquella teocracia gregoriana orgánicamente formulada que le han atribuido
muchos. Pero es verdad que su "Dictatus Papae", con las 27 proposiciones
acerca de los privilegios y prerrogativas de la iglesia de Roma, aunque
inspirado en las justas intenciones de romper el vínculo entre autoridad
política y obispos, no lograba superar la realidad de una Iglesia feudal,
porque no eliminaba las funciones políticas de los obispos que, defendiendo
la riqueza y el poder de sus obispados, hacían de ellos un instrumento de
gobierno de los mismos poderes seculares. No por nada el mismo Gregorio
reconoció su fracaso humano en su última carta encíclica sobre la realidad
de la cristiandad occidental y la fidelidad a su misión.
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