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25 de Mayo
SAN BEDA EL VENERABLE, presbítero y doctor de la Iglesia
(672/3-735)


1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de este gran monje, que fue llamado "el padre de la erudición inglesa", muerto en la abadía de Jarrow en Inglaterra el 25 de mayo del año 735, víspera de la ascensión, y proclamado doctor de la Iglesia en 1879, nos remite a los confines del mundo civilizado del tiempo: a aquella Northumbia (Inglaterra septentrional), atravesada por el célebre muro levantado por Adriano contra los invasores del norte, símbolo del paganismo derrotado tras la conversión de los últimos paganos concluida por Valadrido (680-686).
El mismo Beda, al final de su "Historia eclesiástica del pueblo inglés", en el año 731 escribe su autobiografía: "Yo, Beda, siervo de Cristo y sacerdote del monasterio de las bienaventurados Pedro y Pablo, sito en Wearmouth y Jarrow, he nacido en el territorio de este mismo monasterio. A los siete años fui confiado por mis padres al reverendísimo abad Benito (Biscop) para mi educación, y luego a Ceolfrith (coadjutor de Benito Biscop). Luego pasé toda mi vida en este monasterio, enteramente dedicado al estudio de las Escrituras. Además de las observancias regulares y de la tarea cotidiana de cantar el oficio en la iglesia, siempre me ha gustado estudiar, enseñar y escribir. A los diecinueve años recibí el diaconado, y a los treinta años el presbiterado. Desde mi admisión al sacerdocio hasta mi quincuagésimo noveno año me dediqué, para mi propio uso y para el de mis hermanos, a redactar breves notas sacadas de las obras de los santos Padres, o también a comentarlas conforme a su pensamiento y a su interpretación: tres libros sobre el inicio del Génesis, dos libros de homilías sobre el evangelio...".
Realmente asimiló toda la ciencia de su época, hasta el punto de convertirse en una enciclopedia viviente: gramático, naturalista, histográfico, poeta y teólogo. Por mediación de su maestro Trumberto (discípulo del arzobispo Teodoro y del abad Adriano de Canterbury), que fue monje en Lérins, se relaciona con la escuela de Caterbury, a la que debe la cultura clásica greco-latina traída a la isla por Teodoro. Con espíritu crítico a la hora de citar las fuentes en que se inspira, él mismo se autoproclama "verax historicus". A él se debe asimismo el primer martirologio histórico. Fue para el renacimiento carolingio el modelo del eclesiástico sabio, como lo denominó el sínodo de Aquisgrán del año 836: "Venerabilis et modernis temporibus doctor admirabilis" (Venerable y en los tiempos modernos doctor admirable). Tuvo por discípulos a Egberto, luego arzobispo de York, fundador de la célebre escuela de la que después saldría Alcuino. Su tumba es venerada en la catedral de Durham.


2. Mensaje y actualidad
La colecta, que se remonta a 1899 (título de doctor), traza las líneas de su fisonomía espiritual y cultural: Dios ha iluminado a su Iglesia "con la sabiduría" de este santo monje. En efecto, Beda fue no sólo un gran erudito: toda su ciencia se orientó hacia la inteligencia de las Escrituras, el conocimiento de la Iglesia y la participación en su misterio. Él, tan docto, decía: "Los autores paganos son las bellotas de que se alimentan los puercos...; los filósofos son los padres de los herejes". Este amor a la Sagrada Escritura tenía entre otros objetivos, el de la divulgación; como cuando escribe, por encargo, su "Comentario al evangelio de Lucas" para sustituir las homilías de san Ambrosio, demasiado difíciles de entender.
La segunda parte de la oración, después de haber declarado que la Iglesia ha sido iluminada "con la sabiduría de san Beda", especifica la súplica: "concede a tus siervos la gracia de ser.. orientados por las enseñanzas de tu santo presbítero y ayudados por sus méritos". Las enseñanzas de los Padres fueron su tesoro. De ellos sacó su riquísima biblioteca (reunida por Benito Biscop), transcribiendo textos y comentándolos, hasta el punto de ser considerado como un heredero fiel y transmisor de la tradición antigua. Bonifacio escribió desde Alemania a Egberto de York para pedirle sus homilías. Hasta el fin de su vida, como narra el conmovedor relato de su última noche en el oficio de la lectura, siguió enseñando y dictando serenamente. En cuanto a la caridad de los santos (es significativo su celo pastoral: cf la carta de Egberto de York del 734), se inspiró en los modelos de vida recogidos en su martirologio, en el cual declara "que no se ha limitado a consignar el día, sino también el género de combate y bajo que juez vencieron al mundo los mártires", demostrando así que vivía su espíritu en la laboriosa cotidianidad.
Su muerte serena, antes de la cual distribuyó a sus hermanos los pequeños objetos que le había proporcionado la pobreza monástica, es un testimonio de esta vida consumida a la manera "típica del verdadero benedictino" (cardenal Newman). Hizo de la misma una liturgia: "Tendido sobre el suelo de su celda, comenzó a cantar: "Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo"". Al nombrar al Espíritu Santo exhaló el último suspiro, y, sin duda, emigró a las delicias del cielo, como merecía, por su constancia en las alabanzas divinas". El responsorio de la lectura, después de haber hecho una síntesis de la vida de aquel a quien su compatriota san Bonifacio llamó "luz de la Iglesia e inflamado del Espíritu Santo", graba toda su experiencia, válida también para nosotros hoy, en la frase arriba citada: "Yo tuve como tarea agradable aprender, enseñar, escribir".
 

 

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