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30 de Abril
SAN PÍO V, papa
(1504-1572)


1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa del gran papa de la contrarreforma, muerto en Roma el 1 de mayo de 1572, memoria anticipada al día anterior por la coincidencia de san José obrero, nos presenta al primero de la serie de los papas reformadores del siglo XVI. Nacido en Bosco Marengo (Alessandria) en 1504, de la antigua familia boloñesa de los Ghislieri venida a menos, Miguel entró en la Orden de los Predicadores a los catorce años y fue enviado a Bolonia, donde se doctoró y ordenó sacerdote en 1528. Enseñó luego con éxito, durante dieciséis años, en varios lugares; se distinguió en el gobierno de la provincia dominicana lombarda y como comisario general de la Inquisición romana; por fin, como obispo de Sutri y Nepi. Elegido cardenal e inquisidor general del mundo cristiano por Pablo IV en 1558, visitó la nueva diócesis de Mondoví, llevando a cabo las reformas tridentinas. A pesar de su oposición, fue elegido papa por la presión de Carlos Borromeo en 1566. Enseguida emprendió en la ciudad de Roma una reforma de las costumbres, inspirada al par en la caridad de los humildes y la justicia inflexible con los poderosos, imponiéndose a sus adversarios por su severidad, intransigencia y santidad personal. En su gobierno chocó con soberanos católicos como el emperador Maximiliano II de Alemania, combatiendo el luteranismo; igualmente con Carlos IX, por la cuestión de los hugonotes; por fin, con Isabel I de Inglaterra, con el decreto de destitución de 1569 y el apoyo a María Estuardo, provocando la reacción de la reina contra los católicos, con la consecuencia de la excomunión por parte del papa: Regnans in excelsis, 1570. También fue inflexible en la lucha contra las herejías, pero al mismo tiempo delicado con las personas: por ejemplo con Bayo, de quien le condenó, sin embargo, setenta y nueve proposiciones en 1567. Por fin logró organizar la Santa Alianza, con España y Venecia, contra los otomanos, hasta conseguir la victoria de Lepanto, cerca del golfo de Patrás, que dio origen a la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria y más tarde del Rosario. El papa mismo había previsto y acompañado tan feliz desenlace con la plegaria a la Virgen, invocada luego con el nombre de “Auxilio de los cristianos”. Murió el 1 de mayo de 1572, y fue mayor el luto por su muerte que el pesar por su elección. Fue canonizado en 1712. Es el primer papa, antes de Pío X, venerado como santo por la Iglesia en la era moderna.


2. Mensaje y actualidad
La colecta de la misa, ligeramente retocada en relación con el texto de 1672, distingue dos campos de la actividad pontifical de Pío V. Ante todo se dice que Dios ha elegido a este papa “para proteger la fe”. En efecto, como ya hemos visto, su pretensión de convertir a los herejes, a los que equiparaba con los delincuentes (por eso justificaba con ellos los mayores castigos), y de evitar compromisos, fue siempre coherente. La publicación del Catecismo romano del concilio de Trento en 1566 es un ejemplo de tal premura, que se extendió también a las misiones, enviando misioneros a las Indias orientales y occidentales. La otra mención de la oración es la dignificación del culto. También en este sector dio nombre a las ediciones revisadas del misal y del breviario romano. El texto de la lectura de Agustín, en la liturgia de las horas, que exalta el primado de Pedro, parece casi la legitimación de la misión de este papa, que tenía una conciencia muy clara de lo que Cristo ha confiado a la Iglesia. “El apóstol Pedro, por la primacía de su apostolado, representaba de forma figurada la totalidad de la Iglesia”. Para afirmar la unidad de la tradición dogmática de las iglesias, tanto oriental como occidental, de la Edad Media y de la antigüedad, decretó los mismos honores litúrgicos tributados a los cuatro doctores latinos: Ambrosio, Jerónimo, Gregorio Magno y Tomás de Aquino, a los cuatro doctores griegos: Basilio, Gregorio Nacianceno, Gregorio Niseno y Juan Crisóstomo. Pero no pudo evitar la lógica de la inquisición, haciendo construir el palacio del Santo Oficio para intensificar los procesos contra los luteranos denunciados: precisamente él, que tuvo que oír cómo lo trataban de “religioso renegado”, en los procesos contra los cardenales Morone y Carranza, arzobispo de Toledo, tuvo que aprobar la condena al patíbulo de muchos obstinados como Pedro Carnesecchi y Aonio Paleario.
El fruto que se pide en la segunda parte de la colecta es “participar con fe viva y con amor fecundo en los santos misterios”. Se trata de hacer coherente, también en nuestras vidas, la reforma litúrgica del concilio Vaticano II, con la misma eficacia que Pío V llevó a cabo la letra y el espíritu del concilio Tridentino. Su reforma litúrgica implicaba todas las demás en los diferentes sectores: lucha contra la simonía de la curia romana y el nepotismo (basta recordar la expulsión de su sobrino Paolo Ghislieri, nombrado gobernador tras la batalla de Lepanto, pero que luego se hizo indigno del cargo); prescribe la residencia de los obispos, la clausura de los religiosos, las visitas pastorales de los obispos, el celibato y la castidad de vida del clero y, por fin, la Summa Theologica de santo Tomás como texto para las universidades.
La coherencia entre aquello que se celebra en los misterios y lo que se practica en la vida fue la nota característica de este papa, que había hecho grabar en el crucifijo de su habitación estas palabras: “Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de Cristo”. Antes de morir, y en la misma línea, dijo a los cardenales reunidos en torno a su lecho: “Os encomiendo la santa Iglesia, a la que tanto he amado. Procurad elegirme un sucesor celoso, que no busque otra cosa que la gloria del Salvador y que no tenga más interés aquí abajo que el honor de la Sede apostólica y el bien de la cristiandad”. Tales palabras, reflejo de un verdadero amor a la Iglesia, conciernen no sólo a la misión de un papa, sino también a la espiritualidad de cualquier cristiano, miembro de la Iglesia.
 

 

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