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29 de Abril
SANTA CATALINA DE SIENA, virgen y doctora de la Iglesia
(1347-1380)
1. Nota Histórico-litúrgica
La fiesta de la santa, proclamada patrona de Italia (junto con san
Francisco) en 1939, y doctora de la Iglesia en 1970, nos abre una de las
páginas más tormentosas de la historia de la Iglesia en el siglo XIV, a
causa del cisma (adhesión de los cardenales franceses al antipapa Clemente
VII, 1378), de los desórdenes y de las reformas.
Catalina Benincasa, nacida en Siena en 1347 de una familia de artesanos
(tintoreros) que tenía nada menos que veinticinco hijos, a los quince años
se hizo terciaria dominica en el siglo, en las Hermanas de la Penitencia,
para evitar el matrimonio concertado por su madre (Monna Lapa). Por consejo
de su confesor, que en la infancia le leía la Leyenda áurea, de la que le
había impresionado la vida de santa Eufrosina, decidió cortarse los cabellos
y vestir un hábito particular que, por revelación de santo Domingo, constaba
de vestido blanco, velo blanco, manto negro y cinturón de cuero.
Más tarde reunió a una pequeña familia espiritual de amigos, empezando a
ejercer una actividad político-religiosa inspirada en un programa audaz:
nada menos que la reforma de la Iglesia a base de corregir a sus ministros
por el excesivo lujo, la simonía y la corrupción; restablecer a la Santa
Sede en Roma, ciudad medio muerta, ya que desde 1309 la corte papal se había
trasladado a Aviñón, y organizar una cruzada contra los infieles para
reconciliar a los cristianos separados de Occidente tras la caída de Akkon
en 1291. Hubo de defenderse en el capítulo general de la Orden dominicana,
celebrada en Florencia en mayo de 1374, por esta actividad de peregrina
continua en los últimos diez años; por eso será sometida al control y
dirección de su confesor, Raimundo de Capua. Él, al redactar su biografía,
nos habla de los estigmas invisibles impresos en el cuerpo de la santa, que
sólo fueron conocidos tras su muerte. Pese a los esfuerzos, los resultados
de su acción fueron aparentemente escasos. Murió en la soledad en Roma, en
un éxtasis de amor, después de ocho semanas de fuertes dolores y tentaciones
diabólicas, el 29 de abril de 1380. Fue canonizada en 1461.
2. Mensaje y actualidad
La colecta de la misa contiene ya dos rasgos de la espiritualidad de esta
santa extraordinaria, porque menciona un connubio singular en su vida:
“Señor Dios, tú que hiciste a santa Catalina de Siena arder de amor divino
en la contemplación de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de
la Iglesia...”. Ante todo, la contemplación mística, que se aprecia en sus
escritos: las numerosas cartas (382), las diversas oraciones y el Diálogo de
la Divina Providencia iniciado en 1377 en Florencia, donde está expuesta su
doctrina. La página del oficio de lectura es un himno a la Trinidad, que
revela de qué fuente la virgen Catalina, peregrina en el convulsionado mundo
de su tiempo, sacaba esta caridad que la impulsó a reconciliar a la ciudad
en lucha, a dirigir a doctores en teología, a escribir cartas a las
autoridades de la Iglesia como legados, cardenales y papas (Gregorio XI y
Urbano VI) que la escucharon y a convertir a arrogantes señores que
disentían de su modo de pensar. Si Jesús le puso ya a los dieciocho años al
dedo su anillo de oro (cf segunda estrofa del himno latino en el oficio de
lectura) en señal de alianza mística ante santos testigos: María, Juan
Bautista, Pablo y David, él mismo le colocó a las espaldas la “Navecilla”
(la nave de la Iglesia), mientras ella suspiraba por morir para que viviese
el cuerpo místico de la Iglesia.
La primera recomendación de este modelo, según el responsorio de la lectura
del oficio, sacado de su obra, nos invita también a nosotros, que pedimos
“vivir asociados al misterio de Cristo” y sacar fruto de sus “enseñanzas”, a
acoger la exhortación inspirada que caracteriza la vocación de Catalina:
“Sal del retiro de la contemplación y dedícate a dar constantemente
testimonio de mi verdad”. En los dos himnos latinos del propio dominicano
del siglo XVI, se alude también a sus estigmas sobrenaturales y a sus
experiencias místicas, así como a sus acciones apostólicas: “Estrella que se
apareció en los pueblos, mensajera de paz salvífica, aplacadora de almas
feroces”. En la terrible peste sienesa del año 1374 se prodigó en la cura de
los enfermos.
Pero es sobre todo en la oración después de la comunión donde se revela el
secreto de esta vida mística al par que apostólica: el alimento eucarístico
no fue sólo un alimento espiritual de la vida inmortal (eterna), sino
también “alimento del cielo... que sustentó la vida temporal de santa
Catalina”. Esta mujer, la primera que en la historia fue honrada con el
título de doctora de la Iglesia junto con santa Teresa de Ávila, nos indica
que de la eucaristía dimana la fuerza para afrontar cualquier empresa, por
arriesgada e insuperable que humanamente parezca.
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