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21 de Abril
SAN ANSELMO, obispo y doctor de la Iglesia
(1033-1109)


1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de este obispo y doctor de la Iglesia (1720), que ha sido llamado “padre de la escolástica”, nos presenta a un hijo del feudalismo del siglo XI. El padre era señor longobardo de Aosta, y la madre estaba ligada a la casa de Saboya. Nacido en 1033, después de la primera educación monástica con los benedictinos de Aosta (1056), donde aprendió a buscar a Dios, Anselmo se hizo monje; pero alejado de esta vida por las presiones paternas y tras un período de desconcierto, el joven huyó a Francia y luego a Normandía, donde entró en la Abadía de Le Bec, poniéndose bajo la dirección de su compatriota el abad Lanfranco de Pavía en el 1059. Después del nombramiento de éste como abad de Caen, Anselmo fue elegido prior y más tarde abad de Le Bec, donde destacó como predicador y reformador de la vida monástica. En este período compuso sus mejores obras (Monológion y Proslógion); pero durante un viaje a Inglaterra, donde había sido nombrado arzobispo de Canterbury Lanfranco, fue llamado a sucederle después de su muerte en 1098. Envuelto en la lucha de las investiduras, se enemistó con los reyes Guillermo II “El Rojo”, que se negaba a reconocer al papa Urbano II y le ponía obstáculos, y Enrique I, que se opuso a sus reformas. Sufrió el exilio por dos veces: en 1098 y en 1103. Al fin pudo volver a su sede, donde murió el 21 de abril de 1109. Sus escritos, que nos transmitió su biógrafo Eadmero, ejercieron un fuerte influjo en sus contemporáneos, hasta convertirle en un campeón de la religiosidad intimista del tardo medievo.


2. Mensaje y actualidad
La colecta, nueva, tiene el mérito de trazar las notas características de la espiritualidad del santo presentándonoslo como investido por Dios del “don de investigar y enseñar las profundidades de tu sabiduría”; y pide “que nuestra fe ayude de tal modo a nuestro entendimiento, que lleguen a ser dulces a nuestro corazón las cosas que nos mandas creer”. Se trata de la aparición de ese aspecto que representó los comienzos de la teología racionalizante, pero siempre de tendencia contemplativa: Fides quaerens intellectum era el título primitivo de su Proslógion. Más tarde, esta herencia del pensamiento teológico, que es sin duda el más importante de la tradición monástica occidental, será patrimonio de la escolástica: sólo en el siglo XIV ejercerá Anselmo un gran influjo como teólogo y escritor espiritual. Se puede subrayar la primacía otorgada a la sabiduría en la investigación y en la enseñanza, que hace de Anselmo el mayor anillo de conjunción entre san Agustín y santo Tomás.
La página tomada de su Proslógion en el oficio de lectura nos introduce en la sabiduría de esta investigación contemplativa, que no es mera curiosidad intelectual o sólo meditación filosófica: “¿Has encontrado, alma mía, lo que buscabas? Buscabas a Dios, y has encontrado que él está por encima de todas las cosas, que nada mejor que él se puede imaginar”. También las demás obras de san Anselmo sobre La procesión del Espíritu Santo – él fue en Bari el exponente por parte católica contra los cismáticos de Miguel Cerulario -, sobre el Por qué un Dios hombre (1098) en la necesidad de la encarnación demostrada con la razón, y sobre otros argumentos en los Sermones, en las Meditaciones y en las Cartas y, por fin, en las Oraciones están inspiradas en este espíritu de intelectualismo afectivo, sapiencial. Éste ha de hacernos amar también hoy las verdades que se buscan: el latín en la parte final de intercesión de la colecta dice: “Ut cordi dulce sapiant”, tengan un dulce sabor para el corazón. Éste es el justo estatuto moderno de la verdadera teología también para todos nosotros, que no debemos confundirla con las pretendidas neutralidades, las desgajadas arideces o las reductivas parcialidades de las demás ciencias.
 

 

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