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13 de Abril
SAN MARTÍN I, papa y mártir
(+ 655)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de este papa, que, según la Vida griega, murió en
Crimea el 13 de abril del año 655 (fecha inscrita también en el calendario
bizantino), nos remite a las luchas cristológicas conclusivas de la larga
serie de las decisiones calcedonenses, comprometidas por la nueva herejía
monotelita. En efecto, este italiano, nacido en Todi (Umbría) y elegido papa
en 649, tuvo que luchar contra el emperador de Oriente Constancio II,
defensor de la herejía de Eutiques, que negaba la doble voluntad de Cristo,
derivada de su doble naturaleza. En el concilio de Letrán del año 649,
Martín, con quinientos obispos (entre ellos el intrépido san Máximo el
confesor), condenó al emperador. Éste trató de vengarse y, después de una
fallida tentativa (la misión de Olimpio, que, tras independizarse, usurpó el
poder en Italia del 649 al 652), logró llevar a Constantinopla ante el nuevo
hexarca al anciano y enfermo papa, condenándolo a muerte por supuesta
complicidad con Olimpio. La misma conmutación de la pena capital por alta
traición, con la deportación de Quersoneso (Crimea) por intervención del
patriarca Pablo II, permitió al papa hacer de su prisión en la miseria y
soledad algo equivalente al martirio. En efecto, allí pudo enterarse de que
habían elegido a su sucesor, Eugenio I (654-657), y en esta soledad murió.
Su cuerpo fue venerado en la iglesia de Santa María de la Blanquerna, a las
puertas de Cherson. En Oriente era festejado como mártir el 13 de abril
(fiesta de santa Eufemia); mientras que en Occidente, desde el siglo IX, por
atracción de su homónimo obispo de Tours, su fiesta fue trasladada al 12 de
noviembre.
2. Mensaje y actualidad
La colecta, procedente del misal parisiense de 1738, suplica que sepamos
“soportar con fortaleza de espíritu las adversidades de este mundo”. El
fragmento de la carta está inscrita desde su lugar de deportación a un amigo
de Constantinopla en septiembre del 655. Es la tercera carta que nos queda,
tras las otras dos dirigidas a Teodoro, en la que narra sus sufrimientos. Se
siente gemir al papa bajo el peso de este martirio moral y espiritual, hasta
decir: “Hemos llegado casi a vernos privados de nuestra propia vida”. Pese a
ello, invoca la intercesión de san Pedro para que “Dios... confirme sus
corazones... en la fe ortodoxa, y la robustezca contra cualquier hereje o
adversario de la Iglesia”. La prueba de tal firmeza se deduce asimismo del
hecho de que, ante el tribunal imperial donde se pretendía que el proceso
tuviera un carácter político; esto es, la guerra contra el emperador estaba
motivada por haber impedido la rebelión de Olimpio, dijo que había condenado
el Tipo (declarado “sclerosus”) y a la “impiissima Ecthesis” sólo por
obedecer a su cargo de pontífice.
El heroísmo del martirio, incluso moral, que brota – como él lamenta – sobre
todo de “la insensibilidad y falta de compasión de todos aquellos que en
cierto modo me pertenecíais, y también la de mis amigos y conocidos,
quienes, cuando me he visto arrastrado por esta desgracia, ni siquiera se
acuerdan de mí, ni tampoco se preocupan de si todavía me encuentro sobre la
tierra o de si estoy fuera de ella”, se encuentra en nuestros días ante
situaciones análogas. Quien quiera cumplir con su deber a toda costa ante
Dios o ser coherente con la palabra divina sin ningún compromiso puede
inspirarse en el ejemplo de Martín, que permaneció inamovible: “¿Creéis que
tenemos miedo de presentarnos ante el tribunal de Cristo y que allí nos
acusen y pidan cuentas hombre formados de nuestro mismo barro?”
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