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11 de Abril
SAN ESTANISLAO, obispo y mártir
(1030-1079)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria ahora obligatoria por decreto de Juan Pablo II de Estanislao,
nacido en la periferia de Cracovia (Polonia) el 26 de junio de 1030 de
padres de edad avanzada, nos hace vivir una página dramática de historia
local. El joven que, después de cursar estudios en París, fue ordenado
sacerdote por el obispo de Cracovia, Lamberto, y luego designado canónigo y
por fin predicador, fue elegido contra su voluntad para suceder a su obispo
en 1072, mostrándose como un pastor solícito con los pobres y oprimidos. Con
el rey Boleslao II de Polonia, que, aunque hombre valeroso (logró una
clamorosa victoria contra los rusos en Kiev), era moralmente corrompido e
infiel, se comportó como Juan Bautista, echándole en cara su conducta
desordenada, hasta el punto de llegar a excomulgarlo. Tal derecho, extendido
a los obispos, se fundaba en la excomunión papal de Canossa. Tres veces
atentó el rey contra su vida, y, en vista del fracaso de sus soldados, el
mismo Boleslao mató al santo obispo en el altar mientras celebraba la
eucaristía, el 11 de abril de 1079. Fue canonizado en Asís en 1523 por
Inocencio IV y lo sepultaron con los honores de mártir en la iglesia de San
Miguel de Kalka. Es el primer santo polaco a quien la tradición llama mártir
de la verdad. La sospecha de que fuera asesinado por traidor, es decir,
conspirador con los bohemios contra el rey (cf Crónica de Gall del siglo XII)
fue descartada definitivamente por el historiador polaco Kadlubck
(1120-1223), alumno del Ateneo de Bolonia. Su cuerpo fue trasladado en 1088
a la catedral de Warel, en Cracovia.
2. Mensaje y actualidad
La colecta subraya el sacrificio del obispo: “Señor, tú has otorgado a san
Estanislao... la gracia de sucumbir en aras de tu gloria bajo la espada de
los perseguidores”. Este coraje para hacer frente a la corrupción pública de
un rey que se había apoderado por pasión de una mujer casada (el escritor
anónimo Gall, 11112, dice que fue muerto “pro traditione”, resistencia) nos
advierte que ante el escándalo no podemos callar, sino tener el mismo celo
del Bautista frente a Herodes. Esto es muy consolador, dado que el Señor
aceptó esta ofrenda personal como precio de la conversión del re (cosa que
hará más tarde santa Teresita por el impenitente condenado a muerte Pranzini).
En efecto, el rey, abandonando su reino, permaneció exiliado en Hungría y,
después de algún tiempo, se retiró como hermano laico al monasterio
benedictino de Osjak, donde fue sepultado.
La petición de la plegaria nos invita a “perseverar con firmeza en la fe,
hasta la muerte”. La perseverancia en la lucha por la fe es ilustrada
asimismo por la carta de san Cipriano, que leemos en el oficio, donde, casi
a manera de comentario a este martirio (aún puede apreciarse en su cráneo el
golpe descargado por el rey en el occipucio) se alude a la relación entre el
propio sacrificio y el holocausto de la eucaristía: “Armemos la diestra con
la espada espiritual para que rechace con decisión los sacrificios
sacrílegos y, acordándose de la eucaristía, en la que recibe el cuerpo del
Señor, se una a él para poder después recibir de manos del Señor el premio
de la corona eterna”. El tema de la eucaristía como ayuda en el martirio es
digno de recordarse hoy en la catequesis. Según la leyenda, el cuerpo
despedazado volvió a recomponerse. Todo un símbolo de la unidad polaca.
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