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7 de Abril
SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE, presbítero
(1651-1719)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria del santo educador de la Francia postridentina nos
remite a la escuela francesa de espiritualidad del siglo XVII. Nació de una
familia de juristas en Reims en 1651. Después de haber estudiado en el
seminario de Saint-Suplice, en Reims, se ordenó sacerdote en 1678. Siguiendo
las huellas del canónigo Roland, que se ocupaba de las clases sociales más
pobres, renunció al canonicato para dedicarse a la educación e instrucción
de los niños pobres (en 1679 ya había fundado una escuela para los pobres),
dando inicio a la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas
(sólo en 1684 emitieron los votos temporales sus doce cohermanos), que ponía
bajo el patronato de la santísima Virgen. Pero ya en los años 1700-1701 se
presentaron las primeras dificultades para hacer aceptar el método
pedagógico del fundador, entre otras cosas por la indiferencia del clero
sulpiciano, porque la pedagogía racional adoptada, con la eliminación de
elementos tradicionales inútiles, suponía la adopción de la lengua materna
en lugar del latín). Tal método tuvo gran difusión y se convirtió en un
modelo por sus constituciones destinadas a religiosos laicos. Murió en Ruán
(sede del noviciado desde 1705) el 7 de abril de 1719, después de haber
renunciado al cargo de superior en 1717, dedicándose en el ínterin a
escribir obras religiosas. Fue canonizado en 1900. Su cuerpo reposa, desde
1937, en la sede romana del Instituto dedicado a su nombre.
2. Mensaje y actualidad
La colecta recuerda la misión de este santo: “Señor, tú que has elegido a
san Juan Bautista de la Salle para educar a los jóvenes en la vida
cristiana”; y pide que suscite “maestros en tu Iglesia que se entreguen con
generosidad a la formación humana y cristiana de la juventud”. La acción
profética de este sacerdote aristocrático ha inaugurado un tipo de maestro
consagrado a su misión educativa, porque ejerció una paternidad de elección
que nace del amor de Cristo, que le hizo superar las barreras que en su
época se interponían entre las clases sociales; y casi sin darse cuenta, le
hizo sentir la instancia de crear un método pedagógico donde están previstos
los patronatos y los círculos de estudio con enseñanza posescolástica y
clases dominicales, las escuelas de aprendizaje para chicos y jóvenes de los
siete a los veinte años, y los primeros centros de reeducación.
Soportó la humillación de sus familiares, que le echaban en cara sus
compromisos con gente humilde, y de los mismos burgueses y aristócratas de
la época, que lo acusaban de deshonrar su estado canónico; sufrió
hostilidades hasta hacerse condenar dos veces por la corporación de los
maestros de escuela; toleró pacientemente las odiosas medidas de los
dignatarios eclesiásticos (el cardenal de París fue engañado por el párroco
de Saint-Sulpice, 1702), que lo destituyeron por incapaz, acusándolo incluso
en un proceso en 1712 de subordinar a los menores, y por fin sobrellevó las
incomprensiones de sus mismos cohermanos mediocres, que lo abandonaron.
Todas estas pruebas fueron como el estigma de la cruz sobre este modelo de
educadores incluso de nuestros tiempos, que murió un viernes santo diciendo:
“Yo adoro en todas las cosas la conducta de Dios a mi respecto” . La misma
lectura del oficio, sacada de una meditación del santo, es una apología
siempre actual del educador como un verdadero ministerio en la Iglesia.
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