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2 de Abril
SAN FRANCISCO DE PAULA, ermitaño
(1416-1507)
1. Nota Histórico-litúrgica
Francisco, nacido en Paula, Calabria, que en aquel tiempo pertenecía al
reino de Nápoles, en 1416, después de un voto hecho por sus padres a
Francisco de Asís, vistió a los trece años el hábito franciscano, y luego,
dos años más tarde, se retiró a la vida eremítica. En torno suyo se
reunieron algunos discípulos, que compartieron su rigor ascético y
constituyeron en 1452, la Orden de los Ermitaños de San Francisco de Asís,
llamados también Mínimos. Por orden del papa Sixto IV, que había hecho
investigar la verdad de los milagros y de los dones extraordinarios que Dios
le otorgaba, Francisco fue a Francia para asistir al rey Luis XI,
preparándolo para la muerte en 1483; y, después de su muerte, asumió la
dirección espiritual del hijo, Carlos VIII, continuando sus servicios
también con Luis XII. Pasó quince años en Francia y fundó numerosos
conventos. Murió serenamente el 2 de abril (era un viernes santo) de 1507,
Plessis-lès. Tours. Fue canonizado en 1519. En el calendario actual es una
memoria facultativa (1969)
2. Mensaje y
actualidad
La colecta de la misa comienza con una invocación que caracteriza el carisma
de este santo fundador, el cual, por humildad, no quiso acceder nunca al
presbiterado: "Señor, Dios nuestro, grandeza de los humildes, que has
elevado a san Francisco de Paula a la gloria de tus santos"; y defendió,
incluso con milagros, el espíritu de mortificación que se juzgaba excesivo,
tomando con la mano los carbones encendidos ante el prelado de Pablo II, que
le había hecho investigar. Entre los hechos extraordinarios de su vida se
puede recordar el paso del estrecho entre Reggio y Messina en 1464,
extendiendo su propio manto atado a su bastón. Se pide esta virtud de la
humildad para que, a imitación suya, alcancemos "el premio prometido a los
humildes".
La vida de este taumaturgo y austero eremita, que introdujo el "voto de la
vida de cuaresma", esto es, el ayuno cuaresmal extendido a todo el año y
defendido por él incluso contra el papa Sixto IV (apoyado, empero, por Julio
della Rovere), es un hecho extraordinario en el contexto de aquella sociedad
prerrenacimental de su tiempo, tan refractaria a la austeridad. Pero sigue
siendo actual para nosotros, a la luz de aquel lema paulino (2Cor 5,14) que
constituyó el secreto de su espiritualidad, tanto más ahora en el tiempo
pascual: "El amor de Cristo nos apremia" ("Caritas Christi urget nos"). La
austeridad (el ayuno permanente, tan defendido por él) ha de apoyarse en la
contemplación de la pasión del Señor, como se evidencia en su carta dirigida
desde Tours a los procuradores del eremitorio de Spezzano (Cosenza), que se
lee en el oficio de lectura, y puede encontrar su raíz sólo en la humildad
radical de que estuvo entretejida su vida. Él siempre ofreció resistencia al
papa, que quería ordenarle.
Es una virtud difícil también en nuestros días; pero nuestra verdadera
grandeza ante Dios y ante los hombres consiste en reconocer la propia
pequeñez, sintiéndose mínimos como este santo, tan ensalzado por el Señor en
la vida y después de la muerte, incluso con milagros. También nosotros
podemos hacer nuestra su oración, pronunciada en punto de muerte: "Amable
Jesús, conserva a los justos, justifica a los pecadores, ten compasión de
todos los fieles vivos y difuntos, seme propicio, aunque yo no sea más que
un indignísimo pecador".
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