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23 de Marzo
SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO, obispo
(1538-1606)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de Toribio Alfonso, nacido en León en 1538, que
primero fue magistrado en Granada, es reciente, aunque fuera canonizado en
1726, y adquiere valor porque fue el gran evangelizador de Perú y de otros
países de Hispanoamérica. Este país, hacía poco conquistado por Pizarro para
la corona de España, recibió por deseo de Felipe II al nuevo arzobispo de
Lima, elegido cuando aún era laico en 1580. Lima, elevada a sede episcopal
en 1541, tenía jurisdicción en los países que se extendían entre Panamá y
Río de la Plata. Su diócesis, en la cual entró en 1581, ocupa 520 kms. en la
costa del Pacífico. A su gobierno fue asociada una provincia eclesiástica
que, desde Nicaragua, llegaba hasta Paraguay y Argentina. Dedicó sus
trabajos pastorales a convocar concilios y sínodos para la formación del
clero y la elevación moral del pueblo, especialmente el autóctono, acudiendo
a las míseras viviendas de los indígenas para confortar a la pobre gente.
Murió en Saña el 23 de marzo de 1606 en una comunidad india, hacia el fin de
su último viaje pastoral. Era jueves santo e hizo que le acompañaran los
salmos (115,10: "Casa de Aarón, confía en Yahvé, él es su auxilio y su
escudo"; 30,6: "En tus manos abandono mi vida y me libras, Yahavé, Dios
fiel") al son del arpa, dirigiéndose al crucifijo. Sus restos fueron
trasladados a Lima en 1607.
2. Mensaje y actualidad
La colecta tomada del propio de la ciudad de Roma para el beato Gregorio X,
enuncia dos temas. El primero es la referencia las fatigas apostólicas del
santo obispo, con las cuales fecundó a su Iglesia; fatigas que él afrontó
con entusiasmo desde el momento en que, contra su voluntad, se topaba con la
prohibición de los cánones de la Iglesia de elegir un laico para el
episcopado. Frente a los escándalos que hacían más difícil aún su misión (se
le acusaba de ausentarse durante largos períodos misionales de la capital),
a la resistencia del gobierno colonial y a las mimas órdenes religiosas, que
oponían a su firme obra de evangelización y de saneamiento moral la fuerza
de la costumbre (les prohibió que fueran párrocos para impulsarles a
dirigirse al "frente" misionero), respondía con paciente firmeza, según
Tertuliano: "Cristo se llama la verdad, no la costumbre".
Construye en 1591 el primer santuario mariano del nuevo mundo y no cesó de
estudiar y aprender los dialectos locales para tratar directamente con los
indios evangelizados. La oración prosigue pidiendo "el celo por la verdad de
tu obispo santo Toribio". En efecto, él sintió gran amor por los indios,
aprendiendo su lengua, el quechua. Podemos inspirarnos en este santo pastor,
que hizo tres veces la visita pastoral a su inmensa diócesis: que con los
decretos de sus concilios provinciales - entre ellos el primer concilio de
Lima (1582-1583), que fue como el concilio Tridentino de América - logró
restaurar la verdadera disciplina, aplicada también en doce sínodos
diocesanos. Dio la medida de su bondad con ocasión de una epidemia de peste,
llegando a ofrecer su vida por la salvación de su grey. La actualidad de
este apóstol, a quien Benedicto XIV comparó con Carlos Borromeo, se
evidencia en esta generosidad que hace crecer al pueblo de Dios "en la fe y
en la santidad de vida". El texto de la lectura en el oficio, tomada del
decreto sobre el deber pastoral de los obispos en la Iglesia (1963), subraya
estas notas del método de evangelización, que son actuales también para
nosotros: claridad de doctrina, comprensión en el diálogo, prudencia de
acción, confianza ilimitada y predilección por los últimos: los indios de
Toribio.
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