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19 de Marzo
SAN JOSÉ, esposo de la virgen María
(siglo IX)


1. Nota Histórico-litúrgica
El nacimiento de san José, que aparece hacia el 800, en un martirologio galicano, el 19 de marzo ("Joseph sponsus Mariae"), en coincidencia con la fecha de un diácono de Antioquía con el mismo nombre mencionado en el martirologio jeronimiano, se desarrolló sobre todo a lo largo de los siglos XIV-XV. En Oriente se celebraba ya desde el siglo V en el calendario copto, pero en fechas diversas. Mientras antes (desde 1621) era fiesta de precepto, hoy esta solemnidad ha dejado de ser de precepto y puede transferirse fuera del tiempo cuaresmal por las conferencias episcopales. Las noticias de la actividad del carpintero de Nazaret (Mt 13,55) dan a entender que se trataba de una actividad muy baja: ninguna de las parábolas de Jesús recuerda el trabajo del carpintero-ebanista.
 

2. Mensaje y actualidad
La riqueza de los textos eucológicos de la fiesta, tanto en la misma como en el oficio, además de las lecturas recogidas también en las antífonas de la liturgia de las horas, nos ofrece una opción de temáticas que pueden reducirse a los siguientes rasgos.
a) En la colecta se destaca la fidelidad de José: "Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación a la fiel custodia de san José". Con tal expresión se subraya la primera de las dos características del esposo de María: guía seguro y amoroso, defensa y sostén en la pobreza del trabajo cotidiano y en la tormenta de la persecución (huida a Egipto). La tradición eclesial expresa este tema de la fidelidad con dos palabras: "hombre justo" y siervo fiel.
La segunda característica es la de padre de Jesús. Como cante el prefacio, fue "el servidor fiel y prudente que pusiste al frente de tu familia, para que haciendo las veces de padre (Lc 2,48) cuidara a tu único Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo". También el segundo responsorio del oficio de lectura cita el texto de Gén 45,8, con referencia al virrey José ("me hizo ministro del rey y señor de su casa"). En la lectura de san Bernardino de Siena, que junto con Juan Gersón, el canciller de París, fue uno de los principales promotores de la fiesta de san José, se comentan las características bíblicas de su perfil: fidelidad como justicia bíblica y cuidado de Cristo y de María. En la antigüedad, el apócrifo Historia de san José el Carpintero (siglo IV) tenía en Oriente el carácter de lectura litúrgica entre los monjes coptos, que lo festejan el 20 de julio. El hecho de que no se conserve ninguna palabra de san José, pero que se diga que fue dócil a la voz de Dios (Mt 1,18-2,23), nos sugiere el primer corolario de esta actualidad del santo: su silencio, que adora la voluntad de Dios, es para nosotros más elocuente que muchas palabras. Justamente podemos considerarlo, después de María, como el modelo y patrón de la vida interior. En segundo lugar, podemos confiarnos, especialmente a la hora de la muerte, a la intercesión de san José, que es de presumir que gozara de la asistencia de Cristo y de la Virgen en la hora extrema. Él podrá obtenernos desde ahora esa misma fidelidad en llevar a plenitud la obra de la salvación iniciada con el bautismo y continuamente consumada a través de los sacramentos y las obras de la vida cristiana.
b) En la oración sobre las ofrendas se pide que el Señor nos conceda servirle "con un corazón puro como san José, que se entregó por entero a servir a tu Hijo". El servicio de José aparece sobre todo en la impresionante regularidad con que el evangelio de Mateo describe su obediencia: "Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor" (1,24ss); "Él se levantó, tomó al niño y a su madre" (2,21ss). Obediencia, pues, inspirada en una gran fe, porque ésta debía ser extraordinaria para un prodigio (la virginidad de la esposa-madre) que era extraño y casi contrario a cualquier forma de la expectativa mesiánica de su tiempo.
c) En la oración después de la comunión dominan los verbos en la súplica: "Señor, protege sin cesar a esta familia tuya, que ha celebrado con gozo la festividad de san José participando en la eucaristía; y conserva en ella los dones que con tanta bondad concedes". José fue guardián de Cristo y de su madre virgen, que eran los dones más grandes que Dios podía configurar a un hombre. No hay necesidad de recurrir a las invenciones del protoevangelio de Santiago (siglo II), que lo imagina como un viejo viudo que recibe en custodia de las manos del gran sacerdote a la doceañera María, que hasta aquel momento había vivido en el templo, después de que un experto de la Escritura descubriera su embarazo. Tampoco cabe suponer lo que escribe el evangelio armenio de la infancia, según el cual Eva acompañaba a José en el primer amamantamiento del recién nacido y convalidaba el milagro del nacimiento virginal.
La segunda petición hace referencia a la protección de José, jefe de la familia de Nazaret y hoy para nosotros de la Iglesia, nueva familia de Dios. Él, que insertó al salvador en la descendencia davídica, ligada a él, que era el padre legal (Mt 1,18-25), fue el protector de su familia sobre todo en los momentos de peligro (huida a Egipto).
Si es verdad que "la mujer es el futuro del hombre", se puede constatar que José debía a María el haber sabido orientar su propia fidelidad hacia una paternidad espiritual respecto a un Hijo que sólo había recibido de Dios. Pero es también verdad que tal paternidad espiritual supone la jurídica y legal, ya que sólo él era de la estirpe de David, y por ende capaz de insertar al Hijo en la continuidad de las promesas mesiánicas. Él, pues, ha recibido una misión de protector y guardián del Verbo encarnado en forma directa, y no sólo porque era el esposo de María. También nosotros somos llamados a menudo a ser guardianes de realidades sagradas, en nosotros mismos, en nuestra vida, en la familia, por una misión indirecta recibida de Dios.
 

 

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