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23 de Febrero
SAN POLICARPO, obispo y mártir
(75/82-155)


1. Nota Histórico-litúrgica
La fecha de esta memoria obligatoria, atestiguada en la carta de los cristianos de Esmirna sobre el martirio, está inscrita en el martirologio de Nicomedia (361) y la festejan los sirios de Antioquía, los bizantinos y los coptos. El culto antiguo del santo en Occidente se difundió en el siglo XIII, y se celebraba el 26 de enero por un error de homonimia (Policarpo de Nicea).
El obispo de Esmirna, nacido de padres cristianos después del 75 y bautizado inmediatamente, que, según Irineo, en su predicación procuraba recordar constantemente las enseñanzas del apóstol Juan y de los demás testigos oculares de la vida de Cristo, es un anillo de conjunción entre la Iglesia de los apóstoles y todas nuestras sucesivas generaciones de testigos indirectos de la fe católica. Por estos motivos, Ignacio, que se encontró con Policarpo mientras se dirigía a Roma con Zósimo y Rufo para sufrir el martirio, lo consideraba un "hombre apostólico, un verdadero y buen pastor, a quien no dudaba en confiar su grey de Antioquía". Ignacio escribió dos cartas: una a la comunidad de Esmirna y otra al mismo Policarpo, donde reconocía "su sentir en Dios". Su martirio está datado en 155, bajo el proconsulado de Stazio Quadrato.
2. Mensaje y actualidad
La colecta de la misa, compuesta por la oración dicha por Policarpo cuando se dirigía al martirio y que ahora se lee en la liturgia de las horas, subraya dos rasgos que definen a este obispo. Ante todo es testigo de la fe en el martirio: "Dios de todas las criaturas, que te has dignado agregar a san Policarpo, tu obispo, al número de los mártires, concédenos... participar con él en la pasión de Cristo". Policarpo es presentado en la misma carta de la Iglesia de Esmirna, escrita menos de un año después del acontecimiento, como un perfecto imitador de la víctima divina, que bebió el cáliz de su pasión. También la antífona de las vísperas refleja el género del martirio del octogenario anciano, narrado, en un marco litúrgico, como el acto del obispo con la participación coral de los fieles, que siguen los distintos momentos del suceso hasta la hoguera y el golpe de gracia asestado por el "confector". Justamente porque todos los detalles del relato subrayan que el mártir imita a Cristo hasta el final, se puede decir que esta narración, que tiene toda la dignidad de una acción litúrgica con una plegaria que es una verdadera eucaristía (acción de gracias), nos invita a considerar que nuestra fe debe ser cada vez más una imitación perfecta de Cristo, "un sentir en Dios", como Policarpo. En su carta a los Filipenses, Policarpo es el primero que habla del "martirio de la cruz".
El segundo motivo es la fe apostólica y la caridad pastoral de este obispo "de rostro franco, por su ánimo anclado en Dios como una roca", que vino a Roma para discutir con el papa Aniceto la fecha de la pascua en nombre de los cristianos del Asia Menor, sabiendo mantener la unidad pese a la diversidad de las tradiciones de las dos Iglesias locales. El papa y Policarpo permanecieron en comunión y se separaron en paz. También en el único texto que nos queda de él, la carta a los Filipenses. Policarpo reitera la enseñanza joánica de la verdad de la encarnación de Cristo contra los herejes (docetas). Este ejemplo de fidelidad a la verdad trasmitida por los apóstoles nos sirve de amonestación en nuestros días. En efecto él, que en el Martyrium (12,2) es llamado por vez primera padre porque engendra a los creyentes para la vida en Cristo, y que permaneció "firme como yunque bajo los golpes", se mantuvo calmo y tranquilo frente a la muchedumbre que gritaba en el estadio y ante la hoguera preparada, como le exhortaba Ignacio. Con justicia, pues, le tributó la Iglesia primitiva el primer culto por sus reliquias de mártir en su "dies natalis" (Martirio 18,2-3).

 

 

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