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21 de Febrero
SAN PEDRO DAMIÁN, obispo y doctor de la Iglesia
(1007-1072)


1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa este santo, que fue inscrito oficialmente en el calendario y proclamado doctor de la Iglesia sólo en 1828, nos retrotrae a la situación de la Iglesia del siglo XI.
Nacido en Rávena en 1007, Pedro tuvo como tutor a su hermano Damián y, después de haber revelado dotes insignes en los estudios realizados en Rávena, Faenza, Padua y Parma, hasta el punto de enseñar en las universidades a los veinticinco años, se retiró a la soledad de Fonte Avellana para hacer penitencia. Pero abandonando este eremitorio camaldulense, suya regla había escrito, para asumir el cargo de predicador que le ofrecieron el monasterio de Pomposa y otros monasterios, pudo volver a su comunidad avellanense, donde fue nombrado prior. Sin embargo, una vez más tuvo que dejar la soledad, a instancias de Enrique III y de varios papas. A pesar de su oposición, el papa Esteban IX le nombró cardenal de Ostia (1057), con el gobierno de la diócesis suburbicaria, a la cual renunció más tarde (1067), después de contemplar el fracaso de sus esfuerzos para reconciliar el papado con el imperio. Fue legado papal en varias naciones: Francia y Alemania (en 1063, nuncio del papa ante Enrique IV en Francfort) y en muchas regios italianas. Además de la ardiente defensa de la doctrina, que le llevó a escribir obras teológicas como los tratados Liber gratissimus y Liber gomorrhianus, hagiográficas por la célebre Vida de san Romualdo y pastorales: Discorsi, fue el fustigador de las principales lacras de la época: la simonía y la inmoralidad del clero.
Fue asimismo artífice de paz y de reconciliación entre facciones contrarias, siendo con su rigor ascético y su lucha para liberar a la Iglesia de los asuntos temporales un precursor de la reforma emprendida luego por su gran amigo el monje Hildebrando, el papa Gregorio VII, cuyos métodos no compartió, sin embargo. Justamente, por tanto, su culto es popular en la región de Rávena y en el orden monástico en la fecha de su muerte, ocurrida a los sesenta y cinco años en Faenza, durante el viaje de vuelta de Rávena, adonde había ido en misión de paz. Ha sido reconocido, aunque tarde, con el título de doctor por el importante papel desempeñado en la reforma de la Iglesia. Respecto a su dies natalis, su memoria, impedida por la fiesta de la Cátedra de san Pedro, se adelanta ahora al día 21.


2. Mensaje y actualidad
La colecta, que en la primera parte nos invita a "seguir con fidelidad los consejos y ejemplos de san Pedro Damián", nos insta a pedir en la segunda parte dos significativas actitudes, que resumen su fisonomía: "para que, amando a Cristo sobre todas las cosas y dedicados al servicio de la Iglesia, merezcamos llegar a los gozos eternos". El primer elemento que ha de ponerse en evidencia es, pues, el magisterio de Damián en una época muy triste para la Iglesia. En el citado Liber gemorrhianus escribía: "La disciplina monástica es lánguida y se aleja de la habitual perfección; la mayoría de los clérigos viven como hombres de mundo, y los seglares se pelean y defraudan recíprocamente". El valor de esta cruda denuncia de los vicios de su tiempo le ganó muchos adversarios y una gran frialdad por parte del papa León IX, que había cedido a las reacciones provocadas por el realismo de la condena moral. También hoy la valoración de la situación decadente en ciertos campos de la moralidad pública debe encontrar en este ejemplo magistral un punto de apoyo decidido y animoso. El evangelio no debe descender nunca a compromisos. El cristocentrismo de este pensamiento se concilia aún con su teología trinitaria, especialmente en el opúsculo (escrito después del 1062) sobre la procesión del Espíritu Santo contra el error de los griegos. Su mariología, en la línea de la tradición, desarrollada en sus Sermones es también cristológica.
El segundo motivo de imitación de san Pedro Damián nace de su dedicación al servicio de la Iglesia, que le hizo abandonar su amada soledad de Fonte Avellana en las diversas legaciones de pacificación: como las de Milán entre clero y pueblo, por las ordenaciones simoníacas y de Rávena para levantar la excomunión. Se debe considerar el servicio eclesial que la reforma conciliar ha ejemplificado en diversas formas, tanto ministeriales como comunes, cual una impelente instancia apostólica que lleva a sacrificar los propios gustos e intereses individuales. Para Damián, todo creyente es una "minor ecclesia", capaz de realizar en sí la plenitud de las relaciones entre Cristo y la Iglesia. El texto hagiográfico en el oficio de lectura, que exhorta a no dejarse arrastrar por la amargura y el desaliento ante "las correcciones de la disciplina celestial" (como denomina a las diversas pruebas de la vida), refleja no sólo la experiencia personal de Damián, que desde su infancia sufrió duros tratos en familia, sino también la coherencia vital del monje y luego obispo precursor de la reforma eclesial, que comportaba ineludibles reacciones, angustias y contrastes.
Por fin, la oración cita también una frase de la regla de san Benito (c. 72): "Amar a Cristo sobre todas las cosas", ideal no sólo de vida monástica, sino imperativo de verdadera vida cristiana coherente con el evangelio. En sustancia, se puede resumir este magisterio de vida del gran hijo de la Iglesia con estas tres frases sacadas de su carta, ya citada en el oficio divino: "Que resplandezca en tu rostro la serenidad, en tu mente la alegría y en tu boca la acción de gracias".
 

 

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