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11 de Febrero
NUESTRA SEÑORA DE LOURDES
(1858-1908)


1. Nota Histórico-litúrgica
Esta memoria facultativa, de fecha 11 de febrero, que ya estaba aprobada para la diócesis de Tarbes por León XIII en 1890 como fiesta local de la primera aparición de la Virgen Inmaculada en Lourdes en 1858 y extendida luego por Pío X en 1908 al calendario romano, enlaza con la experiencia de Bernardita Souvirous (1844-1879) ante la gruta de Massabielle. La primera manifestación del 11 de febrero, seguida de otras diecisiete hasta el 16 de julio de 1858, nos presenta a María declarándose la Inmaculada Concepción e invitando a construir un santuario. El objeto de la memoria no es el hecho histórico de la aparición, sino la Virgen Inmaculada.
 

2. Mensaje y actualidad
La colecta de esta misa, que deriva de la precedente, insiste en el tema de la fragilidad humana: "remedia con el amparo del cielo nuestro desvalimiento", que puede entenderse como un efecto moral debido al pecado o bien como una deficiencia física multiforme. El recuerdo de la realidad de la pascua, en la petición de la oración, es la clave de interpretación de esta confesión de nuestra humana miseria: "que podamos vernos libres de nuestros pecados". Esta es la gracia que caracteriza el mensaje de la Inmaculada de Lourdes. En efecto, María se identifica con el don gratuito de Dios, que la previene de modo redentor.
El relato de la aparición en el oficio de lectura, en el que Bernardita refiere con sencillez cuanto ha visto, confirma que las demandas de la Virgen son asimismo sencillas: rezar por la conversión de los pecadores y construir un santuario en aquel lugar; luego sacar agua y lavarse en la fuente. En este último gesto, que, asociado a los demás símbolos de la señal de la cruz y del rosario, compone el cuadro iconográfico de la aparición, podemos descubrir la intención profunda de este acontecimiento. La antífona del Benedictus en los laudes defina a María como una "aurora luminosa de salvación, de la que ha nacido el Sol de justicia". El agua de Lourdes puede ser considerada una evocación del bautismo, como indican claramente los baños de inmersión en las piscinas para los enfermos en la gruta de Massabielle; la señal de la cruz confirma este simbolismo, donde el agua adquiere el valor de purificación a través del misterio pascual. El rezo del rosario, que es una de las consignas de la Inmaculada de Lourdes, se convierte en una especie de invitación a meditar los acontecimientos salvíficos en unión con María, esto es, recuperar el sentido de la plegaria humilde, donde el gesto vocal de las fórmulas repetidas se une a la contemplación de los misterios.
En sustancia, la actualidad de este mensaje lourdiano no está tanto en la expectativa de los milagros, sino en el milagro prolongado de una concentración de la piedad popular en la esencia del misterio pascual, a través de los signos de nuestra debilidad, tanto material como, sobre todo, moral y espiritual. Lavarse en el agua de Lourdes significa retornar a la fuente de nuestro bautismo, para resurgir cada día del pecado a la vida nueva. Por eso la exhortación apostólica Marialis cultus (n.8), en el vasto cuadro del culto litúrgico mariano, justifica legítimamente esta memoria entre esos tipos de memorias o fiestas "vinculadas a motivos de culto local, pero que han adquirido un interés muy amplio".

 

 

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