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8 de Febrero
SAN JERÓNIMO EMILIANO
(1486-1537)


1. Nota Histórico-litúrgica
Esta memoria facultativa, fijada el día del nacimiento del fundador de los Somascos, muerto en Somasca (Bérgamo) en 1537, nos presenta un modelo de conversión de una vida juvenil disoluta a una vida dedicada enteramente al cuidado de los enfermos, de los jóvenes abandonados y de las mujeres convertidas. Nacido en Venecia de noble familia en 1486, después de haber ejercido la carrera militar en un momento en que su ciudad se enfrentaba con las tropas de Maximiliano I, hasta ser apresado en la defensa de una fortaleza, Jerónimo Miani (también Emiliani) fue liberado por intercesión de la Virgen. Por ello hizo voto, en Treviso, de entregarse a su servicio. Preparándose en los tres años en que estuvo al mando del municipio de Castelnuovo sul Piave, se dedicó por entero a las obras de caridad, y en 1528 se prodigó durante la carestía y la consiguiente epidemia para socorrer a los desvalidos, cayendo enfermo. Curado de esta enfermedad, empezó a recoger en su casa a los huérfanos, enseñándoles un oficio, al par que repetía la frase paulina: "El que no trabaje, que no coma" (2Tes 3,10). Extendió su campo de acción caritativa también a otras provincias vénetas, hasta Brescia, Milán y especialmente Bérgamo, donde fundó en Somasca la Compañía de los Siervos de los Pobres, como institución de clérigos regulares, llamada por ellos de los Somascos, aprobada por Pablo III en 1540. Murió en la peste de 1537, con los ojos y manos vueltos al cielo e invocando los nombres de Jesús y de María. En 1928 en el 400º aniversario de la fundación de los Somascos, fue declarado patrono de los huérfanos y de la infancia abandonada.


2. Mensaje y actualidad
La colecta de esta misa focaliza dos temáticas. La primera es la de la paternidad misericordiosa de Dios, que ha suscitado a este santo, modelo de caridad y magnánimo ejemplo de la reforma católica, como "padre y protector de los huérfanos". Hoy muchos no saben lo que significa una verdadera paternidad "no sólo natural o jurídica" sino también afectiva, que que es cada vez más grande el número de quienes se sienten psicológicamente huérfanos, esto es, faltos de esa relación de amor que nace no tanto de los cuidados de las instituciones sociales cuanto de la verdadera misericordia, como reflejo de la paternidad divina.
La segunda indicación de la colecta nos lleva al plano de la fe sacramental: también nosotros debemos "permanecer siempre fieles al espíritu de adopción, que nos hace verdaderamente hijos de Dios" (cf Jn 3,1-2). Una toma de conciencia de esta realidad misteriosa y trascendente de nuestra filiación (aunque sólo adoptiva) en relación a Dios Padre nos conduce al interior del misterio trinitario: ¡somos hijos en el Hijo! De esta sobrehumana dignidad emana la obligación de confiar solamente en Dios también en las tribulaciones, como nos invita con la carta dirigida a sus hermanos dos años antes de su muerte, en el oficio de lectura, nuestro santo: "Así hizo Dios con el pueblo de Israel después de que pasó tantas tribulaciones en Egipto: lo condujo por el desierto entre prodigios..." De ello se deriva que nuestra dignidad de hijos de Dios debe hacernos sentir solidarios y corresponsables de todos los hombres, especialmente de aquellos que, pese a estar destinados a ser hijos de Dios, experimentan más rudamente las pruebas de la soledad, el abandono y la privación de las relaciones paterno-maternales entendidas en el sentido más rico y positivo. El ejemplo de este hombre, que, antes de distribuir su patrimonio entre los indigentes y de transformar su casa en un asilo para los pobres, empleó nada menos que siete años para poder madurar la plena armonía entre las virtudes y las pasiones que le hiciera capaz de tomar resoluciones heroicas, indica que la conversión de la gracia no violenta jamás a la naturaleza.

 

 

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