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6 de Febrero
SANTOS PABLO MIKI Y COMPAÑEROS, mártires
(1564/6-1597)
1. Nota Histórico-litúrgica
Pablo Miki es uno de los tres jesuitas que forman parte del grupo de
veintiséis mártires que el 5 de febrero de 1597 morían en la colina de
Tateyama, junto a Nagasaki (Japón), por la fe católica. Estos mártires eran
seis franciscanos españoles, tres catequistas jesuitas entre los cuales
estaba Pablo Miki, y diecisiete seglares, también japoneses. Entre éstos,
Pablo Miki, nacido en los años 1564-1566, se distinguió por su heroico
comportamiento, sufriendo también él la crucifixión. No era sacerdote,
porque sólo se hicieron ordenaciones indígenas en 1601. Por su importancia,
dado que son los primeros mártires de todo el Extremo Oriente inscritos en
el martirologio, se celebra su memoria obligatoria después de que fueran
canonizados ya en 1862. Existe la relación de un testigo ocular de este
martirio, y en la liturgia de las horas se lee un pasaje del mismo. El
emperador Hideyoshi (que fue el primero que unificó el Japón tras quinientos
años de división) creyó que los franciscanos españoles, que habían llegado a
Japón desde Filipinas, eran emisarios de las pretensiones de poder
occidentales.
2. Mensaje y
actualidad
La colecta, diversa a aquella de la beatificación, mantiene la referencia al
suplicio de la cruz, al que fueron condenados los mártires. Para una
valoración pastoral se puede partir del comienzo de esta oración, que
procede del antiguo sacramentario veronense: "Oh Dios, fortaleza de todos
los santos". El martirio debe ser presentado como un acto casi sobrehumano,
en el sentido de que sólo la fuerza del Señor puede darle al hombre el valor
de perder la vida por él, sufriendo incluso tormentos. Esto explica por qué
con frecuencia los textos litúrgicos y las "pasiones" de los mártires
subrayan esta realidad extraordinaria que supera las posibilidades comunes
de los seres inermes: en nuestro caso contamos con muchachos de doce a
catorce años (Luis, Antonio y Tomás).
Pero la colecta prosigue implorando para nosotros la perseverancia en la fe,
hasta la muerte. El relato que tenemos en el oficio de lectura, describe
este martirio casi como una liturgia popular, porque se desarrolla con el
rezo de los salmos: "Alabad, siervos del Señor" Sal 112; con jaculatoria e
invocaciones: "¡Jesús! ¡María!" y con oraciones: "Padrenuestro" y
"Avemaría". La enseñanza actual para nosotros consiste en estar preparados
en todo momento a dar testimonio de nuestra fe a través de los gestos y de
las formas más simples y elementales de la vida. Tales expresiones son a
menudo mínimas y aparentemente insignificantes; pero si se realizan con
verdadera fe y en coherencia con aquello que profesamos cada domingo con el
rezo del símbolo y las demás fórmulas litúrgicas, así como con lo que
hacemos cada día con las más simples plegarias aprendidas en la catequesis o
en la familia, pueden crear en nosotros un estilo de vida cristiana.
Entonces será más fácil esperar de la misericordia de Dios la gracia de
profesar, incluso en la muerte, nuestra fe.
La gracia de una muerte auténtica y conscientemente cristiana debe ser el
don implorado en esta memoria litúrgica de los mártires japoneses, además de
ocasión para intensificar las súplicas por este gran pueblo, que actualmente
parece tan impermeable a la fe cristiana. Estos primeros mártires de la
Compañía de Jesús en Japón, que respondieron a la invitación del Señor hasta
seguirle en la cruz y se solidarizaron con sus compañeros, son también hoy
símbolo de una fidelidad a Cristo que debe llegar hasta el anhelo del
martirio.
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