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31 de Enero
SAN JUAN BOSCO, presbítero
(1815-1888)
1. Nota Histórico-litúrgica
Juan Bosco nació el 16 de agosto de 1815 cerca de Castelnuovo d´Asti,
quedando huérfano de padre a los dos años. Su esmerada educación humana y
cristiana la heredó de su madre, Margarita (Occhiena), que estuvo a su lado
en Turín, dedicándose a atender a los muchachos de su oratorio durante los
primeros diez años (1846-1856). Después de haber hecho los estudios
secundarios en el Real Colegio de Chieri, a los veinte años entró en el
seminario arzobispal, sufragándole los estudios el teólogo Luis Guala,
fundador y rector del colegio eclesiástico de San Francisco de Asís en
Turín, exponente del antirrigorismo (ayudado aquellos años por el
castelnovés don José Cafasso). Ordenado sacerdote el 5 de junio de 1841,
después de un trienio de teología moral y pastoral en el colegio de Guala,
con la ayuda del teólogo Juan Borel fundó el oratorio de San Francisco de
Sales en la periferia de Borgo Dora, trasladándose dos años más tarde (1846)
a los prados de Valdocco. Estamos en los años en que Turín vivió la época
preindustrial, con el consiguiente problema de la emigración juvenil, que en
los círculos culturales provocaba proyectos de instrucción y alguna que otra
idea de prevención. En este contexto don Bosco, como hábil organizador de
iniciativas, iba reflexionando sobre lo que más tarde se llamaría el
“sistema preventivo”, fundado en la “razón, religión y afabilidad”.
A pesar de las críticas y de los violentos ataques de los anticlericales, el
oratorio festivo (y posteriormente cotidiano), en Valdocco, se enriqueció
con talleres artesanos y profesionales, con escuelas de artes y oficios para
jóvenes obreros y escuelas humanísticas para los jóvenes que aspiraban al
sacerdocio; tanto que ya en 1868 los jóvenes eran cerca de ochocientos; es
decir, la mayor concentración de adolescentes de extracción popular
existente entonces en Italia. Para organizar el porvenir de su obra fundó la
Piadosa Sociedad de San Francisco de Sales (salesianos), aprobada
definitivamente en 1869; luego la Unión de los Cooperadores y, por fin, con
la ayuda de sor María Domenica Mazzarello, el Instituto de las Hijas de
María Auxiliadora. En 1875 empezó, merced al flujo migratorio hacia América
Latina, la epopeya misionera de los salesianos. Don Bosco comenzó a
peregrinar por Europa en busca de fondos y colaboradores. Le Figaro (1879) y
el Times le apodaron “nuevo Vicente de Paúl”. Don Bosco fue también escritor
popular con miras predominantemente catequísticas, escolásticas y
apologéticas. Sus Lecturas católicas se difundieron por todos los rincones
de Italia, lo mismo que su Boletín Salesiano de 1877. Este gran apóstol de
la juventud murió el 31 de enero de 1888. Fue canonizado por Pío XI. Su
memoria obligatoria se celebra, desde 1936, en su dies natalis.
Recientemente ha sido nombrado por Juan Pablo II “padre y maestro de los
jóvenes”.
2. Mensaje y actualidad
La colecta del misal nos presenta al santo como un don de Dios a su Iglesia,
por ser “un padre y un maestro para la juventud”. En estos dos atributos se
encierra el secreto de esta vida dedicada los jóvenes, como podía decir don
Bosco ya viejo: “Le he prometido a Dios que daría hasta mi último aliento
por mis pobres jóvenes”. Esta paternidad hacia sus jóvenes le hace
protestar: “Quiero que sepáis que cuanto soy, lo soy para vosotros, día y
noche, mañana y tarde, en cualquier momento”. Estas palabras brotaban de su
sentido de la paternidad de Dios. En efecto, estaba convencido de que sin la
familiaridad con Dios es imposible educar: “La educación –decía- es cosa del
corazón, y sólo Dios es su dueño. No lograremos hacer nada si Dios no nos
proporciona la llave de todos estos corazones”. Y añadía: “Sólo el católico
puede aplicar con éxito un método preventivo”. En el trinomio sobre el que
se fundaba su obra preventiva, la afabilidad tenía una connotación
particular, como puede argüirse de la carta que aparece en el oficio de
lectura, donde, recomendando el amor a los jóvenes como a hijos, se remite a
la función educadora de los padres como prototipo de toda auténtica
educación cristiana, anticipándose en algún modo a las enseñanzas del
Vaticano II (declaración sobre la educación cristiana de la juventud, que
proclama la prioridad absoluta de los padres en la educación y la función
meramente supletoria y complementaria de todo los demás).
En una célebre carta redactada en Roma en 1884 escribía: “Pero mis jóvenes,
¿no son amados suficientemente? Tú sabes que los amo. Tú sabes lo que por
ellos he sufrido y tolerado a lo largo de cuarenta años nada menos y cuánto
tolero y sufro también ahora”. El responsorio de la citada lectura
hagiográfica, recordando el texto evangélico en que Jesús proclama que “el
que acoge a un niño en mi nombre me acoge a mí” (Mt 18,5), resume
perfectamente el ideal de esta paternidad, que explica asimismo por qué
cultivaba tanto la devoción mariana (María es invocada con el título de
Auxilium christianorum), viendo en la Virgen a la madre que todo lo perdona
y cubre con su manto benévolo. En efecto, en el sueño profético que tuvo a
los nueve años se le había prometido a María como “maestra suya”. La segunda
nota característica es la del magisterio de una pedagogía preventiva, que
incluso un anticlerical honrado como Giuseppe Lombardo Radice describía así:
“En el ámbito de la Iglesia... supo crear un imponente movimiento de
educación, devolviendo a la Iglesia el contacto con las masas que había ido
perdiendo. Para nosotros, que estamos fuera de la Iglesia y de toda Iglesia,
es también un héroe; el héroe de la educación preventiva y de la
escuela-familia. Sus continuadores pueden sentirse orgullosos de él”. Fundió
la regla benedictina del “Ora et labora” con la mística del “trabajo en
cuanto oración”. En su vida íntima realizó el “opus Dei” en el “opus
animarum”, basando la vida del éxtasis en el éxtasis de la vida, que eleva
todo a lo sobrenatural: “El bien no hace ruido, decía, ni el ruido hace
bien”.
La pedagogía preventiva, es decir, la que pretende prevenir los males,
preservar a la juventud con una inteligente comprensión de la libertad de la
persona, jamás lesiva, pero sin renunciar tampoco de antemano a los valores,
tendrá su fruto más logrado en el oratorio de Valdocco con santo Domingo
Savio, que le decía a un compañero suyo: “Aquí hacemos consistir la santidad
en estar muy alegres y en el cumplimiento perfecto de nuestros deberes”.
“Que los jóvenes se den cuenta de que son amados”, decía con frecuencia el
santo educador. Por su intercesión, la colecta nos hace pedir a Dios que nos
dé “también a nosotros un celo infatigable y un amor ardiente que nos
impulse a entregarnos al bien de los hermanos”. A él le gustaba sobre todo
la frase del evangelio en la que se dice que Jesús “empezó a hacer antes de
enseñar”, y había tomado por lema la frase de la Vulgata: “Dame las almas y
quédate con lo demás” (Gén 14,21). Fue un verdadero profeta, con un estilo
de espiritualidad moderna basada en la actividad que se convierte en
ascesis: “No os pido penitencia ni disciplina, sino trabajo y más trabajo”.
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