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21 de Enero
SANTA INÉS, virgen y mártir
(+ 304?)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de esta joven mártir a la temprana edad de doce años, el 21 de enero es testimoniada por el calendario romano más antiguo (la Depositio martyrum del 354), por los antiguos sacramentarios romanos y por las numerosas atestaciones de los grandes Padres: Ambrosio que describió su pasión y compuso un himno en su honor, Prudencio, Jerónimo y Agustín. La pasión, según la tradición latina de san Ambrosio, nos ofrece los rasgos de la biografía en términos líricos (a menudo recurre a antítesis más que a detalles históricos), que suponen que el auditorio conoce historia o leyenda de nuestra joven heroína, martirizada en la vía Nomentana. Los motivos de este culto son: su juventud (doce años) y su pureza (el mismo nombre agne significa en griego casta); su heroico testimonio, convalidado por diversos tormentos (entre ellos el fuego, del que salió indemne), para acabar luego decapitada por odio a Cristo; y por fin su espontaneidad, por la cual salió al encuentro del martirio con plena conciencia. En el himno ambrosiano (Agnes beatae virginis) se insiste en otro rasgo: la modestia de la virgen moribunda. Y por fin, en la inscripción del papa Dámaso, anterior al 384, se supone que el martirio voluntario, afrontado por un pudor inspirado en un sentimiento religioso, ocurrió en tiempos de Diocleciano.
En la tradición griega, representada por textos introducidos en los libros litúrgicos de las Iglesias orientales (y que corresponde a recuerdos romanos anteriores al siglo V), hay datos incompatibles con la tradición dámaso-ambrosiana, tal vez por la confusión que ya aflora en el himno de Prudencio en honor de santa Inés, entre una Inés mártir del 5 de julio, asociada a los mártires de la vía Salaria, y nuestra mártir romana, sobre cuya tumba ya en el siglo IV la princesa Constantina, hija de Constantino, había hecho construir la basílica fuera de las Murallas, convertida en meta de peregrinos en el 321.
Nuestra santa es, sin duda, una de las más ilustres mártires de la Iglesia, mereciendo ser inscrita en el canon romano de la misa y, en fechas análogas, también en los calendarios griegos. Sus reliquias fueron distribuidas tanto en Occidente como en Oriente. Es también conocida por una tradición que ha llegado hasta nuestros días, vinculada con el otorgamiento del palio a los metropolitanos por parte del papa. En efecto, los canónigos de San Juan de Letrán, que atienden la basílica de Santa Inés fuera de las Murallas, ofrecen al papa dos corderos, bendecidos cada año en el dies natalis de la santa por el párroco de San Pedro in Vincoli y criados por las religiosas del convento de San Lorenzo in Panisperna, con cuya lana son confeccionados los palios.


2. Mensaje y actualidad
La colecta de la misa, procedente del antiguo sacramentario gelasiano, nos transmite el mensaje de esta joven mártir, representada a menudo con un cordero: "Dios elige a los débiles para confundir a los fuertes de este mundo". La parte final de la oración nos invita "a imitar la firmeza de su fe", que el relato de san Ambrosio, en el oficio de lectura, exalta en clave de apoteosis religiosa. El responsorio de esta lectura subraya que, en su juvenil martirio, ella venció a la muerte y encontró la vida, porque su único amor fue el autor de la vida. Esta insistencia en su joven edad aparece también en el himno de las alabanzas de san Ambrosio, que la proclama "madura para el martirio, aunque no lo estuviera para las bodas". También el himno del oficio de lectura de Alfano de Salerno en el siglo XI, exalta los desposorios cruentos de la virgen Inés con su Cordero divino; lo mismo hacen las ocho antífonas de las laudes y vísperas, tomadas de los antifonarios medievales.
En las vibrantes declaraciones de amor "Estoy desposada con aquel a quien sirven los ángeles... Mi Señor Jesucristo ha puesto en mí dedo el anillo nupcial. A él sólo guardo fidelidad", podemos descubrir el modelo de estos místicos desposorios con Cristo, que nacen de la castidad no sólo consagrada, también de los cristianos llamados por vocación a tender a Cristo con el mismo ardor de esta joven, que reza: "Siempre te he amado, te he buscado, te he deseado, y ahora vengo a ti". La virginidad del corazón es para todos los cristianos, incluso para aquellos que no tienen la del cuerpo, un fruto de la madurez de la gracia, más que de la edad. En nuestro mundo, donde los factores psicológicos son tan apreciados, este recuerdo de una fortaleza inerme, fruto de una fe y de un amor que superan los límites de la edad y del sexo, es cada vez más urgente. El emblema del connubio entre virginidad y martirio es siempre actual en la Iglesia.
 


 

 

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