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17 de Enero
SAN ANTONIO, abad
(251/2-356)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria del gran patriarca y maestro de vida monástica,
muerto en el desierto de Egipto el año 356, a los ciento cinco años de edad
(había nacido en 251), se celebraba ya en esta fecha de 17 de enero a
comienzos del siglo V, tanto en el calendario siriaco como en el copto y
bizantino.
En cambio, en Occidente su culto comienza sólo en el siglo IX; y en Roma,
bajo el influjo monástico, en los siglos XI y XII. La biografía teológica de
san Antonio, escrita inmediatamente después de la muerte del gran eremita,
ha contribuido a difundir su fama y ha influido en muchas conversiones, por
ejemplo, en las de san Agustín y san Martín. La popularidad de sus heroicas
hazañas, que transformaron su larga vida en un martirio incruento,
convirtiéndola en un dramático ejemplar de la vivencia cristiana, es debida
al hecho de que él es un modelo de itinerario del cristiano hacia Dios.
Después de escuchar las palabras del evangelio de san Mateo 19, 21: "Si
quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres,
y tendrás un tesoro en el cielo", vendió todos sus bienes, confiando la
educación de su joven hermana a unas vírgenes. Se dedicó a la vida ascética
en las cercanías del poblado, iniciando así su épica lucha contra el demonio
y venciendo especialmente las tentaciones de la carne. En la segunda etapa
de su vida (271) se retiró a la región de los sepulcros, considerada con el
hábitat del demonio (cf Mc 5,2-5 y Lc 11,24). Vencedor de los asaltos del
maligno, que se le aparece bajo aterradoras formas de animales, recibe la
consoladora visita del Señor.
En la tercera etapa, Antonio fue al auténtico desierto para atacar al
enemigo en su propia fortaleza, y resultó una vez más vencedor, haciendo uso
de la cita de salmos. La soledad victoriosa lo hace capaz para desempeñar la
paternidad espiritual, casi como nuevo Moisés en el éxodo hacia la nueva
tierra prometida de la perfección, convirtiéndose en padre espiritual de
numerosas colonias monásticas. Pero obligado por sus discípulos a dejar la
reclusión y atormentado por el deseo del martirio, fue a Alejandría, donde
los cristianos eran perseguidos hacia el año 308, por Maximino Daia,
saliendo ileso, con vistas a una experiencia de guía en el camino incruento
de la vida monástica.
En la cuarta etapa se retiró aún más lejos en el desierto, poniendo su
eremitorio en una montaña austera y aislada, donde hubo de vérselas
nuevamente con el maligno (cf Mt 4,1). Una vez más resultó vencedor, con la
fuerza del Espíritu (cf. Lc 4,14). El retiro fue interrumpido sólo por un
segundo viaje a Alejandría para combatir a los herejes arrianos en el año
312. Luego, vuelto a su soledad, murió en el 356 previendo el día de su
muerte, ya convertido en hombre perfecto, dominador de los animales feroces,
dueño de sus pasiones, lleno de sabiduría, aunque iletrado, y sanador de
almas y cuerpos. El mismo Constantino y sus hijos mantuvieron relaciones
epistolares con él; por eso la piedad popular lo ha colocado entre los
catorce santos auxiliadores.
2. Mensaje y actualidad
Los textos de la misa configuran este mensaje a través de tres oraciones y
dos antífonas. Ante todo la antífona de la comunión, sacada del evangelio
del día (Mt 19,21), nos recuerda el valor del seguimiento de Cristo, basado
en la confianza en la palabra del Señor. En la antífona de entrada: "El
justo crecerá como palmera...", se hace alusión a la estancia de Antonio en
el desierto, símbolo de la necesidad de todo cristiano dedicado a seguir a
Cristo de despojarse de las cosas superfluas y de reducir a lo mínimo
necesario el apego a los bienes que sirven de impedimento.
a) En la colecta de la misa se atribuye al Señor la inspiración a retirarse
al desierto para servirlo "con una vida santa".
Hoy esta lección de vida solitaria significa "negarnos a nosotros mismos
para amar a Dios siempre sobre todas las cosas". Justamente, como sugiere el
estribillo del salmo responsorial, "dichoso el hombre que ha puesto su
confianza en el Señor", hemos de buscarlo en la ruptura de todo compromiso
con el mal, porque sólo él nos puede hacer ricos, aun privándonos de lo
superfluo (desierto)..
b) Lo mismo se pido en la oración sobre las ofrendas.
c) El desierto es lugar de intimidad con Dios, por convertirse también en el
lugar simbólico de la victoria contra "todas las tentaciones del demonio",
que se consuma en el triunfo "de las asechanzas de nuestro enemigo". Los
rasgos de este mensaje, tal como aparecen en el relato de la vocación de
Antonio escrito por Atanasio en el oficio de lectura, son fácilmente
adaptables a nuestro tiempo.
El padre del monaquismo es siempre un fuerte reclamo a una vida radicalmente
evangélica, incluso en una coyuntura de secularización y tentación
consumista como la moderna.
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