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1º de Enero

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
(siglo VI)



1. Nota Histórico-litúrgica
La solemnidad de la madre de Dios, que ahora coincide con la octava de navidad y el comienzo del año civil el 1 de enero (a César se le debe este comienzo, trasladado del 1 de marzo con la reforma del calendario en el 46 a, c.), fue establecida probablemente por influjo de la Iglesia bizantina, que celebra el 26 de diciembre la sinaxis de la Santísima Theotokos, según el uso oriental de festejar, al día siguiente de la solemnidad de un personaje principal (en nuestro caso el nacimiento de Cristo), también la de los demás personajes secundarios. En efecto, mientras que los coptos celebran esta fiesta el 16 de enero, en 0ccidente encontramos ya en el siglo v, en Milán, la fiesta el domingo anterior al 25 de diciembre; en Galia, en el tiempo de Gregorio de Tours, el 18 de enero; en España, el 18 de diciembre (concilio X de Toledo: 656). En Roma, la octava de navidad, incluso antes de las cuatro fiestas marianas introducidas por el papa Sergio en el siglo VII (natividad, anunciación, purificación y asunción), ya se celebraba como memoria de la maternidad de María: la estación solemne de "Santa Maria ad martyres", el 1 de enero (llamada in octavas Domini), estaba dedicada a esta fiesta; sólo más tarde (en los siglos XIII-XIV) se añadió, por influencia galicana, la fiesta de la circuncisión del Señor (ya introducida en España y en Galia desde el siglo VI), que luego pasó al misal de Pío V, a pesar del tono mariano de los formulados litúrgicos. La nueva reforma ha restablecido el uso original romano, que con esta fiesta de la conmemoración (nacimiento) de la madre de Dios sustituía a las fiestas, con frecuencia licenciosas, del principio del año, dedicado al dios Jano Bifronte.
La fiesta de la maternidad de María, por un movimiento popular que surge en Portugal en el siglo XVIII para celebrar el título mariano de modo abstracto, ya había sido fijada el 11 de octubre de 1914, con la extensión a la Iglesia latina de la fiesta en recuerdo del XV centenario (1931) del concilio de Éfeso. El restablecimiento de la fecha, que cae en el tiempo de Navidad y que recupera un elemento tradicional de valor ecuménico, viene a coincidir con otras solemnidades: la prolongación de la Natividad en su octavo día; la circuncisión de Cristo (la fiesta estaba fijada en el primer domingo de enero); la imposición del nombre de Jesús (la fiesta se remonta a 1721), en conformidad con el evangelio del día (con un versículo más que en la II misa del día de navidad); y, por fin, la jornada de la paz, proclamada por Pablo VI el primer día del año civil (motivo antropológico), a la que se refiere la I lectura de la misa.
En efecto, la encíclica Marialis cultus, al ambientar en el tiempo navideño esta fiesta recuperada, dice que, "fijada en el primero de enero, según una antigua sugerencia de la liturgia de Roma, está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la madre santa, por la cual merecimos al autor de la vida" (n. 5). Y continúa: "Es, asimismo, ocasión propicia para renovar la adoración al recién nacido príncipe de la paz, para escuchar de nuevo el jubiloso anuncio angélico (cf Lc 2,14), para implorar de Dios, por medio de la reina de la paz, el don supremo de la paz. Por eso, en la feliz coincidencia de la octava de navidad con el principio del nuevo año, hemos instituido la Jornada mundial de la paz, que goza de creciente adhesión y que está haciendo madurar frutos de paz en el corazón de tantos hombres".


2. Mensaje y actualidad
a) La colecta, dirigiéndose a "Dios..., que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación", expresa el deseo de "experimentar la intercesión de aquella de quien hemos recibido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida". La fe de la Iglesia, que ya se expresa en el símbolo llamado de los apóstoles con la afirmación de que "Jesucristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen", es la base de esta verdad. En el concilio de Éfeso (431) se tradujo esta verdad "en la defensa del titulo de 'Theotokos" no ciertamente porque la naturaleza del Verbo y su divinidad tuvieran origen con el nacimiento de la santísima Virgen, sino porque el Verbo nació según la carne de ella, y por ella fue engendrado aquel cuerpo santo al cual se unió hipostáticamente el Verbo". El misterio de esta maternidad, que la antífona de entrada saluda con los versos de Sedulio (“! Salve, Madre santa!, Virgen, Madre del Rey, que gobierna cielo y tierra por los siglos de los Siglos "), supone la elección de predilección de Dios de la "llena de gracia" (Lc 1,28), así como la libre colaboración de María al dar su asentimiento ("hágase en mi según tu palabra"). La palabra "concebir" se aplica, en efecto, no solo al hecho corporal, sino también al hecho espiritual, cuando se concibe un proyecto o pensamiento; por eso el concilio Vaticano II (cf LG 53 y 56) dice, siguiendo a los Padres, que "María concibió en su espíritu antes que en su seno; y así María, hija de Adán, dando su consentimiento a la palabra divina, se convirtió en madre de Jesús". El tema de la maternidad ha de asociarse al de la virginidad fecunda, que nosotros preferimos leer hoy, más que en relación a Cristo, como para dar prueba de su divinidad (Atanasio), en relación al acto inicial de la salvación; en el sentido de que esta concepción virginal es típica y ejemplar de los medios pobres (cf Magnificat: Lc 1,46-55; Mt 5) elegidos por Dios para salvar a los hombres. Con esta pobreza de medios, la renuncia a la Fecundidad del eros humano (el ejercicio usual de la sexualidad ) produjo la fecundidad del "ágape" (de la caridad divina trascendente y gratuita).
b) Este nacimiento no del hombre, considerado como principio por excelencia de la vida, sino de la mujer (cf lectura de Gál 3,4), considerada en el pasado sólo como receptáculo pasivo de la vida, es el signo de una gratuidad de la salvación que es evocada en la oración sobre las ofrendas. Aquí, haciendo referencia a la celebración de le divina maternidad de María, le rogamos a Dios que, "así como nos llena de gozo celebrar el comienzo de nuestra salvación, nos alegremos un día de alcanzar su plenitud". El recuerdo del comienzo del año se funde perfectamente con este tema, según el cual la concepción virginal de María es el acto inicial de la salvación.
c) El prefacio de la fiesta da la motivación plena de esta solemnidad, porque declara que "la Virgen, sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro". Es la conclusión de la controversia cristológica del misterio de la encarnación, donde María aparece también como imagen del rostro materno de Dios, por cuanto el hijo de sus entrañas es igualmente el Hijo del Padre; además, al hacerse carne del Verbo corresponde el venir en la carne del Espíritu, que toma morada en ella. En esta misteriosa reciprocidad entre Maria y el Espíritu, que cubre con su sombra a María haciéndola fecunda, se revela también el rostro materno del Padre, o sea, su amor misericordioso. La maternidad de María no es, pues, un hecho funcional, porque ella, en lugar de ser el instrumento pasivo de una maternidad prodigiosa, se convierte en el verdadero icono del misterio trinitario, donde el Padre engendra desde la eternidad al Hijo en el amor del Espíritu Santo, como María engendra en la carne, por medio del Espíritu, al mismo Verbo eterno. María es, por tanto, el sujeto fecundo de este interrumpido diálogo con el Padre, por el cual su corporeidad femenina es asumida por el Espíritu, que hace de la misma el camino de salvación para toda la humanidad.
d) La oración después de la comunión suplica por eso al Señor "que los sacramentos del cielo nos ayuden para la vida eterna a cuantos proclamamos a María madre de tu Hijo y madre de la Iglesia". La maternidad cristológica se convierte así en eclesial.
Los himnos de la liturgia de las horas y las magnificas antífonas de origen griego (la primera antífona de las primeras vísperas y la antífona del Benedictus) evocan las figuras bíblicas de esta maternidad: desde el vellón de Gedeón (Jue 6,40; Sal 71,6) hasta la zarza ardiente e incombustible (Ex 3,2-3: la segunda y tercera antífonas de las primeras vísperas); desde el tronco de Jesé (primera antífona de los laudes) hasta la estrella de Jacob (primera antífona de los laudes: Núm 24,17). El "misterio admirable: en Cristo se han unido dos naturalezas: Dios se ha hecho hombre y, sin dejar de ser lo que era, ha asumido lo que no era, sin sufrir mezcla ni división" nos debe llevar también a considerar la maternidad de Maria respecto a la Iglesia, como sugiere el texto del evangelio de Lc 2,16-21, donde se dice, en el versículo 19, que "María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón". Por esta razón la maternidad de María en el creer deviene también una causa ejemplar de la Iglesia; y al mismo tiempo una causa mediadora subordinada de esta maternidad espiritual que Cristo ha prometido a todos aquellos (cf Lc I1,28; Mt 3,35; Mt 12,50) que, tras escuchar la palabra de Dios "con corazón bueno y generoso, la conservan y por su constancia dan fruto" (Lc 8,15). María se convierte en madre de la Iglesia porque, "contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad" (LG 64).
La actualidad de esta primera fiesta mariana, tan apreciada por la piedad cristiana a lo largo de los siglos, en la que la liturgia focaliza esta centalidad cristológica y eclesiológica en la misma simultaneidad de las celebraciones (tema de la paz y tema del principio del año civil) que hacen de ella una liturgia compuesta (siempre lo ha sido, entre otras cosas par la coincidencia en el pasado entre maternidad, octava de Navidad, circuncisión y nombre de Jesús), es expresada ante todo en la ampliación de la maternidad divina a la maternidad de la Iglesia. También en la carta de Atanasio, que tenemos en el oficio de lectura, podemos apreciar este motivo tan actual: "Nuestro salvador fue verdaderamente hombre, y de él ha conseguido la salvación el hombre entero. Porque de ninguna forma es ficticia nuestra salvación ni afecta solo al cuerpo, sino que la salvación de todo el hombre, es decir, alma y cuerpo, se ha realizado en aquel que es la Palabra". Con esta globalidad e integralidad de salvación de todo lo humano nosotros podemos invocar a María coma madre de la humanidad perfecta y total.

 

 

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