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EL MATRIMONIO
1601. 'La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen
entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural
al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue
elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre
bautizados'.
I- El matrimonio en el plan de Dios
1602. La Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y
de la mujer a imagen y semejanza de Dios y se cierra con la visión de las
'bodas del Cordero' [Ap 19,7 . 9.]. De un extremo a otro la Escritura habla
del matrimonio y de su 'misterio', de su institución y del sentido que Dios
le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo
de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de
su renovación 'en el Señor' [1Co 7,39 .], todo ello en la perspectiva de la
Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia.
1603. 'La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y
provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del matrimonio...
un vínculo sagrado... no depende del arbitrio humano. El mismo Dios es el
autor del matrimonio'. La vocación al matrimonio se inscribe en la
naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del
Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las
numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las
diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas
diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A
pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la
misma claridad, existe en todas las culturas un cierto sentido de la
grandeza de la unión matrimonial. 'La salvación de la persona y de la
sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la
comunidad conyugal y familiar'.
1604. Dios que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor,
vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue
creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor. Habiéndolos creado Dios
hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor
absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy
bueno, a los ojos del Creador. Y este amor que Dios bendice es destinado a
ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. 'Y
los bendijo Dios y les dijo: «Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la
tierra y sometedla»' [Gn 1,28 .].
1605. La Sagrada Escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el
uno para el otro: 'No es bueno que el hombre esté solo'. La mujer, 'carne de
su carne', es decir, su otra mitad, su igual, la creatura más semejante al
hombre mismo, le es dada por Dios como un 'auxilio', representando así a
Dios que es nuestro 'auxilio'. 'Por eso deja el hombre a su padre y a su
madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne' [Gn 2,24 .]. Que esto
significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra
recordando cuál fue 'en el principio', el plan del Creador: 'De manera que
ya no son dos sino una sola carne' [Mt 19,6 .].
1606. Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la
experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las
relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y
la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la
infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la
ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y
puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los
individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal.
1607. Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se
origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de
sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene
como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre
y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos; su
atractivo mutuo, don propio del creador, se cambia en relaciones de dominio
y de concupiscencia; la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser
fecundos, de multiplicarse y someter la tierra queda sometida a los dolores
del parto y los esfuerzos de ganar el pan.
1608. Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente
perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer
necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás
les ha negado. Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a
realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó 'al
comienzo'.
1609. En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas que
son consecuencia del pecado, 'los dolores del parto' [Gn 3,16 .], el trabajo
'con el sudor de tu frente' [Gn 3,19 .], constituyen también remedios que
limitan los daños del pecado. Tras la caída, el matrimonio ayuda a vencer el
repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a
abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de sí.
1610. La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del
matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia
de los patriarcas y de los reyes no es todavía criticada de una manera
explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la
mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque la Ley misma lleve
también, según la palabra del Señor, las huellas de 'la dureza del corazón'
de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la
mujer.
1611. Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor
conyugal exclusivo y fiel, los profetas fueron preparando la conciencia del
Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la
indisolubilidad del matrimonio. Los libros de Rut y de Tobías dan
testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y
de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de
los Cantares una expresión única del amor humano, puro reflejo del amor de
Dios, amor 'fuerte como la muerte' que 'las grandes aguas no pueden anegar'
[Ct 8,6-7.].
1612. La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había preparado la
nueva y eterna alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando
su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad salvada por El,
preparando así 'las bodas del Cordero' [Ap 19,7 .9.].
1613. En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo -a
petición de su Madre- con ocasión de un banquete de boda. La Iglesia concede
una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en
ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en
adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.
1614. En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de
la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la
autorización, dada por Moisés, de repudiar a la propia mujer era una
concesión a la dureza del corazón; la unión matrimonial del hombre y la
mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: 'Lo que Dios unió, que no lo
separe el hombre' [Mt 19,6 .].
1615. Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo
matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia
irrealizable. Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible
de llevar y demasiado pesada, más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para
restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la
fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino
de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus
cruces, los esposos podrán 'comprender' el sentido original del matrimonio y
vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un
fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.
1616. Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: 'Maridos, amad a
vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por
ella, para santificarla' [Ef 5,25-26 .], y añadiendo en seguida: «'Por eso
dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se
harán una sola carne». Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a
la Iglesia' [Ef 5,31-32 .].
1617. Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y
de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio
nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete
de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte
signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que
es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un
verdadero sacramento de la Nueva Alianza.
1618. Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con El ocupa el
primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales. Desde
los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado
al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero 'dondequiera que vaya' [Ap
14,4 .], para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle,
para ir al encuentro del Esposo que viene. Cristo mismo invitó a algunos a
seguirle en este modo de vida del que El es el modelo:
Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los
hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los
cielos. Quien pueda entender, que entienda [Mt 19,12 .].
1619. La virginidad por el Reino de los cielos es un desarrollo de la 9
gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con
Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también
que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de
este mundo.
1620. Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por
el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es El quien les da sentido y les
concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La
estima de la virginidad por el Reino y el sentido cristiano del Matrimonio
son inseparables y se apoyan mutuamente:
Denigrar el matrimonio es reducir a la vez la gloria de la virginidad;
elogiarlo es realzar a la vez la admiración que corresponde a la
virginidad... [San Juan Crisóstomo]
II.- La celebración del matrimonio
1621. En el rito latino, la celebración del Matrimonio entre dos fieles
católicos tiene lugar ordinariamente dentro de la Santa Misa, en virtud del
vínculo que tienen todos los sacramentos con el Misterio Pascual de Cristo.
En la Eucaristía se realiza el memorial de la Nueva Alianza, en la que
Cristo se unió para siempre a la Iglesia, su esposa amada por la que se
entregó. Es, pues, conveniente que los esposos sellen su consentimiento en
darse el uno al otro mediante la ofrenda de sus propias vidas, uniéndose a
la ofrenda de Cristo por su Iglesia, hecha presente en el sacrificio
eucarístico, y recibiendo la Eucaristía, para que, comulgando en el mismo
Cuerpo y en la misma Sangre de Cristo, 'formen un solo cuerpo' en Cristo'.
1622. 'En cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración del
matrimonio... debe ser por sí misma válida, digna y fructuosa'. Por tanto,
conviene que los futuros esposos se dispongan a la celebración de su
matrimonio recibiendo el sacramento de la Penitencia.
1623. En la Iglesia latina se considera habitualmente que son los esposos
quienes, como ministros de la gracia de Cristo, se confieren mutuamente el
sacramento del Matrimonio expresando ante la Iglesia su consentimiento. En
las liturgias orientales, el ministro de este sacramento -llamado
'Coronación'- es el sacerdote o el obispo, quien, después de haber recibido
el consentimiento mutuo de los esposos, corona sucesivamente al esposo y a
la esposa en señal de la alianza matrimonial.
1624. Las diversas liturgias son ricas en oraciones de bendición y de
epíclesis pidiendo a Dios su gracia y la bendición sobre la nueva pareja,
especialmente sobre la esposa. En la epíclesis de este sacramento los
esposos reciben el Espíritu Santo como Comunión de amor de Cristo y de la
Iglesia. El Espíritu Santo es el sello de la alianza de los esposos, la
fuente siempre generosa de su amor, la fuerza con que se renovará su
fidelidad.
III.- El consentimiento matrimonial
1625. Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y una mujer
bautizados, libres para contraer el matrimonio y que expresan libremente su
consentimiento. 'Ser libre' quiere decir:
- no obrar por coacción;
- no estar impedido por una ley natural o eclesiástica.
1626. La Iglesia considera el intercambio de los consentimientos entre los
esposos como el elemento indispensable 'que hace el matrimonio'. Si el
consentimiento falta, no hay matrimonio.
1627. El consentimiento consiste en 'un acto humano, por el cual los esposos
se dan y se reciben mutuamente': 'Yo te recibo como esposa' - 'Yo te recibo
como esposo'. Este consentimiento que une a los esposos entre sí, encuentra
su plenitud en el hecho de que los dos 'vienen a ser una sola carne'.
1628. El consentimiento debe ser un acto de la voluntad de cada uno de los
contrayentes, libre de violencia o de temor grave externo. Ningún poder
humano puede reemplazar este consentimiento. Si esta libertad falta, el
matrimonio es inválido.
1629. Por esta razón [o por otras razones que hacen nulo e inválido el
matrimonio]; la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal
eclesiástico competente, puede declarar 'la nulidad del matrimonio', es
decir, que el matrimonio no ha existido. En este caso, los contrayentes
quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales
nacidas de una unión precedente anterior.
1630. El sacerdote [o el diácono] que asiste a la celebración del
Matrimonio, recibe el consentimiento de los esposos en nombre de la Iglesia
y da la bendición de la Iglesia. La presencia del ministro de la Iglesia [y
también de los testigos] expresa visiblemente que el Matrimonio es una
realidad eclesial.
1631. Por esta razón, la Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la
forma eclesiástica de la celebración del matrimonio. Varias razones
concurren para explicar esta determinación:
- El matrimonio sacramental es un acto litúrgico. Por tanto, es conveniente
que sea celebrado en la liturgia pública de la Iglesia.
- El matrimonio introduce en un ordo eclesial, crea derechos y deberes en la
Iglesia entre los esposos y para con los hijos.
- Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que
exista certeza sobre él [de ahí la obligación de tener testigos].
- El carácter público del consentimiento protege el 'Sí' una vez dado y
ayuda a permanecer fiel a él.
1632. Para que el 'Sí' de los esposos sea un acto libre y responsable, y
para que la alianza matrimonial tenga fundamentos humanos y cristianos,
sólidos y estables, la preparación para el matrimonio es de primera
importancia:
El ejemplo y la enseñanza dados por los padres y por las familias son el
camino privilegiado de esta preparación.
El papel de los pastores y de la comunidad cristiana como 'familia de Dios'
es indispensable para la transmisión de los valores humanos y cristianos del
matrimonio y de la familia, y esto con mayor razón en nuestra época en la
que muchos jóvenes conocen la experiencia de hogares rotos que ya no
aseguran suficientemente esta iniciación: Los jóvenes deben ser instruidos
adecuada y oportunamente sobre la dignidad, tareas y ejercicio del amor
conyugal, sobre todo en el seno de la misma familia, para que, educados en
el cultivo de la castidad, puedan pasar, a la edad conveniente, de un
noviazgo vivido honestamente, al matrimonio. [GS 49,3.]
1633. En numerosos países, la situación del matrimonio mixto [entre católico
y bautizado no católico] se presenta con bastante frecuencia. Exige una
atención particular de los cónyuges y de los pastores. El caso de
matrimonios con disparidad de culto [entre católico y no bautizado] exige
aún una mayor atención.
1634. La diferencia de confesión entre los cónyuges no constituye un
obstáculo insuperable para el matrimonio, cuando llegan a poner en común lo
que cada uno de ellos ha recibido en su comunidad, y a aprender el uno del
otro el modo como cada uno vive su fidelidad a Cristo. Pero las dificultades
de los matrimonios mixtos no deben tampoco ser subestimadas. Se deben al
hecho de que la separación de los cristianos no se ha superado todavía. Los
esposos corren el peligro de vivir en el seno de su hogar el drama de la
desunión de los cristianos. La disparidad de culto puede agravar aún más
estas dificultades. Divergencias en la fe, en la concepción misma del
matrimonio, pero también mentalidades religiosas distintas pueden constituir
una fuente de tensiones en el matrimonio, principalmente a propósito de la
educación de los hijos. Una tentación que puede presentarse entonces es la
indiferencia religiosa.
1635. Según el derecho vigente en la Iglesia latina, un matrimonio mixto
necesita, para su licitud, el permiso expreso de la autoridad eclesiástica.
En caso de disparidad de culto se requiere una dispensa expresa del
impedimento para la validez del matrimonio Este permiso o esta dispensa
supone que las dos partes conocen y no excluyen los fines y las propiedades
esenciales del matrimonio, así como las obligaciones que contrae la parte
católica en lo que se refiere al bautismo y a la educación de los hijos en
la Iglesia católica.
1636. En muchas regiones, gracias al diálogo ecuménico, las comunidades
cristianas interesadas han podido llevar a cabo una pastoral común para los
matrimonios mixtos. Su objetivo es ayudar a estas parejas a vivir su
situación particular a la luz de la fe. Debe también ayudarles a superar las
tensiones entre las obligaciones de los cónyuges, el uno con el otro, y con
sus comunidades eclesiales. Debe alentar el desarrollo de lo que les es
común en la fe, y el respeto de lo que los separa.
1637. En los matrimonios con disparidad de culto, el esposo católico tiene
una tarea particular: 'Pues el marido no creyente queda santificado por su
mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente' [ I
Co 7,14.]. Es un gran gozo para el cónyuge cristiano y para la Iglesia el
que esta 'santificación' conduzca a la conversión libre del otro cónyuge a
la fe cristiana El amor conyugal sincero, la práctica humilde y paciente de
las virtudes familiares, y la oración perseverante pueden preparar al
cónyuge no creyente a recibir la gracia de la conversión.
IV.- Los efectos del sacramento del matrimonio
1638. 'Del matrimonio válido se origina entre los cónyuges un vínculo
perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en el matrimonio
cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un
sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado'.
1639. El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben
mutuamente es sellado por el mismo Dios. De su alianza 'nace una institución
estable por ordenación divina, también ante la sociedad'. La alianza de los
esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: 'el auténtico
amor conyugal es asumido en el amor divino'.
1640. Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de
modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser
disuelto jamás. Este vínculo que resulta del acto humano libre de los
esposos y de la consumación del matrimonio es una realidad ya irrevocable y
da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios. La Iglesia no
tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría
divina.
1641. 'En su modo y estado de vida, [los cónyuges cristianos] tienen su
carisma propio en el Pueblo de Dios'. Esta gracia propia del sacramento del
Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a
fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia 'se ayudan
mutuamente a santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y
educación de los hijos'.
1642. Cristo es la fuente de esta gracia. 'Pues de la misma manera que Dios
en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y
fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante
el sacramento del Matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos'.
Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de
levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos
las cargas de los otros, de estar 'sometidos unos a otros en el temor de
Cristo' [Ef 5,21 ] y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo.
En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto
anticipado del banquete de las bodas del Cordero:
¿De dónde voy a sacar la fuerza para describir de manera satisfactoria la
dicha del matrimonio que celebra la Iglesia, que confirma la ofrenda, que
sella la bendición? Los ángeles lo proclaman, el Padre celestial lo
ratifica... ¡Qué matrimonio el de dos cristianos, unidos por una sola
esperanza, un solo deseo, una sola disciplina, el mismo servicio! Los dos
hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni
en el espíritu ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos en una
sola carne. Donde la carne es una, también es uno el espíritu. [Tertuliano]
V.- Los bienes y las exigencias del amor conyugal
1643. 'El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los
elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del
sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad-;
mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una
sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige la
indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se
abre a la fecundidad. En una palabra: se trata de características normales
de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las
purifica y consolida, sino las eleva hasta el punto de hacer de ellas la
expresión de valores propiamente cristianos'.
1644. El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la
indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los
esposos: 'De manera que ya no son dos sino una sola carne' [Mt 19,6 .].
'Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la
fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación
total'. Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por
la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio. Se
profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común.
1645. 'La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual
dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y al varón en el mutuo y
pleno amor'. La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y
al amor conyugal que es único y exclusivo.
1646. El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una
fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen
mutuamente los esposos. El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo
definitivo, no algo pasajero. 'Esta íntima unión, en cuanto donación mutua
de dos personas, como el bien de los hijos exigen la fidelidad de los
cónyuges y urgen su indisoluble unidad'.
1647. Su motivo más profundo consiste en la fidelidad de Dios a su alianza,
de Cristo a su Iglesia. Por el sacramento del Matrimonio los esposos son
capacitados para representar y testimoniar esta fidelidad. Por el
sacramento, la indisolubilidad del matrimonio adquiere un sentido nuevo y
más profundo.
1648. Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a
un ser humano. Por ello es tanto más importante anunciar la buena nueva de
que Dios nos ama con un amor definitivo e irrevocable, de que los esposos
participan de este amor, que les conforta y mantiene, y de que por su
fidelidad se convierten en testigos del amor fiel de Dios. Los esposos que,
con la gracia de Dios, dan este testimonio, con frecuencia en condiciones
muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial.
1649. Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se
hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la
Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la
cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni
son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la
mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad
cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su
situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece
indisoluble.
1650. Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al
divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva
unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo ['Quien
repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si
ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio': Mc 10,11-12
.], que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el
primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se
ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo
cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta
situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades
eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la Penitencia no
puede ser concedida más que a aquellos que se arrepientan de haber violado
el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a
vivir en total continencia.
1651. Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con
frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los
sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a
fin de que aquéllos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya
vida pueden y deben participar en cuanto bautizados:
Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de
la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y
las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos
en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para
implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. [Juan Pablo II]
1652. 'Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el
amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole
y con ellas son coronados como su culminación':
Los hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y
contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: 'No
es bueno que el hombre esté solo [Gn 2,18 .], y que hizo desde el principio
al hombre, varón y mujer' [Mt 19,4 .], queriendo comunicarle cierta
participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la
mujer diciendo: 'Creced y multiplicaos' [Gn 1,28 .]. De ahí que el cultivo
verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él
procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tiende a que los
esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del
Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia
familia cada día amás. [GS 50,1.]
1653. La fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida
moral, espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por
medio de la educación. Los padres son los principales y primeros educadores
de sus hijos. En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la
familia es estar al servicio de la vida.
1654. Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos
pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente.
Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de
sacrificio.
VI.- La Iglesia doméstica
1655. Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y
de María. La Iglesia no es otra cosa que la 'familia de Dios'. Desde sus
orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que,
'con toda su casa', habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían
deseaban también que se salvase 'toda su casa'. Estas familias convertidas
eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.
1656. En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil
a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto
faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a
la familia, con una antigua expresión, 'Ecclesia domestica'. En el seno de
la familia, 'los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores
de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación
personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida
consagrada'.
1657. Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio
bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los
miembros de la familia, 'en la recepción de los sacramentos, en la oración y
en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la
renuncia y el amor que se traduce en obras'. El hogar es así la primera
escuela de vida cristiana y 'escuela del más rico humanismo'. Aquí se
aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón
generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la
oración y la ofrenda de la propia vida.
1658. Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que
permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir,
a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran
particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y
solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas
de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de
pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las
bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas
ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, 'iglesias domésticas'
y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. 'Nadie se sienta sin
familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente
para cuantos están «fatigados y agobiados» [Mt 1 1,28 .]'.
RESUMEN
1659. San Pablo dice: 'Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la
Iglesia... Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y la
Iglesia' [Ef 5,25 .32.].
1660. La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen
una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes
propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los
cónyuges así como a la generación y educación de los hijos. Entre
bautizados, el matrimonio ha sido elevado por Cristo Señor a la dignidad de
sacramento.
1661. El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la
Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó
a su Iglesia; la gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los
esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la
vida eterna.
1662. El matrimonio se funda en el consentimiento de los contrayentes, es
decir, en la voluntad de darse mutua y definitivamente con el fin de vivir
una alianza de amor fiel y fecundo.
1663. Dado que el matrimonio establece a los cónyuges en un estado público
de vida en la Iglesia, la celebración del mismo se hace ordinariamente de
modo público, en el marco de una celebración litúrgica, ante el sacerdote [o
el testigo cualificado de la Iglesia], los testigos y la asamblea de los
fieles.
1664. La unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son
esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del
matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo de la
fecundidad priva a la vida conyugal de su 'don más excelente ', el hijo.
1665. Contraer un nuevo matrimonio por parte de los divorciados mientras
viven sus cónyuges legítimos contradice el plan y la ley de Dios enseñados
por Cristo. Los que viven en esta situación no están separados de la
Iglesia, pero no pueden acceder a la comunión eucarística. Pueden vivir su
vida cristiana sobre todo educando a sus hijos en la fe.
1666. El hogar cristiano es el lugar en que los hijos reciben el primer
anuncio de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente 'Iglesia
doméstica', comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y
de caridad cristiana.
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