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No se trata
de catequizar con el cine sino de crear belleza
Afirma el presidente del dicasterio vaticano para las Comunicaciones
ROMA, martes 13 diciembre 2011 (ZENIT.org).- “No tenemos necesidad que sean
filmes catequéticos sino más bien bellas películas”. Con estas palabras
monseñort Claudio María Celli, presidente del Consejo Pontificio de las
Comunicaciones Sociales, dio un indicio importante sobre la relación del
buen cine con la fe.
Lo hizo en la conferencia Film and faith, el 2 de diciembre, en la
Universidad Pontificia Lateranense en Roma, organizada por la italiana
Fundación Ente del Espectáculo y, en posteriores declaraciones, en una
entrevista a la periodista Silvia Guidi del diario vaticano L'Osservatore
Romano.
“Es suficiente mirar la producción cinematográfica reciente –indicó el
arzobispo italiano- para ver que lo sagrado emerge en muchas películas, a
veces apenas susurrado, como si fuese un hilo conductor. Más allá de los
efectos sensacionalistas, o especiales, veo en muchas películas que el
elemento espiritual no está separado del mundo, no es una cosa abstracta
sino más bien que se mezcla con las pequeñas cosas de cada día, casi
escondido como si fuera una luz sutil que la vuelve especial”.
El presidente de la filmoteca vaticana añadió que “se percibe una cierta
presencia de Dios en muchas películas, como una vibración apenas perceptible
que cada artista sugiere, para que el espectador pueda detectarla por si
mismo”.
El subsecretario emérito de las Relaciones del Vaticano con los Estados
consideró que “el arte es desde siempre maestra en transmitir la identidad
de cada pueblo y época, en particular el cine en cuanto es la suma de tantas
artes diversas, con su lenguaje sugestivo que puede llevar imágenes, ideas,
valores que pueden hacer florecer desde lo más intimo reflexiones
fundamentales, levantando dudas, preguntas, y sobretodo llevándonos a un
camino de búsqueda más profundo de nuestro yo. A partir de allí el paso es
breve: está el otro, está Dios.
Añadió que el buen cine “debe ayudar al hombre a encontrarse consigo mismo,
predisponiéndolo a aceptar la diversidad y a compartir la espiritualidad”. Y
consideró que una buena película no termina con los títulos finales pero
allí inicia, pues se elaboran las emociones. Apeló por tanto a la
sensibilidad de los artistas para puedan iluminar con sus obras.
Indicó entretanto, que es fundamental una educación al lenguaje de la
imagen, un recorrido formativo que lleve a los espectadores, desde la
infancia, a un análisis consciente de los contenidos cinematográficos,
desarrollando el sentido crítico.
Y más que demonizar a un filme porque deseduca, prosiguió, “hay que abrir
espacios de diálogo reiterando que el hombre ha sido creado a imagen de Dios
y que tiene una dignidad que no puede ser ultrajada. Pues el hombre tiene
una aspiración más alta y sobre todo busca la verdad, aquella verdad que una
película puede ayudar a descubrir”.
Entre las películas recientes, monseñor Celi citó Uomini di Dio, que sin
artificios lograr narrar una historia de fe y de dolor, una verdadera
pasión, o tambiénThe Tree of Life di Terrence Malick, una verdadera y propia
parábola visiva sobre la creación, el pecado, la redención y el amor”, si
bien precisó que la lista podría ser mucho más larga y que citó a estos
porque a pesar de no ser fáciles lograron conquistar al público.
Entretanto precisó que su dicasterio, el de las Comunicaciones Sociales,
buscó siempre no teorizar demasiado sobre la comunicación, pero de actual,
por lo cual está en constante sinergia con todas las realidades mundiales
que puedan ayudar a responder a la necesidad de verdadera comunicación que
tiene el mundo.
E invitó a los jóvenes que entran en el mundo del cine a no traicionarse a
sí mismos, ni a su credo y aspiraciones. “Sean verdaderos –dijo- con la
misma verdad del Evangelio. Escuchen el mundo y sus necesidades, sus ansias
y esperanzas. El corazón anhela un mundo en el que reine el amor, donde los
dones sean compartidos, donde se edifique la unidad, donde la libertad
encuentre el propio significado en la verdad y donde la identidad de cada
uno sea realizada en una comunión respetuosa”.
O sea, invitándoles a “estar listos para recibir este desafío con vuestras
películas. Sed artistas apasionados de la verdad y de la belleza”.
Concluyó recordando que el festival Tertio Millennio nació de una sinergia
de propósitos hacia el final de los años noventa. El Ente del Espectáculo,
el Pontificio Consejo de la Cultura, el Pontificio Consejo de las
Comunicaciones Sociales, consideraron que era el momento de abrir un diálogo
constructivo entre Iglesia y mundo del cine, considerándolo un vehículo de
cultura y propuesta de valores.
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