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Benedicto
XVI: María de Guadalupe, pedagoga del Evangelio
El papa confirmó para antes de la Pascua su viaje a México y Cuba
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 12 diciembre 2011 (ZENIT.org).- Benedicto XVI
anunció oficialmente su próximo segundo viaje a América –México y Cuba- para
antes de la Pascua de 2012. Lo hizo en el contexto de la misa solemne que
presidió este lunes, festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, en la
basílica de San Pedro. La misa fue también una celebración del bicentenario
de la independencia de un buen número de países latinoamericanos. Ofrecemos
a los lectores las palabras pronunciadas en español por el santo padre en la
homilía.
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Queridos hermanos y hermanas:
«La tierra ha dado su fruto» (Sal 66,7). En esta imagen del salmo que hemos
escuchado, en el que se invita a todos los pueblos y naciones a alabar con
júbilo al Señor que nos salva, los Padres de la Iglesia han sabido reconocer
a la Virgen María y a Cristo, su Hijo: «La tierra es santa María, la cual
viene de nuestra tierra, de nuestro linaje, de este barro, de este fango, de
Adán […]. La tierra ha dado su fruto: primero produjo una flor [...]; luego
esa flor se convirtió en fruto, para que pudiéramos comerlo, para que
comiéramos su carne. ¿Queréis saber cuál es ese fruto? Es el Virgen que
procede de la Virgen; el Señor, de la esclava; Dios, del hombre; el Hijo, de
la Madre; el fruto, de la tierra» (S. Jerónimo, Breviarum in Psalm. 66: PL
26,1010-1011). También nosotros hoy, exultando por el fruto de esta tierra,
decimos: «Que te alaben, Señor, todos los pueblos» (Sal 66,4. 6).
Proclamamos el don de la redención alcanzada por Cristo, y en Cristo,
reconocemos su poder y majestad divina.
Animado por estos sentimientos, saludo con afecto fraterno a los señores
cardenales y obispos que nos acompañan, a las diversas representaciones
diplomáticas, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a los
grupos de fieles congregados en esta Basílica de San Pedro para celebrar con
gozo la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Estrella de la
Evangelización de América. Tengo igualmente presentes a todos los que se
unen espiritualmente y oran a Dios con nosotros por los diversos países
latinoamericanos y del Caribe, muchos de los cuales durante este tiempo
festejan el Bicentenario de su independencia, y que, más allá de los
aspectos históricos, sociales y políticos de los hechos, renuevan al
Altísimo la gratitud por el gran don de la fe recibida, una fe que anuncia
el Misterio redentor de la muerte y resurrección de Jesucristo, para que
todos los pueblos de la tierra en Él tengan vida. El Sucesor de Pedro no
podía dejar pasar esta efeméride sin hacer presente la alegría de la Iglesia
por los copiosos dones que Dios en su infinita bondad ha derramado durante
estos años en esas amadísimas naciones, que tan entrañablemente invocan a
María Santísima.
La venerada imagen de la Morenita del Tepeyac, de rostro dulce y sereno,
impresa en la tilma del indio san Juan Diego, se presenta como «la siempre
Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive» (De la lectura del
Oficio. Nicán Monohua, 12ª ed., México, D.F., 1971, 3-19). Ella evoca a la
«mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce
estrellas sobre su cabeza, que está encinta» (Ap 12,1-2) y señala la
presencia del Salvador a su población indígena y mestiza. Ella nos conduce
siempre a su divino Hijo, el cual se revela como fundamento de la dignidad
de todos los seres humanos, como un amor más fuerte que las potencias del
mal y la muerte, siendo también fuente de gozo, confianza filial, consuelo y
esperanza.
«Mira que tu Rey viene hacia ti; Él es justo y victorioso, es humilde y está
montado sobre un asno» (Zc 9,9), hemos escuchado en la primera lectura.
Desde la encarnación del Verbo, el Misterio divino se revela en el
acontecimiento de Jesucristo, que es contemporáneo a toda persona humana en
cualquier tiempo y lugar por medio de la Iglesia, de la que María es Madre y
modelo. Por eso, nosotros podemos hoy continuar alabando a Dios por las
maravillas que ha obrado en la vida de los pueblos latinoamericanos y del
mundo entero, manifestando su presencia en el Hijo y la efusión de su
Espíritu como novedad de vida personal y comunitaria. Dios ha ocultado estas
cosas a «sabios y entendidos», dándolas a conocer a los pequeños, a los
humildes, a los sencillos de corazón (cf. Mt 11,25).
Por su «sí» a la llamada de Dios, la Virgen María manifiesta entre los
hombres el amor divino. En este sentido, Ella, con sencillez y corazón de
madre, sigue indicando la única Luz y la única Verdad: su Hijo Jesucristo,
que «es la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y
a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y
mujeres del continente americano» (Exhort. Ap. postsinodal Ecclesia in
America, 10). Asimismo, Ella «continúa alcanzándonos por su constante
intercesión los dones de la eterna salvación. Con amor maternal cuida de los
hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se debaten entre peligros y
angustias hasta que sean llevados a la patria feliz» (Lumen gentium, 62).
Actualmente, mientras se conmemora en diversos lugares de América Latina el
Bicentenario de su independencia, el camino de la integración en ese querido
continente avanza, a la vez que se advierte su nuevo protagonismo emergente
en el concierto mundial. En estas circunstancias, es importante que sus
diversos pueblos salvaguarden su rico tesoro de fe y su dinamismo
histórico-cultural, siendo siempre defensores de la vida humana desde su
concepción hasta su ocaso natural y promotores de la paz; han de tutelar
igualmente la familia en su genuina naturaleza y misión, intensificando al
mismo tiempo una vasta y capilar tarea educativa que prepare rectamente a
las personas y las haga conscientes de sus capacidades, de modo que afronten
digna y responsablemente su destino. Están llamados asimismo a fomentar cada
vez más iniciativas acertadas y programas efectivos que propicien la
reconciliación y la fraternidad, incrementen la solidaridad y el cuidado del
medio ambiente, vigorizando a la vez los esfuerzos para superar la miseria,
el analfabetismo y la corrupción y erradicar toda injusticia, violencia,
criminalidad, inseguridad ciudadana, narcotráfico y extorsión.
Cuando la Iglesia se preparaba para recordar el quinto centenario de la
plantatio de la Cruz de Cristo en la buena tierra del continente americano,
el beato Juan Pablo II formuló en su suelo, por primera vez, el programa de
una evangelización nueva «en su ardor, en sus métodos, en su expresión» (cf.
Discurso a la Asamblea del CELAM, 9 marzo 1983, III: AAS 75, 1983, 778).
Desde mi responsabilidad de confirmar en la fe, también yo deseo animar el
afán apostólico que actualmente impulsa y pretende la «misión continental»
promovida en Aparecida, para que «la fe cristiana arraigue más profundamente
en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como
acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo» (V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento conclusivo,
13). Así se multiplicarán los auténticos discípulos y misioneros del Señor y
se renovará la vocación de Latinoamérica y el Caribe a la esperanza. Que la
luz de Dios brille, pues, cada vez más en la faz de cada uno de los hijos de
esa amada tierra y que su gracia redentora oriente sus decisiones, para que
continúen avanzando sin desfallecer en la construcción de una sociedad
cimentada en el desarrollo del bien, el triunfo del amor y la difusión de la
justicia. Con estos vivos deseos, y sostenido por el auxilio de la
providencia divina, tengo la intención de emprender un Viaje apostólico
antes de la santa Pascua a México y Cuba, para proclamar allí la Palabra de
Cristo y se afiance la convicción de que éste es un tiempo precioso para
evangelizar con una fe recia, una esperanza viva y una caridad ardiente.
Encomiendo todos estos propósitos a la amorosa mediación de Santa María de
Guadalupe, nuestra Madre del cielo, así como los actuales destinos de las
naciones latinoamericanas y caribeñas y el camino que están recorriendo
hacia un mañana mejor. Invoco igualmente sobre ellas la intercesión de
tantos santos y beatos que el Espíritu ha suscitado a lo largo y ancho de la
historia de ese continente, ofreciendo modelos heroicos de virtudes
cristianas en la diversidad de estados de vida y de ambientes sociales, para
que su ejemplo favorezca cada vez más una nueva evangelización bajo la
mirada de Cristo, Salvador del hombre y fuerza de su vida.
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