|
|
Benedicto
XVI:
"Debemos
permanecer siempre abiertos a la esperanza"
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 13 de octubre de 2011 (ZENIT.org).- A
continuación ofrecemos la catequesis, perteneciente al ciclo sobre la
oración, que el Santo Padre Benedicto XVI ofreció este miércoles en la
Audiencia General, en la plaza de San Pedro.
* * * * *
Queridos hermanos y hermanas,
en las anteriores catequesis hemos meditado sobre algunos Salmos de lamento
y de fe. Hoy quisiera reflexionar con vosotros sobre un Salmo de tipo
festivo, una oración que, en la alegría, habla de las maravillas de Dios. Es
el Salmo 126 -según la numeración greco-latina el 125-, que celebra las
grandes cosas que el Señor ha realizado en su pueblo y que continuamente
realiza en todos los creyentes.
El Salmista, en nombre de todo Israel, comienza su oración recordando la
experiencia exultante de la salvación:
“Cuando Yaveh hizo volver a los cautivos de Sión,
como soñando nos quedamos;
entonces se llenó de risa nuestra boca
y nuestros labios de gritos de alegría” (vv. 1-2a).
El Salmo habla de una “suerte restablecida”, es decir restituida a su estado
original, en toda su anterior positividad. Es decir, se parte de una
situación de sufrimiento y de necesidad a la que Dios responde dando la
salvación y llevando al orante a la condición anterior, incluso enriquecida
y mejorada. Es lo que le sucede a Job, cuando el Señor le devuelve todo lo
que había perdido, redoblándolo y ampliando una bendición todavía mayor (cfr
Jb 42,10-13), es lo que experimenta el pueblo de Israel cuando vuelve a su
patria tras el exilio en Babilonia. Es justamente la referencia al fin de la
deportación en tierra extranjera lo que se interpreta en este Salmo: la
expresión “restablecer la suerte de Sión” es leída y comprendida por la
tradición como un “hacer volver a los prisioneros de Sión”. En efecto, el
retorno del exilio es el paradigma de toda intervención divina de salvación
porque la caída de Jerusalén y la deportación a Babilonia han sido unas
experiencias devastadoras para el pueblo elegido, no sólo sobre el plano
político y social, sino también y sobre todo en el plano religioso y
espiritual. La pérdida de la tierra, el final de la monarquía davídica y la
destrucción del Templo parecen un desmentido de las promesas divinas, y el
pueblo de la alianza, dispersado entre los paganos, se interroga
dolorosamente sobre un Dios que parece haberlos abandonado. Por esto, el
final de la deportación y el retorno a la patria se experimentan como un
maravilloso retorno a la fe, a la confianza, a la comunión con el Señor; es
un “restablecimiento de la suerte” que implica también la conversión del
corazón, el perdón, la amistad reencontrada con Dios, la conciencia de su
misericordia y la renovada posibilidad de alabarlo (cfr Jr 29,12-14;
30,18-20; 33,6-11; Ez 39,25-29). Se trata de una experiencia de alegría
abrumadora, de sonrisas y de gritos de júbilo, talmente bella que “nos
parece soñar”. Las intervenciones divinas tienen, a menudo, formas
inesperadas, que van más allá de lo que el hombre pueda imaginar; de aquí la
maravilla y el gozo que se expresan en la alabanza: “El Señor ha hecho cosas
grandes”. Es lo que dicen las naciones y es lo que proclama Israel:
“Hasta los mismos paganos decían:
'¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!'.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!” (vv. 2b-3).
Dios hace maravillas en la historia de los hombres. Realizando la salvación,
se revela a todos como Señor potente y misericordioso, refugio del oprimido,
que no se olvida del lamento de los pobres (cfr Sal 9,10.13), que ama la
justicia y el derecho y de cuyo amor está llena la tierra (cfr Sal 33,5).
Por esto, ante la liberación del pueblo de Israel, todas las gentes
reconocen las cosas grandes y estupendas que Dios realiza para su pueblo y
celebran al Señor en su realidad de Salvador. Israel se hace eco de la
proclamación de las naciones y la repite, pero como protagonista, como
directo destinatario de la acción divina: “Grandes cosas ha hecho el Señor
por nosotros”; “por nosotros” o más precisamente “con nosotros”, en hebreo
‘immanû, afirmando así esta relación privilegiada que el Señor tiene con sus
elegidos y que encontrará en el nombre Emmanuel, "Dios con nosotros", con el
que se conoce a Jesús, su culmen y su plena manifestación (cfr Mt 1,23).
Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración debemos considerar más a
menudo como, en los sucesos de nuestra vida, el Señor nos ha protegido,
guiado, ayudado y así alabarlo por todo lo que ha hecho por nosotros.
Debemos estar atentos a las cosas buenas que el Señor nos da. Estamos
siempre pendientes de los problemas, las dificultades y casi no queremos
darnos cuentas de las cosas buenas que vienen del Señor. Esta atención, que
se convierte en gratitud, es muy importante para nosotros y nos crea un
recuerdo del bien que nos ayuda también en las horas de oscuridad. Dios
realiza cosas grandes, y quien experimenta esto -atento a la bondad del
Señor con la atención del corazón- está lleno de alegría. Con esta nota
festiva se concluye la primera parte del Salmo. Ser salvados y volver a la
patria del exilio es como volver a la vida: la liberación abre a la risa,
pero junto a la esperanza de un cumplimiento que todavía hay que desear y
pedir. Esta es la segunda parte del Salmo que dice así:
“¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones.
El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas” (vv. 4-6)
Si al comienzo de la oración, el Salmista celebraba la alegría de una suerte
restablecida por el Señor, ahora la pide como una cosa que no se ha
realizado todavía. Si se aplica este Salmo a la vuelta del exilio, esta
aparente contradicción se explicaría con la experiencia histórica, vivida
por Israel, de vuelta a una patria difícil, sólo parcial, que induce al
orante a solicitar una ulterior intervención divina para llevar a plenitud
la restauración del pueblo.
Pero el Salmo va más allá del dato puramente histórico para abrirse a
dimensiones más amplias, de tipo teológico. La experiencia consoladora de la
liberación de Babilonia está inacabada, “ya” sucedida, pero “aún no” ha
llegado a su plenitud. Así, mientras en la alegría se celebra la salvación
recibida, la oración se abre a la esperanza de una plena realización. Por
esto el Salmo utiliza imágenes particulares que, con su complejidad, remiten
a la realidad misteriosa de la redención, en la que se entrelazan el don
recibido y el que todavía no ha llegado, vida y muerte, alegría soñadora y
lágrimas penosas. La primera imagen hace referencia a los torrentes secos
del Négueb, que con las lluvias se colman de aguas impetuosas que devuelven
la vida al terreno seco y lo hacen reflorecer. La petición del Salmista es,
por tanto, que el restablecimiento de la suerte del pueblo y la vuelta del
exilio sean como el agua, abrumadora e imparable, y capaz de transformar el
desierto en una inmensa región de hierba verde y flores.
La segunda imagen se desplaza de las colinas áridas y rocosas del Négueb a
los campos que los agricultores cultivan para obtener el alimento. Para
hablar de salvación, se recuerda aquí la experiencia de cada año que se
renueva en el mundo agrícola: el momento difícil y fatigoso de la siembra, y
la alegría tremenda de la recogida. Una siembra que se acompaña con las
lágrimas, porque se tira lo que todavía se podría convertir en pan,
exponiéndose a una espera llena de inseguridades: campesino trabaja, prepara
el terreno, esparce la semilla, pero, como tan bien ilustra la parábola del
sembrador, no sabe donde acerá esta semilla, si los pájaros se la comerán,
si se echará raíces, si se convertirá en espiga (cfr Mt 13,3-9; Mc 4,2-9; Lc
8,4-8). Esparcir la semilla es un gesto de confianza y de esperanza; es
necesario el trabajo del hombre, pero luego se entra en una espera
impotente, sabiendo que muchos factores serán determinantes para el buen
resultado de la recogida y que el riesgo de un fracaso está siempre
presente. Pero, año tras año, el campesino repite su gesto y lanza su
semilla. Cuando esta se convierte en espiga y los campos se llenan de mies,
entonces aparece la alegría de quien está ante un prodigio extraordinario.
Jesús conocía bien esta experiencia y hablaba de ella con los suyos: “Decía:
'Así es el Reino de Dios: como un hombre que lanza la semilla en el terreno;
duerma o vele, de noche o de día, la semilla germina y crece. Cómo, él mismo
no lo sabe” (Mc 4,26-27). Es el misterio escondido de la vida, son las
maravillosas “cosas grandes” de la salvación que el Señor realiza en la
historia de los hombres y cuyo secreto los hombres ignoran. La intervención
divina, cuando se manifiesta en plenitud, muestra una dimensión abrumadora,
como los torrentes del Négueb y como el grano de los campos, evocador este
último de la desproporción típica de las cosas de Dios: desproporción entre
el cansancio de la siembra y la inmensa alegría de la recogida, entre el
ansia de la espera y la visión tranquilizadora de los graneros llenos, entre
las pequeñas semillas lanzadas a la tierra y la visión de las gavillas
doradas por el sol. En la cosecha todo se transforma, el llanto termina,
deja su lugar a gritos de alegría exultante.
A todo esto se refiere el Salmista para hablar de la salvación, de la
liberación, del restablecimiento de la suerte, del retorno del exilio. La
deportación a Babilonia, como toda situación de sufrimiento y de crisis, con
su oscuridad dolorosa hecha de dudas y de aparente lejanía de Dios, en
realidad, dice nuestro Salmo, es como una siembra. En el Misterio de Cristo,
a la luz del Nuevo Testamento, el mensaje se hace más explícito y claro: el
creyente que atraviesa esa oscuridad es como el grano de trigo que cae en
tierra y muere, pero para dar mucho fruto (cfr Jn 12,24); o bien, retomando
otra imagen querida por Jesús, es como la mujer que sufre con los dolores
del parto para poder llegar a la gloria de haber dado a la luz una vida
nueva (cfr Jn 16,21).
Queridos hermanos y hermanas, este Salmo nos enseña que, en nuestra oración,
debemos permanecer siempre abiertos a la esperanza y firmes en la fe en
Dios. Nuestra historia, aunque marcada a menudo por el dolor, las
inseguridades y momentos de crisis, es una historia de salvación y de
“restablecimiento de la suerte”. En Jesús termina nuestro exilio, toda
lágrima se enjuga, en el misterio de su Cruz, de la muerte transformada en
vida, como el grano de trigo que se destruye en la tierra y se convierte en
espiga. También para nosotros este descubrimiento de que Jesús es la gran
alegría del “sí”de Dios, del restablecimiento de nuestra suerte. Pero como
aquellos que -volviendo de Babilonia llenos de alegría- encontraron una
tierra empobrecida, devastada, como también las dificultades de la siembra
hacen llorar a los que no saben si al final habrá cosecha. Así también
nosotros, después del gran descubrimiento de Jesucristo -nuestra vida,
camino y verdad- entrando en el terreno de la fe, en “la tierra de la Fe”,
encontramos a menudo una vida oscura, dura difícil, una siembra con
lágrimas, pero seguros de que la luz de Cristo, al final, nos da una gran
cosecha. Debemos aprender esto también en las noches oscuras; no olvidar que
la luz está, que Dios ya está en medio de nuestras vidas y que podemos
sembrar con la gran confianza de que el “sí” de Dios es más fuerte que todos
nosotros. Es importante no perder este recuerdo de la presencia de Dios en
nuestra vida, esta alegría profunda de que Dios ha entrado en nuestra vida,
liberándonos: es la gratitud por el descubrimiento de Jesucristo, que ha
venido a nosotros. Y esta gratitud se transforma en esperanza, es estrella
de la esperanza que nos da la confianza, es la luz porque los dolores de la
siembra son el inicio de la nueva vida, de la grande y definitiva alegría de
Dios.
[Después, el Papa saludó en diversas lenguas y lanzó el siguiente
llamamiento:]
Estoy muy triste por los episodios de violencia que han tenido lugar en El
Cairo el pasado domingo. Me uno al dolor de las familias de las víctimas y
de todo el pueblo egipcio, herido por los intentos de minar la coexistencia
pacífica entre sus comunidades, que es esencial salvaguardar en este momento
de transición. Exhorto a los fieles a que recen para que esa sociedad
disfrute de una paz verdadera, basada en la justicia, en el respeto a la
libertad y a la dignidad de todos los ciudadanos. Además, apoyo los
esfuerzos de las autoridades egipcias, civiles y religiosas, a favor de una
sociedad en la que se respeten los derechos humanos de todos y, en especial,
de las minorías, para el bien de la unidad nacional.
[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
|