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Ceremonia de despedida
Discurso del Santo Padre Benedicto XVI
Aeropuerto internacional Barajas de Madrid
Jornada Mundial de la Juventud

Majestades,
Distinguidas Autoridades nacionales, autonómicas y locales,
Señor Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal
Española,
Señores Cardenales y Hermanos en el Episcopado,
Amigos todos:
Ha llegado el momento de despedirnos. Estos días pasados en Madrid, con una
representación tan numerosa de jóvenes de España y todo el mundo, quedarán
hondamente grabados en mi memoria y en mi corazón.
Majestad, el Papa se ha sentido muy bien en España. También los jóvenes
protagonistas de esta Jornada Mundial de la Juventud han sido muy bien
acogidos aquí y en tantas ciudades y localidades españolas, que han podido
visitar en los días previos a la Jornada.
Gracias a Vuestra Majestad por sus cordiales palabras y por haber querido
acompañarme tanto en el recibimiento como, ahora, al despedirme. Gracias a
las Autoridades nacionales, autonómicas y locales, que han mostrado con su
cooperación fina sensibilidad por este acontecimiento internacional. Gracias
a los miles de voluntarios, que han hecho posible el buen desarrollo de
todas las actividades de este encuentro: los diversos actos literarios,
musicales, culturales y religiosos del «Festival joven», las catequesis de
los Obispos y los actos centrales celebrados con el Sucesor de Pedro.
Gracias a las fuerzas de seguridad y del orden, así como a los que han
colaborado prestando los más variados servicios: desde el cuidado de la
música y de la liturgia, hasta el transporte, la atención sanitaria y los
avituallamientos.
España es una gran Nación que, en una convivencia sanamente abierta, plural
y respetuosa, sabe y puede progresar sin renunciar a su alma profundamente
religiosa y católica. Lo ha manifestado una vez más en estos días, al
desplegar su capacidad técnica y humana en una empresa de tanta
trascendencia y de tanto futuro, como es el facilitar que la juventud hunda
sus raíces en Jesucristo, el Salvador.
Una palabra de especial gratitud se debe a los organizadores de la Jornada:
al Cardenal Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos y a todo el
personal de ese Dicasterio; al Señor Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio
María Rouco Varela, junto con sus Obispos auxiliares y toda la
archidiócesis; en particular, al Coordinador General de la Jornada, Monseñor
César Augusto Franco Martínez, y a sus colaboradores, tantos y tan
generosos. Los Obispos han trabajado con solicitud y abnegación en sus
diócesis para la esmerada preparación de la Jornada, junto con los
sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos. A todos, mi
reconocimiento, junto con mi súplica al Señor para que bendiga sus afanes
apostólicos.
Y no puedo dejar de dar las gracias de todo corazón a los jóvenes por haber
venido a esta Jornada, por su participación alegre, entusiasta e intensa. A
ellos les digo: Gracias y enhorabuena por el testimonio que habéis dado en
Madrid y en el resto de ciudades españolas en las que habéis estado. Os
invito ahora a difundir por todos los rincones del mundo la gozosa y
profunda experiencia de fe vivida en este noble País. Transmitid vuestra
alegría especialmente a los que hubieran querido venir y no han podido
hacerlo por las más diversas circunstancias, a tantos como han rezado por
vosotros y a quienes la celebración misma de la Jornada les ha tocado el
corazón. Con vuestra cercanía y testimonio, ayudad a vuestros amigos y
compañeros a descubrir que amar a Cristo es vivir en plenitud.
Dejo España contento y agradecido a todos. Pero sobre todo a Dios, Nuestro
Señor, que me ha permitido celebrar esta Jornada, tan llena de gracia y
emoción, tan cargada de dinamismo y esperanza. Sí, la fiesta de la fe que
hemos compartido nos permite mirar hacia adelante con mucha confianza en la
providencia, que guía a la Iglesia por los mares de la historia. Por eso
permanece joven y con vitalidad, aun afrontando arduas situaciones. Esto es
obra del Espíritu Santo, que hace presente a Jesucristo en los corazones de
los jóvenes de cada época y les muestra así la grandeza de la vocación
divina de todo ser humano. Hemos podido comprobar también cómo la gracia de
Cristo derrumba los muros y franquea las fronteras que el pecado levanta
entre los pueblos y las generaciones, para hacer de todos los hombres una
sola familia que se reconoce unida en el único Padre común, y que cultiva
con su trabajo y respeto todo lo que Él nos ha dado en la Creación.
Los jóvenes responden con diligencia cuando se les propone con sinceridad y
verdad el encuentro con Jesucristo, único redentor de la humanidad. Ellos
regresan ahora a sus casas como misioneros del Evangelio, «arraigados y
cimentados en Cristo, firmes en la fe», y necesitarán ayuda en su camino.
Encomiendo, pues, de modo particular a los Obispos, sacerdotes, religiosos y
educadores cristianos, el cuidado de la juventud, que desea responder con
ilusión a la llamada del Señor. No hay que desanimarse ante las
contrariedades que, de diversos modos, se presentan en algunos países. Más
fuerte que todas ellas es el anhelo de Dios, que el Creador ha puesto en el
corazón de los jóvenes, y el poder de lo alto, que otorga fortaleza divina a
los que siguen al Maestro y a los que buscan en Él alimento para la vida. No
temáis presentar a los jóvenes el mensaje de Jesucristo en toda su
integridad e invitarlos a los sacramentos, por los cuales nos hace
partícipes de su propia vida.
Majestad, antes de volver a Roma, quisiera asegurar a los españoles que los
tengo muy presentes en mi oración, rezando especialmente por los matrimonios
y las familias que afrontan dificultades de diversa naturaleza, por los
necesitados y enfermos, por los mayores y los niños, y también por los que
no encuentran trabajo. Rezo igualmente por los jóvenes de España. Estoy
convencido de que, animados por la fe en Cristo, aportarán lo mejor de sí
mismos, para que este gran País afronte los desafíos de la hora presente y
continúe avanzando por los caminos de la concordia, la solidaridad, la
justicia y la libertad. Con estos deseos, confío a todos los hijos de esta
noble tierra a la intercesión de la Virgen María, nuestra Madre del Cielo, y
los bendigo con afecto. Que la alegría del Señor colme siempre vuestros
corazones. Muchas gracias.
© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana
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