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Encontrar algo que corresponda a nuestra espera
28/07/2011 - Artículo publicado en Alfa y Omega el 28 de julio de 2011
Cuando pienso en un joven de hoy que se está abriendo a la vida, me embarga
una ternura infinita: ¿cómo se orientará en esta babel llena de
oportunidades y de desafios en la que le toca vivir? Basta ver la
televisión, o acercarse a un puesto de periódicos o a una librería, para ver
la variedad de opciones que tiene ante sí. Acertar es empresa ardua.
Pero si es conmovedor pensar en un chico ante semejante desafío, me asombra
aún más que quien nos ha puesto en la realidad no haya tenido ningún reparo
en correr semejante riesgo. Hasta el punto de escandalizar a quienes
quisieran ahorrárselo a sí mismos y a los otros, sean éstos hijos, amigos, o
alumnos.
El Misterio, sin embargo, no nos ha lanzado a la aventura de la vida sin
proveernos de una brújula con la que poder orientarnos. Esta brújula es el
corazón. En nuestro tiempo el corazón es reducido a sentimiento, a estado de
animo. Pero todos podemos reconocer en la experiencia que el corazón no se
deja reducir, no se conforma con cualquier cosa. “El hombre está creado para
lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente”,
dice el Papa en su Mensaje. Nosotros lo sabemos bien.
Por eso, quien toma en serio su corazón, hecho para lo grande, empieza a
tener un criterio para comprenderse a sí mismo y la vida, para juzgar la
verdad o la falsedad de cualquier propuesta que se asome al horizonte de su
vida. “Continuamente se nos presentarán propuestas más fáciles, pero ustedes
mismos se darán cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni
alegría”.
¿Hay algo que esté a la altura de nuestras exigencias más profundas, que
pueda responder a nuestro anhelo, grande como el infinito? Muchos
responderán que tal cosa no existe, vista la decepción que en tantas
ocasiones han experimentado al poner su esperanza en lo que estaba destinado
a defraudarles. Pero ninguno de nosotros puede evitar esperar. ¿Es
irracional esta espera? Entonces, ¿por qué esperamos? Porque es la cosa más
racional: ninguno de nosotros puede asegurar que no existe.
Pero sólo descubriremos que existe si tenemos la oportunidad de encontrar
algo que verdaderamente corresponda a nuestra espera. Como los primeros que
encontraron a Jesús: “jamás hemos vista una cosa igual”.
Desde que este hecho entró en la historia, nadie, que haya tenido noticia de
él, ha podido o podrá estar tranquilo. Todo el escepticismo no podrá
eliminarlo de la faz de la tierra. Estará allí, en el horizonte de su vida,
como una promesa que constituye el mayor desafío que haya tenido que
afrontar. “Quien me sigue recibirá el ciento por uno y la vida eterna”.
Sólo quien tenga la audacia de comprobar en la vida la promesa que contiene
el anuncio cristiano podrá descubrir su capacidad de responder a su espera.
Sin esta verificación no podrá existir una fe a la altura de la naturaleza
racional del hombre, es decir, capaz de seguir interesándole.
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