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El político católico ante el laicismo
Por monseñor Enrique Sánchez Martínez
DURANGO (ZENIT.org-El Observador).- Con el nombre de "El político católico
ante el laicismo", el obispo auxiliar de Durango, monseñor Enrique Sánchez
Martínez ha escrito un documento muy importante, para poner al día el tema
de la libertad religiosa, sugerido por el Papa Benedicto XVI durante la
pasada Jornada Mundial de la Paz, celebrada el primero de enero de 2011.
Entre los temas que desataca en su trabajo monseñor Sánchez Martínez
sobresale el de la presencia de Dios en el espacio público. Al respecto, el
obispo auxiliar de Durango expresa que: "entre la presencia o la ausencia de
Dios en el espacio público no hay término medio, no existen posiciones
neutrales. Eliminar a Dios del espacio público significa construir un mundo
sin Dios. Un mundo sin Dios es un mundo contra Dios. Excluir a Dios, aunque
no se le combata, significa construir un mundo sin referencias a Él".
Por el interés que puede suscitar este documento en diversos países donde el
laicismo es mal entendido como la expulsión de Dios del espacio público, lo
reproducimos en su totalidad.
El político católico ante el laicismo
Un laicismo sano, como lo reconoce la doctrina de la Iglesia católica, se
entiende como la separación entre el Estado y la Iglesia o confesión
religiosa. Por esto, el Estado no debe inmiscuirse en la organización ni en
la doctrina de las confesiones religiosas, y debe garantizar el derecho de
los ciudadanos a tener sus propias creencias y manifestarlas en público y en
privado, y a dar culto a Dios según sus propias convicciones. También debe
garantizar el derecho a la objeción de conciencia, por el cual los
ciudadanos no podrán ser obligados a actuar en contra de sus propias
convicciones o creencias. De acuerdo con este concepto de laicismo, el
Estado y la Iglesia o confesión religiosa mantendrán relaciones de
colaboración en los asuntos que son de interés común. En este sentido el
Papa Benedicto XVI nos ha orientado hacia una reflexión y profundización de
este laicismo sano en pro de la Libertad Religiosa (Jornada Mundial para la
Paz, "La Libertad Religiosa, camino para la paz", 1 enero 2011). Pero el
laicismo también es entendido por otros como una ausencia de relaciones. En
virtud de este falso concepto, el Estado debe ignorar a todas las
confesiones religiosas; se debe prohibir que el Estado mantenga relaciones
con la Iglesia u otra confesión religiosa.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada por la
Organización de las Naciones Unidas en 1948, garantiza (Art. 18) a todas las
personas la "libertad de manifestar su religión o creencia, individual y
colectivamente, tanto en público como en privado". Los poderes públicos
deben garantizar el derecho de los creyentes a manifestar sus convicciones
religiosas en público. Ellos tienen el derecho a organizar procesiones,
colocar cruces en lugares a la vista del público, etc. No sería razonable
que se pudieran organizar manifestaciones políticas en las ciudades o que se
pudieran colocar emblemas de partidos políticos o de sindicatos en la calle,
y que se negaran los mismos derechos a los creyentes porque son símbolos
religiosos.
Por otro lado, los ciudadanos tienen derecho a formar su opinión sobre los
asuntos de interés político. Para ello, pueden considerar las fuentes de
opinión que estimen conveniente. Sin duda entre las fuentes se encuentra la
doctrina de la Iglesia Católica o de su propia confesión religiosa, o el
pronunciamiento de un Obispo. Si un ciudadano (o un diputado o senador en el
Congreso) vota en conciencia de acuerdo con sus creencias, lo hace porque ha
escuchado los argumentos de su confesión religiosa y le han convencido.
Sería una grave discriminación que se pidiera a los ciudadanos que actuaran
en contra de su conciencia y de sus convicciones en el momento de emitir su
voto.
Para el político católico este concepto de laicismo es un valor adquirido
que hay que defender. El cristianismo ha contribuido mucho en la fundación
del laicismo auténtico. "De hecho - lo afirma Mons. Crepaldi - el
cristianismo no es una religión fundamentalista. El texto sagrado en el que
se inspira no se toma al pie de la letra, sino que se interpreta; la
autoridad universal del Papa libera a los cristianos de las excesivas
sujeciones políticas nacionales, Dios confió la construcción del mundo a la
libre y responsable participación del hombre. Esto no significa que la
sociedad y la política sean totalmente ajenas a la religión cristiana, que
no tengan nada que ver con ella". La sociedad necesita a la religión para
mantener un nivel de laicismo sano. El cristianismo ayuda a la sociedad en
este fin, ya que no le impide ser legítimamente autónoma y al mismo tiempo
la sostiene y la ilumina con su propio mensaje religioso. Se podría decir
que el cristianismo la empuja a ser ella misma en cuanto que hace aparecer
su plena vocación y le pide que exprima al máximo sus capacidades, sin
encerrarse en sí misma.
Hoy se tiende a considerar el laicismo como neutralidad del espacio público
respecto de los absolutos religiosos. Estos Principios Absolutos o
Religiosos son: dignidad de la persona humana y sus derechos, el bien común,
el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la participación, la
solidaridad, la caridad; además los valores fundamentales de la vida social:
la libertad, la justicia, la verdad, la paz. Se afirma que en estos espacios
lo religioso no debe intervenir, primero porque en una democracia no habría
sitio para principios; y segundo, porque los absolutos religiosos son
irracionales, y en el espacio público solo admite un discurso racional. Pero
entonces este espacio permanecería vacío, así se deja lugar para crear
nuevos absolutos enemigos del hombre, para nuevos dioses (sobre este tema
ver Mons. Giampaolo Crepaldi, "El político católico, laicismo y
cristianismo").
¿La democracia es incompatible con los principios absolutos? No es así, al
contrario, los necesita. Se puede afirmar que la falta de éstos en una
sociedad, genera una lucha de todos contra todos donde tiene razón quien es
más fuerte. También la democracia se arriesga a reducirse a la fuerza de la
mayoría. Por ésto existe la necesidad de que los ciudadanos crean en
principios absolutos. Lo sustancial, lo fundamental de la democracia es la
dignidad de la persona que se debería considerar un Principio Absoluto. ¿Y
cómo se puede considerar un valor absoluto si no se fundamenta en Dios?
¿La religión es irracional? No hay duda de que existen formas de religión
irracionales total o parcialmente. Pero el cristianismo no lo es. El
cristianismo es razonable, no contradice ninguna verdad racional, sino que
incluso se vincula a ellas complementándolas sin exigir al hombre, para ser
cristiano, la renuncia de todo aquello que lo hace verdaderamente hombre. No
es aceptable la idea de que la religión, sea cual sea, es, por su
naturaleza, irracional.
Muchos entienden el laicismo como neutralidad, como una expulsión de la
religión del espacio público. Mons. Fisichella dice al respecto: "...la
secularización y después el laicismo agresivo tienden a excluir al
cristianismo del ámbito público, y al hacerlo niegan la relación estructural
de la razón con la fe, de la naturaleza con la gracia" (Rino Fisichella, "El
valor salvífico del Evangelio también en la tierra"). La idea de quitar
festividades religiosas, como la navidad, de impedir que se expongan
símbolos religiosos en espacios públicos, de ejercer como misioneros, de
hacer pública a otros la propia fe, porque sería un atentado a la libertad
de religión, son algunas expresiones de esta idea de laicismo como espacio
neutro. Una pared sin un crucifijo no es un espacio neutro, es una pared sin
crucifijo. Un espacio público sin Dios no es neutro, sino que no tiene a
Dios. El Estado que impide a toda religión manifestarse en público, quizás
con la excusa de defender la libertad de religión, no es neutro en cuanto
que se posiciona de parte del laicismo o del ateísmo y se toma la
responsabilidad de relegar a la religión al ámbito privado. En muchos casos
nace la religión del estado, la religión de la antirreligión.
Entre la presencia o la ausencia de Dios en el espacio público no hay
término medio, no existen posiciones neutrales. Eliminar a Dios del espacio
público significa construir un mundo sin Dios. Un mundo sin Dios es un mundo
contra Dios. Excluir a Dios, aunque no se le combata, significa construir un
mundo sin referencias a Él.
Por este motivo, el político católico no puede admitir ni colaborar con el
laicismo entendido como neutralidad, porque desarrollará una nueva razón del
Estado que, perjudicando la religión, se hará daño también a sí mismo. El
político católico se opondrá para impedir, sea por razones religiosas, de
las que no se puede separar, sea por razones políticas, que nazca una nueva
religión del Estado perjudicial para la libertad de las personas.
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