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¿Cómo encontrar a Cristo hoy?
El Patriarca de Venecia, Angelo Scola, en uno de los encuentros más
significativos del Meeting de Rimini, titulado “Desear a Dios.
Iglesia y post-modernidad” >
25/08/2010
Llevamos quince años oyendo hablar del eclipse de Dios, se ha
llegado a afirmar que la esfera religiosa debería desaparecer de la
sociedad. Hoy, exceptuando ciertos intentos de construir un “nuevo
ateísmo”, que los críticos juzgan más como extravagantes que como
objetivamente pertinentes, nos encontramos con una gran sorpresa:
Dios ha vuelto.
La que era cuestión central al final de la época moderna, el binomio
eclipse / retorno de Dios, asume en la post-modernidad un
formulación distinta, quizá más adecuada. Hoy la pregunta crucial ya
no es “¿existe Dios?” sino “¿cómo tener noticias de Dios?”. Por
tanto: “¿Cómo Dios se comunica a nosotros, como Dios vivo al hombre
real, que vive en el mundo real? ¿Cómo nombrar a este Dios para que
el hombre post-moderno, es decir, cada uno de nosotros, lo perciba
como significativo y conveniente?”.
Desde el punto de vista occidental, influenciado radicalmente por el
judaísmo y el cristianismo, “Dios es Aquél que viene al mundo”. Si
viene al mundo, es distinto del mundo, pero esto no impide la
posibilidad de que los hombres lo perciban como familiar. De modo
que, para hablar de Dios al hombre post-moderno, “hay que lanzar la
hipótesis de que sea Dios mismo el que viene al mundo para hacer al
hombre capaz de reconocerlo como familiar” (Jungel).
Hay que preguntarse antes si existe una familiaridad entre Dios y el
hombre para que Dios pueda ser conocido verdaderamente. Es el
problema de siempre, que se ha hecho particularmente agudo en la
post-modernidad, donde no interesan los discursos sobre los grandes
sistemas, sobre las visiones del mundo, sino que cada vez está más
ligada a los problemas de la vida cotidiana.
Para el hombre de hoy, la cuestión no es tanto si existe Dios, sino
si tiene algo que hacer conmigo cada día. ¿Me resulta familiar? La
convicción de que Dios se ha dejado conocer y se ha hecho familiar
porque se ha comprometido con la historia de los hombres está en el
ADN de la mentalidad occidental.
Así las cosas, debemos descubrir cómo la presencia de Dios se hace
familiar cotidianamente, llegando a colmar de forma gratuita el
deseo, en un sentido pleno, eliminando la inquietud de la que habla
San Agustín.
De este modo, la palabra deseo adquiere todo su espesor, no deja que
lo reduzcamos, como casi siempre intentamos hacer, a pura aspiración
subjetiva sino que vive en su plenitud bipolar, nos hace tender con
todas nuestras fuerzas hacia la realidad, cuyo horizonte último es
el infinito, Dios mismo.
La posibilidad de tener noticia de Dios y de hablar de Él está en la
escucha de todo lo que Él quiera comunicarnos libremente. Y hay que
decir que la comunicación gratuita y plena del Dios invisible tiene
un nombre propio, es una persona viva: Jesucristo. En él, muerto y
resucitado, Dios nos sale al encuentro en cuanto Dios.
Para decir Dios hay, por tanto, que profundizar en la lengua de la
criatura que el Verbo encarnado ha querido asumir libremente. Es
necesario comprender la gramática, esa gramática que es capaz de
hablarnos de lo Divino. Así, no sólo el cristiano será capaz de
confesarlo como su Señor y su Dios, sino que todos los hombres,
también los que se dicen no creyentes, lo podrán reconocer.
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