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Esa naturaleza que nos empuja a desear cosas
grandes
es el corazón
Meeting de Rimini
Resumen de la
intervención de Stefano Alberto, profesor de Teología en la Universidad
Católica de Milán, sobre el lema del Meeting
25/08/2010
¿Qué es el corazón, y qué
es ese “misterio eterno de nuestro ser” del que habla Leopardi? ¿Qué
respuesta puede tener ese “deseo de abrazar las infinitas posibilidades de
la realidad” que grita el Miguel Mañara de Oscar Milosz? El encargado de
explicar el lema del Meeting de este año ha sido Stefano Alberto, profesor
de Introducción a la Teología en la Universidad Católica del Sacro Cuore de
Milán. Alberto se ha puesto en camino con dos grandes compañeros de viaje: Giacomo
Leopardi y Luigi Giussani. Sin dejar de lado a otros prestigiosos
viandantes: de Claudel a Camus, de Nietzsche a Pavese. Aunque era evidente
que quien guiaba a todos de la mano, en el sentido de iluminar las palabras
y profundizar en las razones, era Giussani, ampliamente citado a lo largo de
toda la lección. A Giussani pertenece la definición del “corazón” como ese complejo de
evidencias y exigencias originales (de felicidad, verdad, belleza, bondad,
justicia) con que el hombre es lanzado por naturaleza a comparar todo el
universo consigo mismo. Un corazón que, al toparse con la realidad, se
descubre insatisfecho, pide lo imposible. Como el Calígula de Camus, que
pide la luna, o “algo que no sea de este mundo”. Una naturaleza insatisfecha que nace de una sed inextinguible. Leopardi
descubre “el mayor signo de grandeza y nobleza” del hombre precisamente al
“encontrar que todo es poco y pequeño para la capacidad del ánimo”. Una
intuición que el poeta vuelve a plantear en el poema Sobre el retrato de una
mujer bella: las circunstancias despiertan deseos infinitos, pero basta “un
discorde acento” para que todo decaiga. Un “misterio eterno” que no puede liquidarse como si fuera la “confusa
veleidad de un adolescente” (Sapegno), como las preguntas juveniles de las
que los filósofos luego se alejan porque son absurdas. La pianista rusa
Marija Judina sostenía lo contrario: “La grandeza del hombre no está
principalmente en sus dotes sino más bien en su osado impulso, en su corazón
sediento de infinito”. Este impulso, esta tensión hacia el infinito, no se sostiene frente a los
límites y contradicciones de la historia, por los que, al no hallar la
respuesta que uno imagina, “termina por reducir o vaciar de sentido las
preguntas últimas que constituyen mi humanidad”, afirma Alberto. La
“sabiduría” entonces son las columnas de Hércules del Ulises de Dante: hay
que permanecer dentro de la medida que establece el individuo o la
mentalidad dominante. En la confusión actual, en la que se niega cualquier elemento espiritual y
se reduce el deseo al instinto, Leopardi señala al corazón, que sigue pegado
al hombre, “como torre en solitario campo”. En El sentido religioso,
Giussani explica que el corazón no es una abstracción filosófica, una
creación humana. Es un dato, un criterio de juicio que llevamos dentro para
saber qué es lo que me corresponde de la realidad. El corazón de don
Giussani no tiene nada que ver con ciertas reducciones sentimentales que lo
contraponen a la razón. “Puede decirse”, aclara Alberto, “que para Giussani
el corazón se identifica con la razón, que es conciencia de la realidad en
la totalidad de sus factores”. Pero entonces, ¿por qué llamarlo corazón?
Responde Giussani: “Porque el corazón es el lugar del afecto, y el afecto no
es contrario a la razón, es el aspecto último de la razón”. Para é, “el corazón es el lugar de las evidencias y exigencias originales
que proyecta el individuo sobre la realidad, tratando de registrarla tal
cual es. (…) La razón capta la realidad sostenida por el afecto que nace de
un juicio de correspondencia entre la realidad y el corazón”. Alberto ha
querido aclarar lo que significa hacer experiencia, explicando que es
distinta del mero probar. “Lo que se prueba se hace experiencia cuando se
juzga por los criterios del corazón: si es verdaderamente verdadero,
verdaderamente bello, verdaderamente bueno, verdaderamente feliz”. El profesor ha ido más allá de la definición del corazón citando a Giussani:
“Sin el reconocimiento del Misterio como factor de la realidad no hay
experiencia. La realidad nos solicita para buscar otra cosa, el significado
último de lo que aparece. Es la dinámica del signo. Bloquear esta dinámica
en la apariencia sería sofocar irracionalmente el ímpetu original con que el
corazón se acerca a la realidad”. Leopardi, según Giussani, no estuvo lejos
de entender esto. En el poema A su dama, habla de una “Cara beltá”, siempre
deseada y nunca alcanzada, pero no por eso inexistente, tal vez viva en
otros mundos. Una belleza a la que hace llegar su himno de “ignoto amante”.
Para Giussani, “el genio de Leopardi profetizó a Jesús mil ochocientos años
después de su existencia”. Ese Jesús en el que todas las exigencias
elementales del corazón se hicieron carne. “Jesucristo –emerge ahora el pensamiento de don Giussani- se revela como una
presencia que corresponde de forma excepcional a los deseos más naturales
del corazón y de la razón humanos. Ante su ‘ven y sígueme’, pescadores,
mafiosos, prostitutas, sabios, políticos deben decidir si se adhieren a la
verdad más que su propia idea”. Pero hay una condición indispensable para
responder a Cristo: tomar conciencia de uno mismo y de las propias
exigencias. De otro modo, Cristo se queda en un mero nombre. “Siendo realistas –afirma Alberto-, sin ayuda de Cristo el hombre no
consigue vivir mucho tiempo sin perjudicarse”. El poder se aprovecha de esta
debilidad para engañar al hombre y decirle que puede encontrar la
satisfacción en respuestas parciales. “Mientras que el atractivo que tiene
toda circunstancia –escribe don Giussani- es algo provisional que remite al
atractivo definitivo y último de la gran Presencia”. Esta contemporaneidad de Cristo, que los cristianos bautizados viven en la
Iglesia, es la condición necesaria para que el yo renazca, para la
transformación de las connotaciones normales de la existencia humana: el
amor, la amistad, el trabajo, la política. Benedicto XVI dice que “la
contribución de los cristianos es decisiva sólo si la inteligencia de la fe
se convierte en la clave del juicio y de la transformación”. Alberto ha terminado leyendo una carta de Andrea Aziani, un querido amigo
suyo, misionero laico que murió hace dos años. “Es necesario que alguien se
enamore de aquello que nos ha enamorado a nosotros, pero para eso nosotros
debemos arder, literalmente arder de pasión por el hombre, para que Cristo
lo pueda alcanzar”. |