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Crisis de valores, diagnóstico del
relativismo
Conferencia de Jaime Mayor Oreja en Murcia
Publicamos el texto íntegro de la conferencia que el
europarlamentario y ex ministro del Interior de España Jaime Mayor Oreja
pronunció el pasado 15 de febrero en Murcia.
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A la hora de afrontar cualquier problema, cualquier
dilema o cualquier realidad, es imprescindible llevar a cabo, como punto de
partida, un correcto diagnóstico de la cuestión que queremos afrontar.
Ninguna conclusión, ninguna propuesta, ninguna reacción será acertada si no
se toma a partir de un diagnóstico profundo y correcto de la realidad. Y
esta afirmación es igualmente válida si afrontamos un problema, una
realidad, desde el punto de vista del político, del filósofo, del sociólogo
o del académico.
La Historia nos ha enseñado que el mayor error que puedan haber cometido en
el pasado y que podamos seguir cometiendo quienes, de una u otra manera,
tenemos responsabilidades públicas radica siempre en no saber comprender la
realidad del momento histórico en el que se vive.
En ese sentido, nuestro mayor adversario es, a menudo, nuestra propia
incapacidad de superar la visión del día a día para elevarla a una visión
histórica y de conjunto que nos permita profundizar en las raíces de un
diagnóstico global de la realidad.
Y es ese diagnóstico el que hoy querría compartir con ustedes: un
diagnóstico de la realidad de nuestra sociedad en su conjunto, de la
realidad de Europa y, de manera más concreta, de la realidad de España. Para
ello, querría partir de una reflexión de carácter general. Hemos vivido una
década, el período 2000/2010, que tuvo un terrible comienzo. En el año 2001,
el mundo occidental sufría el ataque terrorista más terrible de la Historia,
el atentado de las Torres Gemelas. Un suceso que ha tenido una influencia
determinante, que ha marcado nuestras vidas a lo largo de estos últimos
años.
Y esa década está teniendo también un terrible final: la profunda crisis
económica y financiera en la que estamos sumidos. Y ante estas realidades
debemos plantearnos y reflexionar en torno a una serie de cuestiones: ¿Es
sólo una coincidencia que a lo largo de esta década al mayor ataque
terrorista de la Historia le haya seguido la peor crisis económica en
décadas? ¿La crisis que estamos viviendo es solamente una crisis económica y
financiera? ¿Por qué los terroristas se han atrevido a atacarnos donde nunca
antes lo habían hecho, en el corazón mismo de nuestros países, por así
decirlo, en nuestro propio hogar?
¿Son estos ataques terroristas la principal causa de la crisis o son
consecuencia de una crisis que ya padecíamos? ¿El terrorismo es causa o
consecuencia de la crisis? Ésa sería, a mi juicio, la primera reflexión que
habría que hacerse. Deberíamos reflexionar si Europa y el mundo occidental
en su conjunto no se había vuelto más débil, más vulnerable ante las
amenazas externas, como el terrorismo, por una crisis previa, una crisis que
afectaba y afecta a la misma esencia de ese mundo, a los principios y los
valores que lo sustentan. Del mismo modo, debemos igualmente plantearnos si
esa misma debilidad moral, esa debilidad en sus valores, es igualmente la
causa de que al ataque del terrorismo le haya seguido la llegada de una
profunda crisis económica.
A mi juicio, en el corazón de esta década anida un problema previo a la
misma. Los acontecimientos de esta década se derivan de manera directa de un
largo proceso que ha vivido en su conjunto el mundo occidental, un proceso
de progresiva relativización de los valores, las creencias y las
convicciones.
El mundo occidental es testigo impasible de cómo sus propios dogmas, sus
propias referencias, se han ido derrumbando, se han ido debilitando, han
entrado en crisis, en una crisis de orden moral, que nos ha hecho más
débiles y más vulnerables, ya sea ante la amenaza externa del terrorismo, ya
sea ante nuestros propios errores, que nos han llevado a la actual crisis
económica y financiera.
Somos más débiles, más vulnerables, desde el punto de vista moral, desde el
punto de vista de nuestras convicciones, nuestros principios y nuestras
referencias. Somos, en definitiva, víctimas de nuestro propio relativismo
colectivo e individual.
Hay nuevos poderes en el mundo que están emergiendo a partir de valores
radicalmente opuestos a los nuestros, a la cultura occidental. La
prosperidad, la riqueza, el bienestar y la competitividad que antes eran
patrimonio exclusivo del mundo occidental, se han de compartir ahora con
nuevas potencias que han cambiado el escenario económico global.
Y nuevas amenazas han emergido con inusitada fuerza. El terrorismo yihadista,
por un lado, o los nuevos regímenes políticos que han surgido en América
Central y del Sur, por otro, son claros ejemplos de un nuevo orden, de un
nuevo escenario, donde valores muy diferentes a los nuestros van
extendiéndose mientras nosotros continuamos sumidos en la crisis de nuestro
propio sistema moral, social, económico y político.
Lo que se ha vivido recientemente en Estados Unidos, con los resultados
electorales de un Estado tradicionalmente demócrata, sólo un año después de
un cambio inédito e histórico, es muy significativo. Como lo son también los
últimos datos económicos europeos, que reflejan la confusión y la
incertidumbre ante la crisis.
No sólo vivimos una crisis económica. Vivimos una crisis de valores. Yo creo
que no estamos viviendo solamente un tiempo de crisis. Estamos viviendo un
auténtico cambio del modelo de sociedad. Y es un cambio global, con nuevas
amenazas y nuevos competidores globales.
Y es precisamente esa debilidad nuestra lo que los alimenta.
Y ese diagnóstico general puede concretarse, en primer lugar, si echamos una
mirada específica a la realidad de Europa.
La Historia de la Unión Europea ha sido siempre la historia de un éxito. Un
éxito frente a la tragedia de las guerras mundiales. Un éxito frente al
fanatismo y el radicalismo de los regímenes comunistas que dejaron las
grandes guerras. Un éxito frente al ancestral enfrentamiento entre las
grandes potencias del continente. Un éxito, en definitiva, de la libertad.
Históricamente, Europa aportó grandes líderes que supieron afrontar y
superar los momentos de tragedia. Líderes como Churchill o Adenauer, líderes
que provenían tanto de los vencedores como de los vencidos, surgieron de los
momentos de tragedia para impulsar a Europa a salir de esa tragedia.
La Historia europea nos enseña que la crisis puede ser la antesala de la
tragedia. Por ello, lo que Europa necesita ahora mismo pueden ser quizás
líderes, pero en todo caso lo que sin duda necesita Europa es ser capaz por
sí misma de evitar, precisamente, que la crisis derive en tragedia.
¿Cuál ha sido la realidad de Europa a lo largo de los últimos años?
Durante años, la izquierda política europea, bajo el paraguas del
progresismo y el socialismo, quiso modificar nuestro orden social y
económico. Quiso imponer un supuesto modelo alternativo. Y fracasó allá
donde gobernó. Y, ante ese fracaso, asumió una nueva estrategia: ya no se
trataba de imponer un modelo alternativo. Se trataba, simplemente, de
instalarse en la ‘nada', de instalarse en el triunfo del relativismo.
Tras el fracaso de su modelo, la izquierda europea puso en pie una nueva
concepción de la democracia. Decidió que no hay nada más democrático que no
creer en nada, que relativizarlo todo, convirtiendo ese vacuo relativismo en
la máxima expresión de la libertad. De acuerdo con esa tramposa concepción
moral, se parte de un falso principio: para que una persona sea
auténticamente libre, lo más importante es que no crea en nada o casi nada.
Las creencias, los principios, los sistemas morales, las convicciones no son
más que límites y obstáculos a nuestra libertad.
Doctrina del relativismo
Ésa es la doctrina del relativismo. Un auténtico movimiento de ‘ingeniería
social' que busca crear un nuevo modelo de ciudadanos. Ya no se trata de
buscar viejos y fallidos postulados de la izquierda que buscaban ‘liberar al
hombre de las ataduras de unas estructuras económicas opresoras'. Ahora se
adopta como objetivo el liberar al hombre de ataduras más profundas, ligadas
a la misma esencia de la naturaleza humana. Como ha señalado el propio
Benedicto XVI en su encíclica Cáritas in Veritate se le otorga a la cuestión
social un carácter y un matiz ‘antropológico'.
De este modo, a partir del fracaso de sus viejos postulados y la
transformación de éstos en la defensa de la ‘nada', la izquierda europea se
convierte en la gran promotora del relativismo moral. Y este proyecto de
extensión y contagio de la ‘nada', del relativismo, que sin duda vive hoy
Europa, es aún más peligroso que el comunismo y el autoritarismo. De esos
males, por el momento, ya estamos vacunados. De la contagiosa plaga del
relativismo, todavía no.
La doctrina del relativismo se asienta además en una serie de
características que la hacen particularmente atractiva. En primer lugar, la
defensa del relativismo se viste con un atractivo disfraz de exaltación de
la libertad. Las obligaciones no existen. La eliminación de las obligaciones
y las responsabilidades se presentan en un bonito envoltorio, como si se
tratara de la ampliación o la creación de nuevos derechos. En segundo lugar,
esa creación de falsos derechos se adorna más aún gracias a una manipuladora
utilización del lenguaje. El relativismo crea un nuevo lenguaje, una nueva
jerga, que lo hace atractivo e imbatible ante la opinión pública. Así, ya no
hablamos de aborto sino de salud reproductiva y derecho de las madres a
decidir. Ya no hablamos de eutanasia, sino del derecho a morir dignamente.
Ya no hablamos de adoctrinamiento, sino de educación para la ciudadanía.
Suprimimos obligaciones y responsabilidades. Creamos supuestos nuevos
derechos. Y ponemos las bellas palabras al servicio de esa estrategia.
Y, en tercer lugar, la tercera característica de la doctrina del relativismo
es su transversalidad. Es una doctrina que, en su capacidad de contagio, se
extiende por todos los países europeos y supera y traspasa las ideologías.
En ese sentido, tanto desde el punto de vista territorial como ideológico,
el éxito del relativismo radica en que nunca sabemos dónde tiene sus líneas
fronterizas. Es evanescente en su enorme capacidad de expansión y contagio.
Nos alcanza a todos, se confunde a menudo con nuestras lógicas y normales
limitaciones, y nos hace dudar en numerosas ocasiones.
La capacidad expansiva de esa doctrina relativista, que es un proceso de
larga duración, se nutre de esa transversalidad, de no identificarse con
unas siglas concretas o con un partido político concreto, impregnando así
con mayor facilidad al conjunto de la sociedad, bajo la falsa apariencia de
no corresponderse con una opción política específica.
Ésa es la doctrina que impera en la Europa de nuestros días. Una doctrina
nacida de una izquierda que quedó desorientada, que perdió su rumbo y sus
objetivos tras la caída del Muro de Berlín.
Pero, a fin de ser justos y objetivos en el diagnóstico, hay que añadir que
el éxito de esta doctrina no es exclusivo de esa izquierda redefinida. El
relativismo ha encontrado su caldo de cultivo en dos realidades
indiscutibles.
La primera, la indolencia, la comodidad de nuestra sociedad. El relativismo
surge y se extiende en una sociedad sumida en una crisis de valores. Durante
años, Europa y sus ciudadanos han visto crecer sin fin su calidad de vida,
su bienestar. Y eso nos ha hecho cómodos.
Hemos llegado a creer que merecíamos ese bienestar de manera natural y
espontánea, sin que el mismo fuera el fruto de nuestro propio esfuerzo.
Hemos abandonado valores como el sacrificio personal, el esfuerzo, el
compromiso, la responsabilidad y la prudencia. Nos hemos olvidado de la
austeridad. En la fábula de Esopo, nos habríamos convertido en indolentes
cigarras en lugar de en laboriosas hormigas.
Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y eso, a la postre,
conduce a una sociedad débil, aletargada y acomodaticia en que una doctrina
basada en el ‘todo vale' encuentra su mejor escenario para expandirse.
La segunda realidad es que no hemos sido capaces de presentar resistencia
frente a los defensores del relativismo. Quienes propugnan ese relativismo
han sabido hacer creer a la sociedad que aquéllos que defienden valores y
principios no son, en realidad, buenos demócratas sino tan sólo dogmáticos,
radicales y fundamentalistas.
Ese ambiente, hábilmente creado por los voceros del relativismo, ha generado
un cierto miedo reverencial a discrepar de lo que es una moda supuestamente
dominante, la de la socialización de la nada. Esos defensores del
relativismo ya no necesitan hacer la revolución social sino servirse de la
comodidad de la sociedad, de un aletargamiento colectivo que es su principal
aliado y su mayor soporte. Buscan la transformación de la sociedad desde esa
comodidad, desde la esclavitud de los políticos a las encuestas de opinión.
Crisis de valor
Y ello ha conducido a que, en muchos, la crisis de valores (en plural) se
acabe traduciendo en una crisis de valor (en singular) a la hora de
atreverse a hacer frente a esa moda de la nada y de decir y defender aquello
en lo que íntimamente creen. Porque el relativismo alimenta la osadía de
unos y la falta de valor de otros. Por ello, nuestro temor, nuestra
preocupación ante esta siniestra estrategia no es ya tanto la revolución en
sentido histórico: es el suicidio de nuestra sociedad.
A la hora de analizar la realidad europea, no debemos caer en falsos
espejismos. Es verdad que el muro de Berlín cayó, que el socialismo ha
fracasado en el orden económico y político en las principales naciones
europeas. Pero no nos equivoquemos. Este movimiento relativista que acabo de
describir sigue avanzando en el diseño de una sociedad a su medida, alejada
de principios y convicciones.
Hoy es mucho más fácil estar a la vanguardia de la lucha contra el cambio
climático que posicionarse en la defensa del derecho a la vida o la defensa
de la Nación. Y les pongo un claro y reciente ejemplo. Cuando Nicolas
Sarkoszy ha defendido una posición de vanguardia en la lucha contra el
cambio climático, no ha tenido problemas. Ahora bien, cuando abre el debate
de la identidad de Francia se le multiplican las complicaciones.
Dentro de esta realidad, común a toda Europa, ¿cuál es la realidad, qué
sucede en España?
El retrato de España puede hacerse extrapolando una reciente encuesta que se
ha realizado en Guipuzcoa sobre cuáles son los principales valores,
principios y comportamientos en este territorio. En los resultados, se ve
claramente cómo la pirámide de los valores está absolutamente invertida
respecto a lo que debería ser conforme a la ética y la moral.
El valor predominante de la sociedad guipuzcoana en un 53% es el consumismo
-comprar, gastar...- seguido de los valores de la comodidad, la
competitividad, la búsqueda del éxito y la consecución de dinero. A la cola
de los principales valores, en la base más baja de la pirámide, se sitúan la
búsqueda del bien común, la ética y la honestidad, el respeto y el
compromiso, la lealtad y la fidelidad. Sólo un 10% de los encuestados
consideran éstos como valores predominantes.
Pues bien, como digo, este análisis es perfectamente extrapolable a la
sociedad española en su conjunto. ¿Qué hace, a mi juicio, que esa expansión
del relativismo y esa profundidad de la crisis moral que afecta a toda
Europa tenga una profundidad y una relevancia mayor aún en España?
A mi juicio, dos características específicas de nuestra realidad. La
primera, la exageración en la ejecución del proyecto. La exageración ha sido
siempre una característica de España, un auténtico cáncer que siempre ha
afectado a nuestra convivencia, una especie de maldición que nos persigue
históricamente, confirmando nuestra condición peninsular europea.
Y, en segundo lugar, el hecho de que, a diferencia de otras naciones
europeas, en España ese relativismo se ha convertido en un proyecto de
Gobierno, en la esencia misma de una visión de España y de un proyecto
gubernamental, algo que no sucede en ningún otro país de Europa.
El relativismo es la esencia del proyecto político de Rodríguez Zapatero, un
proyecto que está ejecutando material e implacablemente. Un proyecto que a
menudo tengo dudas de que una mayoría de españoles comprendan en toda su
dimensión y significado.
A la hora de analizar ese proyecto, me veo siempre obligado a partir de una
obviedad, para evitar tergiversaciones: no, no estoy diciendo que el
Presidente del Gobierno quiera destruir España, aunque a veces lo parezca.
Lo que sí busca es llegar a una España debilitada, a una España alejada de
los principios y valores que a lo largo de la Historia han forjado su
identidad y su personalidad, una identidad y una personalidad que queden
sustituidas por un vacuo relativismo.
Basta recordar los principales debates abiertos en España durante los
últimos tiempos y que son el mejor retrato, la mejor fotografía y síntesis
de ese proyecto.
Por una parte, está el debate de la Ley del Aborto. Por otra, estamos siendo
testigos del inacabable debate del Tribunal Constitucional ante el Estatuto
de Autonomía de Cataluña. Y ambos debates no son sino caras de una misma
moneda. Ambos debates, aparentemente de una naturaleza tan diferente,
comparten en realidad una misma base, un mismo origen, como es la crisis de
valores, la crisis de identidad, el relativismo que caracteriza y alimenta
el proyecto político de Rodríguez Zapatero.
Y lo mismo cabría decir de otros debates, como la propuesta de eliminar el
crucifijo en las aulas de los colegios públicos y concertados o la anunciada
Ley de Libertad Religiosa. Todo ello forma parte de ese objetivo único que
es avanzar en la relativización moral de nuestra sociedad, a partir de un
laicismo radical, precisamente porque no encuentran una resistencia social y
moral con la suficiente fortaleza.
Para Rodríguez Zapatero, el relativismo, la crisis de valores, es un fin en
sí mismo, en la medida en que conduce a una sociedad aletargada, formada más
por dóciles votantes que por ciudadanos comprometidos y decididos a tomar
las riendas de su propio destino.
Es cierto que se atisban reacciones y cambios de actitud parcial y
colectiva, como lo han sido las movilizaciones sociales frente a las
aberraciones contempladas en la Ley del Aborto. Pero lo cierto es que, a
pesar de mi convicción personal de que hay una mayoría social que sostiene y
defiende valores radicalmente diferentes a los que sostienen esas
iniciativas, el proyecto de Rodríguez Zapatero tiene la ventaja de
enfrentarse a una sociedad inerme y en exceso conformista y acomodaticia.
Pues bien, a ese proyecto se le debe y se le puede hacer frente. Y existen
instrumentos para ello.
Especial valor y consideración merece, en ese sentido, la firme defensa de
la institución familiar por su importancia en este ámbito.
Yo creo que la familia es la primera y más determinante fuente de
transmisión de valores en la sociedad y es absolutamente necesario que todos
comprendamos las posibilidades que esto ofrece para la defensa o la
recuperación de valores que se quieren destruir, pero al mismo tiempo el
enorme riesgo que supone su utilización como instrumento de transmisión de
esa nueva cultura del relativismo.
A mi juicio, el Sr. Rodríguez Zapatero ha entendido perfectamente la
importancia de la familia y en el desarrollo de su proyecto ha dedicado una
atención especial a su banalización, para que a su vez sean las propias
familias las que transmitan esta corriente de banalización y destrucción de
valores.
El afán por desnaturalizar el concepto de familia por parte de Rodríguez
Zapatero, de difuminar su esencia y de debilitar el vínculo que supone ha
sido una constante en su proyecto gubernamental.
Nos encontramos pues en un momento en que las familias pueden estar siendo
utilizadas para su propia banalización y es absolutamente preciso y urgente
emprender acciones decididas dirigidas a la defensa del valor de una
auténtica familia.
Otra pieza indispensable es la educación. Está claro que la educación
constituye una pieza clave dentro del proyecto ideológico de Rodríguez
Zapatero, de ahí la infinita dificultad de alcanzar en España un Pacto de
Educación.
El objetivo del proyecto relativista de Rodríguez Zapatero, ese afán de
crear nuevos ciudadanos al que antes me refería, hace que el Estado se
atribuya una especie de ‘misión liberalizadora' cuyo objetivo no es ya
construir una sociedad sin clases sino una sociedad que algunos han llegado
a definir como ‘posthumana', es decir, una sociedad que no acepta las leyes
de la naturaleza humana, a la que se pretende dominar y alterar moralmente
con el pretexto de su supuesta liberación.
Esa operación, que como decía antes constituye una auténtica obra de
‘ingeniería social' tiene dos ingredientes fundamentales: Primero, fortalece
el papel del Estado como educador, como educador de la nueva moral. Segundo,
combate de manera directa a quienes pueden ser los representantes de la
moral a la que se pretende sustituir, que son básicamente las religiones y
sus aliados, es decir, quienes defienden los rasgos fundamentales de nuestra
civilización, la civilización judeocristiana, lo cual enlaza de manera
directa con ese laicismo radical que caracteriza el proyecto de Rodríguez
Zapatero.
Pero no se puede franquear el principio de que los padres son los primeros y
más importantes responsables de la educación de sus hijos y son ellos
quienes tienen el derecho de decidir el tipo de educación que quieren para
sus hijos conforme a sus convicciones morales, religiosas, filosóficas y
pedagógicas.
El Estado no puede invadir un terreno que corresponde esencialmente a los
padres. Ni puede tratar de debilitar y destruir los valores esenciales que
determina una estructura familiar. La trágica historia de Europa ya nos ha
dicho hacia dónde conducen esas concepciones del Estado educador que siempre
han pretendido la separación de los hijos de sus padres en el cimiento de su
formación.
En definitiva, éste es el diagnóstico de Europa y, en especial, de España.
Como decía al comienzo, hemos vivido una década en la antesala y en la
manifestación de la crisis. En la próxima década, nos corresponde vivir el
desenlace de la misma.
La crisis económica y financiera tendrá su manifestación social.
Probablemente, la tendrá en términos de una mayor desigualdad entre
naciones, regiones y personas. Esta crisis de dimensión social y de
desigualdad la estamos viendo de manera muy clara en la Euro-zona.
No es fácil pasar del diagnóstico al pronóstico, pero está claro que a lo
largo de la próxima década hay razones fundadas para pronosticar etapas
singularmente difíciles. Frente a quienes afirmaban que la salida de la
crisis era fácil, casi inmediata, viendo sólo la dimensión económica y
financiera de la misma, la realidad ha confirmado y puesto de manifiesto la
profundidad de esa crisis, sus múltiples rostros, más allá del económico y
financiero.
A ello se suma, en el caso de España, un proyecto gubernamental fuertemente
anclado en el más agresivo relativismo, que agudiza y profundiza en nuestro
país las características de esa crisis global.
Ésa es la realidad. Ése es el diagnóstico que hay que hacer del presente
para poder afrontar el futuro.
Regeneración social
Y ese futuro sólo lo podremos afrontar con garantías de éxito si estamos
dispuestos a llevar a cabo una profunda regeneración de nuestra propia
sociedad.
Esa regeneración pasa por varios aspectos ineludibles, aspectos todos ellos
que han de perseguir un fin común, como es la recuperación, la redefinición
y el fortalecimiento de los valores más esenciales del ser humano.
En primer lugar, pasa por recuperar la verdad. La verdad a la hora de
actuar, de hacer política, de diagnosticar los problemas que nos afectan y
de aportar soluciones para hacerles frente. Hemos de volver a la
política-verdad.
La política no puede basarse en un mero juego de poder, en la mera lucha de
cambiar las siglas de quienes lideren un Gobierno. La política debe partir
de la consideración de las personas como lo que son, como seres humanos con
un proyecto vital, desde su nacimiento hasta su muerte, que implica la
posibilidad de vivir, de educarse, de tener un trabajo, de crear una
familia, de sentirse seguros y de saberse reconocidos. Las personas no
pueden tratarse como meros votantes aletargados.
En segundo lugar, debemos alimentar los valores auténticos frente al
relativismo moral que han propugnado y fomentado, en especial en España,
quienes desde el Gobierno no creen en los valores sino en los antivalores.
El valor del esfuerzo, de la superación, de la educación, del compromiso
deben imponerse a la vacua cultura del ‘todo vale' y del mínimo esfuerzo.
En tercer lugar, debemos imprimir a la política una fuerte dosis de
humanismo. La persona -y, por extensión, la familia- deben constituir el
foco, el eje y el objetivo de toda acción política. La persona -sus
necesidades, sus demandas, sus valores- debe constituir la principal
preocupación del político, del economista, de los pensadores, de todos
aquellos que de una u otra manera conforman y definen el modelo social en
que vivimos.
Quiero insistir en la importancia de la persona en este cambio de
comportamientos, que no solamente se refiere a los dirigentes políticos,
sino a todas y cada una de las personas, a todos y cada uno de nosotros,
porque acostumbrados como estamos a oír hablar siempre de instituciones,
entidades, colectivos, siempre de carácter impersonal, olvidamos que la
persona individual, y de forma individual, es el agente activo más
importante en todas las áreas de actividad social.
Porque son personas individuales quienes gobiernan las naciones, quienes
hacen sociedad, quienes componen las familias, quienes dirigen las empresas
y, desde luego, quienes con su comportamiento determinan las vicisitudes de
la economía.
No nos acostumbremos, por tanto, a pensar que son los gobiernos quienes nos
tienen que dar las cosas hechas, ni nos conformemos con echar la culpa de
todo lo que pasa a las clases dirigentes. La evolución de las cosas depende
de nuestro comportamiento individual y de la forma de conducirnos en la vida
cada uno de nosotros.
En cuarto lugar, debemos devolver su fortaleza a los conceptos vertebradores
de la sociedad. Y con esto no me refiero sólo a la familia, como elemento
esencial de la organización social, sino al concepto de nación. Porque el
primer paso para construir una Europa fuerte, una sociedad occidental
fuerte, es fortalecer el concepto de nación, un concepto que tan debilitado
ha sido en los últimos tiempos en el caso de España por un presidente de
Gobierno que ve en ese concepto algo discutido y discutible. Sólo desde una
nación fuerte, con identidad propia, puede construirse una Europa fuerte.
Eso es lo que yo entiendo por la regeneración moral y política que, a mi
juicio, es la única receta para superar la actual crisis de valores. El
diagnóstico de lo que es el proyecto del Sr. Rodríguez no es un invento. Es
una realidad. El propio Sr. Rodríguez Zapatero lo resumió, lo sintetizó, en
el ‘Desayuno de Oración' al que acudió recientemente en Washington. Una vez
más, le escuchamos bellas palabras, esta vez además en un marco de
espiritualidad y recogimiento.
Y, como resumen de esas bellas palabras, una sentencia repleta de osadía:
‘La libertad os hará verdaderos'. Una cita propia frente a la auténtica cita
evangélica: ‘La verdad os hará libres'. Esa imagen vale más que mil palabras
para explicar y resumir la conferencia que les acabo de exponer.
El relativismo busca y necesita la mentira, la falsedad, para abrirse camino
y desarrollarse. Como decía antes, el adversario al que tenemos que hacer
frente es transversal, evanescente, contagioso, con capacidad de penetrar en
nosotros mismos. Por todo ello, y ya termino, atreverse a decir la verdad
constituye no sólo un imperativo moral sino también el mejor, yo diría que
el único, antídoto que tenemos.
Porque atreviéndonos, todos y cada uno de nosotros, a decir la verdad,
estaremos siendo capaces de crear una línea, una vanguardia de resistencia
frente a este relativismo que padecemos y hacerlo es una prioridad de
acción.
A lo largo de 35 años en que me he dedicado a la vida pública, he aprendido
pocas cosas, pero les aseguro que algunas las he aprendido bien. Una es que
hay que defender aquello en lo que se cree, sin temor y sin miedo a
supuestas mayorías dominantes. La otra es que decir la verdad una vez es
sencillo, no exige un gran esfuerzo.
Decir la verdad muchas veces es agotador, cansador, a veces difícilmente
soportable y, en muchos casos, te lleva a ponerte en el punto de mira de
quienes quieren imponer sus falsas verdades sobre cualquier voz discrepante.
Pero decir siempre la verdad es un calvario, aunque también la única manera
de hacer frente a esos mismos que tanto desearían nuestro silencio.
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