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La pregunta por el destino
(*)
Roberto Bosca
(*) Publicado en la Revista Criterio
En un simpático libro donde relata su experiencia en el trato con cinco
pontífices romanos1, el escritor Germán Arciniegas, recuerda aquella
inolvidable misa inaugural del pontificado de Juan Pablo II, cuando gritó
“con voz varonil y vibrante” –precisaba el autor colombiano– ¡No tengáis
miedo! Esa exhortación a confiar en la providencia divina, que es algo tan
propio del espíritu cristiano, no era sino la reiteración de la que el
dramaturgo Karol Wojtyla había puesto en boca de uno de sus personajes en un
pasaje de Hermano de nuestro Dios, un drama en tres actos escrito por él
mismo cuarenta años antes y llevado al cine por el director polaco Krzysztof
Zanussi.
Quizás no se haya prestado tanta atención al hecho de que, junto a esas
animosas palabras, el Papa trajo a la memoria de quienes lo escuchaban en
ocasión tan señalada, una conocida novela del escritor Henryk Sienkiewicz,
también polaco, y premio Nobel. El libro, desconocido por las nuevas
generaciones y recordado por el literato colombiano, fue luego inmortalizado
por las luminarias de Hollywood, y su nombre ha quedado en el imaginario
colectivo como la representación de un momento estelar de la historia del
cristianismo. Su sugerente título era: Quo Vadis 2.
La obra de Sienkiewicz, una de las últimas representaciones de la novela
romántica de inspiración cristiana –también recordada por Olegario González
de Cardenal en otro artículo de esta misma revista hace algunos años3–
remite a una capilla situada en la Via Appia, donde según la tradición,
Jesús se habría aparecido al apóstol Pedro. Pedro quería abandonar Roma
–dijo entonces el Papa– pero el Señor ha intervenido: le ha salido al
encuentro. Pedro se dirige a Él diciendo: “Quo Vadis, Domine? (¿Dónde vas,
Señor?)”. Y el Señor le responde enseguida: “Voy a Roma para ser crucificado
por segunda vez”. Esta realidad humana de la aversio a Deo sería significada
también en el título de otra famosa novela de Kazantzakis4.
La creación literaria de Sienkiewicz, quien está enterrado en la catedral de
San Juan en Varsovia, tenía para Karol Wojtyla un significado muy especial,
y por ese motivo seguramente en otro momento de su pontificado volvió a
recordarla, al aludir cómo la había tenido presente al arribar por primera
vez a la Ciudad Eterna, puesto que le sirvió de preparación –aun con sus
inexactitudes y ciertas simplificaciones históricas– para comprender la Roma
de los primeros cristianos, una iglesia clandestina, como la suya, y en
situación de minoría ante la hostilidad del imperio.
Me ha parecido oportuno traer a consideración esta especial sensibilidad de
Juan Pablo II ante el interrogante sobre el futuro del cristianismo.
Una nueva minoría
Probablemente la asociación entre ambas inquisiciones se ha producido en mi
mente no sólo por un motivo meramente semántico, sino que esconde, me
parece, otros significados que remiten a una consideración, muchos años
atrás, del entonces cardenal Joseph Ratzinger, quien, hablando sobre el
futuro de la Iglesia, la veía “pequeña, tendrá que empezar de nuevo. Pero
tras la prueba, irradiará la gran fuerza de una Iglesia interiorizada y más
sencilla. Porque las personas de un mundo completamente planificado estarán
solas hasta lo indecible…Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los
creyentes como algo completamente nuevo. Como una esperanza que les incumbe,
como una respuesta por la que siempre habían preguntado en secreto”.
Las expresiones del cardenal fueron interpretadas –una actitud reiterada
ciertamente en otras ocasiones más recientes– como una visión pesimista de
la realidad eclesial del porvenir. Sin embargo, ellas recogían la realidad
innegable de un catolicismo que se bate en retirada en muchos países de
antigua tradición cristiana. La madura sensibilidad del cardenal
reflexionaba también en el sentido de que la Iglesia popular puede ser algo
muy hermoso, aunque no necesario.
Pero el futuro Pontífice no estaba hablando, sin embargo, de una iglesia
clandestina en el sentido de un cuerpo desvitalizado o inerte, perdido para
la salvación universal y subsumido en sí mismo. Al mismo tiempo, Ratzinger,
quien nunca ha sido un personaje de miras estrechas, mostraba cómo la
comunidad primitiva de los cristianos, siendo pequeña, no carecía, sino todo
lo contrario, de una generosa capacidad de apertura que engendraría millones
de hijos a lo largo de la historia, porque la Iglesia necesita ser siempre
construida hasta el fin de los tiempos.
Por esto mismo, aun siendo objetivamente personalidades absolutamente
diferentes, no hay una contradicción entre Ratzinger y Wojtyla, entre Juan
Pablo II y Benedicto XVI. Nunca como hoy –recordaría Juan Pablo II– la
Iglesia ha tenido la oportunidad de hacer llegar el Evangelio a todas las
gentes, y de ahí que su mirada traduzca el realismo optimista de la fe: veo
amanecer una nueva época misionera, que llegará un día a ser radiante y rica
en frutos5. Si bien se mira, las palabras del cardenal Ratzinger no son
contradictorias con esta visión aparentemente tan distinta. Pero ¿es acaso
esto algo que se vislumbra en el inmediato futuro?
La Iglesia, entonces, ¿debería aprestarse a vivir en una situación de
minoría, recostada en condición de ghetto? Esta posibilidad que aparece cada
vez más cercana, es la que comienza a discutirse en nuestros días, al amparo
de una objetiva migración de los fieles y de un clima que se presenta
inhóspito para el cultivo de la fe. Fuimos doce y podríamos volver a serlo.
Si no es posible cerrar los ojos a la realidad, asumirla es siempre algo
costoso, pero es el signo de la madurez.
Si en el ámbito global de la sociedad ya no se encuentra un entorno
cristiano, parece razonable preguntarse si el cristianismo no debería buscar
sus propios espacios de supervivencia, aunque esto se parezca demasiado a
las catacumbas que albergaban a aquellos primeros cristianos de la época en
que Jesucristo habría sido interpelado por Pedro en la Via Appia. Sin
embargo, no era éste el modelo de la Iglesia de los primeros siglos ni
tampoco habría de serlo ahora6. Adquirir un nuevo estatuto de minoría no ha
de suponer una involución en el dinamismo intrínseco del mensaje cristiano;
al contrario.
La reconfiguración de la fe
Resulta evidente que estas nuevas condiciones dan ocasión a los cristianos
para vivir de una manera más profunda y auténtica su propia fe. La Iglesia
católica ha sufrido, como las modernas megalópolis, la desaparición de la
persona subsumida en las grandes multitudes. El riesgo de lo grande es la
soberbia. Resulta previsible pensar que esa circunstancia traerá una Iglesia
menos centralista, más secular y encarnada, pero también más espiritual,
menos burocratizada, más atenta a los otros y menos pendiente de sus
intereses institucionales, más constructora de una fraternidad comunitaria,
más sensible al valor de la persona y a una valoración positiva de su
libertad.
Al mismo tiempo, las alianzas con los poderes temporales han sido algo muy
bueno para la Iglesia pero también –qué duda cabe– que ellas han sido
ocasión de mal. Así parecía reconocerlo honestamente el Concilio Vaticano II
cuando se aprestaba a renunciar a privilegios aun legítimos que –según se
decía en los textos conciliares– pudieran empañar la pureza y la
autenticidad del mensaje en la doctrina y en el testimonio.
Cuando en los coloridos años sesenta Harvey Cox –para no citar sino un
nombre emblemático– acompañado de una pléyade de teólogos pronosticaron
alegremente la “muerte de Dios” y pretendieron entronizar The Secular City,
no sospechaban que la realidad podía darles una lección. El título del
capítulo introductorio de la obra revisionista de Cox es lapidario: La
religión retorna a la ciudad secular7.
Sólo veinte años después, ellos se vieron obligados a reconocer que la
“ciudad secular” albergaba profundos contenidos religiosos y que el proceso
de secularización no era algo unívoco8. Ahora, transcurridos otros veinte
años de esa revisión, la realidad muestra una convivencia de valores
seculares, muchas veces sacralizados, junto al crecimiento de nuevas formas
de espiritualidad que estaban ya, por cierto, en plena gestación cuando el
teólogo de Harvard escribía su primer libro.
Es que, como se ha notificado de un modo elocuente en una copiosa literatura
al uso, la posmodernidad exhibe una realidad variopinta. Junto a una cierta
declinación de las religiones tradicionales, irrumpen nuevas formas de
religiosidad impensadas hasta hace pocos años, como un neopaganismo que
despierta después de muchos siglos de civilización impregnada de los valores
evangélicos.
Este declive parece conjugarse con la mentalidad anti-institucional que se
expresa en una desinstitucionalización de la religión a favor de
espiritualidades individualistas, de las cuales quizás la corriente más
importante esté representada por la socorrida New Age. Este relativismo, que
en su fase final preanuncia la actitud nihilista, y su renuncia a la verdad,
no puedo sino ser interpretado como un signo claro de decadencia y
descomposición.
De este modo, en los meandros de nuestra cultura posmoderna, caracterizada
por la segmentación y la fragmentación y ciertamente ambigua por definición,
hay una prescindencia de la divinidad que naufraga en el tembladeral del
pensamiento débil, pero hay también al mismo tiempo la emergencia de una
religiosidad subjetivista, en la cual habrá que buscar la verdad de la
herejía.
En tal sentido, se ha hablado de una nueva era poscristiana o una
post-cristiandad9, en la que tendría lugar una verdadera reconfiguración de
la fe de Jesucristo10, sin que se advierta todavía cuál sería esa nueva
forma. Es en este escenario donde cabe preguntarse si estaríamos ante un
futuro colapso del cristianismo, en tanto éste comienza a ser considerado
desde ciertas perspectivas como una pieza de museo, la sala religiosa de una
civilización decadente y quizás en vías de extinción.
La novedad de la emergencia religiosa, aun con todo su impulso, no debe
desviar la atención, sin embargo, de la realidad, ampliamente señorial en
vastos ambientes sociales, y no solamente intelectuales, de una silenciosa
increencia. Es la indiferencia religiosa, el silencio de Dios. El Concilio
no pudo sustraerse naturalmente a esa constatación: el ateísmo –estampó en
uno de sus textos liminares– debe ser considerado como uno de los problemas
más graves de la época. No hace falta advertir que en los años sesenta no se
trataba ya del ideológico antiteísmo sistemático, que por entonces empezaría
a dar muestras de un evidente hedor– sino de la pura increencia, el etsi
Deus non daretur, que daría paso al mundo desencantado, pragmático y
relativista de la posmodernidad.
Hay que decir, con todo, que no hay aquí en este variopinto panorama
necesariamente una referencia a escenarios apocalípticos como aquellos a los
cuales se refería el papa Juan XXIII en los momentos preliminares del
Concilio, y no puede haberlos en ese realismo optimista de la fe que tan
bien se reconoce en el magisterio del último pontífice. Las nuevas
realidades incluyen también posibilidades insospechadas, hoy acaso
clausuradas en formas institucionales vaciadas de sentido al compás de un
debilitamiento en la piedad de los fieles.
La religión global
Al pensar en el futuro nadie puede dejar de considerar que ese porvenir
estará signado por una realidad que reviste una fuerza insondable: el mundo
global. La globalización es un fenómeno complejo que se expresa en múltiples
dimensiones, también la espiritual. Resulta evidente que el impacto de la
globalización no podía dejar de estar presente en la dimensión religiosa de
la existencia humana. No es algo que podamos comprender cabalmente ahora,
pero sí es posible advertir en ese fenómeno multiforme su previsible
profundización.
En esas luces y en esas sombras hay riesgos muy grandes pero no menores
posibilidades de auténtica realización humana. Se pueden dar muchos ejemplos
positivos dentro de ese escenario, por ejemplo la globalización en el campo
de los derechos humanos y de los crímenes contra la humanidad11. Es verdad
que la globalización ha comportado dolor y muerte, pero también es posible
promover una globalización diferente signada por la solidaridad, como
repetidamente lo ha venido exponiendo el magisterio primero de Juan Pablo II
y actualmente de su sucesor.
Cabe interpretar la globalización también como una orientalización, esto es,
como un encuentro de la cultura occidental con el patrimonio espiritual de
un mundo lejano y extraño que se hace cada vez más vivamente presente y que
interpela desde su propia identidad las sombras de nuestra orgullosa
civilización. Es la luz del sol que viene del Este.
Ese “otro” no sólo nos ayuda negativamente, esto es, no sólo nos purifica,
sino que también nos enriquece y, más aún, podría permitirnos encontrar a
los católicos nuestra verdadera identidad. Se advierte en este contexto
también la posibilidad de una nueva catolicidad que realice acaso por
primera vez la universalidad de la vocación cristiana. La globalización de
la cultura incluye una globalización ética y religiosa.
Es en este escenario que la Iglesia puede vivir un proceso de
desinstitucionalización de su tradición latina y adquirir sin desmedro de
ella un rostro más auténticamente humano y divino, y por lo mismo mucho más
rico y más universal, verdaderamente católico. El Evangelio se encarna en
las culturas pero no se agota en ellas. Si en el pasado pudieron
identificarse Europa y la Fe (para expresarlo con el ejemplo de una obra
canónica de los ambientes católicos de los años treinta), hoy no sólo
tenemos que decir que Europa no es la Fe (aunque no se comprenda sin ella)
sino que la Fe tampoco es Europa. Vemos aquí cómo una visión temporal de las
cosas aparece empequeñecida en la perspectiva histórica. Quizás esté
llegando el momento en que el cristianismo muestre su verdadera vocación
universalista expresada en todas sus virtualidades.
Mar adentro
Cuando fueron cerradas las puertas del jubileo con el que el impulso
apostólico de Juan Pablo II quiso preparar a la Iglesia en su ingreso al
tercer milenio, en una cultura del presente perpetuo sin pasado pero tampoco
sin futuro, el mismo Pontífice rescató con su proverbial sentido de la
esperanza otra exhortación del texto evangélico.
Se diría que ella constituye, junto con No tengáis miedo, una auténtica
unidad de actitudes ante la realidad en la vida cristiana: “Duc in altum!”.
Se dejaba oír otra vez, tras un cuarto de siglo, esa misma voz varonil y
vibrante, acaso envejecida pero no menos juvenil, en un nuevo grito de
esperanza, la misma que repropone Benedicto XVI frente al desaliento y la
pérdida del sentido misionero de la fe: “Estas palabras resuenan también hoy
para nosotros y nos invitan a recordar con gratitud el pasado, a vivir con
pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: ´Jesucristo es el
mismo ayer y hoy, y lo será para siempre’ (Heb 13,8)”12.
En muchos de los diagnósticos que han comenzado a aparecer a la vista de un
panorama humanamente desalentador, se deja ver un sentido claudicante que es
ajeno al espíritu del Evangelio. Sin embargo, no era ése el espíritu que
fecundaba los corazones ardientes de aquellas minorías clandestinas. Porque
los resortes de la fe, superfluo es decirlo, no son algo meramente humano.
Non est abreviata manus Domini. La redención realizada en la encarnación no
pierde su capacidad salvadora en los avatares de la historia. Las cuerdas
están tensadas y la humanidad espera, mar adentro.
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Notas
1. Cfr. Germán Arciniegas, De Pío XII a Juan Pablo II., Cinco Papas que han
conmovido al mundo, Planeta, Lanús Oeste, 1987, p. 129 y ss.
2. En la versión cinematográfica de Mervyn Le Roy muchos recordarán la
genial interpretación de Nerón por el actor británico Peter Ustinov,
vinculado por lazos de parentesco con el sacerdote argentino Hugo von
Ustinov. En el año 2001 el director de cine, también polaco, Jerzy
Kawalerowicz, realizó una nueva versión de la novela, a la que Juan Pablo II
pudo ver y comentar durante una sesión especial en la Ciudad del Vaticano.
3. Cfr. Olegario González de Cardenal, Quo Vadis Juan Pablo II, en Criterio,
2283, junio 2003, p.303.
4. Cfr. Nikos Kazantzakis, Cristo de nuevo crucificado (1948).
5. Cfr. Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 67.
6. Cfr. Cardenal Joseph Ratzinger, La sal de la tierra. Cristianismo e
Iglesia Católica ante el nuevo milenio. Una conversación con Peter Seewald,
trad. cast. Carla Arregui Núñez, Palabra, Madrid, 1997, 288.
7. Cfr. Harvey Cox, La religión en la ciudad secular. Hacia una teología
posmoderna, Sal Terrae Santander, 1985.
8. Cfr. Harvey Cox, La ciudad secular. La urbanización y la secularización
desde una perspectiva teológica, Edicions 62, Barcelona, 1973, y La religión
en la ciudad secular. Hacia una teología posmoderna, citado.
9. Cfr. Don Cupitt, Post-Christianity, en Paul Helas, with the assistance of
David Martin and Paul Morris, Religión, Modernity and Postmodernity,
Blackwell Publishers, Oxford, 1998, pp. 218-232.
10. Cfr. El teólogo español recientemente fallecido José María Mardones ha
planteado en varias de sus obras la reconfiguración religiosa de la
posmodernidad. Cfr. José María Mardones, Para comprender las nuevas formas
de la religión. La reconfiguración postcristiana de la religión, Verbo
Divino, Estella, 1994, sobre todo pp. 151 y ss.
11. Cfr. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe,
Documento Conclusivo, Aparecida, 2007, 82.
12. Cfr. Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 1.
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