|
|
La nueva biblia política de los derechos
humanos
Los peligros del relativismo, según Janne Haaland Matlary
ROMA, miércoles, 9 enero 2008 (ZENIT.org).- En el discurso de Benedicto XVI
el 1 de diciembre en una audiencia con los participantes en el Foro de
Organizaciones no Gubernamentales de inspiración católica advertía en contra
de basar las relaciones internacionales en una lógica relativista.
Podemos ver con satisfacción, afirmaba el Papa, como un logro el
reconocimiento universal de la primacía jurídica y política de los derechos
humanos. No obstante, continuaba, el debate internacional «a menudo parece
estar marcado por una lógica relativista que considera, como única garantía
de coexistencia pacífica entre los pueblos, el negar carta de ciudadanía a
la verdad sobre el hombre y su dignidad, así como a la posibilidad de una
acción ética basada en el reconocimiento de la ley moral natural».
Si se acepta la postura relativista, advertía el pontífice, corremos el
riesgo de que las leyes y relaciones entre los estados se determinen por
factores como los intereses a corto plazo o las presiones ideológicas.
Benedicto XVI animaba a los presentes a contrarrestar la tendencia hacia el
relativismo, «presentando la gran verdad sobre la dignidad innata del hombre
y los derechos que se derivan de dicha dignidad».
La preocupación constante del Papa por los peligros del relativismo es bien
conocida. Pero no está solo en este reconocimiento del peligro que
representa en el área de los derechos humanos.
Janne Haaland Matlary, profesora de política internacional en la Universidad
de Oslo, apoya la tradición de la ley natural como la defiende la Iglesia
católica. Matlary, que fue secretaria de estado para asuntos exteriores de
Noruega desde 1997 al 2000, publicaba a principios de este año una
traducción de su colección de ensayos titulada «Ensayos sobre Democracia y
la Crisis de Racionalidad» (Gracewing).
Una nueva Biblia
Actualmente, comenta Matlary, los derechos humanos se han convertido en una
especie de nueva biblia política, pero, desgraciadamente, esta biblia suele
verse afectada por un profundo relativismo cuando se trata de valores
fundamentales.
El libro de Matlary se centra en la situación en Europa, donde, advierte, el
relativismo está llevando a intentar redefinir los derechos humanos. De
hecho, continúa, se da un presente verdaderamente paradójico, porque, de un
lado, Europa y Occidente exigen al mundo que respete los derechos humanos
pero, de otro, rehúsan definir, de forma objetiva, lo que significan estos
derechos.
Matlary explica que el énfasis contemporáneo en los derechos humanos deriva
del rechazo de los males del régimen nazi, que vio el peligro de sujetos que
obedecen órdenes de un dictador legal que son, sin embargo, contrarias a la
moralidad. La consiguiente Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948
se formuló de forma que quede claro que han de verse como innatos a cada
persona. La declaración puede considerarse, por tanto, como un documento de
derecho natural.
Hoy, sin embargo, los derechos humanos suelen considerarse como dependientes
del proceso político, continúa Matlary. Mientras la declaración de 1948
defiende el derecho a la vida, muchos estados han legalizado el aborto. De
igual forma, el texto de 1948 proclama el derecho de un hombre y una mujer a
casarse, pero existe una presión creciente en muchos países para establecer
un «derecho» al matrimonio del mismo sexo.
Otro ejemplo es la Convención de Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea
General de las Naciones Unidas en 1989. Estipula que un niño debería tener
el derecho a saber a conocer y a ser cuidado por sus padres. Sólo pocos años
después, esto se ignora al utilizar donantes anónimos para los tratamientos
de fertilización in vitro, comenta Matlary.
Causas principales
Matlary examina algunos factores que han contribuida al triunfo del
relativismo ético en Europa. Uno de estos es la secularización, que
significa olvidar las raíces cristianas del continente así como los valores
que el cristianismo ha aportado a la política y a la ley. A esto se ha
añadido la creciente inmigración de otras culturas, y la incertidumbre sobre
el concepto de tolerancia. Asimismo, la aversión al concepto de verdad
objetiva, combinada con frecuencia con una mentalidad de corrección
política, mina los intentos de definir valores comunes.
Matlary observa que ha habido también una marcada politización de los
derechos humanos, como resulta evidente de algunas conferencias organizadas
por las Naciones Unidas en los noventa, sobre temas como la demografía, la
familia y los derechos de la mujer.
El debate sobre los valores y los derechos humanos, indica Matlary, está
marcado también por un profundo subjetivismo. En muchos países la religión
ha dejado de basarse en estar adherido a una identidad institucional y se
convierte en una «religión a la carta». El subjetivismo también ha
contribuido al declive de la ideología, pero la ha reemplazado con un deseo
superficial de seguir a la última personalidad pública de moda y las
tendencias que popularizan los medios de comunicación.
Basado en la verdad
La última sección del libro de Matlary considera cómo puede presentarse la
ley natural en medio del relativismo dominante. El cristianismo juega un
papel vital en este esfuerzo, a través de sus enseñanzas en el área de la
antropología, incluyendo el fuerte énfasis que pone la Iglesia en la
dignidad humana inherente.
No podemos imponer las normas cristianas en la esfera política, reconoce
Matlary. No obstante, en muchos puntos que tienen que ver con la persona
humana y sus derechos no hay contradicción entre fe y razón. La tarea, por
tanto, no es crear estados cristianos, sino estados basados en la verdad
sobre el ser humano. Lo que necesita Europa, en consecuencia, son políticos
que estén preparados para dedicarse al bien común, según lo que es
universalmente correcto o erróneo basándose en la dignidad humana.
Matlary admite que incluso entre cristianos suele haber pluralidad legítima
en la arena política, permitiendo flexibilidad entre diversas formas de
acción. Hay, no obstante, algunos temas sobre los que no puede haber
compromiso, los que tienen que ver con la dignidad humana.
Esta sección conclusiva también considera la aportación hecha por el
Vaticano al debate sobre los derechos humanos. En un capítulo dedicado al
Papa Juan Pablo II, Matlary comentaba su cuidadosa diplomacia pública, así
como por la callada, pero eficaz, aportación hecha por los diplomáticos
vaticanos por todo el mundo.
Un ulterior capítulo examina el análisis de la racionalidad moderna hecha
por el actual Papa, en muchos de sus escritos cuando todavía era el cardenal
Joseph Ratzinger. Uno de los temas tratados por él fue la noción de libertad
humana, que muchos consideran actualmente que no tiene límites.
La falta de voluntad de limitar la autonomía personal, comenta Matlary,
descansa en última instancia en la incapacidad de definir el ser humano y lo
que es bueno y malo en cuanto a la naturaleza humana.
Razonar correctamente
Otro defecto identificado por el cardenal Ratzinger, según Matlary, es la
idea de que la racionalidad sólo está limitada al área técnica. Aceptar esto
significa que no tenemos ya noción alguna sobre cómo razonar sobre lo bueno
y lo malo, así como negar que haya un marco ético fuera del individual.
Además, el cardenal Ratzinger criticaba el concepto meramente materialista
de la racionalidad que ignora las dimensiones filosóficas y teológicas de
nuestra naturaleza, reduciendo así la idea del progreso a dimensiones
meramente técnicas y económicas, una postura todavía presente en el
pensamiento de Benedicto XVI.
Es necesario que las normas jurídicas se funden en la moralidad, que a su
vez encuentra su fundamento en la misma naturaleza, explicaba el Pontífice
en su mensaje para el Día Mundial de la Paz. Sin este sólido fundamento,
indicaba el Papa, las normas jurídicas quedarán «a merced de consensos
frágiles y provisionales» (No. 12).
«El crecimiento de la cultura jurídica en el mundo depende además del
esfuerzo por dar siempre consistencia a las normas internacionales con un
contenido profundamente humano, evitando rebajarlas a meros procedimientos
que se pueden eludir fácilmente por motivos egoístas o ideológicos» (No.
13). Un oportuno recordatorio de que el proceso político no es un amo
absoluto, sino que es necesario que se oriente por las verdades inherentes a
la naturaleza humana.
Por el padre John Flynn, L. C. Traducción de Justo Amado.
|