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Predicador del Papa: Jesús, el tesoro
escondido y
la perla preciosa
Comentario al Evangelio del XVII Domingo del tiempo ordinario
ROMA, viernes, 25 julio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del
padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la
liturgia del próximo domingo.
XVII Domingo del Tiempo Ordinario
1 Reyes 3,5.7-12; Romanos 8,28-30; Mateo 13, 44-52
El tesoro escondido y la perla preciosa
¿Qué quería decir Jesús con las dos parábolas del tesoro escondido y de la
perla preciosa? Más o menos esto: ha sonado la hora decisiva de la historia.
¡Ha llegado a la tierra el Reino de Dios! En concreto, se trata de Él, de su
venida a la tierra. El tesoro escondido, la perla preciosa no es otra cosa
que el mismo Jesús. Es como si Jesús con esas parábolas quisiera decir: la
salvación os ha llegado gratuitamente, por iniciativa de Dios, tomad la
decisión, aprovechad la oportunidad, no dejéis que se os escape. Es el
tiempo de la decisión.
Me viene a la mente lo que sucedió el día en el que acabó la segunda guerra
mundial. En la ciudad, los partisanos y los aliados abrieron los almacenes
de provisiones que había dejado el ejército alemán al retirarse. En un
instante, la noticia llegó a los pueblos del campo y todos corrieron a toda
velocidad para llevarse todas esas maravillas: alguno regresó a casa lleno
de mantas, otro con cestas de alimentos.
Creo que Jesús, con esas dos parábolas, quería crear un clima así. Quería
decir: ¡Corred mientras estáis a tiempo! Hay un tesoro que os espera
gratuitamente, una perla preciosa. No os perdáis la oportunidad. Sólo que,
en el caso de Jesús, lo que está en juego es infinitamente más serio. Se
juega el todo por el todo. El Reino es lo único que puede salvar del riesgo
supremo de la vida, que es el de perder el motivo por el que estamos en este
mundo.
Vivimos en una sociedad que vive de seguridades. La gente se asegura contra
todo. En ciertas naciones, se ha convertido en una especie de manía. Se
hacen seguros incluso contra el riesgo de mal tiempo durante vacaciones.
Entre todos, el seguro más importante y frecuente es el de la vida. Pero,
reflexionemos un momento, ¿de qué sirve este seguro y de qué nos asegura?
¿Contra la muerte? ¡Claro que no! Asegura que, en caso de muerte, alguien
reciba una indemnización. El reino de los cielos es también un seguro de
vida y contra la muerte, pero una seguro real, que beneficia no sólo al que
se queda, sino también a quien se va, al que muere. "Quien cree en mí,
aunque muera, vivirá", dice Jesús. De este modo se entiende también la
exigencia radical que plantea un "negocio" como éste: vender todo, dejarlo
todo. En otras palabras, estar dispuesto, si es necesario, a cualquier
sacrificio. Pero no para pagar el precio del tesoro y de la perla, que por
definición no tienen "precio", sino para ser dignos de ellos.
En cada una de las dos parábolas hay en realidad dos actores: uno evidente,
que va, vende, compra, y otro escondido, dado por supuesto. El autor que es
dado por supuesto es el viejo propietario que no se da cuenta de que en su
campo hay un tesoro y lo malvende al primero que se lo pide; es el hombre o
la mujer que poseía la perla preciosa, no se da cuenta de su valor y la cede
al primer mercante que pasa, quizá por una colección de perlas falsas. ¿Cómo
no ver en esto una advertencia que se nos dirige a quienes malvendemos
nuestra fe y nuestra herencia cristiana?
Ahora bien, en la parábola no se dice que "un hombre vendió todo lo que
tenía y se puso a buscar un tesoro escondido". Sabemos cómo terminan las
historias que comienzan así: uno pierde lo que tenía y no encuentra ningún
tesoro. Historias de soñadores, visionarios. No, un hombre encontró un
tesoro y por esto vendió todo lo que tenía para comprarlo. Es necesario, en
pocas palabras, haber encontrado el tesoro para tener la fuerza y la alegría
de venderlo todo.
Dejando a un lado la parábola: hay que encontrar antes a Jesús, encontrarlo
de una manera personal, nueva, convencida. Descubrirle como su amigo y
salvador. Después será un juego de niños venderlo todo. Es algo que se hará
"llenos de alegría", como el campesino del que habla el Evangelio.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]
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