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"Instrumentum Laboris" del Sínodo sobre la
Palabra de Dios
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 12 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el "Instrumentum
laboris" (Documento de trabajo) de la XII Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos sobre "La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia".
XII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA
LA PALABRA DE DIOS
EN LA VIDA Y EN LA MISIÓN
DE LA IGLESIA
INSTRUMENTUM LABORIS
PREFACIO
La Palabra de Dios por excelencia es Jesucristo, hombre y Dios. El Hijo
eterno es la Palabra que desde siempre existe en Dios, porque ella misma es
Dios: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la
Palabra era Dios» (Jn 1, 1). La Palabra revela el misterio de Dios Uno y
Trino. Desde siempre pronunciada por Dios en el amor del Espíritu Santo, la
Palabra significa diálogo, describe comunión e introduce en la profundidad
de la vida beata de la Santísima Trinidad. En Jesucristo, Verbo eterno, Dios
nos ha elegido antes de la fundación del mundo, predestinándonos a ser sus
hijos adoptivos (cf. Ef 1, 4-5). Mientras el Espíritu aleteaba sobre las
aguas y las tinieblas cubrían el abismo (cf. Gn 1, 2), Dios Padre decidió
crear el cielo y la tierra a través de la Palabra, por medio de la cual fue
hecho todo lo que existe (cf. Jn 1, 3). Por lo tanto, las huellas de la
Palabra se encuentran también en el mundo creado: «los cielos cuentan la
gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento» (Sal 18, 2). La
obra maestra de la creación es el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios
(cf. Gn 1, 26-27), capaz de entrar en diálogo con el Creador así como
también de percibir en la creación la impronta de su Autor, el Verbo
creador, y por medio del Espíritu vivir en la comunión con Aquel que es (cf.
Ex 3, 14), con el Dios vivo y verdadero (cf. Jr 10, 10).
Tal amistad fue interrumpida con el pecado de los progenitores (cf. Gn 3,
1-24) que ofuscó también el acceso a Dios por medio de la creación. Dios,
clemente y misericordioso (cf. 2 Cro 30, 9), en su bondad no abandonó a los
hombres. Eligió un pueblo en favor de todas las naciones (cf. Gen 22, 18) y
continuó hablándoles durante siglos por medio de patriarcas y profetas
elegidos para mantener viva la esperanza que ofrecía consolación también en
los acontecimientos dramáticos de la historia de salvación. Sus palabras
inspiradas se encuentran recogidas en los libros del Antiguo Testamento.
Ellas han mantenido viva la esperanza en la venida del Mesías, hijo de David
(cf. Mt 22, 42), retoño de la raíz de Jesé (cf. Is 11, 1).
Cuando luego en la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4, 4) Dios quiso revelar
a los hombres el misterio de su vida, escondido durante siglos y
generaciones (cf. Col 1, 26), el Hijo Unigénito de Dios se encarnó, «la
Palabra se hizo carne , y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14). En todo
similar a nosotros excepto en el pecado (cf. Hb 2, 17; 4, 15), el Verbo de
Dios debió expresarse en modo humano a través de palabras y gestos que se
encuentran narrados en el Nuevo Testamento y especialmente en los
Evangelios. Se trata de un lenguaje del todo similar al usado por los
hombres, excepto en el error. Con los ojos de la fe, en la fragilidad de la
naturaleza humana de Jesucristo, el creyente descubre el esplendor de su
gloria «que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn
1, 14). Analógicamente, por medio de las palabras de la Sagrada Escritura,
el cristiano es invitado a descubrir la Palabra de Dios, el resplandor del
glorioso evangelio de Cristo que es imagen de Dios (cf. 2 Co 4, 4). Se trata
de un proceso exigente, paciente y constante que supone un estudio histórico
y crítico (también diacrónico) y la aplicación de todos los posibles métodos
científicos y literarios (orientados a la comprensión sincrónica) a los
cuales está sometida toda investigación sobre escritos de los hombres.
Iluminados por el Espíritu Santo, don del Señor resucitado, y bajo la guía
del Magisterio, los fieles escrutan las Escrituras y se acercan a su pleno
significado encontrando la Palabra de Dios, la persona del Señor Jesús,
aquel que tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68).
Por lo tanto el tema de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos, La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, podía
ser entendido en sentido cristológico: Jesucristo en la vida y en la misión
de la Iglesia. El enfoque cristológico está necesariamente acompañado por el
pneumatológico y ambos, conjuntamente, llevan al descubrimiento de la
dimensión trinitaria de la revelación. Esta lectura asegura, por una parte,
la unidad de la revelación en cuanto el Señor Jesús, Palabra de Dios, reúne
todas las palabras y los gestos trasmitidos por la Sagrada Escritura, a
través de autores inspirados, y fielmente custodiados en la Tradición. Esto
vale no solo para el Nuevo Testamento, que narra y proclama el misterio de
la muerte, de la resurrección y de la presencia del Señor Jesús en medio a
la Iglesia, comunidad de sus discípulos convocados para celebrar los santos
misterios. Ellos, permitiendo que la gracia destruya el pecado (cf. Rm 6,
6), buscan conformarse a su Maestro para que en cada uno de ellos pueda
vivir Cristo (cf. Ga 2, 20). Esta lectura se refiere igualmente al Antiguo
Testamento, el cual también, según la palabra de Jesús, le da testimonio
(cf. Jn 5, 39; Lc 24, 27). Por otra parte, la lectura cristológica de la
Escritura, junto con la pneumatológica, permite la ascensión de la letra al
espíritu, de las palabras a la Palabra de Dios. En efecto, las palabras no
pocas veces esconden el verdadero significado, precisamente de los géneros
literarios, de la cultura de los escritores inspirados, del modo de concebir
el mundo y sus leyes. Por lo tanto, es necesario redescubrir en la
multiplicidad de las palabras la unidad de la Palabra de Dios, que después
de un camino arduo pero inevitable resplandece con un esplendor inesperado
que supera en larga medida la fatiga de la búsqueda.
Este doble y complementario acceso a la Palabra de Dios es asumido por el
Instrumentum laboris, documento de trabajo de la próxima Asamblea sinodal.
Él es el resultado de las respuestas a los Lineamenta, documento de
reflexión de parte de los Sínodos de las Iglesias Orientales Católicas sui
iuris, de las Conferencias Episcopales, de los Dicasterios de la Curia
Romana, de la Unión de los Superiores Generales, así como también de
personas que han querido aportar sus contribuciones a la reflexión eclesial
sobre tan importante argumento. La reflexión ha sido guiada por el Santo
Padre Benedicto XVI, Pastor universal de la Iglesia, quien se ha referido en
numerosas ocasiones al tema del sínodo, con la esperanza, entre otras cosas,
que a partir del redescubrimiento de la Palabra de Dios, que es siempre
actual y no envejece jamás, la Iglesia pueda rejuvenecerse y conocer una
nueve primavera. De esta manera ella podrá desarrollar con renovado
dinamismo su misión de evangelización y de promoción humana en el mundo
contemporáneo, que tiene sed de Dios y de su palabra de fe, de esperanza y
de caridad.
El texto del Instrumentum laboris contiene un mosaico en el cual prevalecen
aspectos positivos en lo que se refiere la consciencia difundida de la
importancia de la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia.
Se señalan también aspectos que deberían ser mejorados e integrados, sobre
todo en relación a un mayor acceso a la Escritura y una mejor comprensión
eclesial de la misma, que no podrán no desembocar en un renovado celo
apostólico y pastoral, en el anuncio de la Buena Noticia a los que están
cerca y a los lejanos, y en la animación de las realidades terrenas,
contribuyendo a la construcción de un mundo más justo y pacífico.
Se espera que el Instrumentum laboris, redactado por el XI Consejo Ordinario
de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, con la ayuda de algunos
expertos, pueda representar un válido documento de reflexión sinodal. Dicho
documento podrá guiar a los padres sinodales en la vía descendente y
ascendente en el redescubrimiento de la Palabra de Dios, es decir, de
Jesucristo, hombre y Dios. Esto sucede en modo particular en las
celebraciones litúrgicas que alcanzan su punto culminante en la Eucaristía,
donde la palabra demuestra su milagrosa eficacia. En efecto, por expresa
voluntad de Jesucristo «haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19), las
palabras pronunciadas por el sacerdote in persona Christi capitis: «Tomad,
este es mi cuerpo» (Mc 14, 22), «esta es mi sangre» (Mc 14, 24) transforman,
por la acción del Espíritu Santo, donado por el Padre, el pan en el cuerpo y
el vino en la sangre del Señor resucitado. De esta perpetua fuente de gracia
y de caridad, la Iglesia recibe constantemente la linfa vital y el arrojo
para su misión en el mundo contemporáneo, cuyos habitantes están llamados a
descubrir en la persona de Jesucristo la Palabra de Dios que es «el Camino,
la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6) para cada uno y para toda la humanidad.
Nikola Eterović
Arzobispo titular de Sisak
Secretario General
Vaticano, en la Solemnidad de Pentecostés, 11 de mayo de 2008
INTRODUCCIÓN
«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto
con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la
Palabra de vida, - pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y
damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y
que se nos manifestó - lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que
también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en
comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que
nuestro gozo sea completo» (1 Jn 1, 1-4).
I. Un anuncio esperado y bien recibido
Duodécima Asamblea General Ordinaria del Sínodo
1. La próxima XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que
se celebrará desde el 5 al 26 de octubre de 2008, tiene como tema La Palabra
de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. El argumento elegido por Su
Santidad Benedicto XVI el 6 de octubre de 2006, ha sido acogido con amplio
consenso de parte del Episcopado y del pueblo de Dios. En vista de la
preparación específica han sido preparados los Lineamenta, con la intensión
de reflexionar, a la luz del Concilio Ecuménico Vaticano II, sobre la
experiencia actual de la Iglesia respecto de la Palabra en la variedad de
las tradiciones y de los ritos, con referencia a las motivaciones de la fe y
estimulando una reflexión articulada sobre diversos aspectos del encuentro
con la Palabra de Dios.
En relación a los Lineamenta y al relativo Cuestionario han llegado
respuestas de las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, de las
Conferencias Episcopales, de los Dicasterios de la Curia Romana y de la
Unión de los Superiores Generales, y observaciones de parte de Obispos,
sacerdotes, personas consagradas, teólogos y fieles laicos. Puede afirmarse
que la participación ha sido grande y diligente de parte de las Iglesias
particulares en todos los continentes, testimoniando que verdaderamente la
Palabra de Dios se extiende en todo el mundo. Las diversas opiniones han
sido recogidas y oportunamente sintetizadas en este Instrumentum laboris.
II. El Instrumentum laboris y su uso
Puntos de referencia
2. La escucha obediente de la Palabra de Dios es reafirmada en comunión con
toda la Tradición de la Iglesia, en modo particular con el Concilio Vaticano
II, y más precisamente con la Constitución Dogmática sobre la Divina
Revelación Dei Verbum (DV), en sintonía con los otros documentos
conciliares, principalmente con las Constituciones Dogmáticas sobre la
Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (SC) y sobre la Iglesia Lumen
gentium (LG), y con la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo
contemporáneo Gaudium et spes (GS)[1]. Están directamente relacionadas con
el tema sinodal las dos Notas de la Pontificia Comisión Bíblica, La
interpretación de la Biblia en la Iglesia y El pueblo judío y sus Escrituras
Sagradas en la Biblia cristiana. Se agregan, con la propia autoridad, el
Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del mismo, así como también
el Directorio General para la Catequesis.
Una especial atención debe darse al magisterio sobre la Palabra de Dios de
parte de los Papas Pío XII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, así
como a los documentos de los Dicasterios de la Curia Romana en estos
cuarenta años post-conciliares. También existen textos sobre la Palabra de
Dios en las Iglesias particulares y en otros organismos eclesiales
continentales, regionales y nacionales. Pero el Sínodo tiene otros dos
puntos de referencia. El primero está dado por el precedente Sínodo sobre la
Eucaristía, a la cual la Palabra de Dios se une constituyendo una única mesa
del Pan de vida (cf. DV 21). También hay otro importante evento de gracia
que anima los trabajos del Sínodo: éste, en efecto, se desarrolla durante el
Año Paulino, en la viva memoria del Apóstol que fue testigo de la Palabra de
Dios y anunciador ejemplar de la misma, maestro permanente en la Iglesia.
Expectativas comunes
3. Los aportes de los Pastores se denotan muchos puntos en común que
expresan lo que se espera del Sínodo. Entre los aspectos comunes emergen:
- la necesidad del primado que debe darse a la Palabra de Dios en la vida y
en la misión de la Iglesia, pero al mismo tiempo se exige el coraje y la
creatividad de una pedagogía de la comunicación adaptada al tiempo presente
(cultura, contextos de vida actuales, comunicación); - el estímulo a
reconocer que la Palabra de Dios es Jesucristo y que esto implica una
lectura de toda la Biblia considerada en su misterio, en modo privilegiado
en la celebración litúrgica y en particular en la Eucaristía dominical; - la
proclamación que el Espíritu Santo conduce a la comprensión completa de la
Palabra de Dios, dándonos la capacidad de entenderla y animando la lectura
de la Biblia en la Iglesia, en su Tradición viviente de anuncio y de
caridad, de manera que la escucha de la Palabra de Dios y cada lectura de la
Biblia implica la pertenencia a la comunidad de la Iglesia con actitud de
comunión y servicio; - la certeza que la Biblia es revelación de la Palabra
de Dios, aún con tantas dificultades de comprensión, especialmente del
Antiguo Testamento; - el gran deseo de los fieles de escuchar la Palabra de
Dios, a la cual se responde con notables iniciativas pastorales, pero se
advierte también la necesidad urgente de superar la indiferencia, la
ignorancia y la confusión sobre las verdades de la fe acerca de la Palabra
de Dios, falta de preparación, carencia de subsidios bíblicos; - la
necesidad de una pastoral bíblica, pero también de una animación bíblica de
la entera pastoral, que comprenda la enseñanza de todas las verdades de la
fe; - la necesaria comunión en la fe y la práctica de la Palabra de Dios,
pero al mismo tiempo se pide que cada una de las Iglesias particulares asuma
el deber de acoger la Palabra en relación a la propia situación peculiar; -
las diferentes visiones de la Biblia en la Tradición latina y en la
Tradición oriental, relevando que es necesario que oportunamente tales
puntos de vista sean dados a conocer y sean considerados como riquezas; - la
competencia y la responsabilidad de los Pastores en relación al anuncio de
la Palabra de Dios, que exige de parte de ellos una continua actualización
formativa; - la urgencia que el laicado no sea solo un sujeto pasivo, sino
que se transforme tanto en receptor de la Palabra de Dios como en anunciador
debidamente preparado, sostenido por la comunidad; - la certeza que Dios
dirige su Palabra de salvación a cada hombre, a partir de los más pobres y
por lo tanto Él quiere que su Palabra sea llevada en la misión, es decir que
sea dada a conocer a todos los pueblos como Buena Noticia de liberación, de
consolación y de salvación, buscando el diálogo dentro de las Iglesias y de
las comunidades cristianas y con las otras religiones, más aún, con las
diversas culturas, sin olvidar las numerosas semillas de verdad depositadas
en ellas por la providencia de Dios.
La finalidad del Sínodo
4. El objetivo primario del Sínodo es dedicarse al tema de la Palabra con la
cual «Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1, 17) movido de amor, habla a
los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf.
Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía» (DV 2). Esto implica
la escucha y el amor a la Palabra del Señor, que está en consonancia con la
vida concreta de las personas de nuestro tiempo. La Palabra de Dios
determina una vocación, crea comunión, manda en misión, para que lo que se
ha recibido para sí se transforme en un don para los otros. Se trata, por lo
tanto, de una finalidad eminentemente pastoral y misionera: profundizar las
razones doctrinales y dejarse iluminar por tales razones significa extender
y reforzar la práctica del encuentro con la Palabra de Dios como fuente de
vida en los diversos ámbitos de la experiencia y así, a través de caminos
adecuados y fáciles, poder escuchar a Dios y hablar con Él.
a) Concretamente, el Sínodo se propone, entre sus objetivos, clarificar
mayormente aquellos aspectos fundamentales de la verdad sobre la Revelación,
como: la Palabra de Dios, la fe, la Tradición, la Biblia, el Magisterio, que
garantizan y mueven a un válido y eficaz camino de fe; la estimulación del
amor profundo por la Sagrada Escritura, pues «los fieles han de tener fácil
acceso» a ella (cf. DV 22), relevando la unidad entre el pan de la Palabra y
del Cuerpo de Cristo, para nutrir plenamente la vida de los cristianos[2].
Además, es necesario recordar la indisoluble y recíproca interrelación entre
Palabra de Dios y liturgia; estimular en todos los ambientes la práctica de
la Lectio Divina, debidamente adaptada a las diversas circunstancias;
ofrecer al mundo de los pobres una palabra de consolación y de esperanza.
Este Sínodo, en consecuencia, se propone cooperar a un correcto ejercicio
hermenéutico de la Escritura, orientando bien el necesario proceso de
evangelización y de inculturación; desea promover el diálogo ecuménico,
estrechamente vinculado a la escucha de la Palabra de Dios; quiere favorecer
el diálogo judaico-cristiano, más ampliamente el diálogo interreligioso y
intercultural.
b) Un deseo de muchos Pastores es que la contribución final del Sínodo no
sea sólo informativa, sino que llegue a la vida, provoque aquella
participación, según la cual la Palabra de Dios se hace viva, eficaz,
penetrante (cf. Hb 4, 12) a través de un lenguaje esencial y comprensible a
la gente. A este propósito conviene tener presente que los términos Biblia,
Sagrada Escritura, Libro Sagrado tienen el mismo significado y del contexto
se comprenderá cuándo la expresión "Palabra de Dios" asume el sentido de
"Sagrada Escritura".
PREMISA
Itinerario histórico
"Signos de los tiempos". Después de cuarenta años del Concilio
«La Palabra de Dios siga propagándose y adquiriendo gloria» (2 Ts 3, 1)
Una buena época de frutos
5. La Palabra de Dios ha producido varios resultados positivos en la
comunidad cristiana. En el plano objetivo y general emergen estos aspectos:
- la sustancial renovación bíblica en el ámbito litúrgico, catequístico y,
fundamentalmente, exegético y teológico; - la práctica incipiente pero
fructuosa de la Lectio Divina con modalidades diversas; - la difusión del
Libro Sagrado a través del apostolado bíblico y del esfuerzo de las
comunidades, grupos y movimientos eclesiales; - el número siempre mayor de
nuevos lectores y ministros de la Palabra de Dios; - la disponibilidad
creciente de instrumentos y subsidios de la comunicación actual; - el
interés por la Biblia en ámbito cultural.
Dudas y preguntas
6. Pero otros aspectos permanecen todavía abiertos y problemáticos. Siempre
en un plano objetivo de datos se registran un poco en todas partes en las
Iglesias locales las siguientes lagunas:
- la Dei Verbum come tal es poco conocida; - se constata una mayor
familiaridad con la Biblia, pero no un suficiente conocimiento de todo el
depósito de la fe al cual pertenece la Biblia; - en lo que ser refiere al
Antiguo Testamento es conocida la dificultad de comprensión y de recepción
con el riesgo de un uso incorrecto; - la praxis litúrgica respecto de la
Palabra de Dios en la Misa a menudo no es satisfactoria; - un aspecto
delicado y problemático es la relación entre Biblia y ciencia en la
interpretación del mundo y de la vida humana; - en todo caso se verifica un
cierto desapego de los fieles con respecto a la Biblia, cuya consultación no
puede decirse que constituya una experiencia generalizada; - se señala la
necesidad de considerar el estrecho vínculo entre enseñanzas morales y
Sagrada Escritura, en su totalidad, haciendo referencia en particular a los
Diez Mandamientos, al precepto del amor a Dios y al prójimo, así como
también al discurso de la Montaña y a la enseñanza paulina sobre la vida en
el Espíritu; - se debe agregar, finalmente, una doble pobreza: en cuanto a
los medios materiales en la difusión de la Biblia y en cuanto a las formas
de comunicación que resultan a menudo inadecuadas.
Una condición de fe variada y exigente
7. Dirigiendo una mirada a la condición de fe dentro de este panorama de
luces y sombras, de las contribuciones de los Pastores se evidencian
notables puntos de reflexión, que pueden ser agrupados en tres niveles:
personal, comunitario y social.
a. A nivel de las personas. Es necesario tener en cuenta que muchos fieles
dudan de abrir la Biblia por varias razones, especialmente porque piensan
que es un Libro difícil de comprender. En tantos cristianos el deseo intenso
de escuchar la Palabra de Dios se realiza en una experiencia más emotiva que
convencida, a causa del escaso conocimiento de la doctrina. Esta fractura
entre la verdad de fe y la experiencia de vida se advierte sobre todo en el
encuentro litúrgico con la Palabra de Dios. A esto se agrega una cierta
separación de los estudiosos con respecto a los Pastores y a la gente simple
de las comunidades cristianas. En segundo lugar se debe reconocer que la
relación directa con la Escritura es vivida por muchos de manera inicial. A
este respecto, un peculiar testimonio es dado por los movimientos, mientras
un papel importante es reconocido a las personas consagradas.
b. A nivel comunitario. No debe olvidarse que, si bien la Palabra de Dios
tiene oyentes apasionados en todo el mundo, son significativas las
diferencias dentro de la Iglesia. Se podría afirmar que en las Iglesias
locales de origen más reciente o en situación de minoría numérica el uso de
la Biblia entre los fieles es más amplio que en otros lugares. Además, son
diversas las formas de aproximación según los contextos, de tal manera que
hoy podemos hablar de un modo de acercarse a la Biblia diferenciado en
Europa, en África, en América, en Oceanía. Luego, permanece siempre la
diferencia complementaria del uso de la Palabra de Dios en las Iglesias
latina y oriental y en relación a las otras Iglesias y comunidades
eclesiales.
c. A nivel social. El proceso de globalización, extendiéndose rápidamente,
involucra también a la Iglesia. Tres factores, ampliamente citados en las
respuestas, definen el contexto del encuentro con la Sagrada Escritura:
- la secularización que determina una condición de vida fácilmente expuesta
a la deriva del secularismo consumístico, al relativismo y a la indiferencia
religiosa, especialmente en las jóvenes generaciones; - el pluralismo
religioso y cultural con el surgimiento de formas gnósticas y esotéricas en
la interpretación de las Sagrada Escritura y de grupos religiosos aislados
en el interior de la Iglesia Católica. Se desarrollan, además, contrastes no
fáciles y conflictos dolorosos, especialmente para minorías cristianas en
ámbito no cristiano a propósito del uso de la Biblia; - la aspiración muy
sentida de expresar la Palabra de Dios como liberación de la persona de
condiciones inhumanas y como consuelo concreto para los pobres y para los
que sufren.
En el contexto de la nueva evangelización, la transmisión de la fe debe
conjugarse con el descubrimiento en profundidad de la Palabra de Dios. Es
deseable que la Palabra de Dios sea presentada como el sostén de la fe de la
Iglesia a través de los siglos.
La estructura del Instrumentum laboris
8. La estructura se articula en tres partes: la primera parte se concentra
sobre la identidad de la Palabra de Dios según la fe de la Iglesia; la
segunda parte considera la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia; la
tercera parte reflexiona sobre la Palabra de Dios en la misión de la
Iglesia.
Cada parte está dividida en capítulos que hacen más fluida y clara la
lectura. En síntesis, el Sínodo desea meditar, proponer y agradecer este
misterio grande de la Palabra de Dios, que su don supremo.
PRIMERA PARTE
EL MISTERIO DE DIOS QUE NOS HABLA
«Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres
por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio
del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el
universo» (Hb 1, 1-2).
De las contribuciones de los Pastores se evidencian algunos temas teológicos
significativos para la acción pastoral, como la identidad de la Palabra de
Dios; el misterio de Cristo y de la Iglesia, centro de la Palabra de Dios;
la Biblia como Palabra inspirada y su verdad; la interpretación de la Biblia
según la fe de la Iglesia; la debida actitud en la escucha de la Palabra de
Dios.
CAPÍTULO PRIMERO
A. Dios, Aquel que nos habla. Identidad de la Palabra de Dios
«Dios [...] habla a los hombres como a amigos» (DV 2)
La Dei Verbum propone una teología dialógica de la revelación. En este
diálogo hay tres aspectos estrechamente vinculados: la amplitud de
significado que en la Revelación divina asume el término "Palabra de Dios";
el misterio de Cristo, expresión plena y perfecta de la Palabra de Dios; el
misterio de la Iglesia, sacramento de la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios como un canto a varias voces
9. La Palabra de Dios es como un canto a varias voces, en cuanto Dios la
pronuncia en muchas formas y en diversos modos (cf. Hb 1, 1), dentro de una
larga historia y con diversidad de anunciadores, pero donde aparece una
jerarquía de significados y de funciones.
a. La Palabra de Dios tiene su patria en la Trinidad, de la cual proviene,
por la cual es sostenida y a la cual retorna, testimonio permanente del amor
del Padre, de la obra de salvación del Hijo Jesucristo, de la acción fecunda
del Espíritu Santo. A la luz de la Revelación, la Palabra es el Verbo eterno
de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Padre,
fundamento de la comunicación intratrinitaria y ad extra: «En el principio
existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella
no se hizo nada» (Jn 1, 1-3; cf. Col 1, 16).
b. Por lo tanto, el mundo creado narra la gloria de Dios (cf. Sal 19, 1). Al
inicio del tiempo, con su Palabra Dios crea el cosmos (cf. Gn 1, 1),
poniendo en la creación un sello de su sabiduría, por lo cual todo hace
resonar su voz (cf. Si 46, 17; Sal 68, 34). Es la persona humana en
particular, en cuanto creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26),
que permanece para siempre como signo inviolable e intérprete inteligente de
su Palabra. De la Palabra de Dios, en efecto, la persona recibe la capacidad
de entrar en diálogo con Él y con la creación. De este modo, Dios ha hecho
de toda la creación, y de la persona in primis, «un testimonio perenne de sí
mismo» (DV 3). Dado que «todo fue creado por él y para él [...] y todo tiene
en él su consistencia» (Col 1, 16-17), «"semillas de la Palabra" (AG 11.15),
"destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres" (NA 2) [...] se
encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la
humanidad»[3].
c. «La Palabra se hizo carne» (Jn 1, 14): Palabra de Dios, última y
definitiva es Jesucristo, su persona, su misión, su historia, íntimamente
unidas, según el plan del Padre, que culmina en la Pascua y que se cumple
cuando Jesús entrega el Reino al Padre (cf. 1 Cor 15, 24). Él es el
Evangelio de Dios para cada persona humana (cf. Mc 1, 1).
d. En vista de la Palabra de Dios que es el Hijo encarnado, el Padre habló
en tiempos antiguos por medio de los profetas (cf. Hb 1, 1) y a través del
Espíritu los Apóstoles continúan el anuncio de Jesús y de su Evangelio. Así
la Palabra de Dios se expresa con palabras humanas en el anuncio de los
profetas y de los Apóstoles.
e. La Sagrada Escritura, fijando por divina inspiración los contenidos
revelados, atestigua, de manera auténtica, que ella es verdaderamente
Palabra de Dios (cf. DV 24), del todo orientada a Jesús, porque «ellas [las
Escrituras] son las que dan testimonio de mí» (Jn 5, 39). Por el carisma de
la inspiración los libros de la Sagrada Escritura tienen una fuerza de
llamada directa y concreta, que no tienen otros textos o intervenciones
humanas.
f. Pero la Palabra de Dios no queda encerrada en la escritura. Si bien la
Revelación se ha concluido con la muerte del último apóstol (cf. DV 4), la
Palabra revelada continúa siendo anunciada y escuchada en la historia de la
Iglesia, que se compromete a proclamarla al mundo entero para responder a su
necesidad de salvación. Así, la Palabra continúa su curso en la predicación
viva, que abraza las diversas formas de evangelización, entre las cuales
sobresalen el anuncio y la catequesis, la celebración litúrgica y el
servicio de la caridad. La predicación, en este sentido, con la fuerza del
Espíritu Santo, es Palabra del Dios vivo comunicada a personas vivas.
g. Entran en el ámbito de la Palabra de Dios, como el fruto de las raíces,
las verdades de fe de la Iglesia en campo dogmático y moral.
De este cuadro se puede comprender que cuando se anuncia en la fe la
revelación de Dios se cumple un evento revelador, que se puede llamar
verdaderamente Palabra de Dios en la Iglesia.
Incidencias pastorales
10. Aquí se recuerdan tantas incidencias pastorales, con las cuales se
relacionan muchas respuestas provenientes de las Iglesias particulares.
- A la Palabra de Dios se le reconocen todas las cualidades de una verdadera
comunicación interpersonal, en la Biblia frecuentemente designada como
diálogo de alianza, en el cual Dios y la persona hablan como miembros de la
misma familia.
- En esta visión la religión cristiana no se puede definir "religión del
Libro" en términos absolutos, en cuanto el Libro inspirado pertenece
vitalmente a todo el cuerpo de la Revelación [4].
- El mundo creado es manifestación de la Palabra de Dios y la vida y la
historia humana la contienen como en germen. En esta óptica emergen
cuestiones, hoy relevantes, recordadas en muchos aportes de Pastores sobre
la ley natural, sobre el origen del mundo, sobre la cuestión ecológica.
- Conviene ciertamente retomar la hermosa noción de "historia de la
salvación" (historia salutis), tan apreciada por los Padres de la Iglesia y
transformada tradicionalmente en "Historia sagrada". Es necesario hacer
comprender todo lo que implica la "religión del Verbo encarnado", es decir
la Palabra de Dios que no se cristaliza en fórmulas abstractas y estáticas,
sino que conoce una historia dinámica hecha de personas y de
acontecimientos, de palabras y de acciones, de progresos y tensiones, como
aparece claramente en la Biblia. La historia salutis, concluida en lo que se
refiere a la fase constitutiva, continúa su eficacia ahora en el tiempo de
la Iglesia.
- La totalidad de la Palabra de Dios está asegurada por todos los actos que
la expresan, según el papel de cada uno. Resulta espontáneo pensar, a causa
de su misma fuerza, que la Sagrada Escritura es el ámbito vital de la
Iglesia. Por otra parte, es necesario que todos los momentos del ministerio
de la Palabra de Dios estén en recíproca y armónica interacción. Entre estos
signos tienen un papel fundamental el anuncio, la catequesis, la liturgia y
la diaconía.
- Será deber de los Pastores ayudar a los fieles a tener esta visión
armónica de la Palabra, evitando formas erróneas, reductivas o ambiguas de
comprensión, capacitándolos para ser atentos oyentes de la Palabra, donde
sea que resuene, y estimulándolos a gustar también las palabras más simples
de la Biblia.
B. En el Centro, el Misterio de Cristo y de la Iglesia
«En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 2)
En el corazón de la Palabra de Dios, el misterio de Cristo
11. Los cristianos en general advierten la centralidad de la persona de
Jesucristo en la Revelación de Dios. Pero no siempre saben apreciar las
razones de tal importancia, ni entienden en qué sentido Jesús es el corazón
de la Palabra de Dios y, por lo tanto, también tienen dificultad para leer
cristianamente la Biblia. A esto se refieren casi todas las respuestas de
los Organismos consultados, impulsados por la doble preocupación de evitar
los equívocos de una lectura superficial y fragmentada de la Escritura, pero
sobre todo de indicar el camino seguro para entrar en el Reino de Dios y
heredar la vida eterna. En efecto, «ésta es la vida eterna: que te conozcan
a ti, el único Dios verdadero, y al que tu has enviado, Jesucristo» (Jn 17,
3). Esta relación sustancial entre la Palabra de Dios y el misterio de
Cristo se configura, de este modo, en la Revelación como anuncio y en la
historia de la Iglesia como profundización inagotable.
Respecto a la mencionada relación se citan solamente algunas referencias
teológicas esenciales de evidente incidencia pastoral.
- Siempre a la luz de la Dei Verbum, se recuerda que Dios ha realizado un
plan completamente gratuito: «envió a su Hijo, [...] para que habitara entre
los hombres y les contara la intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18). Jesucristo,
Palabra hecha carne [...] "habla las palabras de Dios" (Jn 3, 34) y realiza
la obra de salvación que el Padre le encomendó (cf. Jn 5, 36; 17, 4)» (DV
4). De este modo, Jesús en su vida terrena, y ahora en su vida celeste,
asume y realiza todo el fin, el sentido, la historia y el proyecto de la
Palabra de Dios porque, como afirma San Ireneo, Cristo « nos ha traído la
gran novedad viniendo él mismo hacia nosotros»[5].
- El proyecto de Dios prevé una historia en la revelación. Como afirma el
autor de la Carta a los Hebreos: «Muchas veces y de muchas maneras habló
Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos
últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 1-2). Quiere decir
que en Jesús la Palabra de Dios asume los significados que Él ha dado a su
misión: tiene como finalidad hacer entrar en el Reino de Dios (cf. Mt 13,
1-9); se manifiesta en sus palabras y obras; expresa la fuerza en los
milagros; tiene el objetivo de animar la misión de los discípulos,
sosteniéndolos en el amor a Dios y al prójimo y en la cura de los pobres;
revela su plena verdad en el misterio pascual, en la espera del
desvelamiento total; y ahora guía la vida de la Iglesia en el tiempo.
- Pero también es verdad que la Palabra de Dios deber ser comprendida, como
Él mismo decía, según las Escrituras (cf. Lc 24, 44-49), es decir, en la
historia del pueblo de Dios del Antiguo Testamento, que lo ha esperado como
Mesías, y ahora en la historia de la comunidad cristiana, que lo anuncia con
la predicación, lo medita con la Biblia y experimenta su amistad y su guía.
San Bernardo afirma que en el plan de la Encarnación de la Palabra, Cristo
es el centro de todas las Escrituras. La Palabra de Dios, ya audible en la
primera alianza, se hizo visible en Cristo[6].
- No puede olvidarse que «todo fue creado por él y para él» (Col 1, 16).
Jesús asume una centralidad cósmica, es el rey del universo, Aquel que da el
último sentido a toda la realidad. Si la Palabra de Dios es como un canto a
varias voces, su clave de interpretación, por la inspiración del Espíritu
Santo, es Cristo en la globalidad de su misterio. «La Palabra de Dios, que
estaba en el principio junto a Dios, no es, en su plenitud, una multitud de
palabras; ella no es muchas palabras, sino una sola Palabra que abraza un
gran número de ideas de las cuales cada una es una parte de la Palabra en su
totalidad [...]. Si Cristo nos indica las "Escrituras", como aquellas que
dan testimonio de Él, es porque considera los libros de la Escritura como un
único rollo, puesto que todo lo que ha sido escrito de Él está recapitulado
en un todo único»[7].
En el corazón de la Palabra de Dios, el misterio de la Iglesia
12. La Iglesia en cuanto misterio del Cuerpo de Jesús encuentra en la
Palabra el anuncio de su identidad, la gracia de su conversión, el mandato
de su misión, la fuente de su profecía y la razón de su esperanza. Ella está
interiormente constituida por el diálogo con el Esposo y es hecha
destinataria y testigo privilegiado de la Palabra amorosa y salvadora de
Dios. Pertenecer cada vez más a este "misterio" que constituye la Iglesia es
la consecuencia lógica de la escucha de la Palabra de Dios, por ello el
encuentro continuo con ella es causa de renovación y fuente de «una nueva
primavera espiritual»[8].
Por otra parte, la viva consciencia de pertenecer a la Iglesia, Cuerpo de
Cristo, será efectiva en la medida en que se puedan articular en manera
coherente las diversas relaciones con la Palabra de Dios: una Palabra
anunciada, una Palabra meditada y estudiada, una Palabra rezada y celebrada,
una Palabra vivida y propagada. Por esta razón en la Iglesia la Palabra de
Dios no es un depósito inerte, sino que es regla suprema de la fe y potencia
de vida, progresa con la ayuda del Espíritu Santo y crece con la
contemplación y el estudio de los creyentes, la experiencia personal de vida
espiritual y la predicación de los Obispos (cf. DV 8; 21). Lo atestiguan en
particular, los hombres de Dios, que han vivido la Palabra[9]. Es evidente
que la primera misión de la Iglesia es transmitir la Palabra divina a todos
los hombres. La historia atestigua que ello ha tenido lugar y continúa
sucediendo hoy, después de tantos siglos, entre obstáculos, pero con fecunda
vitalidad.
Objeto de permanente reflexión y de fiel aplicación son las palabras
iniciales de la Dei Verbum: «La Palabra de Dios la escucha con devoción y la
proclama con valentía el Santo Concilio» (DV 1). Estas palabras resumen en
sí la esencia de la Iglesia en su doble dimensión de escucha y de
proclamación de la Palabra de Dios. No cabe ninguna duda: a la Palabra de
Dios corresponde el primer lugar. Solamente a través de ella podemos
comprender la Iglesia. Ella se define como Iglesia que escucha. Es en la
medida en que escucha que ella puede ser también Iglesia que proclama.
Afirma el Santo Padre Benedicto XVI: «La Iglesia no vive de sí misma, sino
del Evangelio, y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para
su camino»[10].
Incidencias pastorales
13. La comunidad cristiana se siente engendrada y renovada por la Palabra de
Dios para descubrir el rostro de Cristo. La afirmación de San Jerónimo es
clara y perentoria: «Ignoratio enim Scripturarum, ignoratio Christi est»[11]
(quien desconoce las Escrituras no conoce a Cristo). Aquí se recuerdan
algunas urgencias pastorales que emergen de las respuestas a los Lineamenta:
- desarrollar líneas orgánicas de reflexión sobre la relación de Jesús con
la Sagrada Escritura, sobre cómo Él la lee y cómo ella ayuda a comprenderlo;
- presentar de manera simple los criterios de lectura cristiana de la
Biblia, resolviendo en esa óptica elementos difíciles del Antiguo
Testamento;
- ayudar a los fieles a reconocer en la Iglesia, guiada por el Magisterio,
el lugar vital y continuo del anuncio de la Palabra de Dios;
- instruir a aquellos cristianos que dicen que no leen la Biblia porque
prefieren establecer con Jesús una relación directa y personal;
- gracias a la realidad de Jesús, Señor resucitado y presente en los signos
sacramentales, la liturgia ha de ser considerada como lugar primario del
encuentro con la Palabra de Dios;
- en la comunicación catequística, no se ha de olvidar que los Evangelios
deben ser elegidos como lectura prioritaria, pero al mismo tiempo deben ser
leídos en relación a los otros libros del Antiguo Testamento y del Nuevo
Testamento y con los documentos del Magisterio de la Iglesia.
CAPÍTULO SEGUNDO
A. La Biblia como Palabra de Dios inspirada y su verdad
«La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura,
como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo» (DV 21)
Las preguntas
14. Según los Pastores uno de los problemas más importantes es la relación
de la Sagrada Escritura con la Palabra de Dios, en particular su inspiración
y su verdad. Se distinguen tres niveles de preguntas:
- algunas cuestiones son relativas a la naturaleza de la Biblia: qué se
entiende por inspiración o por canon, qué tipo de verdad corresponde a la
Escritura y cómo se ha de entender su historicidad; - otras preguntas se
refieren a la relación de la Escritura con la Tradición y el Magisterio; -
otras cuestiones tocan las páginas difíciles de la Biblia, especialmente del
Antiguo Testamento. A estas últimas cuestiones se hará referencia al tratar
sobre la Palabra de Dios en la catequesis.
La Sagrada Escritura, Palabra de Dios inspirada
15. Muchas respuestas a los Lineamenta señalan cuestiones relativas al modo
de explicar a los fieles el carisma de la inspiración y de la verdad de las
Escrituras. A este propósito es necesario, ante todo, precisar la relación
entre la Biblia y la Palabra de Dios; aclarar la acción del Espíritu Santo;
especificar algunos puntos sobre la identidad de la Biblia.
a. Se ha de reconocer la relación de distinción y comunión entre la Biblia y
la Palabra de Dios. Es la misma Biblia que atestigua la no coincidencia
material entre Palabra de Dios y Escritura. La Palabra de Dios es una
realidad viva, eficaz (cf. Hb 4, 12-13), eterna (cf. Is 40, 8),
«omnipotente» (Sb 18, 15), creadora (cf. Gn 1, 3ss.) e instauradora de
historia. En el Nuevo Testamento esta Palabra es el mismo Hijo de Dios, el
Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 1ss.; Hb 1, 2). La Escritura, en cambio, es
testimonio de esta relación entre Dios y el hombre, la ilumina y la orienta
de manera cierta. Por lo tanto, la Palabra de Dios, excede el Libro, y
alcanza al hombre también a través de la vía de la Iglesia, Tradición
viviente. Esto implica la superación de una interpretación subjetiva y
cerrada de la Escritura, por lo cual ella ha de ser leída dentro de un
proceso de la Palabra de Dios más amplio, y sobre todo inagotable, como
demuestra el hecho que la Palabra continúa alimentando la vida de
generaciones en tiempos siempre nuevos y diversos. La comunidad cristiana
es, por lo tanto, el sujeto de trasmisión de la Palabra de Dios, y al mismo
tiempo es sujeto privilegiado para comprender el sentido profundo de la
Sagrada Escritura, el progreso de la fe y el desarrollo del dogma. A raíz de
esta prerrogativa, que es propia de la Iglesia, ella desde el comienzo ha
manifestado una veneración por los libros bíblicos y ha establecido, por
regla o canon de la fe en la revelación divina, un elenco cierto y
definitivo de los mismos: 73 libros, de los cuales 46 son el Antiguo
Testamento y 27 del Nuevo Testamento[12].
b. El Espíritu da respiro a la palabra escrita y coloca el Libro en el
misterio más amplio de la encarnación y de la Iglesia. Por lo tanto, gracias
al Espíritu, la Palabra de Dios es una realidad litúrgica y profética, es
anuncio (kerygma) antes de ser libro, es atestiguación del Espíritu Santo
sobre la presencia de Cristo.
c. En síntesis se puede afirmar que:
- el carisma de la inspiración permite afirmar que Dios es el autor de la
Biblia en un modo que no excluye el mismo hombre como verdadero autor. En
efecto, a diferencia de un dictado, la inspiración no quita la libertad y
las capacidades personales del escritor sino que las ilumina y las inspira;
- aún cuando la Sagrada Escritura sea inspirada en todas sus partes, la
inerrancia se refiere sólo a «la verdad que Dios hizo consignar en dichos
libros para salvación nuestra» (DV 11); - gracias al carisma de la
inspiración, el Espíritu Santo constituye los libros bíblicos como Palabra
de Dios y los confía a la Iglesia, para que sean recibidos en la obediencia
de la fe; - el Canon en su totalidad y unidad orgánica constituye criterio
de interpretación del Libro Sagrado; - siendo la Biblia Palabra de Dios en
lenguaje humano, su interpretación se hace armónicamente con los criterios
literarios, filosóficos y teológicos, siempre bajo la fuerza unificadora de
la fe y la guía del Magisterio[13].
Tradición, Escritura y Magisterio
16. El Concilio Vaticano II insiste sobre la unidad de origen y sobre las
diversas conexiones entre Tradición y Escritura, que la Iglesia recibe «con
el mismo espíritu de devoción» (DV 9). A este respecto recordamos que la
Palabra de Dios, hecha Evangelio o Buena Noticia en Cristo (cf. Rm 1,16) y,
como tal, consignada a la predicación apostólica, continúa su curso a través
de:
- sobre todo, el flujo de la Tradición viviente manifestada por «lo que [la
Iglesia] es y lo que cree» (DV 8), como el culto, la enseñanza, la caridad,
la santidad, el martirio; - después, a través de la Sagrada Escritura que,
por inspiración del Espíritu Santo, conserva de esta Tradición viva,
precisamente en la inmutabilidad de lo que está escrito, los elementos
constitutivos y orgánicos. «Esta Tradición con la Escritura de ambos
Testamentos, son el espejo en que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de
quien todo lo recibe, hasta el día en que llegue a verlo cara a cara, como
Él es (cf. 1 Jn 3, 2)» (DV 7).
Finalmente, al Magisterio de la Iglesia, que no es superior a la Palabra de
Dios, corresponde «interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o
escrita», en cuanto lo trasmitido «por mandato divino y con la asistencia
del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo
explica fielmente» (DV 10). En síntesis, una verdadera lectura de la
Escritura como Palabra de Dios no puede hacerse sino in Ecclesia, según su
enseñanza.
Antiguo y Nuevo Testamento, una sola economía de la salvación
17. Un problema actual entre los católicos se refiere al conocimiento del
Antiguo Testamento como Palabra de Dios y en particular su relación con el
misterio de Cristo y de la Iglesia. A causa de dificultades exegéticas no
resueltas, se asiste a una cierta resistencia frente a páginas del Antiguo
Testamento que parecen incomprensibles, y por lo tanto expuestas a la
selección arbitraria, al rechazo. Según la fe de la Iglesia, el Antiguo
Testamento ha de ser considerado como parte de la única Biblia de los
cristianos, parte constitutiva de la Revelación y, por ello mismo, de la
Palabra de Dios. De todo esto deriva la necesidad de una urgente formación
para una lectura cristiana del Antiguo Testamento, reconociendo la relación
que vincula los dos Testamentos y los valores permanentes del Antiguo (cf.
DV 15-16)[14]. A esto ayuda la praxis litúrgica, que siempre proclama el
Texto Sagrado del Antiguo Testamento como página esencial para una
comprensión completa del Nuevo Testamento, según la atestación de Jesús
mismo en el episodio de Emaús, en el cual el Maestro «empezando por Moisés y
continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en
todas las Escrituras» (Lc 24, 27). Justa es la afirmación agustiniana «Novum
in Vetere latet et in Novo Vetus patet»[15] (el Nuevo Testamento está
escondido en el Antiguo y el Antiguo está desvelado en el Nuevo Testamento).
Afirma San Gregorio Magno: «Lo que el Antiguo Testamento ha prometido, el
Nuevo Testamento lo ha hecho ver; lo que aquel anuncia de manera oculta,
éste lo proclama abiertamente como presente. Por lo tanto, el Antiguo
Testamento es profecía del Nuevo Testamento; y el mejor comentario al
Antiguo Testamento es el Nuevo Testamento»[16]. Las implicancias prácticas
de esta doctrina son numerosas y vitales.
Incidencias pastorales
18. Se advierte cada vez con más consciencia que no basta una lectura
superficial de la Biblia. Se constata además que diversos grupos bíblicos,
habiendo comenzado con entusiasmo el descubrimiento del Libro Sagrado,
después progresivamente se extinguen por la falta de un buen terreno -es
decir, la Palabra de Dios percibida en su misterio de gracia- como dice
Jesús en la parábola del sembrador (cf. Mt 13, 20-21). En esta óptica se
proponen aquí las siguientes implicancias:
a. Por el hecho que la Escritura está íntimamente unida a la Iglesia, ésta
tiene un papel esencial para acceder a la Palabra en su carácter genuino
original, constituyendo así criterio para la recta comprensión de la
Tradición, puesto que, de hecho, tanto la liturgia como la catequesis se
alimentan de la Biblia. Como ya se ha dicho, los libros de la Sagrada
Escritura tienen una fuerza de interpelación directa y concreta que no
tienen otros textos o intervenciones eclesiásticas.
b. Además, ha de ser considerada en sus efectos prácticos, la distinción
entre la Tradición apostólica y las tradiciones eclesiales. En efecto,
mientras la primera proviene de los apóstoles y transmite cuanto ellos han
recibido de Jesús y del mismo Espíritu Santo, las tradiciones eclesiales han
nacido en el curso del tiempo en las Iglesias locales y son formas de
adaptación de la «gran Tradición»[17]. También ha de ser evaluado el peso
decisivo del reconocimiento canónico, que la Iglesia ha definido a propósito
de las Escrituras garantizando la autenticidad de las mismas, frente a la
proliferación de libros no auténticos o apócrifos. Las interpretaciones
gnósticas, hoy muy difundidas, acerca de la verdad sobre los orígenes
cristianos obligan a explicar en qué consiste el Canon de los Libros
sagrados y cómo éste ha surgido. De este modo se orienta adecuadamente la
traducción y la difusión de la Escritura y se justifica el indispensable
reconocimiento de parte de la Iglesia. Queda por reconsiderar la relación
entre Escritura, Tradición y los signos de la Palabra de Dios en el mundo
creado, especialmente con el hombre y su historia, puesto que toda creatura
es palabra de Dios, en cuanto proclama Dios[18].
c. La intención del Magisterio, cuando ofrece orientaciones o proclama
definiciones, no es limitar la lectura personal de la Escritura. Por el
contrario, propone un cuadro de referencia seguro en el cual la
investigación se realiza. Lamentablemente, la enseñanza del Magisterio y el
valor de los diversos niveles de pronunciamiento no son siempre bien
conocidos y aceptados. En ocasión del Sínodo se descubre una vez más la Dei
Verbum y los documentos pontificios posteriores. En particular, merece ser
señalada la orientación para la comprensión y el uso de la Palabra de Dios
en la Biblia dada por el Santo Padre Benedicto XVI en diversas
intervenciones magisteriales.
d. En el surco de la Tradición viviente, y por lo tanto, como servicio
genuino a la Palabra de Dios, ha de ser considerado también el instrumento
del Catecismo, comenzando por el primer Símbolo de la fe, núcleo de todo
Catecismo, hasta las diversas exposiciones promovidas a lo largo de los
siglos en la Iglesia. El Catecismo de la Iglesia Católica y en las Iglesias
locales los respectivos Catecismos son las atestaciones más recientes de las
mencionadas exposiciones.
e. En este sentido es necesario retener fundamental una distinción que
tendrá tantas repercusiones en la praxis pastoral: existe el encuentro con
la Escritura en las grandes acciones de la Iglesia, como la liturgia y la
catequesis, donde la Biblia se coloca en un contexto público ministerial;
existe también el encuentro inmediato, como la Lectio Divina, el curso
bíblico, el grupo bíblico. Se ha de promover hoy esta vía a causa de un
cierto alejamiento del pueblo de Dios del uso directo y personal de la
Escritura.
f. En cuanto al Antiguo Testamento, el mismo ha de ser entendido como una
etapa en el desarrollo de la fe y de la comprensión de Dios. Su carácter
figurado, su relación con la mentalidad científica e histórica de nuestro
tiempo, tienen necesidad de ser aclarados. Por otra parte, numerosos pasajes
del mismo custodian una fuerza espiritual, sapiencial y cultural única,
constituyendo una rica catequesis sobre las realidades humanas y manifiestan
las etapas del camino de fe de un pueblo. El conocimiento y la lectura de
los Evangelios no excluyen que la profundización del Antiguo Testamento
ofrezca a la lectura e inteligencia del Nuevo Testamento una profundidad
siempre más grande.
g. Finalmente, según una óptica pastoral bastante concreta, merecen ser
señaladas algunas observaciones que ayudan a discernir mejor la relación de
los fieles con la doctrina de la fe. Los fieles, en general, distinguen la
Biblia de otros textos religiosos y la retienen más importante en la vida de
fe, sin embargo, no pocos en la práctica prefieren textos espirituales más
simples de entender, mensajes y escritos edificantes o diversas
manifestaciones de la piedad popular. Se podría decir que el pueblo
encuentra la Palabra de Dios a través de la vía práctica, viviéndola más que
conociendo el origen y las motivaciones de la misma. Es una situación
positiva y al mismo tiempo de fragilidad. Es necesario saber hablar a la
gente reconociendo su modo de comprender. Ayudar a los fieles a saber qué es
la Biblia, porqué existe, qué ofrece a la fe, cómo se usa, constituye una
tarea necesaria en la actividad pastoral.
B. Como interpretar la Biblia según la fe de la Iglesia
«Viva es la Palabra de Dios y eficaz » (Hb 4, 12)
El problema hermenéutico en perspectiva pastoral
19. El problema hermenéutico, dentro del cual se colocan la actualización de
la Palabra de Dios y al mismo tiempo la inculturación[19], es una cuestión
delicada e importante. Dios, en efecto, propone a la persona no una
información más o menos curiosa y ni siquiera de orden puramente humano,
científico, sino que le comunica su Palabra de verdad y de salvación, y esto
requiere en quien la escucha una comprensión inteligente, vital, responsable
y además actual. Todo esto implica reconocer el sentido verdadero de la
Palabra pronunciada o escrita, así como la comunica el Señor a través de los
autores sagrados, y al mismo tiempo exige que la Palabra sea significativa
también para quien la escucha hoy.
A la escucha de la experiencia
20. De las respuestas de los Obispos se deduce que la interpretación de la
Palabra, no obstante las apariencias contrarias, resulta accesible. Tantos
cristianos, en comunidad o singularmente, escrutan la Palabra de Dios con
disponibilidad para comprender lo que Dios dice y para obedecerle. Ahora
bien, esta disponibilidad de la fe es considerada por la Iglesia como una
valiosa posibilidad que habilita para una correcta comprensión y
actualización del Testo Sagrado. Hoy esta oportunidad (kairòs) vale, en
cierto modo aún más, porque se abre una nueva relación entre la Palabra de
Dios y las ciencias del hombre, en particular en el ámbito de la
investigación filosófica, científica e histórica. Una grande riqueza de
verdades y de valores sobre Dios, sobre el hombre y sobre las cosas proviene
de este contacto entre Palabra y cultura. La razón, por lo tanto, interpela
a la fe y ésta, a su vez, invita a la razón a colaborar para una verdad y
una vida consonantes con la Revelación de Dios y las expectativas de la
humanidad.
Pero no faltan tampoco los riesgos de una interpretación arbitraria y
reductiva, debidos especialmente al fundamentalismo, de tal modo que, por
una parte se manifiesta el deseo de permanecer fiel al Texto, y por otra
parte se desconoce la naturaleza misma de los textos, incurriendo en graves
errores y generando también inútiles conflictos[20]. Existen además las
llamadas lecturas ideológicas de la Biblia, según precomprensiones rígidas
de orden espiritual o social y político, o simplemente humanas, sin el
soporte de la fe (cf. 2 Pt 1, 19-20; 3, 16), hasta formas de contraposición
y de separación entre la forma escrita, atestiguada sobre todo en la Biblia,
la forma viva del anuncio y la experiencia de vida de los creyentes. En
general, se nota un escaso o impreciso conocimiento de las reglas
hermenéuticas de la Palabra.
El sentido de la Palabra de Dios y el camino para encontrarlo
21. A la luz del Concilio Vaticano II y del Magisterio sucesivo[21], algunos
aspectos necesitan hoy una atención y una reflexión específica, en vista de
una adecuada comunicación pastoral: la Biblia, el libro de Dios y del
hombre, ha de ser leída unificando correctamente el sentido
histórico-literario y el sentido teológico-espiritual, o más simplemente el
sentido espiritual[22]. La citada Nota de la Pontificia Comisión Bíblica
ofrece al respecto esta definición: «Como regla general, se puede definir el
sentido espiritual comprendido según la fe cristiana, como el sentido
expresado por los textos bíblicos, cuando se los lee bajo la influencia del
Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida
nueva que proviene de Él. Este contexto existe efectivamente. El Nuevo
Testamento reconoce en Él el cumplimiento de las Escrituras. Es, pues,
normal releer las Escrituras a la luz de este nuevo contexto, que es el de
la vida en el Espíritu»[23].
Esto significa que el método histórico-crítico es necesario para una
correcta exégesis, convenientemente enriquecido con otras formas de
estudio[24], pero para alcanzar el sentido total de la Escritura es
necesario valerse de los criterios teológicos, propuestos por la Dei Verbum:
«el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la
Iglesia, la analogía de la fe» (DV 12)[25]. Hoy, sobre este punto, se
advierte la necesidad de una profunda reflexión teológica y pastoral para
formar nuestras comunidades según una recta y fructuosa comprensión. Afirma
el Santo Padre Benedicto XVI: «me interesa mucho que los teólogos aprendan a
leer y amar la Escritura tal como lo quiso el Concilio en la Dei Verbum: que
vean la unidad interior de la Escritura -hoy se cuenta con la ayuda de la
"exégesis canónica" (que sin duda se encuentra aún en una tímida fase
inicial)- y que después hagan una lectura espiritual de ella, la cual no es
algo exterior de carácter edificante, sino un sumergirse interiormente en la
presencia de la Palabra. Me parece que es muy importante hacer algo en este
sentido, contribuir a que, juntamente con la exégesis histórico-crítica, con
ella y en ella, se dé verdaderamente una introducción a la Escritura viva
como palabra de Dios actual»[26].
Incidencias pastorales
22. El pueblo de Dios ha de ser educado para que pueda descubrir este gran
horizonte de la Palabra de Dios, evitando hacer complicada la lectura de la
Biblia. Vale la verdad que las cosas más importantes en la Biblia son
también las que más directamente se vinculan con la existencia, como lo es
la vida de Jesús. Recordamos algunos puntos esenciales para una recta
interpretación del Libro sagrado.
a. En primer lugar se recuerda la interpretación de la Palabra de Dios que
se cumple cada vez que la Iglesia se reúne para celebrar los divinos
misterios. A este respecto, la introducción del Leccionario, que es
proclamado en la Eucaristía, recuerda: «Por voluntad del mismo Cristo, el
nuevo pueblo de Dios se halla diversificado en una admirable variedad de
miembros, por lo cual son también varios los oficios y funciones que
corresponden a cada uno, en lo que atañe a la Palabra de Dios; según esto,
los fieles escuchan y meditan la Palabra, y la explican únicamente aquellos
a quienes, por la sagrada ordenación, corresponde la función del magisterio,
o aquellos a quienes se encomienda este ministerio. Así, la Iglesia, en su
doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las
generaciones, todo lo que ella es, todo lo que cree, de modo que, en el
decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad
divina hasta que en ella tenga su plena realización la palabra de Dios»[27].
b. Conviene aclarar que «el sentido espiritual no se debe confundir con las
interpretaciones subjetivas dictadas por la imaginación o la especulación
intelectual». El sentido espiritual proviene de «tres niveles de realidad:
el texto bíblico (en su sentido literal), el misterio pascual y las
circunstancias presentes de vida en el Espíritu»[28]. Es necesario partir en
cada caso del texto bíblico como primario e insustituible también en la
acción pastoral.
c. Considerando que la Nota de la Pontificia Comisión Bíblica, La
interpretación de la Biblia en la Iglesia, en general, no ha superado el
círculo de los expertos, será necesario comprometerse a ayudar a los
lectores creyentes a conocer las leyes elementales de una aproximación al
texto bíblico. De gran valor son los subsidios elaborados con este objetivo.
d. En esta perspectiva han de ser consideradas, rectamente comprendidas y
recuperadas la extraordinaria exégesis de los Padres[29] y la gran intuición
medieval de los "cuatro sentidos de la Escritura", puesto que no han perdido
interés; no han de ser descuidadas las diversas resonancias y tradiciones
que la Biblia suscita en la vida del pueblo de Dios, en las figuras de los
santos, de los maestros espirituales y de los testigos. Asimismo, ha de ser
considerada la contribución de las ciencias teológicas y humanas; la
"historia de los efectos" (Wirkungsgeschichte), especialmente en el arte,
puede ser un fecundo testimonio de lectura espiritual. Puesto que la Biblia
es leída también por los no creyentes, que evidencian el valor
antropológico, puede ser enriquecedora una correcta interpretación de este
aspecto. La Sagrada Escritura se debe leer en comunión con la Iglesia de
todos los lugares y de todos los tiempos, con los grandes testigos de la
Palabra, desde los primeros Padres hasta los santos e incluyendo el
Magisterio actual[30].
e. Hay que subrayar el pedido hecho al Sínodo no solo de afrontar los
clásicos problemas de la Biblia, sino también de poner en relación con ella
los problemas actuales, como la bioética y la inculturación. Podemos decir
esto con una expresión frecuente en los grupos bíblicos: "¿Cómo se va desde
la vida al texto y del texto a la vida?", o también "¿cómo leer la Biblia
con la vida y la vida con la Biblia?"
f. Se ha de señalar, desde el punto de vista de la comunicación de la fe, un
nuevo problema de la hermenéutica bíblica. Dicho problema no se relaciona
solamente con la comprensión del lenguaje bíblico, sino también con el
conocimiento de la cultura actual, que está siempre menos vinculada a la
palabra oral o escrita, y más orientada hacia una cultura electrónica, por
lo cual la proclamación tradicional de la palabra puede resultar tediosa a
los oyentes, invadidos por las técnicas informáticas.
CAPÍTULO TERCERO
Actitud requerida a quien escucha la Palabra
«Escucha, pueblo mío» (Sal 50, 7)
De las respuestas de los Obispos a los Lineamenta resulta que es necesario
cultivar en el pueblo una relación orante, personal y comunitaria, con la
Palabra de Dios, la cual suscita y nutre la respuesta de fe.
Una palabra eficaz
23. Los sujetos del evento de la Palabra son Dios, que la anuncia, y el
destinatario, persona individual o comunidad. Dios habla, pero sin la
escucha del creyente la Palabra se muestra dicha, pero no recibida. Por ello
se puede decir que la revelación bíblica es el encuentro entre Dios y el
pueblo en la experiencia de la única Palabra y que entre ambos hacen la
Palabra. La fe obra, la Palabra crea.
El texto de Hb 4, 12-13, junto con el de Is 55, 9-11 y tantos otros textos,
afirma la inefable eficacia de la Palabra de Dios. ¿Cómo entender tal
eficacia? La pregunta se hace aún más necesaria por un hecho propuesto por
diversas contribuciones de los Obispos, según el cual algunos cristianos
neófitos dan a la lectura del Libro Sagrado un valor casi mágico, sin un
personal y específico empeño de responsabilidad. En realidad, la Palabra de
Dios despliega su eficacia, como afirma el sembrador (cf. Mc 4, 1-20),
cuando se quitan los obstáculos y se ponen las condiciones para que la
semilla de la Palabra dé frutos.
En cuanto al tipo de eficacia propio de la Palabra de Dios, es iluminador
otro texto evangélico, que utiliza la imagen de la semilla que debe morir
para dar fruto: Cristo habla de la necesidad de su muerte para cumplir el
plan de salvación. La cruz es directamente potencia y sabiduría de Dios; el
evangelio es la «predicación de la cruz», escribe S. Pablo a los cristianos
de Corinto (1 Cor 1, 18). La eficacia de la Palabra es, por lo tanto, del
orden de la cruz. Palabra y cruz son dos realidades que se colocan en el
mismo nivel. En ellas toda la potencia está en el dinamismo del amor divino
que las atraviesa: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito» (Jn
3, 16; cf. Rm 5, 8). Encuentra el fruto de la Palabra quien cree en el amor
de Dios que la pronuncia. Entonces la potencialidad de la Palabra de Dios se
hace concreta, se realiza, se hace verdaderamente personal.
El creyente: aquel que escucha la Palabra de Dios en la fe
24. «Cuando Dios se revela, el hombre tiene que someterse con la fe». A Él,
que hablando se dona, el hombre escuchándolo «se entrega entera y
libremente» (DV 5). El hombre que, también en virtud de la íntima estructura
de la persona es oyente de la Palabra, recibe de Dios la gracia de responder
en la fe. Ello implica, de parte de la comunidad y de cada creyente, una
actitud de plena adhesión a una propuesta de total comunión con Dios y de
entrega a su voluntad (cf. DV 2). Esta actitud de fe comunional se
manifestará en cada encuentro con la Palabra de Dios, en la predicación viva
y en la lectura de la Biblia. No es casual que la Dei Verbum aplique al
Libro Sagrado cuanto afirma globalmente de la Palabra de Dios: «Dios
invisible (cf. Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido por amor, habla a los hombres
como a amigos (cf. Ex 33, 11 ; Jn 15,14-15), trata con ellos para invitarlos
y recibirlos en su compañía» (DV 2). «En los Libros sagrados, el Padre, que
está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar
con ellos» (DV 21). La Revelación es comunión de amor, que la Escritura
frecuentemente expresa con el término alianza. En síntesis, se trata de una
actitud de oración: «diálogo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos
cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras"[31] » (DV 25).
La Palabra de Dios transforma la vida de aquellos que se acercan a ella con
fe. La Palabra no se extingue nunca, es nueva cada día. Mas para que esto
suceda es necesaria una fe que escucha. La Escritura atestigua en varias
ocasiones que la escucha es lo que hace de Israel el pueblo de Dios: «Si de
veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre
todos los pueblos» (Ex 19, 5; cf. Jr 11, 4). La escucha crea una
pertenencia, un vínculo, hace entrar en la alianza. En el Nuevo Testamento
la escucha es directa con respecto a la persona de Jesús, el Hijo de Dios:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17, 5 e
par.).
El creyente es uno que escucha. El que escucha confiesa la presencia de
aquel que habla y desea comprometerse con él; quien escucha busca en sí
mismo un espacio para que el otro pueda habitar en él; aquel que escucha se
abre con confianza al otro que habla. Por ello los evangelios piden el
discernimiento de aquello que se escucha (cf. Mc 4, 24) y llaman la atención
sobre cómo se escucha (cf. Lc 8, 18); en efecto: ¡nosotros somos aquello che
escuchamos! La figura antropológica que la Biblia desea construir es aquella
del hombre capaz de escuchar, dotado de un corazón que escucha (cf. 1 Re 3,
9). Siendo esta escucha no una mera audición de frases bíblicas sino un
discernimiento pneumático de la Palabra de Dios, esto exige la fe y debe
acontecer en el Espíritu Santo.
María, modelo de recepción de la Palabra para el creyente
25. En la historia de la salvación emergen grandes figuras de oyentes y de
evangelizadores de la Palabra de Dios: Abraham, Moisés, los profetas, los
Santos Pedro y Pablo, los otros apóstoles, los evangelistas. Ellos
escuchando fielmente la Palabra del Señor y comunicándola han hecho espacio
al Reino de Dios.
En esta perspectiva, un papel central asume la figura de la Virgen María, la
cual ha vivido en modo incomparable el encuentro con la Palabra de Dios, que
es el mismo Jesús. Por este motivo, ella es un modelo providencial de toda
escucha y anuncio. Educada en la familiaridad con la Palabra de Dios en la
experiencia intensa de las Escrituras del pueblo al cual ella pertenecía,
María de Nazaret, desde el evento de la Anunciación hasta la Cruz, y aún
hasta Pentecostés, recibe la Palabra en la fe, la medita, la interioriza y
la vive intensamente (cf. Lc 1, 38; 2, 19.51; Hch 17, 11). En virtud de su
"sí", dado inicialmente, y nunca interrumpido, a la Palabra de Dios, ella
sabe observar en torno a sí y vive las urgencias del cotidiano, siendo
consciente que lo que recibe como don del Hijo es don para todos: en el
servicio a Isabel, en Caná y junto a la cruz (cf. Lc 1, 39; Jn 2, 1-12; 19,
25-27). Por lo tanto, a ella se aplica cuanto ha dicho Jesús en su
presencia: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios
y la cumplen» (Lc 8, 21). «Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de
Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada»[32].
En particular, debe considerarse su modo de escuchar la Palabra. El texto
evangélico «María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba
en su corazón» (Lc 2, 19) significa que ella escuchaba y conocía las
Escrituras, las meditaba en su corazón a través de un proceso interior de
maduración, donde la inteligencia no está separada del corazón. María
buscaba el sentido espiritual de la Escritura y lo encontraba relacionándolo
(symballousa) con las palabras, con la vida de Jesús y con los
acontecimientos que ella iba descubriendo en la historia personal. María es
nuestro modelo tanto para acoger la fe, la Palabra, como para estudiarla. A
ella no le basta recibirla, la medita atentamente. No solamente la posee,
sino que al mismo tiempo la valoriza. Le da su consentimiento, pero también
la pone en práctica. Así María se transforma en un símbolo para nosotros,
para la fe de las personas simples y para aquella de los doctores de la
Iglesia, que buscan, sopesan, definen cómo profesar el Evangelio.
Recibiendo la Buena Noticia, María se presenta como el tipo ideal de la
obediencia de la fe y se transforma en ícono viviente de la Iglesia al
servicio de la Palabra. Afirma Isaac de la Estrella: «En las Escrituras,
divinamente inspiradas, aquello que es dicho en general de la virgen madre
Iglesia se entiende singularmente de la virgen madre María [...]. Heredad
del Señor en modo universal es la Iglesia, en modo especial es María, en
modo particular el alma de cada fiel. En el tabernáculo del vientre de María
Cristo habitó nueve meses, en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta el
fin del mundo, en el conocimiento y en el amor del alma fiel para la
eternidad»[33]. María enseña a no permanecer como extraños espectadores ante
una Palabra de vida, sino a transformarse en participantes, haciendo propio
el "heme aquí" de los profetas (cf. Is 6, 8) y dejándose conducir por el
Espíritu Santo que habita en nosotros. Ella "magnifica" el Señor
descubriendo en su vida la misericordia de Dios, que la hace "beata" porque
«ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del
Señor» (Lc 1, 45). Dice San Ambrosio que todo cristiano que cree, concibe y
genera el Verbo de Dios. Si hay una sola madre de Cristo según la carne,
según la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos[34].
Incidencias pastorales
26. Las incidencias pastorales en relación a la fe en la Palabra de Dios son
notables.
a. Se puede leer la Biblia sin fe, pero sin fe no se puede escuchar la
Palabra de Dios. Un grupo bíblico es válido si, mientras lee la Biblia, se
educa en la fe, conformando la vida cristiana según las indicaciones que
ofrece la Biblia e iluminando con la fe los momentos difíciles.
b. Al hombre de hoy se le debe hablar de manera positiva y alentadora,
ofreciéndole sugerencias múltiples para acercarse al texto, a la lectura
espiritual, a la oración, a la posibilidad de compartir la Palabra. Se trata
principalmente de aproximarse a la Palabra, no tanto como depósito de
referencias dogmáticas pastorales, sino como fuente de agua viva, en la
sorpresa gozosa de escuchar al Señor en el propio contexto de vida. Se trata
de poner en acto el círculo hermenéutico completo: creer para comprender,
comprender para creer; la fe busca la inteligencia, la inteligencia se abre
a la fe. El relato de Emaús es un modelo ejemplar de encuentro del creyente
con la misma Palabra encarnada (cf. Lc 24, 13-35).
c. «Escucha, Israel», «Shemà Israel», es el mandamiento primario del pueblo
de Dios (Dt 6, 4). «Escucha» es también la primera palabra de la Regla de
San Benito. Dios invita al fiel a escuchar con el oído del corazón. El
corazón en la Biblia no es solo la sede de los sentimientos o de la emoción,
sino el centro más profundo de la persona donde se toman las decisiones. Por
ello es necesario el silencio que se prolonga más allá de las palabras. El
Espíritu Santo hace entender y comprender la Palabra de Dios, uniéndose
silenciosamente a nuestro espíritu (cf. Rm 8, 26-27).
d. Es necesario escuchar como María y con María, madre y educadora de la
Palabra de Dios. Existe la forma simple y universal de escucha orante de la
Palabra que son los misterios del Rosario. El Papa Juan Pablo II ha puesto
en luz la riqueza bíblica del mismo, definiéndolo «compendio del Evangelio»,
en el cual la enunciación del misterio «deja hablar a Dios», permite
«contemplar a Cristo con María»[35]. Más aún, como la Virgen María, templo
del Espíritu, en una vida silenciosa, humilde y escondida, así la Iglesia
toda ha de ser educada para testimoniar este estrecho vínculo entre Palabra
y Silencio, Palabra y Espíritu de Dios. La escucha de la Palabra en la fe se
transforma luego en el creyente en comprensión, meditación, comunión,
participación, actuación: se perciben aquí los lineamientos de la Lectio
Divina, como la vía privilegiada del acercamiento del creyente a la Biblia.
e. Es justo recordar que la actitud de fe se refiere a la Palabra de Dios en
todos sus signos y lenguajes. Es una fe que recibe de la Palabra una
comunicación de verdad a través del relato o la fórmula doctrinal; una fe
que reconoce la Palabra de Dios como estímulo primario para una conversión
eficaz, luz para responder a tantas preguntas del creyente, guía para un
discernimiento sapiencial de la realidad, solicitación a actuar la Palabra
(cf. Lc 8, 21), y no solo a leerla o a decirla, y finalmente fuente
permanente de consolación y esperanza. De ahí se sigue el deber de reconocer
y asegurar el primado a la Palabra de Dios en la propia vida de los
creyentes, acogiéndola así como la Iglesia la anuncia, la comprende y la
vive.
f. Finalmente, para muchas personas que no saben leer es necesario proponer
adecuados servicios de comunicación de la Palabra traducida en las lenguas
correspondientes.
SEGUNDA PARTE
LA PALABRA DE DIOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA
«Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a
los vuestros y mis pensamientos a los vuestros. Como descienden la lluvia y
la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la
fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para
comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de
vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que
la envié» (Is 55, 9-11).
CAPÍTULO CUARTO
La Palabra de Dios vivifica la Iglesia
«La carta que Dios ha enviado a los hombres» [36]
Cuando el Espíritu Santo inicia a mover la vida del pueblo, uno de los
primeros y más fuertes signos es el amor a la Palabra de Dios en la
Escritura y el deseo de conocerla mejor. Esto acontece porque la Palabra de
la Escritura es una palabra que Dios dirige a cada uno personalmente como
una carta en las concretas circunstancias de la vida. Tiene una inmediatez
extraordinaria y el poder de penetrar en lo íntimo del ser humano. En
efecto:
- la Iglesia nace y vive de la Palabra de Dios;
- la Palabra de Dios sostiene la Iglesia a lo largo de la historia;
- la Palabra de Dios penetra y anima, con la potencia del Espíritu Santo,
toda la vida de la Iglesia.
La Iglesia nace y vive de la Palabra de Dios
27. En los Hechos de los Apóstoles se lee acerca de Pablo y Bernabé que en
Antioquía «A su llegada reunieron a la iglesia y se pusieron a contar todo
cuanto Dios había hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los
gentiles la puerta de la fe» (Hch 14, 27).
El Sínodo es el lugar en el cual se podrán ciertamente sentir «los signos y
prodigios» de la Palabra de Dios, como ya sucedió en Antioquía y en la
asamblea de Jerusalén que escuchaba a Bernabé y Pablo (cf. Hch 15, 12). En
efecto, en todas las Iglesias particulares se hacen múltiples experiencias
de la Palabra de Dios: en la Eucaristía, en la Lectio Divina, comunitaria y
personal, en la jornada de la Biblia, en los cursos bíblicos, en los grupos
de Evangelio o de escucha de la Palabra de Dios, en el camino bíblico
diocesano, en los ejercicios espirituales, en las peregrinaciones a Tierra
Santa, en las celebraciones de la Palabra, en las expresiones de la música,
de las artes plásticas, de la literatura y del cine.
Múltiples constataciones emergen de las respuestas a los Lineamenta:
- Después del Concilio Vaticano II, se lee más la Palabra de Dios,
especialmente en referencia a la liturgia eucarística. En muchas Iglesias se
ofrece un puesto privilegiado a la Biblia, exponiéndola en modo visible
junto al altar o sobre el altar, como se acostumbra en las Iglesias
Orientales. - Es necesario un notable esfuerzo de parte de la Iglesia para
que el acceso a la Sagrada Escritura sea un hecho popular. Conferencias
episcopales, diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y
movimientos han emprendido la gran vía de la Palabra de Dios en manera del
todo nueva respecto a unos años atrás. - El deseo de ser introducidos en el
gusto de la Palabra de Dios, para algunos prevalece respecto a otras
exigencias del servicio pastoral. Tal deseo, de todos modos, permanece como
necesidad de fondo aún de la gente más distraída, que se demuestra sensible
al Jesús de los Evangelios. - Esto no excluye que el grado de familiaridad
con la Palabra de Dios sea diversificado. En el mundo de antigua cristiandad
la Biblia se encuentra en las casas más que en otros tiempos, pero tal vez
no siempre como Libro verdaderamente leído. Datos estadísticos en una parte
del mundo atestiguan que debe crecer sensiblemente el uso significativo de
la Biblia, así como también debe madurar la consciencia del rol fundante y
decisivo de la Palabra de Dios para una vida de fe. - Diverso es el dato de
otras zonas geográficas donde el problema es más bien la escasez de medios,
en particular de traducciones. Es edificante recordar las experiencias que
estos hermanos y hermanas, frecuentemente pobres, viven en contacto con la
Palabra de Dios. Valga, al menos como ejemplo autorizado, cuanto se lee en
la Nota de la Pontificia Comisión Bíblica: «hay que alegrarse de ver que
gente humilde y pobre, toma la Biblia en sus manos y puede aportar a su
interpretación y actualización una luz más penetrante, desde el punto de
vista espiritual y existencial, que la que viene de una ciencia segura de sí
misma»[37]. - Se manifiesta una paradoja: al hambre de la Palabra de Dios no
siempre corresponde una predicación adecuada de parte de los Pastores de la
Iglesia, por carencias en la preparación del seminario o en el ejercicio
pastoral.
La Palabra de Dios sostiene la Iglesia a lo largo de la historia
28. Es un dato constante en la vida del pueblo de Dios, la cual no es
estática, sino que se propaga (cf. 2 Ts 3, 1) y desciende, como una lluvia
fecunda desde el cielo (cf. Is 55, 10-11). Esto acontece desde cuando
hablaban los profetas al pueblo, Jesús a la gente y a los discípulos, los
apóstoles a la primera comunidad, y hasta en nuestros días. Podemos bien
decir que el servicio de la Palabra de Dios caracteriza las diversas épocas
dentro del mismo mundo bíblico y después en la historia de la Iglesia.
Así en el tiempo de los Padres, la Escritura se encuentra en el centro, como
una fuente, de la cual se nutren la teología, la espiritualidad y la
orientación pastoral. Los Padres son los maestros insuperables de aquella
lectura espiritual de la Escritura que, cuando es genuina, no descuida la
letra, es decir, el correcto sentido histórico, pero es capaz de leer la
letra en el Espíritu. En el Medioevo, la Sagrada Página constituye la base
de la reflexión teológica; para encontrarla adecuadamente se elabora la
doctrina de los cuatro sentidos: literal, alegórico, tropológico y
anagógico[38]. En el período antiguo la Palabra de Dios en la Lectio Divina
constituye la forma monástica de la oración; es fuente de inspiración
artística; se transmite al pueblo en tantas formas de predicación y de
piedad popular. En la edad moderna, el surgimiento del espíritu crítico, el
progreso científico, la división entre los cristianos y el consiguiente
empeño ecuménico, estimulan, no sin dificultad y contrastes, un estudio más
correcto y al mismo tiempo una mejor comprensión del misterio de la
Escritura en el seno de la Tradición. En la época contemporánea se
desarrolla el proyecto de renovación basado en la centralidad de la Palabra
de Dios, que a través del Concilio Vaticano II continúa hasta el presente
Sínodo.
En el cuadro de la grande Tradición, cada Iglesia particular se desarrolla
en el tiempo con características y modos propios. Sobre todo, como enseña
aún la historia, es posible ver conexiones, influencias e intercambios
recíprocos. Mientras tanto, es necesario registrar una doble noticia: por
una parte, se puede constatar que la Palabra de Dios se difunde y evangeliza
las diversas Iglesias particulares de los cinco continentes: en ellas se
encarna progresivamente, transformándose en alma vivificadora de la fe de
tantos pueblos, fundamental factor de comunión, fuente de inspiración y de
transformación de las culturas y de la sociedad; por otra parte, parece que
la pastoral bíblica sufre por razones históricas, vinculadas al momento de
la evangelización, pero también por problemas reales de fe en el diverso
contexto de vida o por carencias económicas.
La Palabra de Dios penetra y anima, con la potencia del Espíritu Santo, toda
la vida de la Iglesia
29. Existe una correlación entre el uso de la Biblia, la concepción de la
Iglesia y la praxis pastoral. La adecuada relación se realiza cuando el
Espíritu Santo crea armonía entre Escritura y Comunidad. Por lo tanto será
importante respetar la necesidad interior que estimula la comunidad al
encuentro con la Palabra de Dios, pero se cuidará también de controlar
aquella sensibilidad que exalta la espontaneidad, la experiencia
estrictamente subjetiva y la sed de lo prodigioso. Así también se prestará
atención a lo que dice el texto de la Escritura, tratando de meditarlo para
comprender el sentido literal, antes de aplicarlo a la vida. No es una cosa
siempre fácil. Se señala el riesgo del fundamentalismo, fenómeno que tiene
amplios matices antropológicos, sociológicos y psicológicos, pero que se
aplica en modo particular a la lectura bíblica y a la consiguiente
interpretación del mundo. A nivel de lectura bíblica, el fundamentalismo se
refugia en el literalismo y rechaza tener cuenta de la dimensión histórica
de la revelación bíblica y así no logra aceptar plenamente la misma
Encarnación. «Este género de lectura encuentra cada vez más adeptos [...]
también entre los católicos [...] el fundamentalismo [...] exige una
adhesión incondicionada a actitudes doctrinarias rígidas e impone, como
fuente única de enseñanza sobre la vida cristiana y la salvación, una
lectura de la Biblia que rehúsa todo cuestionamiento y toda investigación
crítica»[39]. La forma extrema de este tipo de tendencia es la secta. Aquí
la Escritura ya no cuenta con la acción dinámica y vivificadora del Espíritu
y la comunidad se atrofia, como un cuerpo inerte, transformándose en un
grupo cerrado, que no admite diferencias ni pluralidad en el propio seno y
muestra una actitud agresiva hacia otros modos de pensar[40].
En cambio, urge mantener viva en la comunidad la docilidad al Espíritu
Santo, superando el riesgo de apagar el Espíritu con el excesivo activismo y
la exterioridad de la vida de fe, evitando el peligro de la burocratización
de la Iglesia, de la acción pastoral limitada a sus aspectos institucionales
y de la reducción de la lectura bíblica a una actividad más entre otras.
30. Es necesario tener presente que, como afirma Jesús, el Espíritu guía a
la Iglesia hacia la verdad entera (cf. Jn 16, 13), por lo tanto hace
comprender el verdadero sentido de la Palabra de Dios, conduciendo
finalmente al encuentro con el Verbo mismo, el Hijo de Dios, Jesús de
Nazaret. El Espíritu es el alma y el exégeta de la Sagrada Escritura. Por
este motivo, no solo «se ha de leer [la Escritura] con el mismo Espíritu con
que fue escrita» (DV 12), sino que la misma Iglesia, guiada por el Espíritu,
trata de alcanzar una comprensión cada vez más profunda de la Escritura para
alimentar a sus hijos, valiéndose en particular del estudio de los Padres de
Oriente y de Occidente (cf. DV 23), de la investigación exegética y
teológica, de la vida de los testigos y de los santos.
A este respecto, es muy valiosa la línea trazada en los Praenotanda del
Leccionario, donde se afirma: «Para que la Palabra de Dios realice
efectivamente en los corazones lo que suena en los oídos, se requiere la
acción del Espíritu Santo, con cuya inspiración y ayuda la Palabra de Dios
se convierte en fundamento de la acción litúrgica y en norma y ayuda de toda
la vida. Por consiguiente, la actuación del Espíritu no sólo precede,
acompaña y sigue a toda acción litúrgica, sino que también va recordando, en
el corazón de cada uno (cf. Jn 14, 15-17.25-26; 15, 26 - 16, 15) , aquellas
cosas que, en la proclamación de la Palabra de Dios, son leídas para toda la
asamblea de los fieles, y, consolidando la unidad de todos, fomenta asimismo
la diversidad de carismas y proporciona la multiplicidad de
actuaciones»[41].
La comunidad cristiana, por lo tanto, se construye cada día dejándose guiar
por la Palabra de Dios, bajo la acción del Espíritu Santo, que ilumina,
convierte y consuela. En efecto, «todo cuanto fue escrito en el pasado, se
escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que
dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rm 15, 4). Es un deber
primario de los Pastores ayudar a los fieles a comprender qué significa
encontrar la Palabra de Dios bajo la guía del Espíritu, cómo en particular
tal encuentro tiene lugar en la lectura espiritual de la Biblia, en la
actitud de la escucha y de la oración. A este propósito afirma Pedro
Damasceno: «Aquel que tiene experiencia del sentido espiritual de las
Escrituras sabe que el sentido de la palabra más simple de la Escritura y el
de aquella excepcionalmente sapiente son una sola cosa y están orientadas a
la salvación del hombre»[42].
Incidencias pastorales
31. Si la Palabra de Dios es fuente de vida para la Iglesia, resulta
esencial considerar la Sagrada Escritura como alimento vital. Esto implica:
a. Realizar un constante control sobre el efectivo lugar que la Palabra de
Dios ocupa en la vida de la propia comunidad, sobre las experiencias más
constructivas y también sobre los riesgos más comunes. b. Reconocer la
historia y la difusión de la Palabra de Dios en la propia comunidad,
diócesis, nación, continente y en la Iglesia en general, para comprender las
grandes acciones de Dios (magnalia Dei), para percibir mejor las necesidades
y las iniciativas que deben programarse, así como también para ofrecer
solidaridad a las comunidades pobres de recursos materiales y espirituales.
c. Para llevar adelante en manera incisiva una pastoral animada por la
Palabra de Dios es indispensable reconocer y promover el papel insustituible
de las Iglesias particulares en comunión entre ellas. Es, a partir de la
efectiva iniciativa de ellas, como pueblo de Dios unido con el Obispo, que
surgen experiencias grandes y pequeñas y se crea un flujo continuo de la
Palabra en las diversas comunidades.
CAPÍTULO QUINTO
La Palabra de Dios en los diversos servicios de la Iglesia
«El pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios
y del Cuerpo de Cristo» (DV 21)
Ministerio de la Palabra
32. «La predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de
alimentar y regir con la Sagrada Escritura» (DV 21). Con esta afirmación el
Concilio Vaticano II indica empeños específicos que requieren intervenciones
concretas.
Nótese que el servicio de la Palabra en las Iglesias particulares se está
realizando en los diversos ámbitos y expresiones de vida, con un programa
que lleva a reconocer al momento litúrgico de la Eucaristía y de cada
sacramento el aspecto primario de la experiencia de la Palabra de Dios. Se
advierte la necesidad de considerar la lectura orante en la forma de la
Lectio Divina, a nivel comunitario y personal, como la meta alta y común,
así como también la necesidad de promover una catequesis que sea una
iniciación a la Sagrada Escritura, vivificando con ella los programas
catequísticos y los mismos catecismos, la predicación y la piedad popular.
Es conveniente además estimular el encuentro con la Palabra de Dios a través
del Apostolado bíblico, preocupándose por el nacimiento y la guía de los
grupos bíblicos y haciendo que la Palabra, pan de vida, se transforme
también en pan material, es decir, conduzca a ayudar a los pobres y a los
que sufren. Se retiene urgente valorizar la Palabra también con estudios y
encuentros que pongan de relieve sus relaciones con la cultura y con el
espíritu humano, en un contexto interreligioso e intercultural. Para
realizar estos objetivos, se exige una fe atenta, dedicación apostólica,
preocupación pastoral inteligente, creativa y continua, en un ejercicio que
favorezca el espíritu de comunión. En ningún otro ámbito como en éste,
emerge la exigencia de una pastoral continuamente animada por la Biblia.
En esta perspectiva de unidad y de interacción, ha de ser reconocido y
estimulado plenamente el dinamismo según el cual la Palabra de Dios
encuentra al hombre, dinamismo que está en la base de toda la acción
pastoral de la Iglesia: la Palabra anunciada y escuchada quiere hacerse
Palabra celebrada a través de la Liturgia y de los sacramentos, para
promover una vida según la Palabra, a través de la experiencia de la
comunión, de la caridad y de la misión[43].
La experiencia en la liturgia y en la oración
33. De la experiencia de las Iglesias particulares emergen algunos puntos
comunes: el encuentro con la Palabra de Dios acontece, para una gran mayoría
de los cristianos en todas partes del mundo, solamente en la celebración
eucarística dominical; crece la consciencia en el pueblo de Dios acerca de
la importancia de la liturgia de la Palabra de Dios gracias también a la
renovación de la ordenación de la misma en el nuevo Leccionario; algunos
esperan sin embargo una revisión del Leccionario en vista de una mejor
sintonía entre las tres lecturas, además de una mayor fidelidad a los textos
originales; acerca de la homilía, se espera un neto mejoramiento; algunas
veces se configura la liturgia de la Palabra como una forma de Lectio
Divina; el Oficio Divino, finalmente, no ha logrado una amplia difusión
entre el pueblo. Por otra parte, se nota que el pueblo de Dios no ha sido
verdaderamente introducido a la teología de la Palabra de Dios en la
liturgia, la vive aún pasivamente, sin advertir en ella el carácter
sacramental, ignorando las ricas Introducciones de los libros litúrgicos
porque los Pastores no siempre parecen interesarse en ellas; el vasto mundo
de los signos propios de la liturgia de la Palabra aparece con frecuencia
reducido a formalidades rituales sin una comprensión interior; la relación
entre Palabra de Dios y sacramentos, en particular el sacramento de la
reconciliación, aparece escasamente valorizada.
La motivación teológico-pastoral: Palabra, Espíritu, Liturgia, Iglesia
34. A todos los niveles de la vida eclesial es necesario madurar la
comprensión de la liturgia como lugar privilegiado de la Palabra de Dios,
que edifica la Iglesia. Es importante, por lo tanto, hacer algunas
afirmaciones basilares.
- La Biblia es el libro de un pueblo para un pueblo. Ella es una herencia,
un testamento consignado a lectores, para que realicen en sus vidas la
historia de la salvación atestiguada en lo que está escrito. Existe, por lo
tanto, una relación de recíproca vital pertenencia entre pueblo y Libro: la
Biblia continúa siendo un Libro vivo con el pueblo que la lee; el pueblo no
subsiste sin el Libro, porque en éste encuentra su razón de ser, su vocación
y su identidad.
- Esta mutua pertenencia entre pueblo y Sagrada Escritura es celebrada en la
asamblea litúrgica, que es el lugar en el cual acontece la obra de recepción
de la Biblia. El discurso de Jesús en la Sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,
16-21) es significativo en este sentido. Aquello que sucedió entonces,
sucede también hoy cada vez que hay una proclamación de la Palabra de Dios
en una liturgia.
- La proclamación de la Palabra de Dios contenida en la Escritura, es acción
del Espíritu: así como ha obrado para que la Palabra se transformase en
Libro, ahora en la liturgia transforma el Libro en Palabra. En la tradición
alejandrina hay una doble epíclesis, es decir una invocación del Espíritu
antes de la proclamación de las lecturas y una segunda después de la
homilía[44]: es el Espíritu que guía el presidente en la misión profética de
comprender, proclamar y explicar adecuadamente la Palabra de Dios a la
asamblea y, paralelamente, lo lleva a invocar una justa y digna recepción de
la Palabra de parte de la comunidad reunida.
- La asamblea litúrgica, gracias al Espíritu Santo, escucha a Cristo, «pues
cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla» (SC 7)
y acepta la alianza que Dios renueva con su pueblo. Escritura y liturgia
convergen, por lo tanto, en el único fin de llevar al pueblo al diálogo con
el Señor. La Palabra que sale de la boca de Dios y es atestiguada en las
Escrituras vuelve a Él en forma de respuesta orante del pueblo (cf. Is 55,
10-11).
- En la liturgia, y principalmente en la asamblea eucarística, tiene lugar
la proclamación de la Escritura en Palabra, caracterizada por un dinamismo
dialógico profundo. Desde el comienzo, en la historia del pueblo de Dios,
tanto en el tiempo bíblico como en el post-bíblico, la Biblia ha sido
siempre el Libro destinado a regir la relación entre Dios y su pueblo; es
decir, el libro para el culto y la oración. En efecto, la liturgia de la
Palabra «no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es
el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas
de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la
alianza»[45].
- Importante para toda la Iglesia, pero sobre todo para la vida consagrada,
es, dentro de la relación Palabra-liturgia, la oración del Oficio Divino. La
Liturgia de las Horas ha de ser asumida como lugar privilegiado de formación
a la oración, especialmente gracias a los Salmos, en los cuales se
manifiesta en modo evidente el carácter divino-humano de la Escritura. Los
Salmos enseñan a rezar conduciendo quien los canta o recita a escuchar,
interiorizar e interpretar la Palabra de Dios.
- Acoger la Palabra de Dios en la oración litúrgica, además de hacerlo en la
oración personal y comunitaria, es un objetivo ineludible para todos los
cristianos, por lo cual ellos están llamados a tener una nueva visión de la
Sagrada Escritura. Más que un Libro escrito, ha de ser considerada como una
proclamación y una atestiguación del Espíritu Santo sobre la persona de
Cristo, según la afirmación conciliar ya citada, «presente en su palabra,
pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla»
(SC 7). De ello se deriva que «en la celebración litúrgica, la importancia
de la Sagrada Escritura es sumamente grande» (SC 24).
Palabra de Dios y Eucaristía
35. Mientras en la praxis la liturgia de la Palabra aparece con frecuencia
improvisada y a veces no suficientemente conectada con la Liturgia
Eucarística, la íntima unidad entre Palabra y Eucaristía tiene su raíz en el
testimonio de la Escritura (cf. Jn 6), según lo atestiguan los Padres de la
Iglesia y confirma el Concilio Vaticano II (cf. SC 48.51.56; DV 21.26; AG
6.15; PO 18; PC 6). En la grande Tradición de la Iglesia encontramos
expresiones significativas como: «Corpus Christi intelligitur etiam [...]
Scriptura Dei» (también la Escritura de Dios se considera Cuerpo de
Cristo)[46], «ego Corpus Iesu Evangelium puto» (considero el Evangelio
Cuerpo de Jesús)[47].
La creciente consciencia de la presencia de Cristo en la Palabra favorece
tanto la preparación inmediata a la celebración eucarística como la unión
con el Señor en las celebraciones de la Palabra. Por lo tanto, este Sínodo
se ubica en relación de continuidad con el precedente sobre la Eucaristía e
invita a una reflexión específica sobre la relación entre Palabra de Dios y
Eucaristía[48]. Afirma San Jerónimo: «la carne del Señor, verdadero
alimento, y su sangre, verdadera bebida, constituyen el verdadero bien que
nos está reservado en la vida presente: nutrirse de su carne y beber su
sangre, no solo en la Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada
Escritura. En efecto, la Palabra de Dios es verdadero alimento y verdadera
bebida, que se alcanza a través del conocimiento de las Escrituras»[49].
Palabra y economía sacramental
36. La Palabra debe ser vivida en la economía sacramental, como recepción de
potencia y de gracia, no solo como comunicación de verdad, de doctrina y de
precepto ético. Ella suscita un encuentro en quien escucha con fe, que se
transforma en celebración de la alianza.
La misma atención deberá prestarse a toda forma de encuentro con la Palabra
en la acción litúrgica: en los sacramentos, en la celebración del Año
Litúrgico, en la Liturgia de las Horas, en los sacramentales. En particular,
se ha de prestar atención a la Liturgia de la Palabra en la celebración de
los tres sacramentos de la Iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y
Eucaristía. Se pide una nueva consciencia acerca del anuncio de la Palabra
de Dios en la celebración, especialmente en la individual, del sacramento de
la Penitencia. La Palabra de Dios debe ser también valorizada en la diversas
formas de la predicación y de la piedad popular.
Incidencias pastorales
37. El primer lugar en la atención pastoral corresponde a la Eucaristía, en
cuanto «mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» íntimamente
unidos (DV 21), principalmente en el Día del Señor. La Eucaristía «es el
lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada
constantemente»[50]. Si se considera además que para la mayoría de los
cristianos la Misa dominical es actualmente el único momento de encuentro
sacramental con el Señor, ella debe ser vista como un don y una tarea que se
ha de promover, con pasión pastoral, con celebraciones auténticas y gozosas.
La Eucaristía celebrada según esta íntima fusión de Palabra, sacrificio y
comunión constituye un objetivo primario del anuncio y de la vida cristiana.
Se ha de dedicar especial empeño en favor de un desarrollo armónico de las
diversas partes de la liturgia de la Palabra: anuncio de las lecturas,
homilía, profesión de fe y oración de los fieles, enfatizando la íntima
conexión con la liturgia eucarística[51] Aquel de quien hablan los textos se
hace presente en el sacrificio total de sí mismo al Padre.
Es necesario valorizar las Introducciones, que explican el contenido de la
liturgia, en particular los Praenotanda del Misal Romano, las Anáforas
orientales, el Ordo Lectionum Missae, los Leccionarios, el Oficio Divino, y
hacer de todo ello el objeto de formación litúrgica de los Pastores y de los
fieles, junto con la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio
Vaticano II.
También sobre la traducción se exige una menor fragmentación de los pasajes
y más fidelidad al texto original. Se recuerda que en la liturgia, rito y
palabra deben permanecer íntimamente vinculados (cf. SC 35). Por ello, el
encuentro con la Palabra de Dios ha de tener lugar en la especificidad de
los signos que corresponden a la celebración litúrgica. Tal es el caso, por
ejemplo, de la colocación del ambón, el cuidado por los libros litúrgicos,
un estilo adecuado de lectura, la procesión e incensación del Evangelio.
Además, se prestará la máxima atención a la liturgia de la Palabra con la
proclamación clara y comprensible de los textos, con la homilía que de la
Palabra se hace resonancia[52]. Esto implica disponer de lectores capaces,
preparados. Con esta finalidad sirven escuelas, también diocesanas para la
formación de lectores. Según esta óptica, orientada siempre a una mejor
comprensión de la Palabra de Dios en la Misa, resultan útiles breves
admoniciones que presentan el sentido de las lecturas que se proclaman.
Sobre la homilía se espera un mayor empeño en la fidelidad a la palabra
bíblica y a la condición de los fieles, ayudándolos a interpretar los
eventos de la vida y de la historia a la luz de la fe. La homilía no debería
limitarse exclusivamente al aspecto bíblico, sino que sería oportuno que
incluyese también temas dogmáticos y morales fundamentales. Con esta
finalidad resulta indispensable una adecuada formación de los futuros
ministros. Se recomienda que la comunicación de la Palabra de Dios tenga
lugar junto con el canto y la música, valorizando palabras y silencio; fuera
de la liturgia son posibles formas de dramatización de la Palabra de Dios
con la ayuda de escritos e imágenes y también de obras artísticamente
decorosas como, por ejemplo, el teatro.
Es deseable que las comunidades religiosas, especialmente las monásticas,
ayuden a las comunidades parroquiales a descubrir y a gustar la Palabra de
Dios en la celebración litúrgica. Acerca del Oficio Divino con la Liturgia
de las Horas, a la cual el pueblo se muestra dispuesto a participar, hoy es
indispensable reflexionar sobre el modo de hacer pastoralmente más adecuado
y accesible a los fieles este excelente canal de la Palabra de Dios.
La Lectio Divina
38. El encuentro orante con la Palabra de Dios dispone de una experiencia
privilegiada, tradicionalmente llamada Lectio Divina. «La Lectio Divina es
una lectura, individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la
Escritura, acogida como Palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la moción
del Espíritu en meditación, oración y contemplación»[53].
Puede decirse que en todas la Iglesias se constata una nueva y específica
atención a la Lectio Divina. En algunos lugares es una tradición secular. En
ciertas diócesis, después del Concilio Vaticano II se fue afirmando
progresivamente. En tantas comunidades se está transformando en una nueva
forma de oración y de espiritualidad cristiana, con notables ventajas
ecuménicas. Se advierte, por otra parte, la necesidad de una adecuación de
la forma clásica a las diversas situaciones, teniendo en cuenta las
posibilidades reales de los fieles, en modo de conservar la esencia de esta
lectura orante, pero al mismo tiempo favorecer su calidad de alimento
nutriente para la fe de todos.
Vale la pena recordar que la Lectio Divina es una lectura de la Biblia, que
se remonta a los orígenes cristianos y que ha acompañado la Iglesia en su
historia. Permanece viva en la experiencia monástica, pero hoy el Espíritu,
a través del Magisterio, la propone como elemento pastoralmente
significativo y que ha se ser valorizada en la vida de la Iglesia, para la
educación y la formación espiritual de los presbíteros, para la vida
cotidiana de las personas consagradas, para las comunidades parroquiales,
para las familias, para asociaciones y movimientos, para los fieles en
general, adultos y jóvenes, que pueden encontrar en esta forma de lectura un
medio accesible y practicable para entrar personal y comunitariamente en la
Palabra de Dios (cf. OT 4)[54].
Escribe el Papa Juan Pablo II: «Es necesario, en particular, que la escucha
de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre
válida tradición de la Lectio Divina, que permite encontrar en el texto
bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia»[55].
El Santo Padre Benedicto XVI explica que esto ha de realizarse «mediante la
utilización de métodos nuevos, adecuados a nuestro tiempo y ponderados
atentamente»[56]. En particular el Sumo Pontífice recuerda a los jóvenes que
«siempre es importante leer la Biblia de un modo muy personal, en una
conversación personal con Dios, pero al mismo tiempo es importante leerla en
compañía de las personas con quienes se camina»[57]. Exhorta «a adquirir
intimidad con la Biblia, a tenerla a mano, para que sea [...] como una
brújula que indica el camino a seguir»[58]. El Santo Padre Benedicto XVI
tiene en especial consideración la difusión de la Lectio Divina y para él es
el punto decisivo en vista de una renovación de la fe hoy. Ello aparece
claramente en el mensaje dirigido a diversas categorías de personas,
especialmente a los jóvenes, a quienes sugiere: «quisiera recordar y
recomendar sobre todo la antigua tradición de la Lectio Divina: la lectura
asidua de la sagrada Escritura acompañada por la oración realiza el coloquio
íntimo en el que, leyendo, se escucha a Dios que habla y, orando, se le
responde con confiada apertura del corazón (cf. DV 25). Estoy convencido de
que, si esta práctica se promueve eficazmente, producirá en la Iglesia una
nueva primavera espiritual. Por eso, es preciso impulsar ulteriormente, como
elemento fundamental de la pastoral bíblica, la Lectio Divina, también
mediante la utilización de métodos nuevos, adecuados a nuestro tiempo y
ponderados atentamente. Jamás se debe olvidar que la Palabra de Dios es
lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero (cf. Sal 119,
105)»[59].
La novedad de la Lectio Divina en el pueblo de Dios exige una oportuna
pedagogía de iniciación, que ayude a comprender bien de qué se trata y
contribuya a aclarar el sentido de los diversos grados y su aplicación fiel
y sabiamente creativa. De hecho, existen diversos procedimientos, como el
llamado de los Siete Pasos (Seven Steps), practicado en muchas Iglesias
particulares en África. Se llama así porque el encuentro con la Biblia es
como un camino constituido por siete momentos: presencia de Dios, lectura,
meditación, pausa reflexiva, comunicación, coloquio, oración común. El mismo
nombre de Lectio Divina es en diversos lugares modificado, por ejemplo, en
Escuela de la Palabra o bien Lectura orante.
Principalmente, se ha de tener presente que el oyente / lector de hoy es
diverso de aquel del pasado, vive una situación de rapidez y de
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