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Beto Mozzoni

"Una a una se encienden las estrellas de nuestro atardecer"

 

Los años pasados juntos no son en vano. La Eucaristía que compartimos es realidad de presencia y segura eternidad juntos. Con Olga y los chicos recorrimos cada banco, cada silla de Santa Julia. En cada misa el mismo altar. Ahora Beto está delante del Altar que no es figura, como oficiante de la mejor ceremonia: la vivencia plena del Amor.
 

Uno no debería morir cuando ama. No. De verdad creo que no se debería morir quien ama. Sin embargo estamos unidos para la eternidad y también para la eternidad es su gozo y plenitud. Esto lo sabemos, pero no deberíamos morir cuando estamos juntos.
 

Tengo claro que la amenaza de la muerte es un huésped inevitable para que todo ello ocurra. Y que ese huésped es solitario. No lleva juntos a los que se aman. Pero Dios es cómplice de los corazones que ha unido. Los seres que se aman no se separan del todo. Uno eterniza al otro con el amor y lo defiende contra la destrucción y el olvido.
 

Esto es lo que se me ocurre rezar ante el adelanto a nuestros pasos de Beto. Con Olga formaron una casa que construyeron ladrillo a ladrillo. No me refiero a la de calle Lagos: esa es sólo el reflejo de la otra, la que realmente alberga a los dos eternamente, a pesar de esta partida momentánea.
 

¿Porqué no moriremos juntos? Para los que se aman una muerte nupcial sería menos dolorosa. En realidad, los seres que se aman o se han amado no pueden encontrarse ni separarse: uno "eterniza" al otro y hacen responsables a Dios de esa eternidad.
 

Si bien la vida tiene mil matices, la muerte en cambio no distingue. La muerte iguala. Sólo es distinta para que el ama y aún queda en este mundo. Uno puede estar muerto pero solo jamás.
 

Vivir ha sido muchas veces separarse. Los puertos, los aeropuertos, las estaciones de trenes, de ómnibus albergan, a menudo, a personas vivas que se separan. La mesa de un bar puede cobijar a dos personas que se dan el último adiós. Vivir es siempre separarse. En cambio morir es encontrarse. No es una paradoja afirmar que los que han conocido el amor llegan a profundizarlo con la muerte.

El amor, con la muerte se hace más íntimo, más desprendido. Su tono es más grave. El corazón profundiza para buscar en el misterio en lo más íntimo del corazón del que ya partió. La muerte quiebra odios, desploma murallas, disipa tinieblas, ata lazos. Tras el dolor del comienzo, se avecina la verdad del amor, como la primavera tras el invierno.
 

Ahora Beto vive esta etapa con Olga y con sus hijos. En el andén de la partida hay un aparente adiós donde la eternidad aún se despierta en las nubes del dolor. Pero está allí, firme como en el primer día, esperando el suave momento de cambiar las lágrimas de dolor por las del encuentro.
 

Beto: hay un vacío en el corazón porque no morimos juntos, pero un fuego misionero por haberte encontrado.
 

No morimos verdaderamente. Sólo el tiempo muere en nosotros.
 

Con verdadera gratitud a Beto y a Olga, de Ariel, su párroco.

 

 

Parroquia Santa Julia

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