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Homilía Viernes Santo – Adoración de la Santa
Cruz
Pbro. Rodrigo Vázquez
En el capítulo segundo del Evangelio de san Lucas leemos: “Este niño será
causa de caída y elevación para muchos en Israel; será signo de
contradicción y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se
manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos, lo que cada uno
piensa en su corazón”.
Este anuncio hecho por un anciano a María, la Madre de Jesús, cuando éste
fue presentado en el templo, se fue cumpliendo a lo largo de la vida pública
del Señor y llegó a su punto culminante en el momento de la pasión.
Jesús, con sus gestos y sus palabras, exige a cada hombre una definición:
aceptarlo a Él como Rey y Salvador, o condenarlo a la cruz. Es algo así como
si los caminos de los hombres se cruzaran con el de Cristo, y nadie pudiera
elegir otra salida: hay que revelar lo que cada uno lleva en su corazón
definiéndose a favor o en contra del Señor.
Hace unos instantes, durante la lectura de la Pasión, nos hemos puesto de
rodillas en el momento en que Jesús entregaba su vida por nosotros. Signo de
adoración y de humillación por parte de la criatura ante el Hijo de Dios que
muere crucificado.
Contemplemos en silencio la cruz y adoremos a Cristo, el Verbo encarnado,
que se hizo hombre para saldar nuestra deuda con el Padre.
Jesús, es el Cordero de Dios: “Mirad al Cordero de Dios, a Aquel que quita
los pecados del mundo”. Así habló San Juan Bautista cuando vio a nuestro
Señor venir hacia él. Y al hablar así apeló a aquel título por el cual fue
conocido nuestro Señor desde el comienzo. El justo Abel – hijo de Adán y Eva
– mostró su fe en Él ofreciendo las primicias de su rebaño. Lo mismo ofreció
para el sacrificio Abraham, en lugar de su hijo Isaac a quien Dios perdonó.
A los israelitas se les ordenó sacrificar un cordero una vez al año, en el
tiempo de Pascua, un cordero sin mancha por cada familia, para comerlo todo
excepto la sangre, con la que se rociaban las puertas de la casa como
protección. El profeta Isaías habla de nuestro Señor con la misma imagen:
“Fue llevado como cordero al matadero, y como oveja que está muda ante los
que las trasquilan”. Todo esto porque “El ha sido herido por nuestras
rebeldías, molido por nuestras culpas… por sus llagas hemos sido curados”.
Del mismo modo el evangelista San Juan en las visiones del Apocalipsis habla
de Él así: “Entonces vi de pie… un Cordero como degollado” y después vió
todos los bienaventurados “postrados delante del Cordero… y cantaban un
cántico nuevo diciendo: “Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos
porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre, hombres de toda
raza, lengua, pueblo y nación”.
Este es Jesucristo, que, cuando la oscuridad, el pecado, la culpa y la
miseria se habían extendido por toda la tierra, bajó del cielo, asumió
nuestra naturaleza y derramó su preciosa sangre en la cruz por todos los
hombres.
Dice San Agustín que, habiendo sido Jesucristo el primero que dio su vida
por nosotros, nos ha obligado a dar la vida por Él, y añade: “Conocéis la
mesa del poderoso, es decir, la participación de su cuerpo y de su sangre;
prepárese, pues quien se acerca a tal banquete”. Quiere decir que cuando nos
acerquemos a comulgar, pues nos alimentamos del cuerpo y sangre de
Jesucristo, aún cuando no sea más que por agradecimiento, debemos estar
dispuestos, si así lo exigiere su gloria, a dar por Él sangre y vida.
San Francisco de Sales, comentando el texto de San Pablo: “El Amor de Cristo
nos apremia”, dice “Saber que Jesucristo, verdadero Dios eterno y
omnipotente, nos amó hasta el extremo de querer padecer por nosotros muerte
y muerte de cruz. ¿No es sentir como prensados nuestros corazones y
apretados fuertemente para exprimir de ellos el amor con violencia, que,
cuanto es más fuerte, es tanto mas deleitoso?
En su libro, “Tratado del amor de Dios” dice: “El monte Calvario es el monte
de los amantes. El amor que no tiene su origen en la pasión de Jesús es
frívolo y peligroso. Desgraciada es la muerte sin el amor del Salvador,
desgraciado es el amor sin la muerte de Jesús. Amor y muerte están tan
íntimamente unidos en la pasión del Señor que no pueden estar en el corazón
uno sin otro. En el Calvario no se alcanza la vida sin el amor, ni el amor
sin la muerte del Redentor; fuera de allí todo es muerte eterna o amor
eterno; la plena sabiduría cristiana consiste en saber elegir bien.
Desde la cruz el Señor da un mensaje a su Madre. Este contenía exactamente
la misma palabra que Jesús había usado al dirigirse a su Madre en las bodas
de Caná. Cuando ella, para sacar del apuro al dueño de la casa, indicó
simplemente a Jesús que no tenían vino. Jesús le respondió: “Mujer, ¿qué
tengo que ver yo con esto?. No ha llegado todavía mi hora”. Nuestro Señor
usaba siempre la palabra “hora” con referencia a su pasión y muerte.
Expresado a nuestro modo, era como si nuestro Señor hubiera dicho a su
santísima Madre en Caná: “Querida madre, ¿te das cuenta de que me pides que
proclame mi divinidad, que me presente al mundo como el Hijo de Dios y que
demuestre mi divinidad con mis obras y milagros?. En el momento en que
empiece a hacer esto iniciaré el camino que lleva a la cruz. Cuando deje de
ser conocido como el hijo del carpintero para ser conocido entre los hombres
como el Hijo de Dios, empezaré a dar mi primer paso hacia el Calvario. Mi
hora no ha llegado todavía; pero ¿quieres tu acaso anticiparla?. ¿Es tu
voluntad que yo vaya a la cruz?. Si lo hago, cambiará la relación que yo
guardo contigo. Ahora eres mi madre. En nuestra pequeña aldea te conocen en
todas partes como la madre de Jesús. Pero si aparezco yo ahora como el
Salvador de la humanidad y comienzo la obra de la redención, también la
madre de todos aquellos a quienes yo redima. Yo soy la cabeza de la
humanidad; tan pronto como salve el cuerpo de la humanidad, tú, que eres la
madre de la cabeza, te convertirán también en la madre de mi cuerpo místico,
o la Iglesia. Entonces tú serás la madre universal, la nueva Eva, tal como
yo soy el nuevo Adán.
“Para indicar el papel que tu desempeñarás en la redención, ahora mismo te
confiero el título de maternidad universal; he aquí que yo te llamo “Mujer”.
Era a ti a quien me refería cuando dije a Satán que pondría enemistad entre
él y la mujer, entre su cría del mal y tu simiente, que soy Yo. Aquel gran
título de “Mujer” es el mismo con que ahora me complazco en honrarte. Y
volveré a dignificarte con él cuando llegue mi hora y sea levantado en la
cruz cual águila herida. En esta obra de la Redención tú y yo estamos
juntos. Lo tuyo es mío.
Nuestro Señor contemplaba ahora desde la cruz a las dos criaturas más amadas
que tenía en la tierra: a Juan y a su bendita Madre. Con sus ojos cubiertos
de polvo, su cabeza coronada de espinas, mirando tiernamente a su Madre, le
llama “Mujer”; la cual le había enviado voluntariamente a la cruz y ahora
estaba al pie de la misma como una cooperadora en su redención.
El misterio tocó a su fin en el Calvario. Allí María se convirtió en Madre
nuestra en el instante en que Ella perdió a su divino Hijo. Lo que parecía
una pérdida de afecto era, en realidad, una profundización del afecto.
Ningún amor se eleva jamás a un nivel más elevado sin que muera a un nivel
inferior.
María murió al amor de Jesús en Caná y recobró a Jesús en el Calvario con el
místico cuerpo que El mismo había redimido. La amargura de la maldición de
Eva – de que la mujer pariría con dolor – se estaba cumpliendo ahora, y no
porque un vientre se abriera, sino porque un Corazón estaba siendo
traspasado, tal como Simeón había profetizado.
Cristo venció a la muerte y resucitó. Ahora está sentado a la derecho del
Padre para interceder siempre por nosotros, como abogado de la alianza
definitiva. De El deriva también la intercesión que María desempeña hacia
sus devotos. Por eso la tradición cristiana le dice a María: “Abogada
nuestra, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos”. Y la llama: “Abogada
de los pecadores”.
¡Oh Excelsa Madre de Dios!, ya que tienes el oficio de defender las causas
más difíciles, recurrimos a tu intercesión y te decimos: “Abogada nuestra,
cumple tu oficio”. Tenemos miedo de perdernos por lo mucho que hemos
ofendido a Dios. Oh Virgen maría, toma en tus manos la defensa de nuestra
causa; eso ya es para nosotros garantía de perdón y salvación. Así sea.
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