Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA)   -  Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                                                      |    |    |    |
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Homilía Viernes Santo – Adoración de la Santa Cruz

Pbro. Rodrigo Vázquez

En el capítulo segundo del Evangelio de san Lucas leemos: “Este niño será causa de caída y elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos, lo que cada uno piensa en su corazón”.

Este anuncio hecho por un anciano a María, la Madre de Jesús, cuando éste fue presentado en el templo, se fue cumpliendo a lo largo de la vida pública del Señor y llegó a su punto culminante en el momento de la pasión.

Jesús, con sus gestos y sus palabras, exige a cada hombre una definición: aceptarlo a Él como Rey y Salvador, o condenarlo a la cruz. Es algo así como si los caminos de los hombres se cruzaran con el de Cristo, y nadie pudiera elegir otra salida: hay que revelar lo que cada uno lleva en su corazón definiéndose a favor o en contra del Señor.

Hace unos instantes, durante la lectura de la Pasión, nos hemos puesto de rodillas en el momento en que Jesús entregaba su vida por nosotros. Signo de adoración y de humillación por parte de la criatura ante el Hijo de Dios que muere crucificado.

Contemplemos en silencio la cruz y adoremos a Cristo, el Verbo encarnado, que se hizo hombre para saldar nuestra deuda con el Padre.

Jesús, es el Cordero de Dios: “Mirad al Cordero de Dios, a Aquel que quita los pecados del mundo”. Así habló San Juan Bautista cuando vio a nuestro Señor venir hacia él. Y al hablar así apeló a aquel título por el cual fue conocido nuestro Señor desde el comienzo. El justo Abel – hijo de Adán y Eva – mostró su fe en Él ofreciendo las primicias de su rebaño. Lo mismo ofreció para el sacrificio Abraham, en lugar de su hijo Isaac a quien Dios perdonó. A los israelitas se les ordenó sacrificar un cordero una vez al año, en el tiempo de Pascua, un cordero sin mancha por cada familia, para comerlo todo excepto la sangre, con la que se rociaban las puertas de la casa como protección. El profeta Isaías habla de nuestro Señor con la misma imagen: “Fue llevado como cordero al matadero, y como oveja que está muda ante los que las trasquilan”. Todo esto porque “El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas… por sus llagas hemos sido curados”. Del mismo modo el evangelista San Juan en las visiones del Apocalipsis habla de Él así: “Entonces vi de pie… un Cordero como degollado” y después vió todos los bienaventurados “postrados delante del Cordero… y cantaban un cántico nuevo diciendo: “Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre, hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación”.

Este es Jesucristo, que, cuando la oscuridad, el pecado, la culpa y la miseria se habían extendido por toda la tierra, bajó del cielo, asumió nuestra naturaleza y derramó su preciosa sangre en la cruz por todos los hombres.

Dice San Agustín que, habiendo sido Jesucristo el primero que dio su vida por nosotros, nos ha obligado a dar la vida por Él, y añade: “Conocéis la mesa del poderoso, es decir, la participación de su cuerpo y de su sangre; prepárese, pues quien se acerca a tal banquete”. Quiere decir que cuando nos acerquemos a comulgar, pues nos alimentamos del cuerpo y sangre de Jesucristo, aún cuando no sea más que por agradecimiento, debemos estar dispuestos, si así lo exigiere su gloria, a dar por Él sangre y vida.

San Francisco de Sales, comentando el texto de San Pablo: “El Amor de Cristo nos apremia”, dice “Saber que Jesucristo, verdadero Dios eterno y omnipotente, nos amó hasta el extremo de querer padecer por nosotros muerte y muerte de cruz. ¿No es sentir como prensados nuestros corazones y apretados fuertemente para exprimir de ellos el amor con violencia, que, cuanto es más fuerte, es tanto mas deleitoso?

En su libro, “Tratado del amor de Dios” dice: “El monte Calvario es el monte de los amantes. El amor que no tiene su origen en la pasión de Jesús es frívolo y peligroso. Desgraciada es la muerte sin el amor del Salvador, desgraciado es el amor sin la muerte de Jesús. Amor y muerte están tan íntimamente unidos en la pasión del Señor que no pueden estar en el corazón uno sin otro. En el Calvario no se alcanza la vida sin el amor, ni el amor sin la muerte del Redentor; fuera de allí todo es muerte eterna o amor eterno; la plena sabiduría cristiana consiste en saber elegir bien.

Desde la cruz el Señor da un mensaje a su Madre. Este contenía exactamente la misma palabra que Jesús había usado al dirigirse a su Madre en las bodas de Caná. Cuando ella, para sacar del apuro al dueño de la casa, indicó simplemente a Jesús que no tenían vino. Jesús le respondió: “Mujer, ¿qué tengo que ver yo con esto?. No ha llegado todavía mi hora”. Nuestro Señor usaba siempre la palabra “hora” con referencia a su pasión y muerte.

Expresado a nuestro modo, era como si nuestro Señor hubiera dicho a su santísima Madre en Caná: “Querida madre, ¿te das cuenta de que me pides que proclame mi divinidad, que me presente al mundo como el Hijo de Dios y que demuestre mi divinidad con mis obras y milagros?. En el momento en que empiece a hacer esto iniciaré el camino que lleva a la cruz. Cuando deje de ser conocido como el hijo del carpintero para ser conocido entre los hombres como el Hijo de Dios, empezaré a dar mi primer paso hacia el Calvario. Mi hora no ha llegado todavía; pero ¿quieres tu acaso anticiparla?. ¿Es tu voluntad que yo vaya a la cruz?. Si lo hago, cambiará la relación que yo guardo contigo. Ahora eres mi madre. En nuestra pequeña aldea te conocen en todas partes como la madre de Jesús. Pero si aparezco yo ahora como el Salvador de la humanidad y comienzo la obra de la redención, también la madre de todos aquellos a quienes yo redima. Yo soy la cabeza de la humanidad; tan pronto como salve el cuerpo de la humanidad, tú, que eres la madre de la cabeza, te convertirán también en la madre de mi cuerpo místico, o la Iglesia. Entonces tú serás la madre universal, la nueva Eva, tal como yo soy el nuevo Adán.

“Para indicar el papel que tu desempeñarás en la redención, ahora mismo te confiero el título de maternidad universal; he aquí que yo te llamo “Mujer”. Era a ti a quien me refería cuando dije a Satán que pondría enemistad entre él y la mujer, entre su cría del mal y tu simiente, que soy Yo. Aquel gran título de “Mujer” es el mismo con que ahora me complazco en honrarte. Y volveré a dignificarte con él cuando llegue mi hora y sea levantado en la cruz cual águila herida. En esta obra de la Redención tú y yo estamos juntos. Lo tuyo es mío.

Nuestro Señor contemplaba ahora desde la cruz a las dos criaturas más amadas que tenía en la tierra: a Juan y a su bendita Madre. Con sus ojos cubiertos de polvo, su cabeza coronada de espinas, mirando tiernamente a su Madre, le llama “Mujer”; la cual le había enviado voluntariamente a la cruz y ahora estaba al pie de la misma como una cooperadora en su redención.

El misterio tocó a su fin en el Calvario. Allí María se convirtió en Madre nuestra en el instante en que Ella perdió a su divino Hijo. Lo que parecía una pérdida de afecto era, en realidad, una profundización del afecto. Ningún amor se eleva jamás a un nivel más elevado sin que muera a un nivel inferior.

María murió al amor de Jesús en Caná y recobró a Jesús en el Calvario con el místico cuerpo que El mismo había redimido. La amargura de la maldición de Eva – de que la mujer pariría con dolor – se estaba cumpliendo ahora, y no porque un vientre se abriera, sino porque un Corazón estaba siendo traspasado, tal como Simeón había profetizado.

Cristo venció a la muerte y resucitó. Ahora está sentado a la derecho del Padre para interceder siempre por nosotros, como abogado de la alianza definitiva. De El deriva también la intercesión que María desempeña hacia sus devotos. Por eso la tradición cristiana le dice a María: “Abogada nuestra, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos”. Y la llama: “Abogada de los pecadores”.

¡Oh Excelsa Madre de Dios!, ya que tienes el oficio de defender las causas más difíciles, recurrimos a tu intercesión y te decimos: “Abogada nuestra, cumple tu oficio”. Tenemos miedo de perdernos por lo mucho que hemos ofendido a Dios. Oh Virgen maría, toma en tus manos la defensa de nuestra causa; eso ya es para nosotros garantía de perdón y salvación. Así sea.


 

 

 

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