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Homilía de la Solemne Vigilia Pascual: Santa
Misa de Resurrección del Señor
LA RESURRECCIÓN
Una vez, un pensador, se hallaba descansando, con un libro en la mano, en
una canoa sobre un tranquilo lago. Miró hacia un lado, y le llamó la
atención una especie de escarabajo de agua que, lentamente, subía por el
costado de la canoa. Observó sus movimientos, hasta que el animalito se
quedó absolutamente inmóvil, como si estuviese pegado. El pensador continuó
leyendo.
Un rato después, volvió a fijarse en el escarabajo. Esta vez quedó asombrado
con lo que vio. La parte trasera del bichito estaba completamente abierta y
parecía que algo estaba saliendo de allí: primero una brillante cabeza,
luego unas alas, por fin todo el cuerpo. Era una libélula que echó a volar
al viento, en libertad. El pensador tocó cuidadosamente con su dedo la
cáscara seca del escarabajo. Ya no era más que una tumba.
En ninguna parte de la Biblia se nos dice cómo fue la resurrección de Jesús.
No hubo testigos oculares del acontecimiento; sigue siendo un misterio. Pero
la experiencia que tuvieron los discípulos, durante “40 días” después de su
muerte y sepultura, fue tan convincente que originó la fundación de la
cristiandad.
Para los discípulos, la experiencia de Pascua comenzó con una tumba vacía.
Las mujeres que fueron las primeras en llegar al sepulcro el domingo por la
mañana, se alarmaron al encontrar la tumba vacía. Pedro volvió a casa
perplejo. María Magdalena creyó que se habían robado el cuerpo.
A pesar de las afirmaciones de los ángeles, no se hallaban consolados ni
convencidos. Su fe estaba muerta.
“¿Por quién lloras en el huerto?
¿A quién buscas?”. “A mi amado.
Buscando al que estaba muerto
lo encontré resucitado.
Me quedé sola buscando,
alas me daba el amor,
y, cuando estaba llorando,
vino a mi encuentro el Señor.
Vi a Jesús resucitado,
creí que era el jardinero;
por mi nombre me ha llamado,
no le conocí primero”.
(del Himno de Laudes)
Solamente resurgió su fe después de haber visto a Cristo resucitado. Sus
temores se tornaron en alegría; sus dudas en confianza; sus desalientos en
esperanzas. La confusión y el miedo de la crucifixión dieron paso a la
convicción de que Jesús era, realmente, el Mesías.
La resurrección de Jesús no es sólo un acontecimiento del pasado. Es una
realidad presente del futuro. Por eso ejerce una poderosa influencia sobre
el ánimo de todo un pueblo.
LA PRIMERA EXPERIENCIA
“No hace mucho -me contaba una mamá que luchó muchos años para concebir un
bebé- me desperté en medio de una noche de luna y me quedé mirando el perfil
de mi único hijo, recostada sobre la pared de la alcoba. Me sentí embargada
por un silencio amoroso, sólo interrumpido por su suave respiración.
Finalmente cerré los ojos, comprendiendo profundamente lo fundamental que
era aquel silencio, sólo acompañado por un suave respirar. Me había dado
cuenta de lo profundo que es un silencio acunado por el amor.
Recibir el misterio en silencio. Se trata de la primera experiencia de la
Resurrección de Jesús. Silenciosa fue la noche en que María lo concibió en
su seno. Silenciosa fue la noche de su nacimiento. Ahora, sólo el silencio
fue el testigo de su Resurrección.
Es en el silencio donde se contempla, se escucha y se comprende todo.
Un muchacho se hallaba lamentando la muerte de su hermano menor. Le había
parecido sin sentido: toda una promesa de vida aún no realizada, cortada, de
pronto, por el cáncer. Habría preferido que hubiera sido “su vida”, y no la
de su hermano… Él ya sabía donde llegaban sus posibilidades, ya había
comprobado sus talentos… pero ¿su hermano? Aún no tenía 24 años.
El hermano mayor cayó en una depresión tal que empezó a tener insomnios. Una
noche, bajó las escaleras y entró a la cocina. Se sentía vacío y solo. “Tal
vez -pensó- una taza de café me ayude un poco”. Y fue a prepararla. Mientras
lo hacía, en silencio, le brotó por primera vez una súplica: “¡Señor,
ayúdame!”, dijo entre dientes y con profunda ansiedad. En eso, sintió
inesperadamente, lo más parecido a una presencia, en la habitación. Miró
hacia arriba, buscando la razón de aquella presencia. En aquél momento,
sintió fuertemente que su hermano estaba allí. Y fue aún más fuerte esa
sensación de que su hermano le hablaba: “Todo está bien, querido hermano,
todo está bien” – le dijo.
¿Qué fue lo que ocurrió? ¡Nadie lo sabe! Cuando él me lo contó, tampoco lo
supe. Pero, desde aquél momento, terminó la depresión. Se le quitó un gran
peso de su espíritu, como si hubieran corrido la piedra de la tumba, dejando
que entraran los rayos del sol.
La paz de Cristo es árbitro de nuestros juicios.
LA OTRA EXPERIENCIA
El aire del testigo de la resurrección está lleno de paz. No siempre es
perceptible, pero es Él ¡Es el Señor! Como repetirá San Juan, en la escena
de la aparición de Jesús en el lago. “¡Es el Señor!”
Un sacerdote norteamericano amigo, contó que su compañero, irlandés de
origen, regresaba de sus vacaciones en Irlanda, cuando entabló conversación,
en el aeropuerto, con un compañero de viaje muy especial. Hablaron de sus
respectivas profesiones, sus gustos y sus rechazos, de cosas triviales y
otras más profundas. El hombre le preguntó al sacerdote en qué parroquia
trabajaba y, cuando lo supo, expresó su deseo de asistir a la misa del
sacerdote, el siguiente domingo por la mañana. Cuando el sacerdote le dijo
que sería muy bienvenido, el hombre le dijo que le gustaría cantar en la
misa, si es que era posible u oportuno.
-Lo siento - le dijo el sacerdote - porque nuestro coro canta en la misa de
doce.
Subieron al avión y no se vieron en el vuelo. Al aterrizar, el sacerdote vio
sorprendido que había mucho público y abundante presencia de medios de
comunicación. Quedó más sorprendido aún, al ver que trataban de abrirse paso
hacia su ocasional compañero de viaje.
-¿Quién es? -preguntó a uno de los presentes.
-¡Pavarotti! -le respondieron.
Me hizo recordar a la escena de Emaús. Jesús, en persona, los alcanzó –dice
San Lucas en su evangelio- y se puso a caminar con ellos, tenían los ojos
incapacitados para reconocerlo.
Es la segunda experiencia de la resurrección en el cotidiano, consiste en
experimentar su activa presencia.
¡Quédate con nosotros!
La tarde está cayendo, quédate.
¿Cómo te encontraremos al declinar el día
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros, la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.
Dios nos visita con frecuencia
Pero, muchas veces, nosotros
estamos fuera de casa.
Experimentar la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es: haber
encontrado la razón para convertirnos en serio. Nadie se convierte de
verdad, ante criterios puramente humanos. Sólo el triunfo de la resurrección
es razón para cambiar de vida.
Y POR FIN: EL FRUTO
Hay gente que tapa sus oídos o cierra sus ojos ante la experiencia de la
Resurrección. Pero Cristo está vivo. Una presencia activa es la suya, porque
vive en los que creemos y somos testigos.
Cristo actúa en mil lugares,
en cuerpos y ojos que no son suyos,
haciendo que los cuerpos, los rostros
de los hombres
sean amables para el Padre.
El fruto de la Resurrección en nosotros es hacernos activos, muy activos.
Misioneros. Activos Misioneros que desatan diariamente su cuerpo de los
sillones; que se abren al mundo dejando atrás sus brazos cruzados; que
caminan el mundo de sus hermanos.
“Amar como Él ama,
ayudar como Él ayuda,
dar como Él da,
servir como Él sirve,
estar con Él las veinticuatro horas,
tocándole en su harapiento disfraz;
Son las palabras de la Madre Teresa de Calcuta.
¿Tienes un cuerpo?
¡No te sientes bajo el porche!
Sal y camina bajo la lluvia.
El mundo necesita testigos convencidos, que no expresen el aburrimiento de
un cristianismo lacio, acostumbrado y acomodado al terrible cotidiano.
Necesita que las manos de los que creemos en la Resurrección de Cristo se
manchen por el trabajo: las manos limpias no siempre son reflejo de pureza,
a veces son el espejo de la pereza del labrador.
El amor que debe transformar el mundo debe ser eficaz a través e
trabajadores animados por la Resurrección de Cristo.
Quisiera quedar totalmente agotado, cuando muera;
porque cuanto más haya trabajado,
más habré vivido.
La vida no es, para mí, una pequeña vela.
Es una especie de espléndida antorcha
que he de mantener en alto
y que quiero que arda con la mayor luz posible
antes de entregarla a los que me siguen.
Pbros. Dres. Ariel David Busso y José Manuel Fernández
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