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Predicador del Papa: «Podemos hacer algo por
el Jesús que agoniza hoy»
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del Domingo de Ramos
ROMA, viernes, 14 marzo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del
padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a
la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, de Ramos.
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Domingo de Ramos
Isaías 50, 4-7; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14-27,66
En agonía hasta el fin del mundo
El Domingo de Ramos es la única ocasión, aparte del Viernes Santo, en que se
lee el Evangelio de la Pasión de Cristo en el curso de todo el año
litúrgico. Como no es posible comentar el largo relato por completo,
detengámonos en dos de sus momentos: Getsemaní y el Calvario.
De Jesús en el huerto de los olivos está escrito: «Comenzó a sentir tristeza
y angustia. Les dijo: "Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos
aquí y velad conmigo"». ¡Un Jesús irreconocible! Él, que daba órdenes a los
vientos y a los mares y le obedecían, que decía a todos que no tuvieran
miedo, ahora es presa de la tristeza y la angustia. ¿Cuál es la causa? Se
contiene toda en una palabra, el cáliz. «¡Padre mío, si es posible, que pase
de mí este cáliz!». El cáliz indica toda la mole de sufrimiento que está
apunto de caer sobre Él. Pero no sólo. Indica sobre todo la medida de la
justicia divina que los hombres han colmado con sus pecados y
transgresiones. Es «el pecado del mundo» que Él tomó sobre sí y que pesa
sobre su corazón como una piedra.
El filósofo Pascal dijo: «Cristo está en agonía, en el huerto de los olivos,
hasta el fin del mundo. No hay que dejarle solo en todo este tiempo».
Agoniza allí donde haya un ser humano que lucha con la tristeza, el pavor,
la angustia, en una situación sin salida como Él aquel día. No podemos hacer
nada por el Jesús agonizante de entonces, pero podemos hacer algo por el
Jesús que agoniza hoy. Oímos a diario tragedias que se consuman, a veces en
nuestro propio vecindario, en la puerta de enfrente, sin que nadie se
percate de nada. ¡Cuántos huertos de los olivos, cuántos Getsemaní en el
corazón de nuestras ciudades! No dejemos solos a los que están dentro.
Trasladémonos ahora al Calvario. «Clamó Jesús con fuerte voz: "Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Dando un fuerte grito, expiró».
Estoy a punto de decir ahora casi una blasfemia, pero me explicaré
enseguida. Jesús en la cruz pasó a ser ateo, el «sin Dios». Hay dos formas
de ateísmo. El ateísmo activo, o voluntario, de quien rechaza a Dios, y el
ateismo pasivo, o padecido, de quien es rechazado (o se siente rechazado)
por Dios. En uno y en otro existen los «sin Dios». El primero es un ateísmo
de culpa, el segundo un ateísmo de pena y de expiación. A esta última
categoría pertenece el «ateísmo» de la Madre Teresa de Calcuta, de quien
tanto se ha hablado con ocasión de la publicación de sus escritos
personales.
En la cruz Jesús expió anticipadamente todo el ateísmo que existe en el
mundo. No sólo el de los ateos declarados, sino también el de los ateos
prácticos, aquellos que viven «como si Dios no existiera», relegándole al
último lugar en la propia vida. «Nuestro» ateísmo, porque, en este sentido,
todos somos -quien más, quien menos-- ateos, «indiferentes» de Dios. Dios es
también hoy un «marginado», marginado de la vida de la mayoría de los
hombres.
Igualmente aquí hay que decir: «Jesús está en la cruz hasta el fin del
mundo». Lo está en todos los inocentes que sufren. Está clavado a la cruz en
los enfermos graves. Los clavos que le tienen aún cosido a la cruz son las
injusticias que se cometen con los pobres. En un campo de concentración nazi
se colgó a un hombre. Alguien, señalando a la víctima, preguntó iracundo a
un creyente que tenía al lado: «¿Dónde está ahora tu Dios?». «¿No lo ves?
-le respondió--. Está ahí, en la horca».
En todas las «deposiciones de la cruz» sobresale la figura de José de
Ariamatea. Representan a cuantos también hoy desafían el régimen o la
opinión pública para acercarse a los condenados, a los excluidos, a los
enfermos de Sida, y se empeñan en ayudar a alguno de ellos a descender de la
cruz. Para alguno de estos «crucificados» de hoy, el «José de Arimatea»
designado y esperado bien podría ser yo, o podrías ser tú.
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
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