|
|
Benedicto XVI revive la conversión de san
Agustín
Quinta y última intervención en la audiencia general dedicada al obispo de
Hipona
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 27 febrero 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la
quinta y última intervención de Benedicto XVI en la audiencia general
dedicada a la figura de san Agustín de Hipona, en esta ocasión, consagrada a
su conversión.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Con el encuentro de hoy quisiera concluir la presentación de la figura de
san Agustín. Tras detenernos en su vida, en sus obras, y en algunos aspectos
de su pensamiento, hoy quisiera volver a recordar su experiencia interior,
que hizo de él uno de los más grandes convertidos de la historia cristiana.
A esta experiencia dediqué en particular mi reflexión durante la
peregrinación que hice a Pavía, el año pasado, para venerar los restos
mortales de este padre de la Iglesia. De este modo quise expresar el
homenaje de toda la Iglesia católica, y al mismo tiempo hacer visible mi
personal devoción y reconocimiento por una figura a la que me siento
sumamente unido por la importancia que ha tenido en mi vida de teólogo, de
sacerdote y de pastor.
Todavía hoy es posible recorrer las vivencias de san Agustín gracias sobre
todo a «Las Confesiones», escritas para alabanza de Dios, que constituyen el
origen de una de las formas literarias más específicas de Occidente, la
autobiografía, es decir la expresión personal del conocimiento de sí mismo.
Pues bien, quien quiera que se acerque a este extraordinario y fascinante
libro, todavía hoy sumamente leído, se da cuenta fácilmente de que la
conversión de Agustín no fue repentina ni tuvo lugar plenamente desde el
inicio, sino que puede ser definida más bien como un auténtico camino, que
sigue siendo un modelo para cada uno de nosotros.
Este itinerario culminó ciertamente con la conversión y después con el
bautismo, pero no se concluyó con aquella Vigilia pascual del año 387,
cuando en Milán el profesor de retórica africano fue bautizado por el obispo
Ambrosio. El camino de conversión de Agustín continuó humildemente hasta el
final de su vida, hasta el punto de que se puede verdaderamente decir que
sus diferentes etapas --se pueden distinguir fácilmente tres-- son una única
y gran conversión.
La primera conversión
San Agustín fue un buscador apasionado de la verdad: lo fue desde el inicio
y después durante toda su vida. La primera etapa en su camino de conversión
se realizó precisamente en el acercamiento progresivo al cristianismo. En
realidad, él había recibido de la madre Mónica, con la que siempre estuvo
muy unido, una educación cristiana y, a pesar de que había vivido en los
años de juventud una vida desordenada, siempre sintió una profunda atracción
por Cristo, habiendo bebido el amor por el nombre del Señor con la leche
materna, como él mismo subraya (Cf. «Las Confesiones», III, 4, 8).
Pero la filosofía, sobre todo la de orientación platónica, también había
contribuido a acercarle a Cristo, manifestándole la existencia del Logos, la
razón creadora. Los libros de los filósofos le indicaban que existe la
razón, de la que procede todo el mundo, pero no le decían cómo alcanzar este
Logos, que parecía tan alejado. Sólo la lectura de las cartas de san Pablo,
en la fe la Iglesia católica, le reveló plenamente la verdad. Esta
experiencia fue sintetizada por Agustín en una de las páginas más famosas de
«Las Confesiones»: cuenta que, en el tormento de sus reflexiones, retirado
en un jardín, escuchó de repente una voz infantil que repetía una cantinela,
nunca antes escuchada: «tolle, lege, tolle, lege», «toma, lee, toma, lee» (VIII,
12,29). Entonces se acordó de la conversión de Antonio, padre del
monaquismo, y con atención volvió a tomar un códice de san Pablo que poco
antes tenía entre manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la
carta a los Romanos en el que el apóstol exhorta a abandonar las obras de la
carne y a revestirse de Cristo (13, 13-14).
Había comprendido que esa palabra, en aquel momento, se dirigía
personalmente a él, procedía de Dios a través del apóstol y le indicaba qué
es lo que tenía que hacer en ese momento. De este modo sintió cómo se
despejaban las tinieblas de la duda y se era liberado para entregarse
totalmente a Cristo: «Habías convertido a ti mi ser», comenta («Las
Confesiones», VIII, 12,30). Esta fue la primera y decisiva conversión.
El profesor de retórica africano llegó a esta etapa fundamental en su largo
camino gracias a su pasión por el hombre y por la verdad, pasión que le
llevó a buscar a Dios, grande e inaccesible. La fe en Cristo le hizo
comprender que Dios no estaba tan alejado como parecía. Se había hecho
cercano a nosotros, convirtiéndose en uno de nosotros. En este sentido, la
fe en Cristo llevó a cumplimiento la larga búsqueda de Agustín en el camino
de la verdad. Sólo un Dios que se ha hecho «tocable», uno de nosotros, era
en último término un Dios al que se podía rezar, por el que se podía vivir y
con el que se podía vivir.
La segunda conversión
Es un camino que hay que recorrer con valentía y al mismo tiempo con
humildad, abiertos a una purificación permanente, algo que cada uno de
nosotros siempre necesita. Pero el camino de Agustín no había concluido con
aquella Vigilia pascual del año 387, como hemos dicho. Al regresar a África,
fundó un pequeño monasterio y se retiró en él, junto a unos pocos amigos,
para dedicarse a la vida contemplativa y de estudio. Este era el sueño de su
vida. Ahora estaba llamado a vivir totalmente para la verdad, con la verdad,
en la amistad de Cristo, que es la verdad. Un hermoso sueño que duró tres
años, hasta que, a pesar suyo, fue consagrado sacerdote en Hipona y
destinado a servir a los fieles. Ciertamente siguió viviendo con Cristo y
por Cristo, pero al servicio de todos. Esto era muy difícil para él, pero
comprendió desde el inicio que sólo viviendo para los demás, y no
simplemente para su contemplación privada, podía realmente vivir con Cristo
y por Cristo.
De este modo, renunciando a una vida consagrada sólo a la meditación,
Agustín aprendió, a veces con dificultad, a poner a disposición el fruto de
su inteligencia para beneficio de los demás. Aprendió a comunicar su fe a la
gente sencilla y a vivir así para ella en aquella ciudad que se convirtió en
la suya, desempeñando sin cansarse una generosa actividad, que describe con
estas palabras en uno de sus bellísimos sermones: «Predicar continuamente,
discutir, reprender, edificar, estar a disposición de todos, es un ingente
cargo y un gran peso, un enorme cansancio» («Sermón» 339, 4). Pero él cargó
con este peso, comprendiendo que precisamente de este modo podía estar más
cerca de Cristo. Su segunda conversión consistió en comprender que se llega
a los demás con sencillez y humildad.
La tercera conversión
Pero hay una última etapa en el camino de Agustín, una tercera conversión:
es la que le llevó cada día de su vida a pedir perdón a Dios. Al inicio,
había pensado que una vez bautizado, en la vida de comunión con Cristo, en
los sacramentos, en la celebración de la Eucaristía, llegaría a la vida
propuesta por el Sermón de la Montaña: la perfección donada en el bautismo y
reconfirmada por la Eucaristía.
En la última parte de su vida comprendió que lo que había dicho en sus
primeras predicaciones sobre el Sermón de la Montaña --es decir, que
nosotros, como cristianos, vivimos ahora este ideal permanentemente-- estaba
equivocado. Sólo el mismo Cristo realiza verdadera y completamente el Sermón
de la Montaña. Nosotros tenemos siempre necesidad de ser lavados por Cristo,
que nos lava los pies, y de ser renovados por Él. Tenemos necesidad de
conversión permanente. Hasta el final necesitamos esta humildad que reconoce
que somos pecadores en camino, hasta que el Señor nos da la mano
definitivamente y nos introduce en la vida eterna. Agustín murió con esta
última actitud de humildad, vivida día tras día.
Esta actitud de humildad profunda ante el único Señor Jesús le introdujo en
la experiencia de una humildad también intelectual. Agustín, que es una de
las figuras más grandes en la historia del pensamiento, quiso en los últimos
años de su vida someter a un lúcido examen crítico sus numerosísimas obras.
Surgieron así las «Retractationes» («revisiones»), que de este modo
introducen su pensamiento teológico, verdaderamente grande, en la fe humilde
y santa de aquella a la que llama simplemente con el nombre de Catholica, es
decir, la Iglesia. «He comprendido --escribe precisamente en este
originalísimo libro (I, 19, 1-3)-- que sólo uno es verdaderamente perfecto y
que las palabras del Sermón de la Montaña sólo son realizadas totalmente por
uno solo: en Jesucristo mismo. Toda la Iglesia, por el contrario, todos
nosotros, incluidos los apóstoles, tenemos que rezar cada día: "perdona
nuestras ofensas
así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden"».
Convertido a Cristo, que es verdad y amor, Agustín le siguió durante toda la
vida y se convirtió en un modelo para todo ser humano, para todos nosotros
en la búsqueda de Dios. Por este motivo quise concluir mi peregrinación a
Pavía volviendo a entregar espiritualmente a la Iglesia y al mundo, ante la
tumba de este grande enamorado de Dios, mi primera encíclica, Deus caritas
est. Ésta, de hecho, tiene una gran deuda, sobre todo en su primera parte,
con el pensamiento de san Agustín.
También hoy, como en su época, la humanidad tiene necesidad de conocer y
sobre todo de vivir esta realidad fundamental: Dios es amor y el encuentro
con él es la única respuesta a las inquietudes del corazón humano. Un
corazón en el que vive la esperanza --quizá todavía oscura e inconsciente en
muchos de nuestros contemporáneos--, para nosotros los cristianos abre ya
hoy al futuro, hasta el punto de que san Pablo escribió que «en esperanza
fuimos salvados» (Romanos, 8, 24). A la esperanza he querido dedicar mi
segunda encíclica, Spe salvi, que también ha contraído una gran deuda con
Agustín y su encuentro con Dios.
Un escrito sumamente hermoso de Agustín define la oración como expresión del
deseo y afirma que Dios responde ensanchando hacia él nuestro corazón. Por
nuestra parte, tenemos que purificar nuestros deseos y nuestras esperanzas
para acoger la dulzura de Dios (Cf. San Agustín, «In Ioannis», 4, 6). Sólo
ésta nos salva, abriéndonos además a los demás. Recemos, por tanto, para que
en nuestra vida se nos conceda cada día seguir el ejemplo de este gran
convertido, encontrando como él en todo momento de nuestra vida al Señor
Jesús, el único que nos salva, que nos purifica y nos da la verdadera
alegría, la verdadera vida.
[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios
idiomas. En español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
San Agustín es uno de los más grandes convertidos de la historia cristiana.
En su libro «Las Confesiones» nos ha dejado una descripción de su
experiencia interior de conversión, que continuó durante toda su vida y en
la que se pueden ver tres etapas. La primera consiste en su acercamiento
progresivo al cristianismo, hasta llegar al bautismo. Su pasión por el ser
humano y por la verdad le llevó a buscar a Dios. Un Dios que en Jesús se ha
hecho cercano a los hombres haciéndose uno de nosotros. Así, la fe en Cristo
culminó su larga búsqueda de la verdad. Más tarde fue consagrado sacerdote,
renunciando a una vida sólo de meditación y estudio, para poder servir a los
fieles. La última etapa se caracteriza por la profunda humildad intelectual
y ante el Señor, con la que sometió a examen crítico sus numerosas obras,
para introducir así su pensamiento teológico en la fe de la Iglesia. Agustín
es, por tanto, un modelo para cuántos buscan la verdad, enseñándonos que
únicamente en el encuentro con Dios, que es amor, el corazón humano puede
encontrar respuesta a sus inquietudes.
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, a
los formadores y seminaristas de Córdoba, con su Obispo, a los que animo a
seguir con entusiasmo su preparación al sacerdocio. Saludo también a las
Cofradías del Cristo de la Expiración de Sevilla y de Málaga, a los
distintos grupos de estudiantes y peregrinos venidos de Argentina, Chile,
España, México, y de otros países latinoamericanos. Siguiendo el ejemplo de
san Agustín, os exhorto a fijar vuestra mirada en Cristo, que se entregó por
nosotros, y proseguir con esperanza vuestro camino de conversión cuaresmal.
Muchas gracias.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
|