|
|
Homilía del cardenal
Bertone en la Celebración Eucarística en Santa Clara (Cuba)
SANTA CLARA, domingo, 24 febrero 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía
que pronunció el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de
Benedicto XVI, en la Celebración Eucarística que presidió en la mañana del
sábado en la diócesis cubana de Santa Clara.
* * *
«¡Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice,
alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios!» (Sal 102,1-2).
Estas palabras del salmo que hemos proclamado expresan acertadamente mis
sentimientos de gozo al poder estar aquí con todos Ustedes, para compartir
la fe que nos une y transmitir la cercanía espiritual de Su Santidad
Benedicto XVI a esta Iglesia particular de santa Clara, que está en sus
oraciones y por la que se interesa con paterna solicitud. Él me encargó que
les dijera a todos Ustedes que ocupan un puesto especial en el corazón del
Papa.
Dirijo un fraterno saludo al Señor Obispo de Santa Clara, Monseñor Marcelo
Arturo González Amador, a los queridos Hermanos en el Episcopado, a los
Sacerdotes, a los Diáconos, a los Seminaristas, a las comunidades Religiosas
y a los miembros de las distintas Parroquias de esta Diócesis, así como a
los fieles venidos de Cienfuegos y de otros lugares. Saludo también
cordialmente a las Autoridades nacionales y locales que nos acompañan.
Animados por el salmista, que nos ha invitado a no olvidar los beneficios
del Señor, queremos elevar en esta Eucaristía una ferviente alabanza a Dios
por haber bendecido esta tierra, "la más hermosa que ojos humanos han
visto", con aquella memorable visita que el Siervo de Dios Juan Pablo II
realizara a la misma, hace ahora diez años.
El monumento al Papa, que dentro de poco tendré el honor de inaugurar,
perpetuará este recuerdo y evocará continuamente que el Santo Padre vino a
Cuba a compartir con todos Ustedes la "convicción profunda de que el Mensaje
del Evangelio conduce al amor, a la entrega, al sacrificio y al perdón, de
modo que si un pueblo recorre este camino es un pueblo con esperanza de un
futuro mejor" (Discurso en la ceremonia de bienvenida en el Aeropuerto
Internacional "José Martí", 21.1.1998, n. 4).
Fue justamente aquí, un 22 de enero de 1998, donde el venerado Pontífice
presidió por vez primera la Santa Misa en suelo cubano para pedir por las
familias de esta Nación.
Con un solo corazón, imploramos del Señor que continúe sosteniendo con su
gracia la abnegada e ingente labor evangelizadora que Pastores y fieles
están llevando a cabo en esta tierra, a la vez que deseamos renovar la
plegaria que Juan Pablo II dirigiera a Dios por los matrimonios y las
familias cubanas, para que fieles a las virtudes que las distinguen, entre
las que destacan la solidaridad y la confianza mutua, el respeto de los
hijos hacia los padres y la voluntad de construir un mundo mejor sin reparar
en sacrificios, sepan afrontar los retos actuales apoyados en Jesús, el
único que puede colmar verdaderamente la felicidad a la que todo hombre
aspira (Cf. JUAN PABLO II, Homilía en la Misa celebrada en el Instituto
Superior de Cultura Física "Manuel Fajardo" de Santa Clara. 22.1.1998, nn.
3-4).
Como hoy San Lucas nos ha presentado, Cristo vino al mundo para revelarnos
que Dios es Padre de inmensa misericordia y que nosotros somos sus hijos,
destinatarios privilegiados de su amor. No somos, por tanto, esclavos de
nadie. Somos hijos amados de Dios y esta dignidad nunca se nos podrá
arrebatar.
En este mundo todo acaba. Lo único que jamás se agota es el amor de Dios,
que no quiere que se pierda ni uno solo de sus hijos, antes bien, su corazón
rebosa de júbilo cuando el hombre responde a su amistad. Por este motivo,
bien pudo afirmar Su Santidad Benedicto XVI, que "sólo el amor de Dios puede
cambiar desde dentro la existencia del hombre y, en consecuencia, de toda
sociedad, porque sólo su amor infinito lo libra del pecado, que es la raíz
de todo mal. Si es verdad que Dios es justicia -proseguía el Papa-, no hay
que olvidar que, sobre todo, es amor: si odia el pecado, es porque ama
infinitamente a cada persona humana. Nos ama a cada uno de nosotros, y su
fidelidad es tan profunda que no se desanima ni siquiera ante nuestro
rechazo" (Homilía en la Parroquia romana de Santa Felicidad e hijos,
mártires. 25.3.2007).
La certeza de la bondad de Dios ha de suscitar en nuestro interior
manantiales de esperanza e impulsarnos a poner en práctica la palabra de
Cristo, que nos pide seguir sus huellas y acoger a todos sin distinción,
incluso a los que no comparten nuestra fe. Así, imitaremos al Padre
celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con
su amor inquebrantable. Al mismo tiempo, se pondrá de manifiesto que los
cristianos estamos llamados, no a devolver mal por mal, sino a ofrecer a
nuestros semejantes lo mejor que tenemos: el amor de Dios revelado en Cristo
Jesús, amor que es más fuerte que cualquier agravio.
En sintonía con esta enseñanza, tengamos la valentía de ser testigos de la
caridad de Cristo allá donde estemos, ya sea en el hogar o en la fábrica, en
el hospital o por la calle. Las circunstancias podrán cambiar, lo que debe
permanecer inmutable es nuestra identificación con los sentimientos y las
actitudes de Jesús. Entonces, lograremos con su gracia edificar una
civilización en donde la mentira, la injusticia, la opresión o la violencia
sean derrotadas por la fuerza del perdón y la verdad. Dios nos dio prueba de
que esto es posible, pues en Cristo crucificado y resucitado nos mostró que
la última palabra en la historia no la tiene el mal, sino el bien.
En este camino, no faltarán contrariedades y problemas. Ahora bien, nada
debe amedrentarnos. En medio de nuestras vicisitudes, la confianza en el
Señor, la escucha atenta de su Palabra, la participación asidua en los
Sacramentos y la oración personal deben ser la fuente de nuestra fortaleza.
No seamos remisos, pues, y busquemos el tiempo y los medios para profundizar
en el conocimiento de Cristo, y para afianzar nuestros vínculos de amistad
con Él. Jesús no es un personaje de ficción o un simple héroe. Tampoco es
una idea abstracta, sino una Persona, "que Dios ha hecho para nosotros
sabiduría, justicia, santificación y redención" (1 Co 1,30). Jesús es el
Pastor anunciado por Miqueas en la primera lectura (Cf. Miq 7,14-20). Por
tanto, Él nunca abandonará a su grey. Que nadie se sienta, pues, olvidado o
solo, abandonado o fracasado, porque Dios se ha encarnado en Cristo para
entender nuestro lenguaje y para que ninguno de nuestros sufrimientos le
fuera ajeno.
Que lo tengan esto en cuenta, particularmente, los jóvenes que participan en
esta celebración y aquellos otros que, gracias a su palabra, podrán recibir
la Buena Noticia de que Dios los ama y quiere compartir con ellos el camino
de la vida.
Queridos jóvenes, permítanme Ustedes que les proponga con sencillez que
miren al Señor Jesús. Él los enriquecerá con su gracia para que se atrevan a
emprender el camino del amor que no exige, sino que se entrega sin pedir
nada a cambio. Dejen que Jesús los transforme por dentro y tengan la
valentía de preguntarse si Él los llama a seguirlo con una vida de especial
consagración, para que Ustedes sean dispensadores de sus misterios y se
dediquen a servir a los demás desinteresadamente.
Los invito a que se hagan eco de estas palabras entre sus coetáneos y
amigos. Con su compromiso y testimonio de fe, sean para los que les rodean
un signo que los lleve a interpelarse y los conduzca a descubrir que el
hombre nuevo es aquel que tiene la audacia de amar a Dios, y a los demás,
con todo su corazón.
Queridos hermanos, la novedad que hace realmente libre al hombre no viene de
una propuesta humana, sino de Dios, que nos ha amado primero y nos ha dado
ejemplo. Que ninguno de los aquí presentes se contente simplemente con
realizar lo debido o lo que está estipulado, sino que la caridad de Ustedes
desborde toda medida y alcance a descubrir las necesidades del otro para
ponerse a su disposición con entrañas de misericordia. Que sepan Ustedes
conmoverse ante las desdichas de los demás, dando así cumplimiento a las
palabras de Cristo, que dijo: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos
más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). Para que su amor sea
duradero y desprendido, el cristiano debe orar a Dios sin desfallecer. Sin
ello, el servicio a los demás corre el riesgo de convertirse en mera
filantropía, o tal vez en propaganda, y fácilmente puede decaer ante la
magnitud de los desafíos y urgencias que debe que afrontar. Por el
contrario, si se reza con perseverancia, de esa oración mana aquella
serenidad que, por encima de las incomprensiones y confusiones del mundo que
le rodea, permite al discípulo de Jesús implicarse con constancia en la
historia cotidiana, con el convencimiento de que Dios es Padre y lo ama,
aunque su silencio siga siendo a menudo incomprensible para él (Cf. Deus
caritas est, 38).
Queridos hermanos, les ruego que, al terminar esta celebración, lleven
Ustedes el saludo y el afecto del Papa a todos los hogares de esta Diócesis
y de los sitios de donde provienen, particularmente a aquellos en donde haya
personas que sufren, niños o ancianos. A todos ellos díganles que el Señor
los quiere y que nunca los dejará solos.
Pongo todas estas intenciones bajo la mirada de la Virgen María, a quien los
hijos de esta Patria veneran con el glorioso título de la Caridad del Cobre.
Acudan a Ella, porque Ella les llevará siempre a Jesús, fruto bendito de su
seno. A la Madre de Dios le suplico que los custodie en su amor y les ayude
en su vida diaria.
Amén.
|