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Homilía del Padre Rodrigo en ocasión de

Santa María, Madre de Dios.


" En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les hablan dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo quehabían visto y oído; todo como les hablan dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo habla llamado el ángel antes de su concepción. "

Lucas 2, 16-21

 

El Evangelio de hoy nos hace recorrer el camino que hicieron los pastores, hasta llegar a la cueva donde se encontraban María, José y el Niño. Nuevamente descansemos hoy en este pesebre, que es como una cátedra de la que hemos de sacar excelentes lecciones.

En este día nos reunimos en la Santa Misa festejando dos acontecimientos.

El primero, despedida e inicio del año.

El segundo, la reunión en torno a María, para alabarla y felicitarla en su más excelso nombre, cual es el de "Madre de Dios".

Porque la Providencia así lo determinó, hemos nacido y vivimos en estos tiempo; cabe hace una reflexión sobre la responsabilidad que nos compete frente a Dios.

Se nos ha dado la existencia y junto con ella el Señor quiso acumular talentos naturales y dones sobrenaturales, no para que los malgastemos o los escondamos, sino para que Él, que los ha sembrado en nosotros, pueda hacer de ellos una copiosa cosecha.

Parece, pues, imponerse en una día como éste, un sincero examen de conciencia. Mirar hacia atrás para ver si realmente estamos gastando nuestra existencia con responsabilidad.

Convendrá pedirle perdón al Señor por nuestras falencias y fragilidades; por no haber trabajado con empuje en favor de su causa.

Para algunos fue un año de prosperidad, para otros - quizás - de grandes pruebas y cruces. Sea como fuere, lo mejor es ofrendar hoy, junto con el pan y el vino, los actos del presente año, para que todos ellos, incluso los defectuosos, sean asumidos por Cristo y elevados por El, como suave perfume para la gloria del Padre.

Comienza, asimismo, un nuevo año y será también oportuno levantar los ojos al cielo, para pedir la bendición del Eterno Padre, y de esa manera, inaugurar con su ayuda, la carrera que hoy comenzamos.

En la primera lectura, hemos escuchado cómo Dios dijo a su siervo Moisés: "Así bendecirás a los israelitas. Dirás: < Que el Señor te bendiga y te proteja >; < el Señor te de su paz >". Al invocar su nombre, nos llenamos de su bondad, protección y favor.

Hemos dicho al comienzo que teníamos que ir al pesebre, en compañía de los pastores, donde la Madre está con su Hijo, donde está Dios, "nacido de una mujer".

El camino de los pastores es un símbolo, un signo del itinerario de la Fe de todo hombre. La decisión interior, se traduce luego en gestos concretos de vida. Podríamos describir tres etapas:

Búsqueda: porque fueron rápidamente

Hallazgo: porque encontraron al Niño

Testimonio: porque lo contaron.

Hoy la Iglesia quiera celebrar con gran júbilo la parte que tuvo María en el misterio de la salvación.

Quiere exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa, por la cual merecimos recibir el Autor de la Vida.

Renovar la adoración al recién nacido, Príncipe de la Paz e implorarla por mediación de la Reina de la Paz.

En el Concilio de Efeso del año 431, se aprobó solemnemente el uso del título "Madre de Dios", aplicado a la Santísima Virgen en momentos en que era cuestionado por algunos cristianos. El Concilio quiso dejar bien claro que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es uno y el mismo, y por lo tanto el nacido de María es Dios y hombre verdadero. De ahí se sigue que María puede y debe ser llamada "Madre de Dios".

La verdadera devoción a la Virgen no consiste ni en un afecto estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos impulsados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.

La imitación de María es precisamente otro aspecto de la vida mariana. Sólo Jesús es el camino que conduce al Padre, él es el único modelo; pero ¿Quién es más semejante a Jesús que María? ¿quién poseyó con más profundidad que María los mismos sentimientos de Cristo?

"¡Oh Señora! - exclama san Bernardo - Dios mora en ti y tú en él. Tú la revistes con la substancia de tu carne y él te reviste con la gloria de su Majestad".

Al encarnarse y habitar en el seño purísimo de la Virgen, Jesús la revistió de si, le comunicó sus perfecciones infinitas, le infundió sus sentimientos, sus deseos, su querer; y María, que se abandonó totalmente a aquella acción profunda de su Hijo, fue transformada plenamente en él, hasta ser su más fiel retrato.

"María - canta la liturgia antigua - es la imagen perfectísima de Cristo, pintada al vivo por el Espíritu de Jesús, se posesionó plenamente del alma pura y dulce de María, y esculpió en ella, con una perfección y delicadeza suma, todas las líneas, todas las características del alma de Cristo; con razón se puede decir que imitar a a María es imitar a Jesús. Precisamente por esto nosotros la elegimos por modelo.

Del mismo modo que no amamos a María por sí misma, sino en orden y en unión con Cristo, de quien es imagen perfecta, Jesús es el único camino que lleva al Padre, y María es el camino más seguro y más fácil para ir a Jesús.

Al encarnar en sí las perfecciones del Padre, Jesús nos hizo posible su imitación.

María, modelando en sí las perfecciones de Jesús, nos las ha puesto más a nuestro alcance.

Por otra parte, nadie podrá decir con mayor sinceridad y verdad que María: "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo" (1 Cor 4,16).

Como Jesús vino a nosotros a través de María, así tenemos que ir nosotros a Jesús por medio de María.

Que así sea.

 

Oración después de la comunión

Dame tus ojos, Madre,

para saber mirar;

si miro con tus ojos, jamás podré pecar.

Dame tus labios, Madre,

para poder rezar;

si rezo con tus labios, Jesús me escuchará.

Dame tu lengua, Madre,

para ir a comulgar;

es tu lengua patena de gracia y santidad.

Dame tus manos, Madre,

que quiero trabajar;

entonces, mi trabajo valdrá una eternidad.

Dame tu mano, Madre,

que cubra mi maldad;

cubierta con tu manto al cielo he de llegar.

Dame tu cielo, Madre, para poder gozar;

si tú me das el cielo, ¿qué más puedo anhelar?

Dame a Jesús, oh Madre,

para poder amar;

ésta será mi dicha por una eternidad.

Amén

 

 

Parroquia Santa Julia

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