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NO MATARÁS.
2258. 'La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la
acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el
Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta
su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de
matar de modo directo a un ser humano inocente'.
I.- El respeto de la vida humana
2259. La Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano
Caín, revela, desde los comienzos de la historia humana, la presencia en el
hombre de la ira y la codicia, consecuencias del pecado original. El hombre
se convirtió en el enemigo de sus semejantes. Dios manifiesta la maldad de
este fratricidio: '¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a
mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su
boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano' [Gn 4,10-11 .].
2260. La alianza de Dios y de la humanidad está tejida de llamamientos a
reconocer la vida humana como don divino y de la existencia de una violencia
fratricida en el corazón del hombre:
Y yo os prometo reclamar vuestra propia sangre... Quien vertiere sangre de
hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo
él al hombre [Gn 9,5-6 .].
El Antiguo Testamento consideró siempre la sangre como un signo sagrado de
la vida. La validez de esta enseñanza es para todos los tiempos.
2261. La Escritura precisa lo que el quinto mandamiento prohíbe: 'No quites
la vida del inocente y justo' [Ex 23,7 .]. El homicidio voluntario de un
inocente es gravemente contrario a la dignidad del ser humano, a la regla de
oro y a la santidad del Creador. La ley que lo proscribe posee una validez
universal: obliga a todos y a cada uno, siempre y en todas partes.
2262. En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: 'No
matarás' [Mt 5,21 .], y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de
la venganza. Más aún, Cristo exige a sus discípulos presentar la otra
mejilla, amar a los enemigos. El mismo no se defendió y dijo a Pedro que
guardase la espada en la vaina.
2263. La legítima defensa de las personas y las sociedades no es una
excepción a la prohibición de la muerte del inocente que constituye el
homicidio voluntario. 'La acción de defenderse puede entrañar un doble
efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del
agresor... solamente es querido el uno; el otro, no' [Santo Tomás de Aquino]
2264. El amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la
moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la
vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se
ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal:
Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se
trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma
mesurada, la acción sería lícita... y no es necesario para la salvación que
se omita este acto de protección mesurada a fin de evitar matar al otro,
pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por
la de otro. [Santo Tomás de Aquino]
2265. La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber
grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la
familia o de la sociedad.
2266. La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor
en estado de no poder causar perjuicio. Por este motivo la enseñanza
tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y
deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a
la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el
recurso a la pena de muerte. Por motivos análogos quienes poseen la
autoridad tienen el derecho de rechazar por medio de las armas a los
agresores de la sociedad que tienen a su cargo.
Las penas tienen como primer efecto el de compensar el desorden introducido
por la falta. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable,
tiene un valor de expiación. La pena tiene como efecto, además, preservar el
orden público y la seguridad de las personas. Finalmente, tiene también un
valor medicinal, puesto que debe, en la medida de lo posible, contribuir a
la enmienda del culpable.
2267. Si los medios incruentos bastan para defender las vidas humanas contra
el agresor y para proteger de él el orden público y la seguridad de las
personas, en tal caso la autoridad se limitará a emplear sólo esos medios,
porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y
son más conformes con la dignidad de la persona humana.
2268. El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio
directo y voluntario. El que mata y los que cooperan voluntariamente con él
cometen un pecado que clama venganza al cielo.
El infanticidio, el fratricidio, el parricidio, el homicidio del cónyuge son
crímenes especialmente graves a causa de los vínculos naturales que
destruyen. Preocupaciones de eugenesia o de salud pública no pueden
justificar ningún homicidio, aunque fuera ordenado por las propias
autoridades.
2269. El quinto mandamiento prohíbe hacer algo con intención de provocar
indirectamente la muerte de una persona. La ley moral prohíbe exponer a
alguien sin razón grave a un riesgo mortal, así como negar la asistencia a
una persona en peligro.
La aceptación por parte de la sociedad de hombres que provocan muertes sin
esforzarse por remediarlas es una escandalosa injusticia y una falta grave.
Los traficantes cuyas prácticas usurarias y mercantiles provocan el hambre y
la muerte de sus hermanos los hombres, cometen indirectamente un homicidio.
Este les es imputable.
El homicidio involuntario no es moralmente imputable. Pero no se está libre
de falta grave cuando, sin razones proporcionadas, se ha obrado de manera
que se ha seguido la muerte, incluso sin intención de causarla.
2270. La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde
el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el
ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales
está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida.
Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que
nacieses te tenía consagrado [Jr 1,5 .].44
Y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo hecho en lo secreto, tejido
en las honduras de la tierra [Sal 139,15 .].
2271. Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de
todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable.
El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es
gravemente contrario a la ley moral.
No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido.
[Didajé]
Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la excelsa misión de
conservar la vida, misión que deben cumplir de modo digno del hombre. Por
consiguiente, se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la
concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes abominables. [GS
51,3.]
2272. La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La
Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida
humana. 'Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión
latae sententiae', es decir, 'de modo que incurre ipso facto en ella quien
comete el delito', en las condiciones previstas por el Derecho. Con esto la
Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es
manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al
inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad.
2273. El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida
constituye un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su
legislación:
'Los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados
por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos derechos
del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los padres, y
tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la
naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto creador
que la ha originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar a
este propósito el derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad
física desde la concepción hasta la muerte'.
'Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la
protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad
de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los
derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se
quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho... El respeto y la
protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe
nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda
deliberada violación de sus derechos'. [Donum vitae III]
2274. Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el
embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido
médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano.
El diagnóstico prenatal es moralmente lícito, 'si respeta la vida e
integridad del embrión y del feto humano, y si se orienta hacia su
protección o hacia su curación... Pero se opondrá gravemente a la ley moral
cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de
provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una
malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una
sentencia de muerte'.
2275. Se deben considerar 'lícitas las intervenciones sobre el embrión
humano, siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo
expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la
mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual'.
'Es inmoral producir embriones humanos destinados a ser explotados como
«material biológico» disponible'.
'Algunos intentos de intervenir en el patrimonio cromosómico y genético no
son terapéuticos, sino que miran a la producción de seres humanos
seleccionados en cuanto al sexo u otras cualidades prefijadas. Estas
manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su
integridad y a su identidad'.
2276. Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho
a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser
atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible.
2277. Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa
consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o
moribundas. Es moralmente inaceptable.
Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca
la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente
contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su
Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no
cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir
siempre.
2278. La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos,
extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima.
Interrumpir estos tratamientos es rechazar el 'encarnizamiento terapéutico'.
Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla.
Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene
competencia y capacidad o si no por los que tienen los derechos legales,
respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del
paciente.
2279. Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios
debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos. El
uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con
riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad
humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino
solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos
constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta
razón deben ser alentados.
2280. Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado.
El sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla
con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras
almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha
confiado. No disponemos de ella.
2281. El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a
conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí
mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los
lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las
cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo.
2282. Si se comete con intención de servir de ejemplo, especialmente a los
jóvenes, el suicidio adquiere además la gravedad del escándalo. La
cooperación voluntaria al suicidio es contraria a la ley moral.
Trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del
sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del
suicida.
2283. No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que
se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que El solo
conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las
personas que han atentado contra su vida.
II.- El respeto de la dignidad de las personas
2284. El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a
hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo.
Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su hermano la muerte
espiritual. El escándalo constituye una falta grave, si por acción u
omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave.
2285. El escándalo adquiere una gravedad particular según la autoridad de
quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen. Inspiró a nuestro
Señor esta maldición: 'Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen
en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino
que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar' [Mt 18,6 .].56 El
escándalo es grave cuando es causado por quienes, por naturaleza o por
función, están obligados a enseñar y educar a otros. Jesús, en efecto, lo
reprocha a los escribas y fariseos: los compara a lobos disfrazados de
corderos.
2286. El escándalo puede ser provocado por la ley o por las instituciones,
por la moda o por la opinión.
Así se hacen culpables de escándalo quienes instituyen leyes o estructuras
sociales que llevan a la degradación de las costumbres y a la corrupción de
la vida religiosa, o a 'condiciones sociales que, voluntaria o
involuntariamente, hacen ardua y prácticamente imposible una conducta
cristiana conforme a los mandamientos'. Lo mismo ha de decirse de los
empresarios que imponen procedimientos que incitan al fraude, de los
educadores que 'exasperan' a sus alumnos, o de los que, manipulando la
opinión pública, la desvían de los valores morales.
2287. El que usa los poderes de que dispone en condiciones que arrastren a
hacer el mal se hace culpable de escándalo y responsable del mal que directa
o indirectamente ha favorecido. 'Es imposible que no vengan escándalos;
pero, ¡ay de aquel por quien vienen!' [Lc 17,1 .].
2288. "La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios.
Debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades de
los demás y el bien común.
El cuidado de la salud de los ciudadanos requiere la ayuda de la sociedad
para lograr las condiciones de existencia que permiten crecer y llegar a la
madurez: alimento y vestido, vivienda, cuidados de la salud, enseñanza
básica, empleo y asistencia social.
2289. La moral exige el respeto de la vida corporal, pero no hace de ella un
valor absoluto. Se opone a una concepción neopagana que tiende a promover el
culto del cuerpo, a sacrificar todo a él, a idolatrar la perfección física y
el éxito deportivo. Semejante concepción, por la selección que opera entre
los fuertes y los débiles, puede conducir a la perversión de las relaciones
humanas.
2290. La virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de excesos, el
abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas. Quienes en
estado de embriaguez, o por afición inmoderada de velocidad, ponen en
peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el
mar o en el aire, se hacen gravemente culpables.
2291. El uso de la droga inflige muy graves daños a la salud y a la vida
humana. Fuera de los casos en que se recurre a ello por prescripciones
estrictamente terapéuticas, es una falta grave. La producción clandestina y
el tráfico de drogas son prácticas escandalosas; constituyen una cooperación
directa, porque incitan a ellas, a prácticas gravemente contrarias a la ley
moral.
2292. Los experimentos científicos, médicos o psicológicos, en personas o
grupos humanos, pueden contribuir a la curación de los enfermos y al
progreso de la salud pública.
2293. Tanto la investigación científica de base como la investigación
aplicada constituyen una expresión significativa del dominio del hombre
sobre la creación. La ciencia y la técnica son recursos preciosos cuando son
puestos al servicio del hombre y promueven su desarrollo integral en
beneficio de todos; sin embargo, por sí solas no pueden indicar el sentido
de la existencia y del progreso humano. La ciencia y la técnica están
ordenadas al hombre que les ha dado origen y crecimiento; tienen por tanto
en la persona y en sus valores morales el sentido de su finalidad y la
conciencia de sus límites.
2294. Es ilusorio reivindicar la neutralidad moral de la investigación
científica y de sus aplicaciones. Por otra parte, los criterios de
orientación no pueden ser deducidos ni de la simple eficacia técnica, ni de
la utilidad que puede resultar de ella para unos con detrimento de otros, y,
menos aún, de las ideologías dominantes. La ciencia y la técnica requieren
por su significación intrínseca el respeto incondicionado de los criterios
fundamentales de la moralidad; deben estar al servicio de la persona humana,
de sus derechos inalienables, de su bien verdadero e integral, conforme al
designio y la voluntad de Dios.
2295. Las investigaciones o experimentos en el ser humano no pueden
legitimar actos que en sí mismos son contrarios a la dignidad de las
personas y a la ley moral. El eventual consentimiento de los sujetos no
justifica tales actos. La experimentación en el ser humano no es moralmente
legítima si hace correr riesgos desproporcionados o evitables a la vida o a
la integridad física o psíquica del sujeto. La experimentación en seres
humanos no es conforme a la dignidad de la persona si, por añadidura, se
hace sin el consentimiento consciente del sujeto o de quienes tienen derecho
sobre él.
2296. El trasplante de órganos no es moralmente aceptable si el donante o
sus representantes no han dado su consentimiento consciente. El trasplante
de órganos es conforme a la ley moral y puede ser meritorio si los peligros
y riesgos físicos o psíquicos sobrevenidos al donante son proporcionados al
bien que se busca en el destinatario. Es moralmente inadmisible provocar
directamente para el ser humano bien la mutilación que le deja inválido o
bien su muerte, aunque sea para retardar el fallecimiento de otras personas.
2297. Los secuestros y el tomar rehenes hacen que impere el terror y,
mediante la amenaza, ejercen intolerables presiones sobre las víctimas. Son
moralmente ilegítimos. El terrorismo, que amenaza, hiere y mata sin
discriminación es gravemente contrario a la justicia y a la caridad. La
tortura, que usa de violencia física o moral, para arrancar confesiones,
para castigar a los culpables, intimidar a los que se oponen, satisfacer el
odio, es contraria al respeto de la persona y de la dignidad humana.
Exceptuados los casos de prescripciones médicas de orden estrictamente
terapéutico, las amputaciones, mutilaciones o esterilizaciones directamente
voluntarias de personas inocentes son contrarias a la ley moral.
2298. En tiempos pasados, se recurrió de modo ordinario a prácticas crueles
por parte de autoridades legítimas para mantener la ley y el orden, con
frecuencia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso
adoptaron, en sus propios tribunales las prescripciones del derecho romano
sobre la tortura. Junto a estos hechos lamentables, la Iglesia ha enseñado
siempre el deber de clemencia y misericordia; prohibió a los clérigos
derramar sangre. En tiempos recientes se ha hecho evidente que estas
prácticas crueles no eran ni necesarias para el orden público ni conformes a
los derechos legítimos de la persona humana. Al contrario, estas prácticas
conducen a las peores degradaciones. Es preciso esforzarse por su abolición,
y orar por las víctimas y sus verdugos.
2299. A los moribundos se han de prestar todas las atenciones necesarias
para ayudarles a vivir sus últimos momentos en la dignidad y la paz. Deben
ser ayudados por la oración de sus parientes, los cuales cuidarán que los
enfermos reciban a tiempo los sacramentos que preparan para el encuentro con
el Dios vivo.
2300. Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad
en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una
obra de misericordia corporal, que honra a los hijos de Dios, templos del
Espíritu Santo.
2301. La autopsia de los cadáveres es moralmente admisible cuando hay
razones de orden legal o de investigación científica. El don gratuito de
órganos después de la muerte es legítimo y puede ser meritorio.
La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en
la resurrección del cuerpo.
III.- La defensa de la paz
2302. Recordando el precepto: 'no matarás' [Mt 5,21 .], nuestro Señor pide
la paz del corazón y denuncia la inmoralidad de la cólera homicida y del
odio:
La cólera es un deseo de venganza. 'Desear la venganza para el mal de aquel
a quien es preciso castigar, es ilícito'; pero es loable imponer una
reparación 'para la corrección de los vicios y el mantenimiento de la
justicia' [Santo Tomás de Aquino]. Si la cólera llega hasta el deseo
deliberado de matar al prójimo o de herirlo gravemente, constituye una falta
grave contra la caridad; es pecado mortal. El Señor dice: 'Todo aquel que se
encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal' [Mt 5,22 .].
2303. El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es
pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un
pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. 'Pues yo os
digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que
seáis hijos de vuestro Padre celestial...' [Mt 5,44-45 .]
2304. El respeto y el desarrollo de la vida humana exigen la paz. La paz no
es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de
fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la
salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los
seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos,
la práctica asidua de la fraternidad. Es la 'tranquilidad del orden' [San
Agustín]. Es obra de la justicia y efecto de la caridad.
2305. La paz terrenal es imagen y fruto de la paz de Cristo, el 'Príncipe de
la paz' mesiánica [Is 9,5 .]. Por la sangre de su cruz, 'dio muerte al odio
en su carne' [Ef 2,16 .],67 reconcilió con Dios a los hombres le hizo de su
Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de su unión con Dios.
'El es nuestra paz' [Ef 2,14 .]. Declara 'bienaventurados a los que
construyen la paz' [Mt 5,9 .].
2306. Los que renuncian a la acción violenta y sangrienta y recurren para la
defensa de los derechos del hombre a medios que están al alcance de los más
débiles, dan testimonio de caridad evangélica, siempre que esto se haga sin
lesionar los derechos y obligaciones de los otros hombres y de las
sociedades. Atestiguan legítimamente la gravedad de los riesgos físicos y
morales del recurso a la violencia con sus ruinas y sus muertes.
2307. El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida
humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra,
la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad
divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra.
2308. Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar
las guerras.
Sin embargo, 'mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad
internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez
agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los
gobiernos el derecho a la legítima defensa'.
2309. Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una
legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante
decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es
preciso a la vez:
- Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las
naciones sea duradero, grave y cierto.
- Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado
impracticables o ineficaces.
- Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
- Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el
mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción
obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de
la 'guerra justa'.
La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio
prudente de quienes están a cargo del bien común.
2310. Los poderes públicos tienen en este caso el derecho y el deber de
imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa
nacional.
Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son
servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan
correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación
y al mantenimiento de la paz.
2311. Los poderes públicos atenderán equitativamente al caso de quienes, por
motivos de conciencia, rehúsan el empleo de las armas; éstos siguen
obligados a servir de otra forma a la comunidad humana.
2312. La Iglesia y la razón humana declaran la validez permanente de la ley
moral durante los conflictos armados. 'Una vez estallada desgraciadamente la
guerra, no todo es lícito entre los contendientes'.
2313. Es preciso respetar y tratar con humanidad a los no combatientes, a
los soldados heridos y a los prisioneros.
Las acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes y a sus
principios universales, como asimismo las disposiciones que las ordenan, son
crímenes. Una obediencia ciega no basta para excusar a los que se someten a
ella. Así, el exterminio de un pueblo, de una nación o de una minoría étnica
debe ser condenado como un pecado mortal. Existe la obligación moral de
desobedecer aquellas decisiones que ordenan genocidios.
2314. 'Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de
ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes, es un crimen
contra Dios y contra el hombre mismo, que hay que condenar con firmeza y sin
vacilaciones'. Un riesgo de la guerra moderna consiste en facilitar a los
que poseen armas científicas, especialmente atómicas, biológicas o químicas,
la ocasión de cometer semejantes crímenes.
2315. La acumulación de armas es para muchos como una manera paradójica de
apartar de la guerra a posibles adversarios. Ven en ella el más eficaz de
los medios, para asegurar la paz entre las naciones. Este procedimiento de
disuasión merece severas reservas morales. La carrera de armamentos no
asegura la paz. En lugar de eliminar las causas de guerra, corre el riesgo
de agravarlas. La inversión de riquezas fabulosas en la fabricación de armas
siempre más modernas impide la ayuda a los pueblos indigentes, y obstaculiza
su desarrollo. El exceso de armamento multiplica las razones de conflictos y
aumenta el riesgo de contagio.
2316. La producción y el comercio de armas atañen hondamente al bien común
de las naciones y de la comunidad internacional. Por tanto, las autoridades
tienen el derecho y el deber de regularlas. La búsqueda de intereses
privados o colectivos a corto plazo no legitima empresas que fomentan
violencias y conflictos entre las naciones, y que comprometen el orden
jurídico internacional.
2317. Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o
social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los
hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo
lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y
evitar la guerra:
En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará
hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos
por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta
que se cumpla la palabra: 'De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas
podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se
adiestrarán más para el combate' [Is 2,4 .]. [GS 78,6.]
RESUMEN
2318. 'Dios tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda
carne de hombre' [Jb 12,10 .].
2319. Toda vida humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte,
es sagrada, pues la persona humana ha sido amada por sí misma a imagen y
semejanza del Dios vivo y santo.
2320. Causar la muerte a un ser humano es gravemente contrario a la dignidad
de la persona y a la santidad del Creador.
2321. La prohibición de causar la muerte no suprime el derecho de impedir
que un injusto agresor cause daño. La legítima defensa es un deber grave
para quien es responsable de la vida de otro o del bien común.
2322. Desde su concepción, el niño tiene el derecho a la vida. El aborto
directo, es decir, buscado como un fin o como un medio, es una práctica
infame, gravemente contraria a la ley moral. La Iglesia sanciona con pena
canónica de excomunión este delito contra la vida humana.
2323. Porque ha de ser tratado como una persona desde su concepción, el
embrión debe ser defendido en su integridad, atendido y cuidado médicamente
como cualquier otro ser humano.
2324. La eutanasia voluntaria, cualesquiera que sean sus formas y sus
motivos, constituye un homicidio. Es gravemente contraria a la dignidad de
la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador.
2325. El suicidio es gravemente contrario a la justicia, a la esperanza y a
la caridad. Está prohibido por el quinto mandamiento.
2326. El escándalo constituye una falta grave cuando por acción u omisión se
induce deliberadamente a otro a pecar.
2327. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra,
debemos hacer todo lo que es razonablemente posible para evitarla. La
Iglesia implora así: 'del hambre, de la peste y de la guerra, líbranos
Señor'.
2328. La Iglesia y la razón humana afirman la validez permanente de la ley
moral durante los conflictos armados. Las prácticas deliberadamente
contrarias al derecho de gentes y a sus principios universales son crímenes.
2329. 'La carrera de armamentos es una plaga gravísima de la humanidad y
perjudica a los pobres de modo intolerable'.
2330. 'Bienaventurados los que construyen la paz, porque ellos serán
llamados hijos de Dios' [Mt 5,9 .].
No cometerás adulterio [Ex 20,14 ; Dt 5,17 .].
Habéis oído que se dijo: 'No cometerás adulterio'. Pues yo os digo: Todo el
que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón
[Mt 5,27-28 .].
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