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Creo en el perdón de los pecados, la
resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.
976. El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a
la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la
comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo
resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados:
'Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos' [Jn 20,22-23
.].
[La Segunda parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los
pecados por el Bautismo, el sacramento de la Penitencia y los demás
sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente, por
tanto, algunos datos básicos.]
I.- Un sólo bautismo para el perdón de los pecados
977. Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: 'Id
por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea
y sea bautizado se salvará' [Mc 16,15-16 .]. El Bautismo es el primero y
principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo
muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación [cf. Rm
4,25 .], a fin de que 'vivamos también una vida nueva' [Rm 6,4 .].
978. 'En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de fe, al
recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el
perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de
la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad,
ni ninguna pena que sufrir para expiarlas... Sin embargo, la gracia del
Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al
contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la
concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal'.
979. En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo
suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del pecado?
'Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el poder de perdonar los
pecados, también hacía falta que el Bautismo no fuese para ella el único
medio de servirse de las llaves del Reino de los cielos, que había recibido
de Jesucristo; era necesario que fuese capaz de perdonar los pecados a todos
los penitentes, incluso si hubieran pecado hasta en el último momento de su
vida'.
980. Por medio del sacramento de la Penitencia, el bautizado puede
reconciliarse con Dios y con la Iglesia:
Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia 'un bautismo laborioso'.
Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación
este sacramento de la Penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no
han sido regenerados. [Concilio de Trento]
II.- El poder de la llaves
981. Cristo, después de su Resurrección, envió a sus apóstoles a predicar
'en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones'
[Lc 24,47 .]. Este 'ministerio de la reconciliación' [2Co 5,18 .], no lo
cumplieron los apóstoles y sus sucesores anunciando solamente a los hombres
el perdón de Dios merecido para nosotros por Cristo y llamándoles a la
conversión y a la fe, sino comunicándoles también la remisión de los pecados
por el Bautismo y reconciliándolos con Dios y con la Iglesia gracias al
poder de las llaves recibido de Cristo:
La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que se
realice en ella la remisión de los pecados por la sangre de Cristo y la
acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es donde revive el alma, que
estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha
salvado. [San Agustín]
982. No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda
perdonar. 'No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar
con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero'. Cristo,
que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén
siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado.
983. La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los fieles la fe en
la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho a su
Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados, por
medio del ministerio de los apóstoles y de sus sucesores:
El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que sus
pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho cuando estaba
en la tierra. [San Ambrosio]
Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles,
ni a los arcángeles... Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes
hagan aquí abajo. [San Juan Crisóstomo]
Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna
esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación
eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don. [San
Agustín]
RESUMEN
984. El Credo relaciona 'el perdón de los pecados' con la profesión de fe en
el Espíritu Santo. En efecto, Cristo resucitado confió a los apóstoles el
poder de perdonar los pecados cuando les dio el Espíritu Santo.
985. El Bautismo es el primero y principal sacramento para el perdón de los
pecados: nos une a Cristo muerto y resucitado y nos da el Espíritu Santo.
986. Por voluntad de Cristo, la Iglesia posee el poder de perdonar los
pecados de los bautizados, y lo ejerce de forma habitual en el sacramento de
la Penitencia por medio de los obispos y de los presbíteros.
987. 'En la remisión de los pecados, los sacerdotes y los sacramentos son
meros instrumentos de los que quiere servirse nuestro Señor Jesucristo,
único autor y dispensador de nuestra salvación, para borrar nuestras
iniquidades y darnos la gracia de la justificación'.
Artículo 11 'Creo en la resurrción de la carne'
988. El Credo cristiano -profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora- culmina
en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos,
y en la vida eterna.
989. Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo
ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre,
igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo
resucitado y que El los resucitará en el último día. Como la suya, nuestra
resurrección será obra de la Santísima Trinidad:
Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la
vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros [Rm
8,11 .].
990. El término 'carne' designa al hombre en su condición de debilidad y de
mortalidad. La 'resurrección de la carne' significa que, después de la
muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros
'cuerpos mortales' [Rm 8,11 .] volverán a tener vida.
991. Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un
elemento esencial de la fe cristiana. 'La resurrección de los muertos es
esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella'
¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de
muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no
resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe...
¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que
durmieron [1Co 15,12-14 .20.].
I.- La resurrección de Cristo y la nuestra
992. La resurrección de los muertos fue revelada progresivarnente por Dios a
su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso
como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo
entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquel
que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta
doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus
pruebas, los mártires Macabeos confiesan:
El Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una
vida eterna [2 Mc 7,9 .] Es preferible morir a manos de los hombres con la
esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él [2 Mc 7,14 .].
993. Los fariseos y muchos contemporáneos del Señor esperaban la
resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan
responde: 'Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios,
vosotros estáis en el error' [Mc 12,24 .]. La fe en la resurrección descansa
en la fe en Dios que 'no es un Dios de muertos sino de vivos' [Mc 12,27 .].
994. Pero hay más: Jesús vincula la fe en la resurrección a la fe en su
propia persona: 'Yo soy la resurrección y la vida' [Jn 11,25 .]. Es el mismo
Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en El y
hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un
signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos,
anunciando así su propia Resurrección que no obstante, será de otro orden.
De este acontecimiento único, El habla como del 'signo de Jonás' [Mt 12,39
.], del signo del Templo: anuncia su Resurrección al tercer día después de
su muerte.
995. Ser testigo de Cristo es ser 'testigo de su Resurrección' [Hch 1,22 .],
'haber comido y bebido con él después de su Resurrección de entre los
muertos' [Hch 10,41 .]. La esperanza cristiana en la resurrección está
totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros
resucitaremos como El, con El, por El.
996. Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado
incomprensiones y oposiciones. 'En ningún punto la fe cristiana encuentra
más contradicción que en la resurrección de la carne'. Se acepta muy
comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa
de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan
manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?
997. ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el
cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro
con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su
omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible
uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.
998. ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: 'los que hayan
hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para
la condenación' [Jn 5,29 .].
999. ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: 'Mirad mis manos y mis
pies; soy yo mismo' [Lc 24,39 .]; pero El no volvió a una vida terrenal. Del
mismo modo, en El 'todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen
ahora', pero este cuerpo será 'transfigurado en cuerpo de gloria', en
'cuerpo espiritual' [1Co 15,44 .]:
Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la
vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras
no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano..., se siembra
corrupción, resucita incorrupción...; los muertos resucitarán
incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista
de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad [1Co
15,35-37 .42.53.].
1000. Este 'cómo' sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no
es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía
nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:
Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la
invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por
dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan
en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la
resurrección. [San Ireneo de Lyon]
1001. ¿Cuándo? Sin duda en el 'último día' [Jn 6,39-40 .44.54;11,24.]; 'al
fin del mundo'. En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente
asociada a la Parusía de Cristo:
El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta
de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en
primer lugar [1 Ts 4,16.].
1002. Si es verdad que Cristo nos resucitará en 'el último día', también lo
es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto,
gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora,
una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:
Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe
en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos... Así pues, si
habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo
sentado a la diestra de Dios [Col 2,1 2 ; 3,1.].
1003. Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente
en la vida celestial de Cristo resucitado, pero esta vida permanece
'escondida con Cristo en Dios' [Col 3,3 .]. 'Con él nos ha resucitado y
hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús' [Ef 2,6 .]. Alimentados en la
Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo.
Cuando resucitemos en el último día también nos 'manifestaremos con él
llenos de gloria' [Col 3,4 .].
1004. Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de
la dignidad de ser 'en Cristo'; donde se basa la exigencia del respeto hacia
el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:
El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó
al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis
que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?... No os pertenecéis...
Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo [1Co 6,13-15 .19-20.].
II.- Morir en Cristo Jesús
1005. Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario
'dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor' [2Co 5,8 .]. En esta
'partida' [Flp 1,23 .] que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se
reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos.
1006. 'Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su
cumbre'. En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe
sabemos que realmente es 'salario del pecado' [Rm 6,23 .]. Y para los que
mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor
para poder participar también en su Resurrección.
1007. La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas
por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos
los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como el desenlace
normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas:
el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacemos pensar que no
contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida:
Acuérdate de tu Creador en tus días mozos..., mientras no vuelva el polvo a
la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio [Qo
12,1 .7.].
1008. La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las
afirmaciones de la Sagrada Escrituras y de la Tradición, el Magisterio de la
Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del
hombre. Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a
no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios
Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado. 'La muerte
temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado', es
así 'el último enemigo' del hombre que debe ser vencido.
1009. La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió
también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su
angustia frente a ella, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a
la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la
muerte en bendición.
1010. Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. 'Para
mí, la vida es Cristo y morir una ganancia' [Flp I,21 .]. 'Es cierta esta
afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él' [2Tm 2,11 .].
La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el
cristiano está ya sacramentalmente 'muerto con Cristo', para vivir una vida
nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este
'morir con Cristo' y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto
redentor:
Para mí es mejor morir en ['eis'] Cristo Jesús que reinar de un extremo a
otro de la tierra. Lo busco a El, que ha muerto por nosotros; lo quiero a
El, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima... Dejadme recibir
la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre. [San Ignacio de
Antioquía]
1011. En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano
puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de san Pablo:
'Deseo partir y estar con Cristo' [Flp 1,23 .]; y puede transformar su
propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo
de Cristo:
Mi deseo terreno ha sido crucificado...; hay en mí un agua viva que murmura
y que dice desde dentro de mí 'ven al Padre'. [San Ignacio de Antioquía]
Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir. [Santa Teresa de
Jesús]
Yo no muero, entro en la vida. [Santa Teresita del Niño Jesús]
1012. La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la
liturgia de la Iglesia:
La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al
deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el
cielo.
1013. La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo
de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena
según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido
fin 'el único curso de nuestra vida terrena', ya no volveremos a otras vidas
terrenas. 'Está establecido que los hombres mueran una sola vez' [Hb 9,27
.]. No hay 'reencarnación' después de la muerte.
1014. La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte ['De
la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor': Letanías de los santos],
a pedir a la Madre de Dios que interceda por noso tros 'en la hora de
nuestra muerte' [Avemaría], y a confiarnos a san José, patrono de la buena
muerte:
Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si
tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de
los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás
mañana? [Imitación de Cristo]
Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
[San Francisco de Asís]
RESUMEN
1015. 'Caro salutis est cardo' ['La carne es soporte de la salvación'].
Creemos en Dios que es el creador de la carne; creemos en el Verbo hecho
carne para rescatar la carne; creemos en la resurrección de la carne,
perfección de la creación y de la redención de la carne.
1016. Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección
Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado,
reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado y vive para
siempre, todos nosotros resucitaremos en el último día.
1017. Creemos en la verdadera resurrección de esta carne que poseemos
ahora'. No obstante se siembra en el sepulcro un cuerpo corruptible,
resucita un cuerpo incorruptible, un 'cuerpo espiritual' [1Co 15,44 .].
1018. Como consecuencia del pecado original, el hombre debe sufrir 'la
muerte corporal, de la que el hombre se habría liberado, si no hubiera
pecado'."
1019. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió libremente la muerte por nosotros en
una sumisión total y libre a la voluntad de Dios, su Padre. Por su muerte
venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la posibilidad de la
salvación.
Artículo 12 'Creo en la vida eterna'
1020. El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como
una ida hacia El y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por
última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el
cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y
le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces
con una dulce seguridad:
Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre
Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo,
que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió.
Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la
ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos
los ángeles y santos... Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo
en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al
dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y
santos... Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor... [Liturgia]
I.- El juicio particular
1021. La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la
aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo
Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro
final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente
la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno
como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la
palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo
Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser diferente para
unos y para otros.
1022. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su
retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo,
bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la
bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre.
A la tarde te examinarán en el amor. [San Juan de la Cruz]
II.- El cielo
1023. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente
purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a
Dios, porque lo ven 'tal cual es' [1Jn 3,2 .], cara a cara:
Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de
Dios, las almas de todos los santos... y de todos los demás fieles muertos
después de recibir el bautismo de Cristo en los que no había nada que
purificar cuando murieron...; o en caso de que tuvieran o tengan algo que
purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte... aun antes
de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión
al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán
en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo,
admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de
nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión
intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura. [Benedicto XII]
1024. Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y
de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los
bienaventurados se llama 'el cielo'. El cielo es el fin último y la
realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo
y definitivo de dicha.
1025. Vivir en el cielo es 'estar con Cristo'. Los elegidos viven 'en El',
aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su
propio nombre:
Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí
está el reino. [San Ambrosio]
1026. Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha 'abierto' el cielo.
La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos
de la redención realizada por Cristo, que asocia a su glorificación
celestial a quienes han creído en El y han permanecido fieles a su voluntad.
El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente
incorporados a El.
1027. Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que
están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La
Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas,
vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: 'Lo que ni el
ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó
para los que le aman' [1Co 2,9 .].
1028. A causa de su trascendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más
que cuando El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre
y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria
celestial es llamada por la Iglesia 'la visión beatífica':
¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el
honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en
compañía de Cristo, el Señor tu Dios..., gozar en el Reino de los cielos en
compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la
inmortalidad alcanzada. [San Cipriano de Cartago]
1029. En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con
alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación
entera. Ya reinan con Cristo; con El 'ellos reinarán por los siglos de los
siglos' [Ap 22,5 .].
III.- La purificación final o purgatorio
1030. Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero
imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación,
sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad
necesaria para entrar en la alegría del cielo.
1031. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos
que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha
formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los
Concilios de Florencia y de Trento. La tradición de la Iglesia, haciendo
referencia a ciertos textos de la Escritura, habla de un fuego purificador:
Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio,
existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al
decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo,
esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro [Mt 12,31 .]. En
esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este
siglo, pero otras en el siglo futuro. [San Gregorio Magno]
1032. Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los
difuntos, de la que ya habla la Escritura: 'Por eso mandé [Judas Macabeo]
hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran
liberados del pecado' [2 Mc 12,46 .]. Desde los primeros tiempos, la Iglesia
ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor,
en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados,
puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda
las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los
difuntos:
Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron
purificados por el sacrificio de su padre, ¿por qué habríamos de dudar de
que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No
dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras
plegarias por ellos. [San Juan Crisóstomo]
IV.- El infierno
1033. Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios.
Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro
prójimo o contra nosotros mismos: 'Quien no ama permanece en la muerte. Todo
el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino
tiene vida eterna permanente en él' [] Jn 3,15.]. Nuestro Señor nos advierte
que estaremos separados de El si omitimos socorrer las necesidades graves de
los pobres y de los pequeños que son sus hermanos. Morir en pecado mortal
sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa
permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección.
Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los
bienaventurados es lo que se designa con la palabra 'infierno'.
1034. Jesús habla con frecuencia de la 'gehenna' y del 'fuego que nunca se
apaga' reservado a los que, hasta el fin de su vida rehusan creer y
convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo. Jesús
anuncia en términos graves que 'enviará a sus ángeles que recogerán a todos
los autores de iniquidad..., y los arrojarán al horno ardiendo' [Mt 13,41-42
.], y que pronunciará la condenación:' ¡Alejaos de mí, malditos al fuego
eterno!' [Mt 25,41 .].
1035. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su
eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden
a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas
del infierno, 'el fuego eterno'. La pena principal del infierno consiste en
la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la
vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
1036. Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a
propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el
hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno.
Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión:
'Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el
camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas
¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y
pocos son los que la encuentran' [Mt 7,13-14 .]:
Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del
Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es
nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con El en la boda y ser
contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y
perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde «habrá llanto
y rechinar de dientes». [LG 48.]
1037. Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es
necesaria una aversión voluntaria a Dios [un pecado mortal], y persistir en
él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de
los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que 'quiere que
nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión' [2Pe 3,9.]:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu
familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación
eterna y cuéntanos entre tus elegidos. [Misal Romano]
V.- El juicio final
1038. La resurrección de todos los muertos, 'de los justos y de los
pecadores' [Hch 24,15 .], precederá al Juicio Final. Esta será 'la hora en
que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho
el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la
condenación' [Jn 5,28-29 .]. Entonces, Cristo vendrá 'en su gloria
acompañado de todos sus ángeles... Serán congregadas delante de él todas las
naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las
ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su
izquierda... E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida
eterna' [Mt 25,31 .32.46.].
1039. Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo
definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio
final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de
bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:
Todo el mal que hacen los malos se registra -y ellos no lo saben. El día en
que 'Dios no se callará' [Sal 50,3 .]... Se volverá hacia los malos: 'Yo
había colocado sobre la tierra, dirá El, a mis pobrecitos para vosotros. Yo,
su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre -pero en la tierra
mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso
habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la
tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas
obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis
nada en Mí'. [San Agustín]
1040. El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre
conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo El decidirá su
advenimiento. Entonces El pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su
palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido
último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación,
y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá
conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la
justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus
criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.
1041. El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a
los hombres todavía 'el tiempo favorable, el tiempo de salvación' [2Co 6,2
.]. Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de
Dios. Anuncia la 'bienaventurada esperanza' [Tt 2,13 .] de la vuelta del
Señor que 'vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los
que hayan creído' [2 Ts 1,10.].
VI.- La esperanza de los cielos nuevos y la tierra nueva
1042. Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después
del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados
en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:
La Iglesia... sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo... cuando
llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad,
también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que
alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo.
[LG 48.]
1043. La Sagrada Escritura llama 'cielos nuevos y tierra nueva' a esta
renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo [2Pe 3,13.].
Esta será la realización definitiva del designio de Dios de 'hacer que todo
tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la
tierra' [Ef 1,10 .].
1044. En este 'universo nuevo', la Jerusalén celestial, Dios tendrá su
morada entre los hombres. 'Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya
muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha
pasado' [Ap 21,4 .]
1045. Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad
del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia
peregrina era 'como el sacramento'. Los que estén unidos a Cristo formarán
la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios [Ap 21,2 .], 'la
Esposa del Cordero' [Ap 21,9 .]. Ya no será herida por el pecado, por las
manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los
hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo
inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de
comunión mutua.
1046. En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de
destino del mundo material y del hombre:
Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los
hijos de Dios... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la
corrupción... Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y
sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las
primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior
anhelando el rescate de nuestro cuerpo [Rm 8,19-23 .].
1047. Así pues, el universo visible también está destinado a ser
transformado, 'a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado,
ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos', participando en su
glorificación en Jesucristo resucitado.
1048. 'Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la
humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la
figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que
Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la
justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz
que se levantan en los corazones de los hombres'.
1049. 'No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino
más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel
cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del
siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso
terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la
medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa
mucho al Reino de Dios'.
1050. 'Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra
diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y
según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha,
iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno
y universal'. Dios será entonces 'todo en todos' [1Co 15,22 .], en la vida
eterna:
La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el
Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales.
Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la
promesa indefectible de la vida eterna. [San Cirilo de Jerusalén]
RESUMEN
1051. Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna
en un juicio particular por Cristo, juez de vivos y de muertos.
1052. 'Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de
Cristo... constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será
destruida totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se
unirán con sus cuerpos'.
1053. 'Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se
congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de
la bienaventuranza eterna, ven a Dios como El es, y participan también,
ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en
el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera
que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a
nuestra flaqueza'.
1054. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente
purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una
purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria
para entrar en el gozo de Dios.
1055. En virtud de la 'comunión de los santos', la Iglesia encomienda los
difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en
particular el santo sacrificio eucarístico.
1056. Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles
de la 'triste y lamentable realidad de la muerte eterna', llamada también
'infierno'.
1057. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de
Dios en quien solamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para
las cuales ha sido creado y a las cuales aspira.
1058. La Iglesia ruega para que nadie se pierda: 'Jamás permitas, Señor, que
me separe de ti'. Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo,
también es cierto que 'Dios quiere que todos los hombres se salven' [1Tm 2,4
.] y que para El 'todo es posible' [Mt 19,26 .].
1059. 'La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que todos
los hombres comparecerán con sus cuerpos en el día del juicio ante el
tribunal de Cristo para dar cuenta de sus propias acciones'.
1060. Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud.
Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en
cuerpo y alma, y el mismo universo material será transformado. Dios será
entonces 'todo en todos' [1Co 15,28 .], en la vida eterna.
Amén
1061. El Credo, como el último libro de la Sagrada Escritura, se termina con
la palabra hebrea Amen. Se encuentra también frecuentemente al final de las
oraciones del Nuevo Testamento. Igualmente, la Iglesia termina sus oraciones
con un 'Amén'.
1062. En hebreo, 'Amen' pertenece a la misma raíz que la palabra 'creer'.
Esta raíz expresa la solidez, la fiabilidad, la fidelidad. Así se comprende
por qué el 'Amén' puede expresar tanto la fidelidad de Dios hacia nosotros
como nuestra confianza en El.
1063. En el profeta Isaías se encuentra la expresión 'Dios de verdad',
literalmente 'Dios del Amén', es decir, el Dios fiel a sus promesas: 'Quien
desee ser bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del Amén' [Is
65,16 .]. Nuestro Señor emplea con frecuencia el término 'Amén' a veces en
forma duplicada, para subrayar la fiabilidad de su enseñanza, su Autoridad
fundada en la Verdad de Dios.
1064. Así pues, el 'Amén' final del Credo recoge y confirma su primera
palabra: 'Creo'. Creer es decir 'Amén' a las palabras, a las promesas, a los
mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de El que es el Amén de amor
infinito y de perfecta fidelidad. La vida cristiana de cada día será también
el 'Amén' al 'Creo' de la Profesión de fe de nuestro Bautismo:
Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees
todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe. [San
Agustín]
1065. Jesucristo mismo es el 'Amén' [Ap 3,14 .]. Es el 'Amén' definitivo del
amor del Padre hacia nosotros; asume y completa nuestro 'Amén' al Padre:
'Todas las promesas hechas por Dios han tenido su «sí» en él; y por eso
decimos por él «Amén» a la gloria de Dios' [2Co 1,20 .]:
Por él, con él y en él,
A ti, Dios Padre omnipotente
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos.
Amén.
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